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Tiempos de turbulencia: los pecados del Rey

In document Contreras Jaime - Carlos II El Hechizado (página 37-41)

Y a la debilidad exterior correspondía, también, una percepción decadente en el interior. La desconfianza de las gentes en las decisiones políticas que salían de palacio era total, y con razón. Porque lo que legislaba Castrillo en el Consejo de Castilla podía censurarlo Medina en el Consejo de Estado, e incluso impedir que el Rey lo firmara desde su posición de sumiller de corps. Corrían los rumores más desbocados, los chismes más malintencionados y las intoxicaciones más provocadoras. Y a todo esto las gentes, sobre todo las de la corte, refugiábanse en un escepticismo sufrido, presto a convertirse en protesta descarnada o algarada violenta. Desde luego que tal espontaneidad popular nacía de una desconfianza evidente, pero también, es verdad, que en palacio y en sus aledaños había personas muy influyentes que la provocaban, la excitaban y la dirigían. Hubo noticias interesadas sobre inminentes manipulaciones de la moneda que anunciaban piezas con mayor contenido de cobre para devaluar su valor y alterar los precios acaparando mercancías. Con ello el mercado quedaba desabastecido y se premiaban las ganancias de los especuladores. Estas noticias se propagaban entonces con relativa frecuencia y conseguían, mediante el efecto de intoxicación pública, organizar campañas precisas de desprestigio político en las que ni la propia Corona lograba

librarse.25

Aparecían entonces pasquines en los que la sátira política podía expresar, sin miedo objetivo a ser identificada, sus posiciones políticas. Y esas posiciones permitían la expresión de corrientes de opinión diferenciada, algunas de las cuales no tuvieron escrúpulo para detenerse ante ningún acontecimiento relevante ni, tampoco, ante personajes encumbrados. Felipe IV, enfermo, tuvo que soportar irreverencias mordaces como aquella que jugaba cruel con su frágil salud. «Si el Rey no muere, el Reino muere», había escrito alguien en papeles que volaban por los propios patios del alcázar regio y que subían, fácilmente, por sus escaleras hasta llegar a la cámara de Su Majestad.26

Tiempos pues, muy complicados. Un rey encorvado, vacilante, temeroso y espantado ante el cercano momento en que habría de dar cuentas al Altísimo del estado de aquella santa monarquía; unos políticos enfrentados; una nobleza cortesana que gastaba rentas y dineros, que no tenía, en devaneos palaciegos; un reino arruinado y unos ejércitos hundidos en la derrota; tal era la visión, por supuesto pesimista, que cualquier espíritu avisado podía tener. Y todo era, por supuesto, certero; y, además, todo se agravaba a su vez. El Reino, definitivamente, se iba consumiendo por la posta.

Y en tiempos de tantas turbulencias objetivas aparecían percepciones negativas que nacían de los sentimientos y de las creencias. Percepciones que aportaban hechiceros, adivinos y astrólogos. Un Felipe, receloso desde su razón, no quiere escuchar ni a unos ni a otros, pero el corazón le empuja a prestarles atención; tal es su providencialismo. En tal sentido ha oído hablar de ese franciscano descalzo, fray Francisco Manterón, que, con la ayuda del secretario Oyanguren, ha llegado hasta las puertas mismas de la cámara real. Y allí ha oído que la cercanía de su muerte y la tierna edad del Príncipe no traerán la paz a estos reinos; que la tutela del heredero se verá mediatizada por un «eclesiástico extranjero» y que la cabeza de la Iglesia permitirá esta corruptela; también ha escuchado decir al «profeta» que se acabará el valor y la prudencia de Castilla, que en estos reinos dominará la calumnia y la ambición «... probada por cuervos negros» y que se levantarán guerras civiles con división de la nobleza española. Todo esto ha oído Felipe el Grande, sorprendido por este intruso que le hablaba con rapidez inusitada antes de que llegaran los ministros del Santo Oficio para sepultarlo fulminante en las cárceles que tienen en la corte. ¿Quién es el responsable de esta intromisión tan desleal y tan villana?27

