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Deudas de gratitud y agravios: El Escorial profanado

In document Contreras Jaime - Carlos II El Hechizado (página 103-106)

Dos acciones coordinadas perfectamente. En efecto el 17 de enero de 1677 un conjunto de más de quinientos soldados se presentó en El Escorial. Iban dirigidos por dos grandes títulos: don Antonio de Toledo, primogénito del duque de Alba, y don Juan Carlos Pérez de Guzmán, duque de Medina-Sidonia. Venían desde Hita, enviados por don Juan, para prender a don Fernando de Valenzuela. Así comenzaba a realizarse la primera exigencia que expresara Villaumbrosa. La segunda ya se había producido. En efecto la noche del 14 de enero, de forma inesperada y en secreto, don Carlos se trasladó, para residir en él, al Palacio del Buen Retiro. Le acompañaba el duque de Medinaceli, su hombre más cercano. Allí instaló su casa, de momento. Quedaba en el alcázar, la Reina «... mi señora y madre, con toda la decencia que corresponde a su Real Persona», como escribió, días después, el propio Rey. Lo que importaba para los conjurados, la emancipación de Su Majestad y la lejanía de doña Mariana, ya se había producido.127

Porque el asunto de El Escorial ocasionó serios problemas posteriores. No se podía argüir desconocimiento en aquellos dos notables, grandes de España, que mandaban las tropas llegadas hasta el monasterio. Aquel recinto era sagrado; no sólo por ser un espacio eclesiástico que gozaba de la inmunidad del derecho de asilo, al que se acogió Valenzuela; era también un lugar de jurisdicción propia del Rey y, además, patrimonio de su propia Casa. Las crónicas han descrito con detalle los acontecimientos violentos de aquella prisión. Primero la pretensión agresiva de los dos jefes banderizos. Luego la respuesta del prior del Real Sitio: el lugar tiene el privilegio de inmunidad; hay en él una persona sujeta al derecho de asilo y, además, existe una orden escrita de puño y letra por el Rey protegiendo al aforado. A estas razones del prior contestaron los dos nobles con demasiada altanería; y replicó el prior que bajo ningún concepto permitiría la entrada de tropas, indicando las penas en que se incurría cuando se rompía el derecho eclesiástico. Hubo voces destempladas por uno y otro lado. Para asegurarse mejor, el prior, fray Marcos de Herrera, fijó los edictos eclesiásticos y expuso el Santísimo Sacramento en la nave central de la iglesia. Nada de esto arredró a los dos militares que, soberbios, penetraron, con artes de guerra, en el Real Monasterio. El prior consumió el Santísimo, declaró profanado el templo y decretó la excomunión del duque de Medina-Sidonia y de don Antonio de Toledo, el mayor de los hijos de la Casa de Alba. Lejos de amilanarse, los dos invasores prendieron a Valenzuela cuando intentaba escapar por una ventana. Conducido a la iglesia, ante toda la comunidad y 127 A. Graf von Kalnein, Juan José de Austria... op. cit. p. 416; cita B.N.E., mss. 17482, fol. 88, una carta del 20-1-1677 «[El Rey] está contentísimo de haberse salido de entre faldas...»

en presencia de la tropa, el todavía primer ministro preguntó a don Antonio de Toledo cuál era la causa que había para prenderle y si tenía algún decreto de S.M. u otra orden escrita del presidente de Castilla que anularan los documentos que ratificaban su derecho de acogerse al asilo de aquel sagrado recinto.

Como no obtuviera respuesta precisa, don Fernando pasó a recordar al orgulloso primogénito de los Alba los favores que le había otorgado durante su «gobierno». Le hizo memoria de aquel día, todavía no muy lejano, en las Descalzas Reales, cuando este don Antonio salió al encuentro de Valenzuela para apremiarle a que el Toisón, esa orden de caballeros, la más selecta de toda Europa, le fuese otorgada con premura. Prometió entonces el noble, con serviles ademanes, que Valenzuela tendría de él «... mi cariño, mi amistad y mi persona». Días después, don Carlos, a propuesta del ministro, concedía la Orden del Toisón que venía a aumentar los muchos blasones de aquella Casa. El de Alba prometió amistad, entonces, a Valenzuela. Por eso, dijo el preso, no se entiende ahora que le traten mal cuando él hizo tanto bien. Todos los presentes callaron, allí, expectantes con la escena que enfrentaba al encopetado aristócrata y al villano favorito que, aun siendo su preso, le mortificaba agriamente recordándole la mutabilidad del tiempo. No se conformó Valenzuela trayendo, a la atención de todos, la concesión de esta gracia. Todavía dijo algo más. Se acordó del viejo duque, el padre de don Antonio, cuya hacienda endeudada era objeto de acreedores y recordó las súplicas del aristócrata, cerca de Valenzuela, para poner algún remedio: «... se le dio 24.000 ducados de plata a costa mía», preciso, con claridad y secamente, don Fernando. Pero todavía el famoso linaje no se sentía satisfecho y, muy poco después, otra vez el duque pidió a Valenzuela que «... pusiera los medios posibles para conseguir estar en el Consejo de Estado». Fueron, dijo el protegido de la Regente, «... finezas de mi obrar». No quiere ahora recompensas ni agradecimientos, simplemente pregunta a don Antonio, su carcelero, por qué le hace mal cuando él sólo le hizo bien. «¿Será esto cuestión de lo ilustre de su sangre?», preguntó, con acida ironía, don Fernando de Valenzuela.

No hubo respuesta del orgulloso don Antonio. Qué podía decir. Don Gabriel Maura, que contó la anécdota, aseveró con mucha elegancia: «para el orgullo de los Toledo precisamente en las deudas de gratitud con el favorito consistían los agravios»128. Así, tal era la verdad. Luego todo fue muy rápido: los dos jefes

presentaron un aval de don Juan responsabilizándose de aquella prisión y Valenzuela quedó bajo custodia de la soldadesca que, de forma obscena, ocupó el monasterio. Partieron las tropas con el recluso hasta llevarle confinado al Castillo de Consuegra, la villa cuyo señor era don Juan. Se iniciaba así el destierro de Valenzuela. Días después don Carlos, que ya tenía cerca a su hermano, promulgaba un decreto degradando al favorito caído de todas sus preeminencias: como primer ministro y como grande de España. Ocurría por ello que un decreto regio revocaba otro anterior de igual naturaleza. Un Rey, prisionero de su hermano, se reproba a sí mismo. Y Valenzuela salía para un largo destierro que le llevaría a Filipinas. La letrilla popular acertó de pleno cuando apuntaba así:

128 El suceso, meramente descrito, se encuentra excelentemente narrado en G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. I, pp. 310-314.

Si te hubieras contentado con ser de los bosques dueño sin pasar a más empeño no te hubieras despeñado; fuiste mal aconsejado, y pues no te contentó tanto bien como te dio un Dios que a todos asiste; que mueras o vivas triste ¿qué culpa te tengo yo?129

In document Contreras Jaime - Carlos II El Hechizado (página 103-106)

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