En este punto sucedía que en todas las cancillerías europeas se conocía la fuerte vocación dinástica y patrimonialista de la reina de España. Por supuesto que ello no extrañaba en absoluto, pero resultaba muy notable comprobarlo sobre todo si se comparaba con la actitud que, anteriormente, había mostrado doña María Luisa, la Reina difunta. Y era cierto; la reina Mariana, como todas sus cinco hermanas, había sido educada para ser reina o, al menos, gran señora; y por esa educación había interiorizado un concepto patrimonial para el cual el matrimonio no era sino un medio necesario, el más necesario de todos, para conseguir situar, en una dinastía regia, la plena potestad soberana. Un matrimonio real que se hubiera concertado sin asumir tal principio hubiese sido considerado plenamente subversivo e incluso atentatorio contra el derecho político de la comunidad del Reino. Doña Mariana lo sabía perfectamente y así lo expresó el mismo día de su boda celebrada en Neoburgo, el 28 de agosto de 1689, cuando en medio de los festejos y en presencia de su cuñado, el Emperador, que los presidía, reconvino a una de sus damas que se dirigió a ella en el tono familiar de siempre: «Aujourd'hui —dijo en el francés cortesano de entonces— je suis reine; autre fois j'étais libre.»254
Y, en verdad, doña Mariana fue, esencialmente, Reina; no, meramente, Reina consorte. Para ella la actividad política era consustancial a su condición de miembro de la familia del príncipe elector del Palatinado. Si ahora, por su matrimonio con el rey don Carlos, era Reina, su nuevo estado pertenecía patrimonialmente a la familia soberana del Palatinado. No ignoraba, por supuesto, que su condición de princesa había sido objeto de negociación entre los príncipes de Europa cuando éstos levantaron la coalición antifrancesa de la Liga de Augsburgo. El emperador Leopoldo, su cuñado, y su propio padre coincidieron entonces en calificar la muerte de la reina María Luisa como un «... portentoso milagro en favor de la causa imperial»255, y en este punto el propio rey de Inglaterra, Guillermo de Orange,
estatúder, además, de las Provincias Unidas dio también su consentimiento implícito para el matrimonio de la princesa palatina y el rey de España. En resumen podía afirmarse que aquel matrimonio suyo se había realizado por el interés de la Casa de Austria, aun cuando entre el emperador Leopoldo y el Príncipe elector, el padre de la novia, hubiera por medio contenciosos sin resolver. Obviamente en París se consideró esta unión dinástica una auténtica catástrofe y, en consecuencia, Luís XIV la obstaculizó cuanto pudo llevando la guerra por toda la cuenca del Rhin hasta 254 A. de Baviera (príncipe), Mariana de Neoburgo... op. cit., p. 39.
Neoburgo, el lugar mismo donde se celebraron los esponsales.
En cualquiera de los casos, Mariana de Neoburgo, ejerció siempre su «oficio» en función de esta idea dinástica y, por lo mismo, intervino en todas y en cada una de las decisiones de palacio, en la creencia sincera de que así cumplía con su deber de princesa palatina. Y, en consecuencia, la condición social y cultural —incluso biológica— de mujer quedó, siempre, subordinada al plano de Princesa y de Reina. Y como Reina supo siempre —y muy bien— cuál era la primera obligación que de ella se esperaba: dar a luz a un Príncipe de Asturias, porque este nacimiento consolidaría «su posición y colmaría su fortuna». Para su desgracia eso no ocurrió; y, por ello, todas las desventuras hicieron cuerpo sobre ella, sobre el Rey y, también, sobre toda la corte.
Porque la princesa del Palatinado fue elegida para reina de la monarquía católica por dos razones principales: la primera por la pertenencia política del Palatinado al Imperio habsburgo; y la segunda por la creencia, generalizada entonces, de que ser miembro de una familia de doce hermanos garantizaba una fertilidad casi inmediata. «Apestar a bigardo», «ser hija de madre tan fecunda» e, incluso, «... dormir al olor de frailes, pasando, de camino, en un convento», como decía la sátira popular de modo irreverente256, fueron manifestaciones de la creencia en una
fertilidad tan evidente y necesaria cuanto que, como se sospechaba, el Rey en este punto era débil y medroso. Y, desde luego, tal parece que doña Mariana se aplicó con verdadero afán a este menester empleando cuantos remedios profilácticos y genésicos había aprendido o le proporcionaba su institutriz alemana. Todo el adiestramiento sexual que recibió, y parece que era mucho, lo puso, como era lógico, al servicio del embarazo deseado, el cual, como se decía repetidamente en los círculos cortesanos, no podía esperar ni una hora más. Fue este negocio, el de lograr sucesión para la monarquía, un asunto particular de Estado, el principal de todos a cuyo interés cualquier cosa quedaría subordinada. Por eso la reina Mariana, en aras de tal objetivo, desarrolló colateralmente toda una estrategia de posibilismo político que le otorgó la primacía para atribuir las gracias regias. Autoritaria, terca y un tanto dominante, logró imponer su criterio y predicamento monopolizando absolutamente la proximidad al Rey, su esposo. Recursos, sexuales muchos de ellos, no le faltaron nunca.
