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5. EL MODELO DE CONTEXTO DE HATIM Y MASON

5.2. La dimensión pragmática

La pragmática, disciplina u orientación sin la cual hoy en día es imposible explicar el hecho lingüístico o la traducción, estudia la relación entre el lenguaje y el usuario, o lo que es lo mismo, el significado que adquiere el lenguaje al ser usado (Reyes, 2003: 366). En palabras de Escandell (2005),

“no es un nivel más de la descripción lingüística […], ni una disciplina global que abarca todos los niveles y los supera; la pragmática es una disciplina diferente desde la que contemplar los fenómenos, una perspectiva que parte de los datos ofrecidos por la gramática y toma luego en consideración los elementos extralingüísticos que condicionan el uso efectivo del lenguaje” (Escandell, 2005: 12) 70.

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Durante mucho tiempo fue considerada una subdisciplina de la lingüística que venía a cubrir los “huecos” de la semántica y la sintaxis (Ruiz Gurillo, 2007), algo así como el “cesto de desperdicios de la lingüística” (Reyes, 1994: 31) en el que echar todo lo que otras disciplinas no pueden estudiar. Hoy, en cambio, tiende a presentarse más como perspectiva de estudio, es decir, hecho interdisciplinario con múltiples relaciones.

Todos hemos podido comprobar cómo a menudo surge de la necesidad de ir más allá de la gramática o de la semántica para poder analizar e interpretar un texto, ya que no siempre basta con conocer el significado de las palabras, o comprender la relación sintáctica que se da entre ellas. El lenguaje, al ser usado, produce significados no preestablecidos o residuales que rebasan el sentido estricto del mismo. Imaginemos que alguien pronuncia la siguiente frase mientras mira por la ventana y ve que está diluviando: “¡Qué buen tiempo hace!”. En este caso el significado literal del texto, así como su correcta estructura gramatical, no nos darían cuenta de un significado que va “más allá”, es decir, de la ironía que encierra la frase. Pues bien, de ello se ocupa la pragmática, que podríamos definir de manera muy simple como el estudio de los actos lingüísticos y de los contextos en que estos se realizan (Reyes, 2003).

La dimensión pragmática del contexto propuesta por Hatim y Mason se ocupa de aquellos significados que dependen exclusivamente del proceso comunicativo (Reyes, 1994: 27), y está determinada, pues, por la función del texto en relación a los actos lingüísticos, las máximas de cooperación, y la existencia de posibles implicaturas y presuposiciones. Pasaremos a explicar brevemente estos conceptos, haciendo para ello un rápido recorrido por los principios fundamentales de la pragmática71.

El pionero de la disciplina, Austin, dio cuenta en los años sesenta de que el lenguaje, en tanto que comportamiento social (Reyes, 1994: 44), no sólo “dice cosas”, sino que también las “hace”. Estudia para ello los enunciados performativos, cuya sola enunciación comporta un

acto en sí mismo (por ejemplo, “sí, quiero” dicho en determinadas circunstancias, ejecuta una acción). Dichos enunciados se diferencian de los asertivos o constatativos en que estos sólo implican verdad o falsedad (por ejemplo, “está nevando”). Searle, su seguidor, realizó una nueva formulación afirmando que todas las expresiones lingüísticas poseen determinado valor performativo: la frase “qué calor hace, ¿no?”, pronunciada en un contexto determinado (quizá mirando hacia una ventana cerrada) puede tener el mismo valor 71

Nos detendremos sólo en los conceptos que hemos considerado relevantes (nunca mejor dicho) para la traducción. Para ampliar: Escandell (2005) y Reyes (1994, 2002, 2003a, 2003b).

