Hugo de Garis está convencido de que va a cambiar el mundo y de que lo que nos espera no va a ser del todo feliz para los hombres. En 1990, el doctor De Garis publicó un inquietante artículo titulado «The 21st Century Artilect Moral. Dilemmas Concerning the Ultra Intelligent Machine», donde planteaba que en una o dos generaciones más, la tecnología de cómputo nos permitiría construir sofisticadas computadoras superinteligentes, que nos obligarían a evaluar cuál será la especie dominante en este planeta: nosotros o las máquinas. De Garis es un científico australiano que emigró a Japón durante la década de los ochenta, cuando ese país parecía perfilarse para conquistar todas las áreas de la tecnología. Si bien hoy el imperio del sol naciente ha perdido su liderazgo, especialmente debido a su retraso en el campo de las computadoras personales y del internet, sigue siendo uno de los países con mayor inversión y avances en el campo de la robótica.
En 1993, De Garis fue contratado por el Advanced Telecommunications Research de Kyoto, institución controlada por el gobierno y por el conglomerado NTT. Ahí, De Garis fundó el Brain Builder Group, que tiene por ambicioso objetivo desarrollar cerebros artificiales que puedan compararse con los biológicos. De Garis es uno de los pioneros en el desarrollo de la inteligencia - 71 -
digital, la vida artificial y la ingeniería evolutiva. En el terreno de las redes neurales ha aplicado el método de selección darwiniano para hacer evolucionar software y hardware inteligente, y se ha dado a conocer internacionalmente por sus controvertidos y provocadores ensayos, que circulan ampliamente por internet. De Garis cree que el dilema que enfrentaremos cuando sean creadas mentes artificiales será tan importante como lo fue en su momento la toma de conciencia por parte de los científicos nucleares de la década de los años treinta sobre las posibles consecuencias que acarrearía la partición de un átomo de uranio: que se desatara una incontrolable reacción en cadena que destruiría la Tierra, así como la amenaza de una guerra nuclear total que podría costamos la supervivencia de la civilización.
A comienzos del año 2000, De Garis se encontraba trabajando en un proyecto que ha denominado Robokoneko, un gato cibernético a control remoto, con cámaras de video por ojos, micrófonos por oídos y sensores de tacto que le permiten ronronear cuando se le acaricia. El gato, que será un costoso juguete de más de 30.000 dólares (pero mucho más versátil e inteligente que el ciberperro Aibo, que lanzó la empresa Sony en 1999 a un precio de 2.500 dólares), es simplemente un vehículo para un inquietante cerebro artificial con un poder de cálculo equivalente a 10.000 microprocesadores Pentium II, lo que puede compararse con el poder de cómputo de cuarenta millones de neuronas. Robokoneko podría ser uno de los primeros pasos en firme hacia la creación de un cerebro capaz de competir con la mente humana. Nadie puede predecir qué implicará la aparición de poderosas mentes artificiales, pero es lógico pensar que si pudieran evolucionar (como lo hacen los programas de vida artificial) superarían el intelecto humano en poco tiempo, a menos que se les incorpore una especie de límite de seguridad, equivalente al dispositivo de autodestrucción que limitaba la vida de los replicantes Nexus 6 en Blade Runner.
De Garis creó el término «artilecto», con lo que se refiere a una inteligencia artificial capaz de evolucionar extremadamente rápido y, por lo tanto, de tornarse ultrainteligente, es decir, capaz de
alcanzar un nivel de complejidad y sofisticación incomprensible para los hombres. Los artilectos serán capaces de controlar su propia evolución, podrán actualizarse, modificarse, adaptarse, hacerse más rápidos, más inteligentes y más versátiles, al grado de que en poco tiempo considerarán a los humanos como seres inferiores. No podemos ser tan ingenuos como para pensar que una vez liberado el potencial de los artilectos, éstos nos obedecerán servil y dócilmente si no contamos con un medio eficiente e ineludible de coerción y si no mantenemos una clara supremacía de poder. Lo que caracteriza a la inteligencia no es la capacidad de cumplir tareas de manera eficiente, sino más bien la habilidad de actuar de manera impredecible, de encontrar soluciones originales a problemas nuevos y tener la creatividad, la curiosidad y la insatisfacción para conducirnos a intentar e inventar cosas insólitas.
Aunque los artilectos tuvieran una estructura moral o emocional preprogramada, fácilmente podrían evadirla (como en
Robocop), transformarla en función de sus necesidades y, en caso de
que tuviera lugar una carestía material o de algún recurso vital en el planeta, podrían decidir «reducir la carga ecológica, eliminando a la "más hambrienta" de las especies inferiores, es decir, a los seres humanos», señala De Garis. La evolución darwiniana autoproducida por los artilectos será siempre impredecible, y los seres humanos no podremos contar con que los cambios de estas mentes nos sean siempre favorables. Ante esta perspectiva, no parece tan absurda la trama de la cinta The Matrix, en la que una inteligencia artificial que se ha vuelto demasiado poderosa ha conquistado silenciosamente al planeta y se alimenta de la energía producida por millones de seres humanos «cultivados» en inmensos campos de procreación artificial. Estas ideas han irritado a numerosos expertos, que descartan las especulaciones de De Garis como mera ciencia ficción disfrazada de ciencia. No obstante, De Garis goza de un prestigio incuestionable que ha obligado a sus colegas a tomarlo en serio.
Es claro que en algún momento tendrá que llevarse a cabo un debate en torno a la cuestión de fabricar o imponer una moratoria en la producción de artilectos, de manera semejante a lo que deberá
hacerse respecto de la manipulación genética o la clonación humana. Aun así, sabemos que en el caso de ser viables económica y tecnológicamente, estas innovaciones serán concretadas y utilizadas. Es previsible que algunos ejércitos consideraran indispensables los artilectos para pelear las guerras del siglo XXI, por lo que su desarrollo seguirá los patrones de la carrera armamentista y los Estados poderosos justificarán su fabricación como una necesidad de supervivencia nacional. Así, los artilectos serán creados con una finalidad bélica y destructiva, lo que estará en contradicción con la antes mencionada primera norma ética de Asimov, que dicta que una máquina, por inteligente que sea, debe respetar siempre la vida de los seres humanos por encima de cualquier otro interés, incluso su propia existencia. Por otra parte, también debemos preguntarnos si tenemos el derecho moral de detener un monumental proceso evolutivo al impedir la manufactura de artilectos, que representarían el punto más alto de la creatividad tecnológica humana y tal vez podrían contrarrestar el inmenso daño que ha hecho nuestra especie a todas las formas vivas de este planeta, imponer una coexistencia pacífica entre los hombres, administrar sabiamente los recursos, así como enriquecernos material y culturalmente.
De acuerdo con De Garis, a fines del próximo siglo los artilectos podrían llegar a alcanzar el tamaño de un asteroide o de la Luna, y a ser inteligencias masivas capaces de dominar la política mundial. También cree que la aparición de los artilectos dividirá a la humanidad en dos bandos: los terras, a los que ha denominado así porque querrán mantener su existencia en el nivel terrenal y se opondrán a la creación de artilectos, y los cósmicos, que estarán a favor de la creación de artilectos y de la conquista del universo, ya que considerarán a la tierra como un espacio demasiado provinciano e insuficiente y se lanzarán al espacio exterior en busca de otras megainteligencias. Este científico afirma con toda seriedad que la oposición entre estos dos bandos seguramente culminará con una guerra nuclear que arrasará a buena parte de la humanidad. De Garis se siente en parte responsable de ese futuro holocausto debido a su trabajo con inteligencias artificiales.