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5. EL MODELO DE CONTEXTO DE HATIM Y MASON

5.3. La dimensión semiótica

El modelo de contexto que adoptaremos, además de poner de relieve los aspectos pragmáticos, ligados al uso del lenguaje en su contexto cultural, cuenta con una dimensión propiamente semiótica, la más importante de las tres según los autores, que estudia el texto como conjunto de signos desarrollado en el sistema de valores de una cultura determinada. Carbonell (1999: 47) revalida tal importancia afirmando que, se siga la orientación que se siga, los estudios de traducción estarán siempre enmarcados en una teoría semiótica de la comunicación, ya que, igual que la lingüística o la antropología, la traducción es una “ciencia general de los signos”.

La dimensión semiótica encuadra, de alguna manera, a las tres dimensiones del contexto, ya que tanto las variaciones de uso y usuario que conforman la comunicativa, como los aspectos pragmáticos que derivan del lenguaje como acto de habla, dependen directamente del contexto sociocultural. Como decía Bajtín, el objeto de la semiótica es el texto; y tal es, indudablemente, el objeto del

enfoque textual y de la pragmática. La traducción puede considerarse, por tanto, “el proceso que transforma una entidad semiótica en otra, bajo ciertas condiciones de equivalencia relacionadas con los códigos semióticos, la acción pragmática y los requerimientos comunicativos generales” (Hatim y Mason, 1995: 138).

Por todo ello Hatim y Mason proponen traducir “con conciencia semiótica”, lo cual significa no perder de vista que “las lenguas difieren en el modo en que perciben y compartimentan la realidad” (Hatim y Mason, 1995: 137). Esta característica no impide la traducción, aunque sin duda la dificulte – “faena utópica, tarea imposible, empresa desesperada”, dice de ella García Yebra (1989: 130). En cualquier caso, habrá siempre la suficiente experiencia compartida, por lejanas que sean entre sí las culturas en cuestión, como para no desechar la posibilidad de traducir. La misión de la semiótica es precisamente la del estudio de la elaboración e intercambio de información, tanto en el interior de una cultura como a través de fronteras culturales (Hatim y Mason, 1995: 138). El papel del traductor en esta operación se revelará fundamental, al ser el mediador que se encuentra en el centro del proceso dinámico de comunicación establecido entre el productor del TO y quienes resulten ser sus receptores (Hatim y Mason, 1995: 281). Por ello éste debe ser no sólo bilingüe, sino también bicultural:

“los traductores median entre culturas (lo cual incluye las ideologías, los sistemas morales y las estructuras sociopolíticas) con el objetivo de vencer las dificultades que atraviesan el camino que lleva a la transferencia de significado. Lo que tiene valor como signo en una comunidad cultural puede estar desprovisto de significación en otra, y el traductor se encuentra inmejorablemente situado para identificar la disparidad y tratar de resolverla” (Hatim y Mason, 1995: 282).

El estudio de la dimensión semiótica es afrontada por Hatim y Mason sobre todo a partir de tres nociones: género, intertextualidad y discurso. De las dos primeras hemos tenido ocasión de ocuparnos al definir los rasgos del texto y los parámetros de textualidad [cfr. 2.3]: vimos que éste, como conjunto de signos que es, se inserta en un

género, producto de una convención cultural, para pasar a formar parte de la cadena intertextual; y cómo, a su vez, se hace eco de las diferentes voces intertextuales que viven en una cultura determinada para aumentar su significación, con una intención que siempre va más allá de lo puramente informativo.

El discurso, que viene definido como los “modos de hablar y escribir que llevan a los participantes a adoptar determinadas actitudes ante ámbitos de la actividad sociocultural” (como el discurso del racismo o el de los formalismos burocráticos) (Hatim y Mason, 1995: 303), es estudiado en cambio como modo de vehicular la ideología, cuya expresión tiene importantes consecuencias en traducción. “No hay ningún texto, inocente”, afirma Carbonell (1999: 148): la traducción de un término o expresión cuya connotación cambie de cultura a cultura planteará problemas éticos al traductor, que habrá de escoger entre diferentes puntos de vista ideológicos sin poder asumir una posición “neutral” (Carbonell, 1999: 148). Género, discurso y texto constituyen sistemas semióticos determinados culturalmente, con convenciones intertextuales propias, y funcionan, por tanto, como potenciales transmisores de ideología.

