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Es difícil enseñar en Summerhill?

In document Hablando Sobre Summerhill (página 74-77)

Muy difícil. Cuando las clases no son obligatorias hay que ser muy buen profesor para tener alumnos que asistan a las clases de uno. También es difícil del otro modo. Precisamente he tenido profesores que conscientemente vinieron a Summerhill porque creían en la libertad para los niños; pero al cabo de unas semanas parecía que ellos eran tan “libertinos” como los niños que acaban de llegar a la escuela. Y es que ni para el adulto ni para el niño es tan fácil vivir en libertad.

En cierta ocasión observé que ante el cuarto de baño de la planta baja, había una gran cola y en el piso de arriba había otra cola. Un muchacho que había saltado dentro, vio que alguien había echado el cerrojo y después salido por la ventana. Entonces me dirigí a donde estaba reunida la plantilla docente y dije lo que había sucedido.

”Oh, yo lo hice”, dijo un profesor joven. ”Por que”, le pregunté.

Sonriendo, ésta fue su respuesta: “Toda mi vida he estado deseando hacer eso; y ésa fue la primera oportunidad que he tenido de hacerlo.” Por supuesto, que no todos los profesores nuevos tienen reacciones como ésa. Pero aún así yo he tenido suerte con mi plantilla en todos estos años. Sólo recuerdo una ocasión en la que tuve que advertir a un profesor de cómo tenía que tratar a los niños. Podría decir en definitiva que nunca he contratado maestros que no se pudieran acomodar al sistema, tipos con más músculos que sesos, o con opiniones sobre la religión demasiado cerradas. Tal vez sea a causa de cierta cobardía moral, pero para mí el trabajo más doloroso es despedir

a un profesor; y es que yo me identifico con él y pienso: “¿Cómo me sentiría yo si me dijeran que no soy un buen maestro?” Mi primera esposa, en cambio, poseía en tales casos una habilidad casi genial: era capaz de cesar a la cocinera, dando la impresión de que le estaba haciendo un favor.

En Summerhill no podría enseñar nadie que tuviera un sentido exagerado de la dignidad, y menos aún si no tuviera el del humor. Tan lo creo así que en la prueba de aptitud que alguna vez he hecho a algún profesor, he preguntado: “¿Reaccionaría usted indignado si cualquier muchacho le llamase tonto?”

Los profesores no tienen más obligación que la de enseñar. Aquí un profesor puede estar en clase desde las 9.30 hasta el mediodía y después acostarse si eso le place. Naturalmente que nadie hace eso, pues todos tienen un elevado sentido de la convivencia y saben que aparte de la enseñanza, su interés fundamental es convivir con la comunidad.

Personalmente, prefiero a los maestros que saben usar las manos, pues he tenido maestros que, habiendo sido educados en escuelas públicas, apenas sabían clavar una púa. Por lo tanto, me gusta la gente joven que si ven algo roto o dañado son capaces de ponerse inmediatamente a repararlo, gente que si ven un agujero o un bache en la calzada central, se ponen a rellenarlo con piedras... aunque casi toda mi plantilla parece tener cierto complejo hacia la calzada central, de suerte que durante muchos años, he sido yo el que he tenido que rellenar los agujeros. ¿Que por qué? Quizá porque ellos no tengan coche y yo sí. Sí, me gustan los tipos que pueden usar herramientas, aunque también los pongo verdes cuando me las piden y no me las devuelven. Las herramientas nunca deben ser comunales. Y si no, que se lo pregunten al encargado de algún garaje.

Convivir en Summerhill es fácil y a la vez difícil; normalmente lo hacemos sin riñas, ni rivalidades. He observado cómo en muchas otras plantillas dominan los celos: “El de geografía, dicen, tiene siete descansos a la semana y yo, que doy matemáticas, sólo cinco.” Es decir que se comportan igual que los perros sobre los huesos... huesos secos en este caso. No, entre nosotros ese tipo de rivalidades no existe; la libertad nos da paz para todos. Creo que ésa puede ser la razón de que tantos visitantes pregunten: “¿Quiénes son los pupilos y quiénes los profesores?”

peligroso es aquel que nos escribe: “Yo debo entrar en Summerhill a trabajar. Es mi ideal. Daría cualquier cosa por ser profesor en su maravillosa escuela.” Tal profesor, a las pocas semanas, dará muestras de descontento, por regla general. El sueño era demasiado fogoso, demasiado dorado. Sucede lo mismo con el pupilo que lee mi libro “Summerhill” y piensa que esto es jauja. Siempre sobreviene la desilusión. De hecho, dos de nuestros mejores profesores llegaron a Summerhill sin haber oído hablar de la escuela. Mas téngase presente que los pies de Summerhill radican también en la tierra. Sin embargo, en treinta y nueve años ningún visitante ha sido lo bastante curioso como para preguntar la razón del nombre Summerhill, nombre que procede de una casa que teníamos en Lyme Regis, una pequeña ciudad situada en una colina, en Dorset, casa que abandonamos en 1927.

CAPÍTULO VI

RELIGIÓN

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