Pero... el azar jugó aquí todas sus bazas con una fuerza inusitada. Porque ocurrió que, de forma inesperada, la reina María Luisa murió de improviso el 12 de febrero de 1688. El desconcierto por aquella muerte repentina en todas las cancillerías europeas fue enorme, y la tentación de recurrir a la voluntad de la providencia para encontrar explicaciones a aquel suceso fue generalizada. Para Luís XIV aquello era una desgracia que sólo podía explicarse como castigo de Dios por las incontables torpezas que había cometido su embajador en Madrid, el conde de Rebenac. Supo el monarca francés la hostilidad que su gestión había causado en España; llenóse de ira, llamólo a su presencia y le reprochó su gestión como contraria a los designios divinos; le retiró pronto de su lado y lo envió como embajador en Constantinopla, ante el turco otomano.
Por el contrario en Viena, con disimulo apenas contenido, se dio gracias al Altísimo porque aquella muerte era señal favorable de la Divinidad para la Casa de Austria. Portentoso milagro en favor de los Habsburgos, pensó el emperador Leopoldo que, por aquel tiempo, trabajaba para levantar una alianza antifrancesa. Por su parte el conde de Mansfeld, su embajador en Madrid, escribía mucho más 215 B. Yun, «Del centro a la periferia...» art. cit., pp. 59-62.
comedido: «No sé si llorar con la Reina Madre o dar gracias a Dios por esta bendición para la Casa de Austria.»216
Porque Mariana de Austria, al contrario que su familia austriaca, lamentó mucho la desaparición de su nuera. Había apreciado en ella su desdén inicial por la política, porque ello, de algún modo, sirvió para proteger al Rey de las ambiciones que se expresaban en palacio. Y fue cierto que Carlos vivió con María Luisa sus mejores años. Ahora, tras aquella desgraciada muerte, el futuro era un enigma porque, fuese cual fuese la princesa elegida, ya muchos pensaban que la descendencia de aquella familia no sería, desde luego, fácil. Los rumores sobre la capacidad «generandi» del Rey español corrían por todas partes y casi siempre de forma acida y burlona.
Pero, en cualquier caso, la reina María Luisa desapareció tan de repente que causó estupor su ausencia; y ello provocó una remodelación de las estrategias principales de la diplomacia europea. Los hechos de aquella defunción se sucedieron de manera vertiginosa: el martes 8 de febrero, a la tarde, durante los ejercicios de equitación, la Reina, experta amazona, viose sorprendida porque su caballo, asustado, se encabritó de repente. Golpeóse María Luisa violentamente contra el arzón y se ocasionó algún daño interior grave que ella trató de disimular reconviniendo a sus damas para que guardasen silencio, de modo que ni el Rey ni los responsables de palacio nada supieran. La Reina pasó la noche siguiente con inquietud y molestias y el miércoles, día 9, quedóse en cama aunque demostró un apetito voraz. Sin embargo pronto aparecieron grandes náuseas, tras las cuales se sucedieron, sin interrupción, vómitos enormes. Su médico, el italiano Francini, acudió presto, pero enseguida entendió que el «mal era de grande peligro». Los vómitos eran incontenibles y alguien avanzó, con mucha imprudencia, que quizás la Reina había sido envenenada.217 Tuvo conocimiento de la crisis el conde de Rebenac
que acudió presto a palacio para, sin comedimiento alguno, abonar la especie de que se había producido, en efecto, un envenenamiento.
Surgió, por ello, la alarma en palacio y el Rey quiso interrogar a los médicos. Ni Francini ni tampoco el doctor Lucas Maestre, médico personal de don Carlos, apoyaron la tesis del veneno. Más bien, pensaron ambos, que el diagnóstico más apropiado para aquellos síntomas era el de cólera morbo, es decir, la enfermedad causada por la acción de jugos biliosos, agrios y corrompidos, que, mezclados con partículas evaporadas del páncreas, estimulaban el vientre animando la expulsión violenta. Sea como fuere, nadie ni nada pudo poner remedio a aquellas acciones tan violentas. Ya el día 11, viernes, María Luisa tuvo accesos de fiebre muy alta y, aunque se le aplicaron remedios inmediatos, nadie pudo impedir que aparecieran síntomas mortales de carácter irreversible. Francini vio que la respiración era hiposa y los trasudores y desfallecimientos continuos, y dedujo que los famosos jugos corrompidos habían pasado a las venas y afectaban al corazón. Aplicó medicinas cardiacas, como el ajo y el apio, y comprobó que los órganos principales no respondían al tratamiento. Francini y Lucas Maestre, «no abrigando esperanza de 216 F. Tuero Bertrand, Carlos II y el proceso de los hechizos... op. cit., p. 67.
217 La tesis del envenenamiento es defendida por J. M. de Bernardo Ares, «El Conde de Oropesa...» art. cit., pp. 182-183.
salvar aquel cuerpo», llamaron a los confesores para que salvasen el alma. Hizo, la Reina, confesión general, tomó la extremaunción y recibió al Rey al que habló con gran ternura: «Muchas mujeres podrá tener Su Majestad —dicen que dijo María Luisa— pero ninguna que le quiera más que yo.»218 Poco después, en la madrugada
del día 12 de febrero, sábado, de 1688, expiró. Y en efecto parece ser verdad que aquella Reina, joven, que ahora moría, quísole de veras.