performativo que “te ordeno que abras la ventana”, incluso más. Queda así enunciada la teoría de los actos de habla, que da cuenta de que una oración, al margen de su significado literal, lleva a cabo ciertas acciones, dependiendo de las condiciones del contexto. Los actos de habla son básicamente tres: los que simplemente enuncian un determinado sentido o referencia (locutivos), los que “hacen algo” a través de tal enunciado (ilocutivos)72 y los que producen una reacción en el oyente (perlocutivos). Por ejemplo, la frase vista antes, “qué calor hace, ¿no?”, encierra simultáneamente un acto locutivo, ya que alguien expresa, por medio de un mensaje verbal determinado, que tiene calor; un acto ilocutivo, ya que implica el deseo de que alguien cierre una ventana; por último, un acto perlocutivo, porque probablemente alguien se dará por aludido y la cerrará. Es evidente que para la traducción, que es “decir algo que alguien ha dicho antes en otra lengua, y reproducir en ese acto […] la actividad comunicativa del original” (Carbonell, 1999: 56)73, esta teoría es fundamental, ya que el traductor habrá de tener en cuenta la intencionalidad del TO y reproducir, dentro de lo posible, los mismos actos de habla u otros de valor similar. En cualquier caso, el mensaje deberá mantener su fuerza ilocutiva y sus posibles efectos perlocutivos.

La segunda teoría fundamental de la pragmática cuya repercusión se deja ver tanto en la teoría como en la práctica de la traducción, es el principio de cooperación de Grice. Según éste existe un acuerdo tácito de colaboración por el cual a los participantes en un acto de habla se les presupone la voluntad de que sea efectivo, cumpliendo las funciones para los que fue emitido74. Para ello cualquier acto comunicativo debe cumplir cuatro máximas: de cantidad (que sea lo suficientemente informativo, y no más de lo necesario); de cualidad (que sea verdadero); de relación (que sea relevante, es decir, que no 72

A su vez el acto ilocutivo se puede clasificar en actos comisivos, declarativos, directivos, expresivos y representativos. Ampliar con Carbonell (1999: 63) y Piñero (2008: 38).

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Como afirman Reiss y Vermeer (1996), la traducción es una oferta informativa sobre otra oferta informativa previa.

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Literalmente, “actúa de modo que tu contribución conversacional sea como lo requiera el propósito aceptado o la dirección del diálogo en el que estés comprometido”; Grice (1975). La traducción al español está tomada de Hatim y Mason (1995: 84).

diga lo que no hace al caso); y de manera (que sea claro, evitando la ambigüedad). Este propósito común que guía la conversación es tan fuerte, que si el hablante parece no cumplirlo, el oyente pensará que quiere decirle otra cosa: se trata de la implicatura, que se diferencia

tanto del significado convencional como de las implicaciones lógicas y presuposiciones que se infieren del contenido lógico o semántico del discurso. Las implicaturas son independientes de la estructura gramatical y del significado literal de las expresiones, dependen del contexto, y son “provocadas por las palabras, pero no están en las palabras mismas” (Reyes, 1994: 29). Si ante una pregunta como “¿has visto hoy a Miguel?”, se nos contesta “los viernes hay partido”, aunque la respuesta no tenga aparentemente nada que ver, buscaremos una explicación en el contexto y consideraremos que no se ha violado la máxima de relación, interpretando por ejemplo que nuestro interlocutor no ha visto a Miguel porque hoy es viernes y éste está en un partido, o porque ese día Miguel ve el partido por la televisión. Otras veces la implicatura procede del hecho de que el hablante viola deliberadamente las máximas conversacionales (Reyes, 1994: 71). Por ejemplo, una ironía como la frase “qué duro es trabajar”, dicha un domingo por la tarde, tirado frente al televisor, o una metáfora como “el mar hoy es una balsa de aceite”, pronunciada ante la visión del mar en calma, son violaciones de la máxima de cualidad, según la cual el acto comunicativo debe ser verdadero. Nuestra actividad lingüística esta llena de este tipo de “desnivel” entre lo que queremos decir y entre lo que en realidad comunicamos (juegos de palabras, ironías, ambigüedades, manipulaciones lingüísticas de todo tipo). Sin embargo, lo que puede parecer un desafío a las máximas de cooperación es en realidad una forma de presuponerlas y afirmarlas, porque podemos observarlas o trasgredirlas, pero nunca olvidar su existencia (Reyes, 1994).

