• No se han encontrado resultados

Estoy en mi segundo año de universidad; pero estoy tan harto de la estúpida docencia y de la disciplina a que me someten, que lo voy

In document Hablando Sobre Summerhill (página 126-129)

a dejar. Quiero ser psicólogo de niños. ¿Cree usted que hago bien?

Esta misma pregunta, aunque con formas diversas, ya me ha sido planteada docenas de veces. Cuando la contesto, en lugar de aconsejar, me limito a dar los pros y los contras. Los contras aparecen muy claros. Porque si usted no obtiene su título ¿cómo va a poder llegar a relacionarse con niños? Nos guste o no nos guste estamos en las manos de las autoridades, que son las que disponen, y si no aceptamos sus disposiciones nos arriesgamos a que nos prohíban la práctica del trabajo que deseamos hacer algún día. Es ilógico que un estudiante de medicina diga: “Quiero ser médico, pero la clase de anatomía la tengo por una pérdida de tiempo.” Si uno desea de verdad hacer algo, antes ha de soportar lo mejor que pueda aquello que aparentemente tenga por innecesario. Yo, por ejemplo, estudiaba en la Universidad materias aburridas, inoperantes y mal definidas, pero sabía que sin ello no podría obtener el título que necesitaba.

Frecuentemente he admitido a profesores que no estaban cualificados de modo oficial; siempre les recomendaba que fueran por un tiempo a alguna universidad para que obtuvieran algún título, en razón de que es necesario conocer el Sistema para poder combatirlo. Sólo en calidad de consejo, a tales estudiantes suelo decirles: “Si quieren subir muy alto, tengan las agallas suficientes para no tener que agacharse.” He conocido buenos artesanos que por no poseer certificados oficiales, no pudieron obtener buenos empleos. Muchos jóvenes de hoy suelen adoptar una postura de desafío bastante falsa. Tan falsa que ponen en peligro sus propias carreras. Conozco a un muchacho que perdía todos los empleos porque a todas partes iba diciendo que era comunista. Naturalmente que no le cesaban por sus ideas políticas sino por su exagerada jactancia ideológica. Le advertí que no fuera tan tonto como para continuar proclamando sus ideas políticas. Se trataba de un ingeniero excelente, y, sin embargo, he oído decir que ahora es un obrero. El no fue pupilo en Summerhill. La realidad nos

lleva a que no deberíamos ni mentir, ni espetar verdades como puños. Me imagino, por tanto, una entrevista para una solicitud de trabajo, cuyo solicitante es un apasionado partidario de la verdad:

Y bien, ¿cuáles son sus hobbies, señor Pérez?

Espiar los cuartos de baño a través del agujero de las cerraduras, escribir cosas feas en las paredes de los baños, etcétera.

¿Cuántos de nosotros encontraríamos empleo si dijésemos toda la verdad acerca de nosotros mismos?

Por tanto, aconsejo a la juventud: Sé un hipócrita consciente respecto a los asuntos sin importancia. Los asuntos importantes... tu ambición, tus ideales, mantenlos guardados hasta que se presente la oportunidad para hacerlos públicos. En la escuela, en la universidad, procura que todas esas cosas que no te gustan, no te hagan apartar de tus fines. Si no eres capaz de encararlas, ¿por qué vas a ser tan iluso que llegues a pensar que podrás con las cosas más grandes que se presenten? Pero tengan en cuenta también esto: No caigan, es decir, no trastoquen los valores. En resumen, espiritualmente jamás se unan al Sistema.

¿Tienen los pupilos de Summerhill suficiente extensión de campo,

para poder satisfacer sus ansias de aventura?

Sí y no. Eso depende del niño. He tenido muchachos que encontraron los alrededores demasiado estrechos para ellos, incluso el caso de un muchacho aventurero que enviamos a Texas para que cabalgara todo lo que quisiera; remedio mediante el cual volvió convertido en un buen jinete y en muchacho más calmado. El clima, por otra parte, nos impone muchas limitaciones. En Austria, por ejemplo, dependíamos de los “skis” nosotros pronunciábamos “shees” durante todo el invierno. Muchos, por supuesto, hubieran preferido tener facilidades para remar o escalar, esquiar o patinar; pero en Suffolk no había rocas para escalar, e incluso cuando había nieve, no era posible esquiar en una tierra llana. Claro que podíamos haber remado en el mar, que se encontraba a dos millas, pero, a no ser que estuviéramos organizados por marinos expertos, hubiera resultado difícil dormir por la noche.

