LA DIFICULTAD CONCEPTUAL DE UN POLÉMICO TÉRMINO 1.1 Un marco teórico difuso
1.2 Clasificaciones teóricas tradicionales
1.2.2 Perspectiva estructural-funcionalista: posición dominante
1.2.2.2 Visión reaccionaria: estigmatización del subdesarrollo
Según posturas reaccionarias de esta línea de pensamiento, el populismo clásico se traduce en una expresión perversa identificada con las pésimas planificaciones económicas que se dan en algunas áreas del subdesarrollo que han crecido fuertemente como América Latina. Un mal transitorio mientras las sociedades se reacomodan en su devenir hacia mejores condiciones, avanzando hacia aquella tecnodemocracia idealizada por ciertos funcionalistas estadounidenses.
Se puntualiza que un desarrollo económico que no esté bien planificado, que sea explosivo y caótico terminará por repercutir en los aspectos políticos, debido a que el avance ordenado de las satisfacciones materiales sólo traería consigo aspectos positivos para las sociedades. Todas deberían dirigirse hacia ese curso, con diferentes grados de movimiento aunque marcadas por un determinismo desarrollista y tecnológico. De lo contrario, existirá “una revolución de frustraciones ascendentes en la población”89.
En continentes como el latinoamericano muchas expresiones sociales y políticas de las clases populares y trabajadoras son observadas por estas posiciones como consecuencia de procesos descontrolados de industrialización y urbanización, pues “crean discontinuidades que dan origen a la sociedad de masas (...) los trabajadores quedan a merced de los movimientos de masas”90. Evitar, por ejemplo, que las personas salgan a la calle a protestar o que los dirigentes planteen reivindicaciones laborales fuera de los cánones que los empresarios consideran apropiados es un imperativo.
A pesar de que admite que estos movimientos de masas, como califica Samuel Huntington a los populismos, lograron mayores espacios de integración y legitimidad para el pueblo desde 1930, “los incrementos acusados en el voto y en otras formas de
89 HUNTINGTON, S. (1992). “Desarrollo político y deterioro político”. En Carnero Rabat, T. (ed.),
Modernización, desarrollo político y cambio social. Madrid: Alianza, p. 191.
participación políticas pueden también tener efectos nocivos en las instituciones políticas. (...) el aumento del voto y el aumento de la inestabilidad política han ido unidos en América Latina”91, sostiene.
El autor llega a expresar que los crecientes grados de alfabetización y educación colaboraron para que la crítica situación fuera generalizada. Aunque millones de personas pudieron acceder a leer y escribir y se sintieron más ciudadanos con la posibilidad de sufragar por primera vez, para Huntington esto sólo deterioró aún más el proceso político pues se produjeron excesivas tensiones y ansiedades de sujetos que respondieron a necesidades personales. La integración de nuevos estratos a la política, en su línea de pensamiento, acentuaría el débil nivel institucional en los países subdesarrollados, engendrando una corrupción generalizada, el aparecimiento de líderes carismáticos y luego los sucesivos golpes militares92.
Haciendo un ejercicio de síntesis histórica, las posiciones elitistas de la cultura ateniense fueron adquiriendo una fuerza que terminó por imponerse a la visión política de los sofistas y a los esfuerzos comunicativos democráticos que Aristóteles sistematizó en la retórica. La tradición platónica despojó a la democracia de su sitial y la comunicación fue vista como una dimensión que entorpecía y engañaba a los sentidos, pues no era una herramienta necesaria para llegar a la verdad mediante el empirismo.
Pues bien, Huntington en sus apocalípticas miradas puntualiza que es la acción de la oligarquía la que genera envidia en los grupos ascendentes, por lo que el conflicto entre oligarquía y masas estalla en una lucha civil, donde los demagogos y la plebe callejera preparan el camino del déspota. “La descripción que hace Platón de los medios con los cuales apela el déspota al pueblo, aísla y elimina a sus enemigos y levanta su poder personal, es una guía mucho menos engañosa para lo que ha ocurrido en Ghana y otros Estados nuevos que muchas de las cosas que se escriben hoy día”93.
