Así como hoy en día hay muchos científicos que consideran que la contaminación del planeta y el deterioro de las selvas es mucho menos grave de lo que se pensaba, hay una corriente de pensamiento que asegura que la amenaza de la explosión demográfica se ha diluido. De ser así, las ideas de Paul Ehrlich, Lester Brown y de los malthusianos que aseguraban que el planeta no podría darnos de
comer y respirar si nos seguíamos reproduciendo parecen relegadas al olvido. La División de Población de la ONU informa en World
Population Prospects: The 1996 Revisión que los índices de
fertilidad han sufrido una grave caída mundial en los últimos años. Si entre 1950 y 1955 la tasa total de fertilidad (equivalente al número promedio de niños por mujer en toda su vida) era de cinco (la tasa de reemplazo de la población es 2.1), hoy esa tasa es de 2.8. Incluso los países pobres han seguido esta tendencia y la tasa general del tercer mundo ha bajado de seis, entre 1965 y 1970, a tres. También México se acerca velozmente al nivel de reemplazo, contrariamente a la idea generalizada. Esta caída de la fertilidad no puede percibirse aún debido al «momento del crecimiento de la población»; el hecho de que haya actualmente un gran número de madres potenciales es consecuencia de una época en que los nacimientos eran muy numerosos, además de que el aumento demográfico del tercer mundo, a pesar de disminuir, sigue siendo alto. Este fenómeno se debe a que las mujeres están más educadas, al aumento de abortos y divorcios y a una disminución de la mortalidad infantil. Así, de continuar esta tendencia, dentro de unos cincuenta años la propensión a la disminución poblacional se hará evidente.
La perspectiva de una humanidad en vías de desaparecer o por lo menos dejar de multiplicarse velozmente parece una paradoja en una época en que la tecnología avanza de manera espectacular en el terreno de la concepción humana. La ciencia ha evolucionado en su carrera por convertir a la mujer en una máquina reproductora eficiente, silenciosa y económica, como lo demuestran los incontables beneficiarios de las nuevas técnicas de fertilidad, así como los extraordinarios casos de concepciones múltiples ya mencionados y ejemplos como el de Lisa Nottingham, una mujer de veinte años con muerte cerebral que tras cuatro meses de embarazo dio a luz a una bebé saludable, el 15 de noviembre de 1997 en Rochester. Después de la cesárea, la joven madre fue desconectada del aparato que la mantenía viva. Estos acontecimientos tuvieron
lugar después del prodigio de clonación que dio por resultado a la oveja Dolly en Edimburgo.
La palabra «clon» viene de «retoño» en griego, pero comenzó a usarla en el sentido moderno el biólogo británico J. B. S. Haldane, quien postuló en 1963 que en pocos años sería posible crear duplicados genéticos precisos de moléculas, células, plantas, animales y seres humanos. La clonación se refiere a una serie de procedimientos que se han empleado en la agricultura desde hace muchos años, así como a las tecnologías de clonación molecular, clonación celular, clonación de blastómeros (con la que se crearon los monos Netty y Ditto en 1997) y trasplante del núcleo (con el que fue manufacturada Dolly). Las dos primeras técnicas son extremadamente comunes en las industrias biotecnologica y médica y se utilizan para producir hormonas como la insulina, así como para experimentar con nuevas drogas y sus efectos en determinadas células del cuerpo. La separación del blastómero se utiliza para obtener dos o más animales (ovejas, cabras, becerros) idénticos. Esta técnica depende del hecho de que las células, antes de alcanzar el estado de blastocito, sean pluripotenciales o progenitoras, es decir, que tengan el potencial de convertirse en cualquier tipo de tejido del organismo y puedan generar un organismo nuevo y completo. Hasta ahora no se sabe con certeza por cuánto tiempo permanece pluripotente el ADN. En 1938, Hans Speman predijo la posibilidad de trasplantar el núcleo de una célula adulta a un óvulo fertilizado. En 1981, Karl Illmensee tuvo éxito al clonar ratones a partir de células embrionarias. Desde entonces se han clonado vacas, chivos, conejos y changos con células embrionarias en diferentes etapas de su desarrollo. El embriólogo Ian Wilmut, del Instituto Roslin de Edimburgo, tuvo éxito en un proceso que muchos consideraban imposible: extrajo la información genética (el ADN) de una célula mamaria de una oveja adulta, la preparó para que fuera aceptada por un óvulo fertilizado de otra oveja, al cual le quitó su ADN, y lo sustituyó fundiendo esta célula con la célula adulta (proceso que precipitó con una pequeña descarga eléctrica). Su gran aportación fue entender que la clave estaba en el ciclo del ADN, razón por la
cual detuvo el reloj interno de la célula adulta al dejarla sin alimento; de ese modo pudo sincronizarla con el embrión, y este aceptó la fusión. La célula clonada comenzó a crecer y a formar un embrión que fue implantado en la segunda oveja. El producto nació en julio de 1996, aparentemente en perfecta salud, y fue bautizado como Dolly (pues fue producto de una célula mamaria que se haría casi tan famosa como los senos de la cantante de country Dolly Parton, según Wilmut). Pocos años más tarde se hizo evidente que había algo extraño con la salud de esta famosa oveja.
Antes del experimento de Wilmut se creía que la información genética de una célula adulta, y por lo tanto diferenciada (esto es, que se ha convertido en piel, músculo, cartílago o hueso), no podía ser reutilizada para formar un organismo completo. Dolly fue el único borrego que nació vivo de 277 fusiones celulares; no obstante, fue la demostración contundente de que este proceso relativamente simple puede funcionar.
Tras la presentación de Dolly el 23 de febrero de 1997, muchos especialistas, políticos y organizaciones se apresuraron a condenar cualquier intento de clonar seres humanos. Apenas nueve meses después, la actitud de muchos científicos cambió de manera radical, como informó The New York Times en su primera plana del 2 de diciembre de 1998. Hoy, algunos expertos afirman que sólo es cuestión de tiempo para que el primer ser humano sea clonado. Y el anuncio del 16 de enero de 2000 de la exitosa clonación de un simio
rhesus vino a confirmar esa hipótesis. En marzo de 2000 el público
había perdido su capacidad de sorprenderse con los prodigios de esta tecnología, por lo que la clonación de cinco puercos por la empresa PPL Therapeutics ni siquiera fue noticia de primera plana en los diarios del mundo. Mientras tanto, en China, científicos de la Academia de Ciencias están tratando de clonar pandas para rescatar a ese animal de la inminente extinción. El mismo objetivo tienen quienes están tratando de clonar al tigre de Tasmania y algunas otras especies en peligro. Pero quizá el proyecto más osado sea el de un grupo de científicos que están trabajando para tratar de clonar al mamut congelado que fue rescatado de las nieves de Siberia en
1999. El trabajo experimental que están llevando a cabo estos científicos y los que trabajan con simios está sentando las bases de lo que será la manipulación genética en los seres humanos, y en consecuencia están abriendo brecha en el camino hacia la fabricación de nuestros descendientes como si se tratara de automóviles o aparatos electrodomésticos. Sería ingenuo pensar que el monumental trabajo de descifrar el genoma humano se está llevando a cabo sin la intención de que los resultados se apliquen para modificar y mejorar de manera palpable a los herederos de la tierra.