Porque Su Majestad se ha sentido enormemente impresionado y una idea le bulle, persistente, en su cabeza: que todo ese oscuro futuro recaerá, igual que el desgraciado pasado, sobre su conciencia de rey. Y además, desde marzo de este año de 1665, en que murió sor María, su soledad ya no es soportable. Porque ni fray Juan Martínez, ni fray Juan de Santa María, sus confesores, lograban ya calmar su desesperanza. Ahora apenas recibe a los embajadores y el representante de Austria 25 En estos años se pusieron en circulación grandes cantidades de vellón, llamadas también «moneda de molino», con poco contenido de plata. Ver H. Kamen, La España de... op. cit., pp. 169-171. Ver igualmente A. Domínguez Ortiz, Política y hacienda de Felipe IV. Edit. de Derecho Financiero, Madrid, 1960, pp. 106 y 107.

26 G. Maura y Gamazo, Vida y reinado de Carlos II. Vol. I. Espasa-Cal-pe, Madrid, 1942, p. 41. 27 Vid. R. Cueto, Quimeras y sueños... op. cit., p. 105 y ss.

no puede informar a su señor el emperador Leopoldo sobre lo que ocurre, de verdad, en palacio. Un médico de cámara, temeroso y rogándole guarde su anonimato, ha susurrado al embajador una confidencia: Su Majestad Católica tiene sesenta años pero representa andar por los noventa.

Sus confesores, entonces, le preparan a bien morir y la conciencia de Felipe IV repasa, en consecuencia, su propio pasado para encontrarse con sus pecados y objetivarlos sin la presencia de sentimientos ni pasiones; ¡los pecados de Su Majestad han sido tantos...! Pecados de omisión, sobre todo; ese abandono del deber regio que tanto le mortifica ahora; esa voluntad liviana que le ha impedido siempre reflexionar objetivamente sobre los múltiples problemas de su monarquía; la desconfianza íntima de sí mismo que le empujaba a sentirse fascinado por los hombres de verbo fácil y de ingenio agudo y, sobre todo, esa imposibilidad del entendimiento que le ha impedido armonizar los dos universos que han gravitado constantemente en su propia persona: Felipe, el hombre; y Felipe, el Rey. Tales son sus principales pecados.

Luego, naturalmente, están los otros, los que han surgido de las flaquezas de la carne, principalmente. Y este punto Su Majestad entiende ahora, cuando su cuerpo se encuentra ya macerado por el dolor y el agotamiento, cuan corto fue el tiempo de la pasión y cuan fútiles los destellos de las bellezas de Venus. Sus devaneos de juventud y sus escarceos de madurez le llevaron y trajeron por lechos ajenos y extraños; y en ellos su conciencia de pecador se atormentaba tanto como quedaba reducida su vanidad de galán. Pero siempre fue generoso y, como ocurriera con el príncipe Juan José, otorgó, en ocasiones, su paternidad como «prenda de los yerros pasados». En este punto, es verdad, Su Majestad no sintió orgullos desmedidos. Bien sabía que en los lances de amor que le deparó la fortuna, pocas veces pudo reservar nada para sí y... sin embargo no tuvo reparos en aceptar la responsabilidad que se seguía. Como alguna vez expresó la sátira de manera mordaz, de todos cuantos los que en la ocasión habían entrado «... tocó al más principal / la pensión de la obra pía». Así ocurrió en varias ocasiones y no sólo con el príncipe Juan.28

Pero con todo, Dios Nuestro Señor, en los pecados de amor del monarca siempre manifestó su misericordia y, a diferencia de lo severa que la providencia se mostró en los hijos de sus matrimonios, en los espurios expresó su magnanimidad. La ironía popular reflejó, con finura y elegancia, esos caprichos de la naturaleza; de los lances de amor de Su Majestad se extraía una conclusión: que «... en los bastardos tenía el Rey muy buena mano y en los legítimos una dicha muy corta»29.

En efecto: misterios del Señor que mostraba su bondad natural con los hijos de la carne y la negaba a los frutos del matrimonio. Cierto que matrimonios plena y totalmente incestuosos. Pero, en efecto, eran misterios de Dios; porque, en este punto, todas las realezas de Europa practicaban la endogamia y todas conjuraban sus peligros acudiendo a las licencias otorgadas por las autoridades de la Iglesia.