Se iniciaba así el periodo político más confuso de todo el reinado, porque el monarca que, apenas había tomado nunca la iniciativa de los asuntos de gobierno, se encontró ahora, paulatinamente, más limitado por la incidencia frecuente de enfermedades y por la actitud prepotente de su esposa que buscaba estar presente en todas las decisiones. Por una razón o por otra ocurrió que don Carlos, ya en la madurez de los treinta años, no consiguió nunca salir de la confusión y del amodorramiento.257 Fue verdad que, llevado por impulsos de mala conciencia,
256 T. Egido, Sátiras políticas... op. cit., p. 198. «Razones para esperar que la reina nuestra señora sea fecunda.»
257 J. García Mercadal, España vista por los extranjeros. (Vol. III: Relaciones de viajeros y embajadores, siglo XVII.) Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, pp. 244-246. Información del embajador veneciano Foscarmi: «(...) no puede decirse que S.M. vaya a despertarse de su amodorramiento y de la obscuridad en la que ha estado sepultado por la naturaleza de su nacimiento. (...) Amante, por lo demás, de la cizaña y prestando oído fácil a las murmuraciones, desconfiado, tímido y voluble.»
intentó, en alguna ocasión, intervenir activamente en el gobierno de la monarquía pero, al ímpetu inicial, siempre atolondrado, le seguía después el abatimiento moral y físico.258 Por ello, aquellos años no fueron políticamente otra cosa sino el ejercicio
del señorío desordenado de doña Mariana que, desarbolando las funciones de los Consejos y otros tribunales, hizo de la forma de gobernar un caos anárquico y desolador. El «ministerio duende», como así lo definió el conde de Oropesa, fue la forma de gobierno de entonces; es decir, la ausencia absoluta de referencia política; un «sistema» incapaz de conseguir precisar quién y cómo habría de gobernar. Sólo existió, entonces, la voluntad expresa de la Reina; ella fue, sin duda, la referencia política más explícita; y ocurrió que nunca entendió otra forma de manifestarla que acudiendo al universo oscilante de nobles y grandes que merodeaban en su derredor; sobre ellos se constituyeron las facciones y los bandos, atendiendo únicamente principios de amistad corporativa, endebles y cambiantes; y así, en consecuencia, las referencias institucionales, apenas, existieron. Poliarquía, ha sido el concepto al que se ha acudido para entender aquellas formas de gobierno asistemático.259
Llámese como se llame, dicho concepto, la Reina fue quien, guiada por su estrecha concepción patrimonial, dominó aquel tiempo político jugando ambiguamente con las funciones «privadas» de la esposa y las «públicas» de la Reina. La primera, manifestación de su concepción patrimonialista, se puso de manifiesto cuando, ya casada, abandonaba el Palatinado camino de España. En conversación particular con su hermano Juan Guillermo, que le acompañaba entonces, la Reina prometió, a éste, poner «... todo de su parte para que le dieran el Gobierno de los Países Bajos»260. No se trataba de una declaración «particular»
contra lo que pudiera parecer. Por el contrario la Reina no dudaba de la legitimidad de la misma. Como Reina, podía otorgar mercedes... ¿quién podía dudarlo? En esto consistía la patrimonialización de la dinastía. Naturalmente que la decisión sobre este asunto —el gobierno de los Países Bajos— era una cuestión de alta política que se tomaría en Madrid, ya lo sabía ella. Pero nadie podía dudar de que ejercería su influencia y ésta era, desde luego, mucha. Doña Mariana sabía muy bien que el gobierno de aquellos territorios únicamente podía ser ejercido por una persona de sangre real; su hermano, lo era. Naturalmente, entonces, doña Mariana no «pensó» que, antes que su hermano, había una princesa con derechos más notorios a ese puesto: era la princesa María Antonia. Ésta cumplía tal condición por ser hija del Emperador y de su primera esposa, la emperatriz Margarita, y, en consecuencia, la única nieta del difunto Felipe IV y de la Reina Madre. La princesa María Antonia estaba casada, ya entonces, con el elector de Baviera, Maximiliano Manuel, quien, como tal elector, disfrutaba de una gran posición en toda la estructura imperial. Si a ello se le añadía ahora la posibilidad de ser nombrado gobernador de los Países Bajos, por derecho de consorte, a nadie se le ocultaba que su figura conseguiría gran relieve en el conjunto de los príncipes de Europa. Por ello, la reina doña Mariana, 258 L. A. Ribot, «Carlos II: el centenario...» art. cit., p. 25. «(...) No podemos desechar la posibilidad de que, al menos, en ciertos periodos de su reinado, y aun con todas sus limitaciones de salud y de carácter, tuviera una intervención más activa y una dedicación mayor de lo que se ha pensado.» 259 A. Carrasco, «Los Grandes, el poder...» art. cit., p. 130.