La defensa de este teórico a los postulados de Platón sobre la degeneración política no hace sino confirmar la similitud en el menosprecio hacia esas culturas populares que, al menos, han ido optando a la posibilidad de derechos tan básicos y universales como la educación.
Al igual que las visiones aristocráticas de antaño, Huntington se percata de lo fundamental que son también las comunicaciones como un motor de cambio en el seno
91 Huntington, S. (1992), op. cit., p. 192. 92 Ibídem, pp. 193-194.
de estas sociedades, lo que genera en su análisis una evidente desconfianza. El incremento en las comunicaciones “puede a su vez fomentar grandes ascensos en aspiraciones, sólo parcialmente satisfechas en el mejor de los casos”94, añade. A su juicio, la movilización social, que adquiere gran protagonismo en expresiones políticas como el populismo clásico, debe intentar moderarse incrementando la complejidad de la estructura social, minimizando la competencia entre los sectores de la elite política y, sobre todo, reduciendo las comunicaciones en la sociedad95.
Según el teórico, la existencia de una red de comunicaciones y el contacto con los medios de comunicación de sujetos con alfabetización y educación puede traducirse en el precio de “graves pérdidas”96 para esa estabilidad política que es relacionada con rigidez y dominación de unos pocos -los mejores- al interior de una concepción política propia de un mundo hobbesiano97.
Podría entenderse el interés por la necesidad de instituciones fuertes y restringidas, algo que siempre destacan ciertos sectores de la teoría política como una forma de aplacar las amenazas hacia el sistema democrático, pero llegar al nivel de sugerir que los gobiernos “equilibren” las comunicaciones y la participación, que reduzcan el número de graduados universitarios o que se mantengan a los analfabetos en su condición para limitarlos más fácilmente, es algo que Huntington expresa con total soltura98 y que más suena a mantener controladas a las clases populares con mano dura, entregando cuotas de participación mínimas y conservando las manifiestas desigualdades que se reiteran en lugares como el continente latinoamericano.
94 Ibídem, p. 191. 95 Ibídem, p. 207. 96 Ibídem, p. 208.
97 En Thomas Hobbes se observa la esencia filosófica del absolutismo. En la actualidad su legado se
asocia con la concepción de líderes fuertes, que ostenten un poder unificador que sea capaz de reprimir la anarquía de voluntades forzándolas a constituir la unidad real de un Estado. Las soluciones políticas estarán en la figura del soberano, pues este filósofo piensa que la ignorancia y el error de los hombres son una constante que hace que sean fácilmente engañados de innumerables y vulgares maneras. El soberano posee la autorización de sus súbditos, el consentimiento de los individuos que forman el Estado para actuar de la mejor manera, porque los individuos se hallan en una situación natural tan espantosa que no tienen otra alternativa y por eso no pueden modificar este “pacto popular” según sus conveniencias. Hobbes estudia al hombre como un ser encerrado en su propia estructura e incapaz de penetrar en las intenciones del resto, por lo que es otro de los pensadores que mira con desconfianza al lenguaje pues éste serviría tanto para la comunicación como para el engaño. La vida humana sólo es competición y lucha por los símbolos de supremacía, es decir, es el “estado de naturaleza”, donde el sujeto está solo, miserable, sucio, embrutecido y aterrorizado por la muerte y la violencia. MINOGUE, K. R. (1967). “Thomas Hobbes y la filosofía del absolutismo”. En: Thomson, D.(ed.), Las Ideas Políticas. Barcelona: Editorial Labor, pp. 51-64.
Quien también concluye que los populismos clásicos son un movimiento de masas peligroso para la democracia es Seymur Martin Lipset. Aunque sus hipótesis de trabajo no han estado exentas de polémica, todavía representa una corriente bastante respetada en lo que se refiere a las temáticas democráticas modernas. Nada extraño puesto que es otro de los reconocidos pensadores, específicamente cercano a la sociología política conductista, que supuestamente fundamenta con “afirmaciones empíricamente comprobables”99 que el desarrollo económico -la riqueza en general- promueve las condiciones para la correcta aparición de la democracia100.
