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Ira contra sutileza: actitudes de dos embajadores

In document Contreras Jaime - Carlos II El Hechizado (página 170-173)

El embajador de Viena, el conde Harrach, se asustó también mucho y reaccionó presionando a la Reina para que forzara a su esposo, de modo que, éste, en un momento de lucidez, redactase testamento favoreciendo la candidatura del archiduque. Doña Mariana, también asustada, sentía la coacción austriaca y, aunque entendía su postura, no podía sino sentir terror ante las consecuencias de la muerte del Rey. Harrach, altanero y dominante, la había amenazado con encerrarla en un convento si el Rey fallecía sin testar. Fue una mala estrategia la de aquel embajador porque, temeroso de la presencia del marqués de Harcourt, embajador de Francia, recién llegado, actuó sin comedimiento alguno como si aquella corte fuera la suya 227 Ibídem nota anterior, fols. 46-47.

propia de Viena. Nerviosismo descomedido, entonces, el del embajador Harrach; nerviosismo también, aunque más disimulado, el del representante de Francia, recién llegado; y nerviosismo, igualmente, el que mostraron allí muchos grandes que acudieron presurosos a palacio para conocer el curso de la enfermedad; entre todos ellos destacaba uno, el cardenal Portocarrero, cuya posición política, a pesar de sus cortas luces —según el sentir general— era muy significada.

Porque todos recordaban que un tiempo atrás, poco después de que muriera la Reina Madre y cuando el monarca superaba, con muchas dificultades, un ataque de tercianas, Portocarrero logró, en el Consejo de Estado, imponer sus tesis sobre la sucesión de la monarquía. En efecto, contra la voluntad del almirante y sus amigos, el cardenal de Toledo consiguió entonces que el Consejo de Estado decidiese que el príncipe don Fernando José de Baviera, nieto de la princesa Margarita, fuese el sucesor de la monarquía católica, caso de que Su Majestad muriese sin descendencia.

Y unos días después, el 13 de septiembre de 1696, cuando Carlos se hubo recuperado de su enfermedad, firmó aquel documento. Sintióse el monarca, entonces, muy relajado y tranquilo y, por lo mismo, agradeció al cardenal sus esfuerzos. Nombrar al príncipe Fernando José por heredero universal de la monarquía católica le producía al Rey una íntima satisfacción considerando, además, que así lo había prometido hacer a su propia madre, cuando ésta expiraba en el lecho de muerte.229

Reconoció el monarca estas acciones del cardenal, sobre todo cuando luego, llevado de un apocamiento que no podía evitar, tuvo que soportar la afrenta de ver a su esposa, furibunda, hacer desaparecer aquel documento extrayéndolo de los mismos archivos del Despacho Universal, contra toda ley y sin decoro alguno. Por aquella desconsiderada acción de doña Mariana, la monarquía católica quedaba así sin heredero confirmado y Su Majestad, otra vez, sería objeto de constantes agobios y presiones que, ello no obstante, su persona no podía evitar. Desde aquel día a Carlos II se le vio paulatinamente más melancólico y demacrado. Su deber de Rey y la debilidad de su espíritu apocado se vieron zarandeados, entre sí, en el seno de su propia conciencia; ésta le exigía no faltar a la palabra dada a su madre, pero las presiones de su esposa eran muchas, cada vez más fuertes y constantes.

Se agravaron, desde entonces, las tensiones en la pareja real. La Reina sufría porque, presionada desde Viena y acosada por el embajador Harrach, no encontraba la forma de vencer la firmeza de Carlos de no firmar cosa alguna a pesar de que su salud se agravaba a ojos vistas. Parecía como si el monarca, en medio de tantas presiones ejercidas sobre su persona, se acogiera a las debilidades de su propio cuerpo como medio para escapar de tanto hostigamiento. Si la Reina le hablaba de la situación política, Carlos la interrumpía y, con tono de reproche, expresaba su malhumor diciendo que aquellas cosas quebrantaban su salud. Pero el descanso y la quietud no llegaban nunca porque en aquella corte todo estaba por precisar; y nada ni nadie podían asegurar un principio de serenidad. Se supo, por ejemplo, que en la primavera de 1697 un grupo de grandes aristócratas llegaron a considerar la posibilidad de que algunos de los más reconocidos linajes de la nobleza de España podían, en circunstancias adecuadas, presentar una alternativa al trono. Era una posibilidad remota, sin duda, pero fue verdad que en algunos medios nobiliarios, 229 Ibídem nota anterior, p. 161.

como los de la Casa de Aragón-Cardona, se dijo que en las memorias de muchas de estas casas había también sangre de reyes.230

En cualquier caso, por aquellos años, todas las cortes de Europa estaban pendientes de la sucesión española. La monarquía católica, a la sazón, se encontraba en guerra con Luís XIV formando parte de la Gran Liga de Augsburgo, la magna coalición antifrancesa que habían constituido la casi totalidad de las potencias europeas. Destacaban entre todos, como enemigos de Francia, el Imperio y la coalición de las Provincias Unidas y el Reino Unido, cuyas coronas reposaban en una misma persona: Guillermo III de Orange. Esta Gran Liga, constituida en 1688, poco después de morir la reina María Luisa, tenía por objetivo la defensa de todos sus miembros respecto de las provocaciones de Francia. La monarquía católica se sumó entonces a ella con un cierto recelo; y sólo participó plenamente cuando, en mayo de 1689, fueron hechos públicos los esponsales del rey Carlos y la princesa Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado, en Alemania. Por aquel entonces toda Europa conocía las dificultades militares de la monarquía católica para defender sus posiciones en Flandes o en la frontera de los Pirineos. Agraviarse con Luís XIV podía suponer la pérdida definitiva de esos territorios. Por eso en aquel tiempo España mostró algunas reticencias para entrar en la coalición; pero, tanto las vinculaciones dinásticas con Viena como las obligaciones «familiares» adquiridas, por el nuevo matrimonio, con la familia del príncipe palatino, determinaron la decisión de participar, por el verano de 1689, en la alianza de toda la Cristiandad contra el Rey Cristianísimo.231

Y en efecto aconteció que muy pronto la fuerza de los poderosos ejércitos franceses se hizo notar muy especialmente. Ya al inicio de las hostilidades, la presión de Francia sobre los territorios españoles fue inmediata, incluso se hizo particularmente enojosa y prepotente en los propios esponsales de la reina Mariana, celebrados en Wittelsbach, el 28 de agosto de 1689. Allí, en presencia de gran parte de la nobleza alemana y de toda la corte imperial que asistieron a la boda de la próxima reina de España, atacaron los ejércitos de Luís XIV hostigando toda la zona de Francfort, Lagenzenn y Dusseldorf. Ello no obstante tales hostilidades, que dificultaron el viaje de la reina Mariana hacia España, contribuyeron a unir sólidamente, tras la dinastía de Habsburgo, a toda Alemania, la protestante y la católica.232 Pero la guerra fue muy cruel para los Austrias españoles que, muy pronto,

vieron cómo los ejércitos franceses, desde aquel momento, atacaban en la frontera de Cataluña coordinando sus acciones con las de su propia armada que bombardeaba sin piedad las ciudades de la costa.

230 A. de Baviera (príncipe), «Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España» en Boletín de la Real Academia de la Historia (Tomo 99,1931), pp. 294-296. 231 G. Maura y Gamazo, Vida y reinado... op. cit., pp. 373 y 374.

In document Contreras Jaime - Carlos II El Hechizado (página 170-173)

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