temía por esta elección, porque su Casa, la del Palatinado, quedaría, en la escala de las preeminencias dinásticas, desvalorada en relación con la de Baviera.
Naturalmente la Reina sabía muy bien que los ministros de la corte, en Madrid, consideraban que la opción del príncipe Maximiliano, para el gobierno de los Países Bajos, tenía más posibilidades institucionales. Además todos, igualmente, pensaban que este Príncipe bávaro contaba con recursos militares considerables para hacer frente al acoso francés. Por este lado, pues, las pretensiones de doña Mariana a favor de su hermano eran mucho más endebles. Pero, además, también se le oponía, con mucha fuerza, su propia suegra, la Reina Madre, para quien los deseos de su nuera eran una ofensa imperdonable. Pensaba la madre del Rey que los Países Bajos eran patrimonio principal de la monarquía católica y que, únicamente, príncipes o infantas de su propia Casa podían aspirar al alto ministerio de gobernar aquellos estados. Así lo expresó con todo rigor y dureza. En consecuencia, la Reina, recién llegada a Madrid, se encontró con que, a sus deseos patrimoniales y dinásticos —los propios de su Casa del Palatinado—, se oponían dos obstáculos: el de la Reina Madre, su suegra, y el del primer ministro, el conde de Oropesa, que, institucionalmente, defendía tal posición.
Con tales problemas, enfrentados entre sí, doña Mariana llegó a Madrid para atender la necesidad primera de dar un heredero a aquella monarquía. Había allí un Rey ungido por la providencia para alcanzar tal fin; un Rey de floja voluntad personal; todos lo sabían; ella, también. La razón de Estado obligaba a don Carlos a ser un complaciente esposo; también a ser un Rey justo. No pudo conseguir ser ni una cosa ni otra. Como esposo sólo tuvo afecto y pasión de enamorado para la reina María Luisa, aun cuando en los últimos tiempos apareció entre ellos, con mucha frecuencia, el desamor ocasional de la disputa. Con doña Mariana, su reciente esposa, le unía una relación más próxima, casi familiar. Aceptó de ella sus lisonjas y zalemas, porque podían favorecer el fin de la añorada descendencia, pero sabía, también, que en ellas se escondía un frío y calculado interés político. Por eso don Carlos, unas veces callaba y otras, las menos, explotaba en arrebatos furiosos, porque, a la postre, Su Majestad, sufría de la impotencia de no saber negar nada.
La Reina conoció, desde el primer momento, estas debilidades de su esposo y las supo, muy bien, explotar en su beneficio. Y, como no podía ser de otro modo, don Carlos fue colocado, inmisericorde, en medio del afecto y dependencia que sentía por su madre y la consideración que debía a su esposa. Lobkowitz, el embajador entonces de Viena, escribía que entre las dos Marianas se cruzó gran borrasca. La madre exigía, por razones de familia, la gobernación de los Países Bajos para el esposo de su nieta; y la esposa indicaba que el elector de Baviera sólo quería poner «el pie en esta Monarquía y asegurarse la sucesión». Ambas, en sus razonamientos y deseos, llevaban razón. Finalmente se impuso la lógica de las razones de Estado y Maximiliano fue nombrado gobernador; su experiencia bélica, los apoyos de Viena y la opinión favorable, aunque externa, de Guillermo de Orange, determinaron el sentido de la decisión.261
Sin embargo aquella determinación, por la pasión con que se empeñaron todos en ella, trajo numerosos problemas. A la Reina, porque no ocultó su disgusto; 261 Ibídem nota anterior, p. 82.
al Rey, porque, dubitativo, no supo de quién debería fiarse en adelante; y, también, a la Reina Madre que, de entrada pudo comprobar, para su pesar, la determinación política de su nuera. Igualmente tuvieron problemas, con aquella decisión, los hombres del gobierno; sobre todo las personas que trabajaban directamente con el conde de Oropesa, cuya destitución fue, desde este momento, el siguiente objetivo político de doña Mariana.262