DELIMITANDO UNA PERSPECTIVA TEÓRICA INÉDITA: LA DIMENSIÓN GENÉTICA-COMUNICACIONAL DE LOS POPULISMOS
2.3 Rasgos de la Cultura Política Latinoamericana Escrutando en la Génesis del Populismo.
2.3.4 Lenguaje: la retórica populista
2.3.4.2 La palabra del populista: entre la belleza y la destrucción
Para vivir, construir su mundo, hacer el bien, odiar, amar, “el hombre (lo humano) ha de empalabrarse y ha de empalabrar la realidad, ha de otorgar consistencia no sólo a lo que ahora mismo cree que es, sino también a todo lo que le ha precedido y a todo lo que es capaz de anticipar en relación al futuro”226.
No obstante, el lenguaje utilizado en la conducción política de la sociedad y en el marco de determinados contextos puede también generar dinámicas de lamentable prejuicio para la convivencia, es -por lo demás- parte de nuestra naturaleza belicosa, contradictoria e imperfecta emplear estrategias para vencer las amenazas y los temores,
224 Gusdorf, G. (1971), op. cit., p. 18.
225 Citado por Vidal, D. (1997), op. cit., p. 31. En la Antigua China, Confucio sostenía que “el buen orden
depende enteramente de la corrección del lenguaje”. La prolijidad de esta portentosa cultura, que descansaba –y descansa- en el pilar del orden obsesivo, sólo podía tener sentido gracias a las palabras empleadas por sus componentes, verdadera fuerza gravitacional de sus vidas. Confucio agregaba que “si las designaciones no son correctas, los vocablos no pueden ser concordantes; si los vocablos no son concordantes, no tienen éxito alguno los asuntos de Estado; si no tienen éxito los asuntos, no florecen ni los ritos ni la música; las penas y los castigos no pueden ser justos, el pueblo no sabe cómo actuar”. Citado por Gusdorf, G. (1971), op. cit., p. 17.
identificando y demonizando a los enemigos227 o incluso preparando el terreno para exterminar las fuerzas en oposición.
Se sabe, como puntualiza Balandier, que los lenguajes políticos228, como el que emplea el populismo, establecen por necesidad una relación calculada, que tiende a efectos precisos y variables según las coyunturas. Por eso a veces no desvelan más que una parte de la realidad o deben mantener actitudes estratégicas para enfrentar crisis, pues el poder “debe también su existencia a su apropiación de la información, de los conocimientos requeridos para gobernar y administrar”229, para ejercer en definitiva el liderazgo. No por ello, en todo caso, deben conducir a la manipulación o predisponer actitudes que atenten contra los derechos humanos, pues entonces la capacidad simbólica del lenguaje y su trascendencia para mantener la cosmovisión cultural pueden desnaturalizarse y llevarnos a nuestra aniquilación230.
Según Steiner, fue Karl Krauss quien mostró claramente a través de su poesía apocalíptica y de alcance filosófico cómo una civilización podía hablar hasta la muerte por emplear en exceso el falso lirismo, la jerga pseudocientífica y el engaño, algo que en la actualidad presenciamos con impotencia en los neopopulismos y en amplios sectores políticos que en el marco de sociedades consumistas imponen prácticas comunicativas desechables. Krauss expresaba, antes de 1914, que oyendo a la Babel de la Bolsa y las mentiras de las personalidades y los políticos, se acercaba rápidamente un
227 Para Hayakawa, solemos efectuar estas distinciones a través de la figura de la “orientación
dilemática”, expresión que toma de Alfred Korzybski, quien aseguró que es una característica de un intelecto primitivo o emocionalmente trastornado. Este concepto es definido como una “propensión simplista a repartir el mundo en dos mitades opuestas, sin posición media alguna”. Considera que la situación puede llegar a extremos como la propaganda nazi y el exterminio judío: “La propaganda logra realizar a sangre fría lo que de otra manera habría que hacer con ferocidad”. HAYAKAWA, S. I. (1967).
El lenguaje en el pensamiento y en la acción. México: Hispano Americana, p. 210.
228 Borrat nos recuerda, tomando a Doris Graber, que lo que hace político a un lenguaje no es una forma
determinada, ni un vocabulario que le distingue como tal, sino es “la sustancia de la información que transmite, el escenario donde esa información es diseminada y las funciones que desempeña. Por eso tiende a hablarse de lenguajes políticos, así en plural”. Importante además es manifestar, siguiendo la línea de Borrat y Graber, que los lenguajes políticos –como cualquier otro- son medios para traducir concepciones e ideas en símbolos verbales y visuales, siendo transmitidos a otros para que pueden ser descodificados y asimilados. Borrat, H. (1989), op. cit., p. 97.