Ante casos así, el traductor deberá decidir si conservar o no la implicatura en relación al nuevo contexto y a la función del texto. Pero no será fácil, en primer lugar, porque el significado que el lector del TO haya dado a tal implicatura es en realidad su propia interpretación del significado del texto; y esto, en cualquier tipo de comunicación, ya es difícil de definir, puesto que nunca podremos “saber” exactamente que es lo que nuestro interlocutor “sabe”: podemos sólo elaborar suposiciones a partir de la información que

ambos compartimos. En segundo lugar, porque esta disparidad entre entornos cognitivos provoca que los lectores del TO y del TT no estén igualmente equipados para la tarea de la inferencia (Hatim y Mason, 1995: 122). Como lector privilegiado, el traductor deberá construir un modelo del significado pretendido por el TO y elaborar una hipótesis sobre el impacto obtenido en el receptor; como traductor propiamente dicho, tratará de reproducir tal interpretación para alcanzar los mismos efectos en el lector del TT (Hatim y Mason, 1995: 121). Ello comporta dos fases - la primera de lectura y comprensión; la segunda, de reproducción - para cuya práctica el ejercicio de la traducción directa y el análisis de traducciones, que aquí proponemos, resulta particularmente útil.

Basándose en el concepto de entorno cognitivo, formado por los hechos o suposiciones que cada uno de nosotros percibe, Sperber y Wilson (1986)75 enuncian otra de las teorías de la pragmática útiles para el traductor. Estos autores reducen las cuatro máximas del principio de cooperación a una sola, que recoge de alguna manera el contenido de todas ellas y coincide principalmente con la de relación, redefinida en la conocida “teoría de la relevancia”. Según ellos, de entre los elementos que forman nuestro entrono cognitivo, sólo elegimos los verdaderamente pertinentes para procesarlos como información, es decir, aquellos más eficientes que, con el menor esfuerzo, satisfacen nuestra exigencia comunicativa contribuyendo a enriquecer nuestro conocimiento del mundo. Mientras más efectos cognoscitivos produzca un enunciado y menos esfuerzo de interpretación exija, más relevante será. La comunicación, paradójicamente, tendría como fin “alterar” el entorno cognitivo del destinatario ofreciendo una garantía de relevancia (Reyes, 1994: 79); en otras palabras: sólo alterando éste último comunicamos realmente.

Aplicado a nuestro campo, ello significa que el traductor deberá reconocer el grado de relevancia que el TO tuvo para los lectores originales y adaptarlo al nuevo contexto, ya que, como vimos, muy a menudo la implicación contextual del TO no coincidirá con la del TT. Sucede a menudo en los textos literarios y de opinión, donde las diferencias en el entorno cognitivo son más marcadas. Será decisión del traductor eliminar información considerada poco relevante, o 75 Consultado en Reyes (1994: 77).

añadir la que falte a través, por ejemplo, de paráfrasis o notas. El traductor literario debe estar preparado a reconocer las implicaciones derivadas del grado de relevancia del texto, asegurándose de que el lector del TT las pueda interpretar, sin hacerlas necesariamente explícitas. Deberá calibrar también si, al cambiar de entorno cognitivo, ciertas partes del texto resultan poco relevantes, y si su inclusión viola la máxima de cantidad o la de modo, añadiendo ambigüedad, puede decidir eliminarlas o compensarlas.

En la parte práctica que sigue a continuación [cap. 7] analizaremos diversas traducciones cuyo TO aparentemente contraviene el principio de cooperación, dando lugar a fenómenos de ironía, metáfora o malentendido, que estudiaremos a través de textos de Pedro Almodóvar, Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, entre otros. Veremos también diversas trasgresiones a la teoría de la relevancia (deteniéndonos en las greguerías de Gómez de la Serna, en una obra juvenil de García Lorca y en una de las novelas de detectives de Giménez-Bartlett), así como otras traducciones que han tenido que afrontar juegos metalingüísticos, como las de Juan José Millás y Almodóvar.