Mas con todo, en aquellos momentos en los que ya no había tiempo sino de bien morir, los pecados de la carne eran, también, pecados, y la hora de reparar las 28 T. Egido, Sátiras políticas de la España moderna. Alianza Editorial, Madrid, 1973. (Ciclo del Padre Juan Cortés Osorio) pp. 187 y 188.

ofensas, al menos las temporales, había llegado. Porque los pecados de amor del Rey habían sido, si no conocidos, ampliamente comentados; y del comentario se siguieron escándalos en gentes piadosas, por lo que si Dios había perdonado la ofensa, sería necesario también reparar el daño público. Así lo manifestó el padre confesor, fray Juan Martínez, quien propuso iniciar una campaña de moralidad pública en desagravio por los devaneos pasados del Rey. Sólo una persona tan atribulada como Su Majestad podía dar autorización a propósito semejante, pero, en efecto, así se hizo provocando con ello situaciones tan cómicas como grotescas.

Porque no dejaba de ser chusco que pretendiese conseguir la honestidad en casa ajena quien nunca había podido practicarla en la suya; por ello, hubo allí expresiones de irritación cuando no de declarada rebeldía. La nobleza española, en general, estaba amancebada y ese estado no significaba sino una cohabitación asentada que superaba, con mucho, el tiempo del galanteo. Se trataba de uniones adulterinas que excedían de lo meramente episódico. Algunos viajeros extranjeros se extrañaban de la estabilidad de estas relaciones ilegítimas y, curiosos por ello, no podían sino describirlas como los propios señores lo hacían; eran uniones «como se suele decir, a pan y manteles».

Mozos y jóvenes de la nobleza, en consecuencia, solían otorgar amores a mujeres de condición jurídica menor. Cómicas y comediantas reflejaban el modelo más representativo aunque, desde luego, no el único. El almirante de Castilla, don Juan Gaspar Enríquez, era, en tal sentido, el paradigma más representativo. Joven y apuesto, las crónicas nos lo describen actuando como mecenas de artistas y escritores desde su palacio situado en el Prado de los Recoletos Agustinos. La afición que siente por las jóvenes de la escena es conocida de toda la corte. Por eso cuando la carta de Su Majestad llegó a su casa exigiendo que devolviese a su marido a la actriz con la que vivía, don Juan Gaspar sintióse irritado. A fin de cuentas su experiencia en mancebas no era demasiada. Había otros grandes, como el duque de Medina de las Torres, bastante anciano ya entonces, que siempre había vivido con amigas en su palacio, como bien sabía Su Majestad, compañero suyo de aventuras amorosas en otros tiempos. Y en este caso, cuando a don Ramiro le llegó la censura que el confesor regio le enviaba, contestó con tal enojo que ni el Rey ni fray Juan Martínez se atrevieron a replicar. El concubinato del duque era conocido de todos y soportado por su tercera esposa, la duquesa de Medina-Sidonia, con la paciencia y la prudencia que exigía su rango. Porque, muchos otros nobles como él vivían en semejante estado y todos pensaban, como se hacía eco el autor de Los Avisos Inéditos, que «... agrados domésticos no son amancebamientos»30.

Replegóse, en consecuencia, el confesor de Su Majestad; y su exagerado celo reformador no pudo pasar sino de la irritación de algunos grandes que se sintieron incomodados. Felipe IV viose turbado y, de alguna manera, también humillado por el radicalismo moralizante del confesor. Únicamente porque las soflamas iracundas de éste caían sobre un espíritu tan desasistido como el suyo, podía entenderse aquella inapropiada campaña. El amor amancebado podía instalarse en la deshonra, como lo predicaba la comedia calderoniana, pero también en la acomodación. A fin de cuentas se trataba de un amor desigual; y en él la necesidad de poseer o ser poseído 30 Ibídem nota anterior, p. 109.

no dependía sólo de la pasión, sino de equilibrios solidarios. Su Majestad sabía también esto; de manera que, desde el primer momento, no había confiado mucho en esa propuesta. Una vez más aquella conciencia suya, tan enfermiza, le había traicionado. Es verdad que el ambiente de la corte, lleno de adivinos, curanderos y frailes-profetas, contribuía a la práctica de todas las locuras posibles.

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