229 Balandier, G. (1988), op. cit., p. 106.
230 El filósofo Carlos Eymar ha expresado que: “Declarar agotado el capítulo de la palabra, dar por
concluidas las conversaciones, por muy plagadas que estén de eufemismos y circunloquios, para llegar a un acuerdo, es decidir la entrada en el infierno del grito (...) Hay ocasiones en que, como decía Marx, el arma de la crítica tiene que ser sustituida por la crítica de las armas. Para llegar a ese punto hay que haberse quedado sin voz de tanto hablar y no sustraerse a la elocuencia de los sabios o de las obras de arte proféticas y geniales”. EYMAR, C. (2003). “El velo del ‘Guernica’”. En: Revista El Ciervo, nº 625, abril, p. 9.
tiempo en que “en el corazón de la gran cultura y el saber occidental, los hombres harían guantes de piel humana”231.
En todo caso, Thierry Maulnier nos advierte que las palabras están provistas desde todas las épocas y hasta nuestros días de ese “poder mágico” 232 que también puntualizaba Gusdorf, lo que puede ser explotado por ciertos hechiceros233 o líderes corruptos pues la significación siempre es ambigüa y múltiple en una comunidad:
“Toda o casi toda la habilidad de aquel que pretende conducir a los hombres consiste en utilizar el lenguaje para dar falsos sentidos a los términos que usa. (...) Las mitologías caníbales, los magos charlatanes, los pedantes sanguinarios, no se abren los caminos del poder ni lo mantienen por la sola fuerza de los fusiles, sino también, y puede que principalmente, gracias a la seducción de la impostura”234.
Maulnier añade que independiente de los sistemas pluripartidistas o de partido único, de las autoridades antiguas y tradicionales o de candidatos aventureros, ya sea para bien de una dictadura, de revolucionarios o contrarrevolucionarios, de intelectuales comprometidos o de profetas engañosos, “la palabra seduce o asusta, tranquiliza o amenaza, arrastra a la acción o dispensa de ella, enseña y fanatiza, llama la atención sobre un punto determinado o, por el contrario, la desvía, exalta los sentimientos o se convierte en pura palabrería. La palabrería del prestidigitador que no quiere que se mire lo que hace con sus manos”235.
Pese a todo lo negativo que pueda expresarse, convivir con estas amenazas es parte de las condiciones naturales a las que está expuesto cualquier juego político que
231 Citado por Steiner, G. (1989), op. cit., p. 147.
232 MAULNIER, T. (1977). Diccionario de la terminología política contemporánea. Madrid: Rialp, p. 12.
Por su parte, al igual que Lévy-Bruhl y la lógica primitiva, Hayakawa se refiere al origen de la mágica verbal: la palabra y el objeto asustan, son una sola cosa, o por lo menos, hay una relación mística entre ambas. Se atribuye así un poder misterioso a las palabras “terribles, prohibidas, impronunciables”, y éstas se apropian de las características de los objetos que representan. De hecho, se denominó “gramático” al sujeto que tenía poderes mágicos, versado en el “grimorio”, es decir, que podía manipular el poder místico de las palabras. Hayakawa, S. I. (1967), op. cit., p. 184.
233 Steiner grafica el abuso en el lenguaje que efectúan los falsos profetas, hechiceros y determinados
políticos con la imagen de las sirenas de Odiseo, que con sus encantadores cantos y belleza provocan trágicos naufragios. Steiner, G. (1982), op. cit., p. 251.
234 Maulnier, T. (1977), op. cit., pp. 12-13.
235 Maulnier, T. (1977), op. cit., p. 11. Sobre la “prestidigitación” de algunos políticos y sus particulares
juegos de mano -que muchas veces se escudan o justifican en sus respectivos lenguajes- Jean Jacques Rousseau ya lo manifestaba también: “Dicen que los charlatanes del Japón despedazan a un niño a la vista de los espectadores; luego, echando al aire todos sus miembros uno tras otro, vuelve a caer el niño vivo y entero. Tales son, aproximadamente, los juegos de mano de nuestros políticos; después de desmembrar el cuerpo social con una prestidigitación digna de feria, vuelven a juntar las piezas no se sabe cómo”. ROUSSEAU, J. (2004). El Contrato Social. Barcelona: RBA, p. 55.
respete los derechos básicos de las personas236, algo claramente mejor que regir las competencias políticas por medio del lenguaje de los cañonazos y de los fusiles o estableciendo órdenes que se mantuvieran en el aire mediante el olor a la pólvora, coartando la libertad e imponiendo actitudes en contra de la voluntad, como postulaba Mao en su lamentable mirada sobre el poder237.
Por eso Luciano Álvarez sugiere que el discurso político sea definido como una sumatoria de propuestas racionales destinadas a la gestión social, integradas con un conjunto de elementos de orden emocional y destinado a su visualización pública. La articulación de estas variables constituye su sistema de verosimilitud, la puesta en escena de su credibilidad. La verosimilitud, en este sentido, no necesariamente es algo real, su coincidencia con la verdad no es una marca pertinente del discurso238, especifica.
Es decir, tomando a Lotman, propone no olvidar que en la política la verosimilitud es el intento de articulación de dos elementos propios del sistema biplanar del discurso constituido por el sistema de referencia de hechos “contingentes”, “únicos”, “concretos”, “reales”, “verdaderos”, es decir, el “vero”; y otro sistema de representación semiótico, un conjunto de signos (gestos, ceremonias, oratorias, etc.) que constituyen el “símil”. Siempre estará en juego la concepción de estas dos esferas, la situación convencional, no real, y la situación real; el universo de la representación y los referentes en el universo de lo concreto239.