Efectuando un análisis a mediados del siglo XX sobre factores como la riqueza, la industrialización, la urbanización y la educación, concluye que los países que poseen un alto nivel de estos indicadores son más democráticos que el resto. De esta forma, llega a sostener que estudiando índices como la renta per cápita, el número de personas por vehículo motor, por médico y por aparatos de radio, teléfonos y periódicos por millar de habitantes, uno puede comprobar cuáles son las naciones más democráticas. “En los países latinoamericanos menos dictatoriales hay un vehículo de motor por cada 99 personas, mientras que en los más dictatoriales hay uno por cada 274”101, afirma.
Desde su punto de vista, manifestaciones como los primeros populismos poco tendrían que ver con el ascenso de una serie de clases postergadas en la consecución de derechos mínimos de participación política y legitimidad social. Por ende, también los asocia directamente con la política de la sociedad de masas y los equipara a un nivel similar de análisis que los fascismos, calificándolos como “extremistas”102 y representativos de los peores elementos de la comunidad:
99 LIPSET, S. M. (1992). “Algunos requisitos sociales de la democracia: desarrollo económico y
legitimidad política”, en Batlle, Albert (ed.), Diez Textos Básicos de Ciencia Política. Barcelona: Ariel, p. 113. Este artículo apareció publicado originalmente en la American Political Science Review, en el año 1959, con el nombre de “Some social Requisits of Democracy: Economic Development and Political Legitimacy”.
100 Sobre otros autores que han establecido premisas empíricas para este tópico, véase: LINZ, J.; STEPAN
(eds.) (1987). La quiebra de las democracias. Madrid: Alianza; DIAMOND, L.; LINZ, J.; LIPSET, S. M. (eds.) (1988 y ss.). Democracy in Developing Countries (4 vols.). Colorado: Lynne Reiner Publishers. La intención de los investigadores por el uso en los fenómenos políticos de nuevas técnicas estadísticas e informáticas que proporcionan los métodos cuantitativos fue propia de los conductistas en la década del cincuenta. Batlle nos recuerda que “de la misma manera que históricamente se había pasado de la metafísica a la física, con la revolución conductista los politólogos pretendían el paso del ‘deber ser’ al ‘ser’, del ‘arte de la política’ a la ‘ciencia de la política’: se pretendía un renovado posicionamiento metodológico anterior a cualquier interpretación que se realizara de la realidad política. En este contexto intelectual se produjo el cambio de perspectiva metodológica que supuso el paso de un paradigma eminentemente normativo e ideológico a otro de carácter sociológico, empírico y nomotológico”. BATLLE, A. (ed.) (1992). “Introducción”. En Diez Textos Básicos de Ciencia Política. Barcelona: Ariel, p, 13.
101 Lipset, S. M. (1992), op. cit., pp. 121-122. 102 Ibídem, p. 156.
“Se dirigen a los descontentos, y a los psicológicamente relegados, a los que han sufrido fracasos personales, a los socialmente aislados, a los inseguros económicamente, y a las personas no instruidas, no refinadas y autoritarias de todos los niveles de la sociedad”103.
Las clases populares distan mucho de tener algún grado de reconocimiento en su organización y son vistas con una escasa capacidad de articulación de demandas a través de los aspectos comunicacionales que creemos poseen y practican en la cotidianidad para la consecución de las acciones sociales deseadas. Esto no significa que se deban idealizar estas prácticas, pero sí al menos reconocerlas para abordar el populismo en su total dimensión.
Según Lipset, las condiciones que favorecen la verdadera democracia son la riqueza económica y la economía capitalista, lo que generará un sistema de valores igualitarios y de clase abierta, promoviendo en este marco una correcta alfabetización que podrá traducirse en una participación elevada en organizaciones voluntarias104; expresiones como la apatía política y el descontento propio de los sectores marginados sólo conducirían, en su planteamiento, al subdesarrollo y al alejamiento de las figuras democráticas.