La principal corriente traductológica que estudia el efecto de la ideología en el texto es la “escuela de la manipulación”, surgida en los años ochenta y aún en vigor. Parte de la teoría de los polisistemas, desarrollada por Even-Zohar, quien toma el concepto del formalismo ruso. Considera que la cultura es un complejo “sistema de sistemas” o polisistema formado por subsistemas interrelacionados entre sí (la literatura, la ciencia, la tecnología, etc.). La literatura universal es, pues, un “polisistema” o sistema abierto, heterogéneo y dinámico, del que forman parte todos los textos literarios, los cuales se organizan jerárquicamente; la literatura traducida, integrante del mismo, deja así de contemplarse de modo aislado, con el único valor de “replicar” o sustituir al original. Con similar orientación, Lefevere (1997) considera que la traducción es una “reescritura” condicionada por los factores dominantes del polisistema de llegada, y sujeta por tanto a sus condicionantes ideológicos, que pueden manifestarse a través del traductor o de lo que él llama “mecenazgo”, es decir, de aquellas personas o instituciones que pueden impulsar o dificultar la reescritura

(universidades, editoriales, academias, medios de comunicación, etc.)76.

Todo ello confirma la idea de que el TT no es el resultado de un conjunto de decisiones tomadas en función de los elementos lingüísticos del TO, sino de la relación de estos con una serie de factores que surgen en el sistema receptor. Cualquier traducción, según Toury, debe satisfacer las “normas” 77 de la cultura de llegada, dictadas por los grupos de poder, que deciden lo que es socialmente adecuado. Variables según cultura y época, son éstas las que determinan que la traducción sea apropiada al nuevo contexto. Así las cosas, traducir se convierte en el acto de ajustar y manipular un TO para que el TT se adapte a un modelo concreto de corrección, motivo por el cual se puede afirmar que “un texto es una traducción en cuanto que es aceptado como tal por la sociedad o cultura que lo recibe” (Carbonell, 1997: 60).

En este sentido, recientes corrientes traductológicas como la de Venuti, a la que ya hemos aludido [cfr. 4.3], sostienen que la única manera de oponerse al dominio ideológico de los grupos de poder – este autor se refiere concretamente a la cultura anglosajona - es por medio de la elección consciente de una estrategia de traducción que privilegie el “extrañamiento” frente a la “familiarización”78. “Familiarizar” es, pues, falsificar el universo del TO, sustituirlo por otro acorde con las normas y cánones del TT. Venuti (1995) aboga por una estrategia de “resistencia” rechazando el mito del “traductor

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Este sistema de mecenazgo es, sin embargo, lo bastante flexible como para permitir cambios en los gustos dominantes: una traducción que no encuentre editor hoy, podría llegar a ocupar un lugar central en el polisistema mañana. Lo cierto, sin embargo, es que las editoriales suelen ser conservadoras, y es difícil que una obra se traduzca si no encuentra espacio en una tendencia ya consolidada.

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Son de tres tipos (Toury, 2004): la norma inicial se refiere a la elección básica que deberá hacer el traductor, es decir, adaptarse a las normas de la cultura de llegada, produciendo un texto “aceptable”, o por el contrario, a las de origen, produciendo un texto “adecuado”. La preliminar se refiere a aspectos de la “política traductora” como la propia elección de la obra, si ésta se traduce a través de otras lenguas, etc. La norma operativa, por último, regula las decisiones que se toman mientras se traduce, como la determinación de la macroestructura y la selección del material lingüístico.

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Con una orientación más filosófica, Berman (1999) defiende la traducción literal (que no “servil”), afirmando que la no literal es etnocéntrica (ya que reduce todo a su propia cultura) e hipertextual (porque imita).

invisible”, aquel que se esfuerza por hacer creer que el TT es un original. De otra manera la traducción se convierte en un acto de auto- destrucción, al ser una obra creativa que niega la autoría de su creador, y refuerza la hegemonía cultural escondiendo prácticas de poder79.

En la parte práctica [cap. 8] nos ocuparemos del análisis de traducciones en relación al contexto semiótico. Veremos ejemplos de intertextualidad y de culturemas extraídos de obras de Pedro Almodóvar, Pablo Tusset, Luis Martín Santos, Julio Llamazares y García Lorca. Encontraremos otros ejemplos de género y cliché textual en Ana María Matute, Llamazares y Muñoz Molina. Terminaremos con el análisis de dos textos de Gómez de la Serna y Valle-Inclán en los que será posible observar cómo se traduce la ideología.

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Pero también hay que ver la otra cara de la moneda. Carbonell (2004) nos avisa de que el extrañamiento puede producir el efecto contrario al deseado si se convierte en algo ficticio, forzado, que responde a las expectativas de la cultura TT y conduce al estereotipo. Podría incluso afirmar de rebote la cultura hegemónica, creando connotaciones negativas e imponiendo nuevos efectos en los que el autor jamás pensó, y que sólo se entienden desde la cultura del TT.