Considero que la política latinoamericana, por ende, “tiene que ser algo que se pueda fundar lingüísticamente. Esto significa que debe estar en condiciones de soportar lo que se diga o contradiga y de resistir a argumentaciones”240. La naturaleza política, agrega Pross, fundamentalmente se da en el dominio del lenguaje en distintas
236 González Bedoya manifiesta que los riesgos, sobre todo los del mundo contemporáneo regido por
potentes intereses económicos, comerciales y mediáticos, nos exigen la rehabilitación de una retórica filosófica, que incorpore un sentido humanista y ético. Citando a Florescu, agrega que el “irracionalismo y el dogmatismo de todos los matices, la tendencia a minimizar la idea de adhesión libre, bajo el efecto de la persuasión, a un corpus de doctrina y a un programa social se oponen a la resistencia de la retórica, que ofrece una base teórica para la rehabilitación de la dignidad humana, para hacer crecer la confianza en la razón, para la profundización de relaciones interdisciplinarias. Repitamos, destino de la retórica y destino del humanismo van juntos”. GONZÁLEZ BEDOYA, J. (1989). “Prólogo a la edición española. Perelman y la Retórica Filosófica”. En Tratado de la Argumentación. La Nueva Retórica, Perelman, Ch.; Olbrechts- Tyteca, L. Madrid: Gredos, p. 12.
237 Pross, H. (1980), op. cit., p. 90. De todas formas, Pross agrega que ni siquiera la fuerza bruta de los
militarismos en política puede escapar -para ser mínimamente eficaces en sus retorcidas intenciones o al menos para mantenerse en el poder por algún tiempo- de alguna “simbología representativa” que emplee el lenguaje. Ibídem.
238 Álvarez, L. (1989), op. cit., p. 24. 239 Ibídem, p. 22.
situaciones comunicativas, pues de lo contrario no nos imaginamos de qué forma se puede, por ejemplo, explicar un programa de gobierno o justificar toda decisión política que siempre lleva consigo una reacción en la sociedad.
Héctor Borrat puntualiza que la capacidad con que cada político emplee las herramientas del lenguaje “adaptándose a las necesidades de su audiencia y a los objetivos que se propone alcanzar resulta un factor determinante para el éxito o el fracaso de su actuación”241.
Lo que expone Borrat es parte del verdadero juego político-democrático, es decir, el que se da en el plano de las estrategias de comunicación en busca de auditorios para la interacción y consecución de nuevas realidades que se producen a partir de las representaciones que otorga el lenguaje puesto en acción a través de la retórica.
Se podría expresar que determinados populismos históricos lo han tenido muy presente en su intención de forjar y mantener lazos, así como alianzas formales e informales de unión en el poder o en la consecución de éste. La retórica populista clásica fue bella en lo estilístico y efectiva en la acción social, sobre todo en países como Argentina a través de figuras como Juan Domingo Perón y Evita, en Perú con Raúl Haya de la Torre, Getulio Vargas en Brasil, o en Chile con Arturo Alessandri. Es probable que debido a la potencia del lenguaje populista como elemento de identificación directo con el pueblo, las elites pudieran vincular los discursos maliciosos, vacíos e interesados con este fenómeno, como una manera de desacreditar el evidente éxito comunicacional en la esfera política evidenciada por estas figuras.
No obstante, el populismo tiene conductas erráticas y difíciles de proyectar o prevenir, su manifestación también puede terminar siendo instrumentalizada por sujetos con visiones confusas, como se está observando en la actualidad.
Lo cierto es que sorprendentes casos recientes como el del peruano Alan García o el ecuatoriano Rafael Correa se explican en gran parte por la disposición discursiva desarrollada en sus respectivas campañas electorales, la habilidad por articular un lenguaje político que representó cabalmente lo que esperaban escuchar determinados grupos sociales cansados de la política de las últimas décadas. El caso del último es particularmente impactante, pues comenzó la carrera presidencial con un 2% de las preferencias en los sondeos, pero terminó su campaña obteniendo una cifra cercana al 58% de los votos escrutados y aventajando considerablemente a su contendor, el
populista Álvaro Noboa, quien debido a su condición de millonario bananero desplegó una campaña también de corte clientelista.
Por un lado, Noboa intensificó el clientelismo entregando a la población ropa, dinero y comida, aunque lo denominó como una política de “microcréditos”, y por otro, desarrolló un mensaje mediático apelando a un misticismo divino, manifestando su condición de “enviado de Dios”, una estrategia discursiva que ya se evidenció durante la campaña del 2006 con el candidato mexicano Andrés Manuel López Obrador.
Pese a su fuerte competencia con Noboa, Correa logró una rápida conexión con el electorado ecuatoriano mediante conceptos como “luchar contra la partidocracia”, “instaurar la revolución ciudadana” y autodefinirse como “un hombre de izquierda cristiana”.
2.3.4.3 La persuasión como conocimiento de lo popular: El aporte de la Nueva