muchachos pudieran tener aventuras a su gusto; pero, a la vez, me parece que se morirían de aburrimiento. Considero que organizaciones como los Boy Scouts o el Outward Bound son teóricamente buenas, pero las puede limitar el hecho de que tengan un jefe, un Scout Master. Una vez tuve uno de ellos, era un tipo lleno de energía: “Vamos, chicos, construyamos un barco” les dijo una vez. Mis muchachos, empero, no obedecieron su sugerencia, sencillamente porque están acostumbrados a decidir por ellos mismos lo que quieren hacer. A los niños libres no les gusta estar bajo el mando de jefes. Naturalmente que nadie piensa en quitarles valor a estas organizaciones, pues lo tienen, y grande, sobre todo cuando sacan al campo a los muchachos de la ciudad. Tampoco tengo idea respecto a si ellos tienen alguna especie de autogobierno. Pero sí estoy seguro de que si alguien ha exigido cierta actividad al día en tales organizaciones, esa exigencia no procedió de ningún muchacho.

Hablando de este tipo de organizaciones, contaré una anécdota:

Hace casi cincuenta años, mientras almorzaba con Sir Robert BadenPowell, le pregunté si había oído lo que se contaba acerca de él... Se decía que cierta medianoche se dio cuenta de que no había hecho durante el día ninguna buena acción; de repente le vino una idea..., abrió la jaula y favoreció al gato con un sabroso bocado: el canario. Recuerdo vagamente que, al decirle esto, su cortés sonrisa fue bastante fría.

Una aventura libre, sin caudillaje, sin coacción, puede estar bien. En Summerhill no hemos tenido ninguna de este tipo, pero sí ciertas cosas bastante aventuradas. Todo lo que tenemos son árboles para trepar, un mar para nadar en los tres días de verano que parece haber sol, paseos en bicicleta, cavamos hoyos y construimos cabañas. Sin embargo, estamos infinitamente mejor preparados para la aventura que las miles de escuelas oficiales, especies de barracas, que hay en las ciudades.

Esta mañana ha llegado una carta de América en la que un profesor nos dice el mal uso que puede tener una aventura para el niño. Se refiere a unas vacaciones de tres semanas en el campo para muchachos procedentes de barrios bajos, y dice: “Los que dirigen una escuela tienen la convicción de que el niño debería ser estimulado a hacer nuevas cosas, ya que si se le deja solo podría dedicarse todo el día a jugar al béisbol y a leer ‘tiras cómicas’, pongamos por caso. Por estimarlo así, todo el verano he combatido semejante administración y aunque esto ha sido muy difícil he dejado que mi grupo sea tan libre como pueda o quiera, dando por resultado que con ese sistema de

libertad los muchachos vivieran en constante conflicto con los otros grupos. En punto a este problema, mi grupo ha sido repetidamente sorprendido tirando piedras a los otros, y como yo no les hago que paren llegan hasta a emplear un lenguaje sucio.

“Estoy cansado y deprimido porque se que en tres semanas no he podido hacer nada por ellos y que regresarán a sus casas en donde se les exigirá una disciplina que deberán seguir. Aquí han llegado atemorizados casi de todo..., de la oscuridad, de las polillas, de la natación. Son destructivos, maliciosos, crueles, infelices; y esta experiencia de libertad, llevada a cabo por profesores ignorantes pero bien intencionados, no ha hecho sino fomentar todas las cosas malas que ellos ya hacían en sus casas. Por tanto, deben respetar la autoridad, no andar por ahí solos, no se les debe dejar sin vigilancia. La pedagogía, que normalmente se explica en las escuelas, es que ellos deben trabajar en equipo, antes de hacerlo como individuos.”

Todo esto está mal; pero yo me pregunto si incluso un Homer Lane pudiera haber hecho algo mejor con tales muchachos y en tres semanas. Creo que él se hubiera puesto a jugar en el equipo de béisbol y a tirar piedras con más ganas que ellos. La moraleja de esta triste historia es que resulta inútil combinar la aventura con la disciplina escolar. Las personas bien intencionadas deberían saber mejor qué es lo que tratan de hacer; pues, ciertamente, el infierno está lleno de buenas intenciones.

Creo que no esta bien que no se me permita ingresar en Summerhill,

In document Hablando Sobre Summerhill (página 126-129)

Outline

Documento similar