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Qué puedo hacer para que mis pupilos tengan una mentalidad internacional?

In document Hablando Sobre Summerhill (página 118-121)

(De un profesor americano)

Dudo mucho que se pueda hacer algo, sobre todo en Norteamérica. Este país, no obstante la conglomeración de razas que lo ha constituido, es un país provinciano. Hay norteamericanos que, escribiéndome regularmente con muy buena intención, me remiten dentro del sobre otro sobre dirigido y sellado con timbres americanos,

creyendo que tales timbres valen en todos los países. De mí puedo decir, en efecto, que, desorientado, me pase como dos horas desde Jersey City a Forest Hill en Long Island; no había ni un indicador en todo el trayecto. Por el contrario, en el metro de Londres si uno sabe leer resulta imposible extraviarse. El caso, pues, resulta al fin bastante comprensible: Gran Bretaña forma parte de un continente plurilingüe, y los Estados Unidos no.

Mas aún así, todavía sigo dudando si Gran Bretaña puede desarrollar una mentalidad internacional en sus escuelas. Summerhill ha tenido americanos, suecos, daneses, alemanes, holandeses, franceses; todos ellos aprendían el inglés y se adaptaban a nuestro régimen de vida; pero ninguno de nosotros intentó aprender sus idiomas o adecuarse a su manera de vivir... o a sus comidas. Cuando nosotros estuvimos en la Escuela Internacional de Hellerau, Dresde, desde 1921 hasta 1923, y más tarde en Austria, no nos quedó más remedio que aprender alemán y adaptarnos a la dieta y a las costumbres de los alemanes..., de suerte que durante el verano, tenía que dar clase a las siete de la mañana, lo cual me resultaba muy molesto.

La experiencia de Hellerau constituye quizá la época más fascinante de mi vida. En la Escuela teníamos pupilos de todas las nacionalidades. excepto de la española. Había tres departamentos: la escuela de baile. .. con el edificio especialmente construido por Jacques Dalcroze; el departamento de alemán, en parte internado; y el departamento internacional, a cuyo frente estaba yo. Recuerdo aquellos días con tristeza, pues muchos de nuestros pupilos eran judíos y deben haber acabado todos en la cámara de gas.

Había asimismo divergencias de opinión bastante... ruidosas. Los alemanes y yo diferíamos profundamente acerca de la educación. Ellos apuntaban a una elevación espiritual. Los profesores tenían que ser modelos para los pupilos; hasta tal punto que si un profesor estaba fumando, escondía rápidamente la pipa al ver acercarse a un pupilo. Entonces eran los días dorados de los “Wandervögel”, grupos de jóvenes, así llamados, que cantaban viejas canciones e interpretaban danzas populares, que rechazaban el tabaco y el alcohol, pero que mantenían una postura libre ante el sexo. Todos eran idealistas y posiblemente muchos de ellos, cifraron su idealismo en Hitler.

También allí practicábamos el autogobierno; pero era más teórico que práctico, motivo por el cual entonces no me convenció. Me acuerdo que al terminarse una reunión en la que el caballo de batalla era la limpieza en las aulas, yo agarré una

escoba y me puse a barrerlas, mientras que tres de los pupilos que con mayor energía se habían pronunciado a favor de la limpieza en la reunión, se sentaron mirando como yo trabajaba. Lo que no me impide reconocer que situaciones parecidas las he tenido que ver en Summerhill.

Existía en Hellerau una mentalidad cosmopolita y abierta. No había antisemitismo; fuéramos rusos, polacos o ingleses éramos uno para el otro: hombres. No podría precisar el efecto que la Escuela tuvo en los pupilos; tan sólo puedo hablar del efecto que ejerció sobre mí: me hizo internacional en mi modo de pensar, de sentir; y eso sin disminuir mi apego a Escocia o a Inglaterra. Tal vez lo que yo adquiriera fuese algo intangible, un sentimiento de fraternidad universal, que es imposible de concebir permaneciendo siempre en casa. Y más tarde, cuando en Tempelhof, Berlín, soportaba los discursos de Hitler, no experimentaba ningún resentimiento contra los alemanes, ni tampoco cuando supe de las barbaridades de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero no me ilusiono con el internacionalismo. No creo que sea nunca firmada una paz mundial en virtud de un centenar de escuelas internacionales. Los factores que provocan las guerras son muy independientes; y aquellos que se esfuerzan por una paz mundial nada pueden hacer para dominarlos. Pensando en ello me viene a la memoria lo que dije en una conferencia en Estocolmo: “Ustedes los suecos acuden a oír lo que se dice acerca de la libertad en las escuelas, pero jamás hacen algo positivo al respecto. Sus escuelas son como fábricas, en las que se prepara a los niños para aprobar los exámenes. ¿Por qué no tratan de remediarlo?”

Un profesor se levantó: ”Los hombres que controlan nuestro sistema de educación no acuden a escuchar sus conferencias.”

Lo mismo ocurre en los asuntos internacionales. Hoy el mundo es un conglomerado de odio, de matanzas... Vietnam, Cercano Oriente, India, Pakistán, Sudáfrica, Irlanda, etc., y en todo el mundo se quiere la paz. ¿Por qué millones de personas trabajadoras fontaneros, albañiles, maestros matan a sus semejantes en guerras? Ninguno de ellos quiere ser asesino, nadie desea las guerras. La paz sólo sobrevendrá cuando sea abolido todo nacionalismo y toda codicia por petróleo o por oro. Los hombres que perecieron en la guerra de los Boers, ¿murieron por el honor de Gran Bretaña o por una serie de beneficios en oro y diamantes? Quizá uno de los rasgos más desconcertantes de la persona humana es su capacidad para sacrificarse por objetivos de los cuales no

está consciente o desconoce. Sesenta millones de alemanes secundaron a un demente. Miles de ciudadanos norteamericanos serían capaces de gritar: “Antes la muerte que el comunismo...” Si alguien ataca al comunismo, lo menos que tiene que hacer es probar que el capitalismo es mejor, que da más bienestar a mayor número de personas. La verdad es que no puedo entender la alarma y la ira que la sola palabra comunismo provoca en Norteamérica. La diferencia esencial entre ambos sistemas estriba en que uno permite la ganancia y el otro no. Ambos sistemas, sin embargo, moldean a sus niños en la escuela y en el hogar; ambos fomentan el nacionalismo; ambos creen que la paz depende de la bomba H. Ambos inhiben a la persona; un ruso no puede comprar un diario occidental; y un norteamericano no se puede llamar a sí mismo comunista. Uno no puede plantarse en medio de la Plaza Roja y gritar contra el sistema comunista; ni tampoco un negro de Alabama puede entrar en una escuela de blancos. Y las jerarquías que detentan el poder no es probable que se dejen influenciar por los éxitos de Pestalozzi, con sus escuelas en Suiza.

Por tanto, y contestando en lo que puedo a su pregunta, joven profesor americano, inténtelo y haga lo que pueda; lo otro sería apatía, dejar que continúe el proceso de una civilización enferma.

In document Hablando Sobre Summerhill (página 118-121)

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