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La primera victoria de las mentes no humanas

In document Naief Yehya - El cuerpo transformado.pdf (página 141-144)

La perspectiva de engendrar máquinas que habrán de reemplazarnos, sustituirnos y hasta desplazarnos resulta insoportable para las Iglesias, las cuales en principio no aceptarán jamás que una máquina pueda llegar a tener conciencia y por lo tanto «alma». En cambio, científicos como Hans Moravec y Marvin Minsky consideran estas invenciones como los «hijos de nuestra mente», nuestros herederos, los cuales, como nuestros hijos biológicos, estarán hechos a nuestra imagen (por lo menos intelectual), reflejarán nuestras ideologías, fantasías y delirios de grandeza, además de que tendrán el potencial para ser los amos del universo. Ellos son sin duda la mejor esperanza de que la herencia de la humanidad sobreviva durante muchos milenios y no sea borrada por un holocausto nuclear o por algún cataclismo planetario. Sin embargo, la ilusión de que estas máquinas superinteligentes nos traten con respeto y hasta devoción paternal, como sueñan, algunos teóricos, parece poco realista, especialmente si tomamos en cuenta que algunos de los prototipos de «inteligencias móviles» existentes, como los aviones sin piloto, los tanques robot y las bombas «inteligentes», entre otras tecnologías evolucionadas, son producto de la guerra y entre sus objetivos destacan la vigilancia, la confusión y el aniquilamiento de otros seres humanos.

En mayo de 1997, tras un par de intentos fallidos, la computadora Deep Blue logró derrotar a uno de los ajedrecistas más prodigiosos de la historia, Garry Kasparov. Deep Blue, diseñada especialmente para jugar ajedrez, cuenta con un poder de cálculo

equivalente a tres billones de instrucciones por segundo (tres BIPS), lo cual se calcula que equivale al tres por ciento de la capacidad total del cerebro humano. Si una computadora con esa fracción de la inteligencia humana ha podido derrotar al mejor ajedrecista del mundo, podemos inferir con relativa certeza que una computadora con un poder de cien BIPS podría competir en cualquier terreno con la mente de una persona. Esto, sin embargo, no quiere decir que dicha máquina poseerá, por ende, una conciencia. A pesar de que Deep Blue es incapaz de «ver» o mover las piezas del tablero, Kasparov quedó convencido y afirmó con toda seriedad al término de la partida que la máquina daba signos de tener una mente y no un programa.

En 1950, el pionero de la computación Alan Turing publicó un artículo llamado «Computer Machinery and Intelligence», en el cual trataba de responder viejas preguntas, como: «¿Pueden pensar las máquinas?», «¿Resolver problemas aritméticos complicados equivale a pensar?» En el texto trató de responder a las objeciones más populares en contra de la posibilidad de que tarde o temprano se fabricara una inteligencia artificial. Para esto, Turing refutó la objeción teológica, la cual plantea que pensar es una función del alma y, dado que las máquinas carecen de alma, no pueden pensar. La visión mecanícista propone que la conciencia humana es el resultado de sucesos físicos y reacciones químicas en el cerebro, que a su vez es simplemente una computadora. «Si todos los objetos materiales están gobernados por las leyes de la física, entonces el cerebro está gobernado por las leyes de la física. Una computadora suficientemente grande puede simular cualquier cosa que esté gobernada por las leyes de la física. Por lo tanto, una computadora suficientemente grande puede simular el cerebro», dijo Ralph Merkle, experto en nanotecnología de Xerox PARC.

Si aceptamos que existe un alma, ésta tiene la función de

interpretar patrones, reacciones y flujos cerebrales para

transformarlos en sentimientos, ideas, emociones y demás operaciones mentales abstractas. En consecuencia, el alma sería una

especie de traductora o de interfaz, un programa sofisticado pero probablemente no irrepetible. Escribe Hans Moravec:

Le otorgamos un número a un ábaco cuando interpretamos determinada disposición de sus cuentas como si expresaran ese número. De la misma manera, podemos otorgar un alma consciente a un robot al interpretar su comportamiento como si expresara las acciones de esa alma: entre más humanas sean sus interacciones con nosotros, más fácil será la atribución [Robot, p. 72].

No hay duda de que cuando un robot pueda responder que se siente bien o que está triste podremos dudar de la autenticidad de sus «sentimientos», pero sólo habremos de aceptarlo como ser consciente cuando nos acostumbremos a que las máquinas tengan emociones, o bien cuando las inteligencias artificiales puedan demostrar que entienden lo que sienten.

Incluso el robot más simple actúa según nociones del mundo exterior. Si estas nociones son correctas, su comportamiento será adecuado y competente. Cuando un robot analiza su propia conducta en función de modelos sociales avanzados, comienza a creer en sus sentimientos. Con toda justicia, es imposible saber si estos sentimientos son genuinos o si la máquina simplemente creerá tenerlos o los expresará como parte de un programa, ya que ni siquiera podemos estar seguros de si nosotros mismos sentimos miedo de caer a un precipicio o si simple mente estamos programados para expresarnos mediante esa emoción en determinadas circunstancias y por eso creemos tener miedo. Así, será posible asumir que Dios les habrá dado un alma a las máquinas inteligentes en el momento en que una porción importante de la sociedad y algunos líderes religiosos decidan aceptarlas como parte de la comunidad, independientemente de lo que argumenten las Iglesias y sin importar quién sea excomulgado en el proceso.

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