Éxodo 1.1—2.25
Los egipcios oprimen a los israelitas1
Ésta es la lista de los hijos de Jacob que lo acompañaron a Egipto con sus familias:2-4Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad y Aser. 5El número total de las personas que lo acompañaron fue de setenta (porque José ya estaba
allá).
6Con el correr del tiempo, José y sus hermanos murieron, y se acabó toda aquella gene-
ración. 7Pero sus descendientes fueron muy fructíferos y se multiplicaron rápidamente, de
modo que llegaron a ser un pueblo muy numeroso y fuerte. ¡Todo el país se fue llenando de israelitas!
8Pasado el tiempo, subió al trono de Egipto un nuevo rey que no se sintió comprometido
con los descendientes de José. 9«Estos israelitas se han convertido en un peligro para noso-
tros, porque son demasiados —dijo a su pueblo—. 10Tenemos que buscar la manera de poner-
le fin a esto. De otro modo, en caso de guerra, podrían aliarse con nuestros enemigos, pelear en contra de nosotros y escapar del país».
11Entonces los egipcios esclavizaron a los hebreos, y les pusieron capataces muy crueles.
ciudades donde el rey almacenaba todas las provisiones. 12Pero cuanto más los oprimían los
egipcios, más se multiplicaban los israelitas. Los egipcios estaban alarmados 13,14e hicieron
aún más amarga la esclavitud de los hebreos. Los obligaron a trabajar duramente largas jor- nadas en los campos y a acarrear pesadas cargas de ladrillo y mezcla.
15,16El faraón, rey de Egipto, ordenó a las parteras que atendían a las mujeres hebreas (dos
de las cuales se llamaban Sifrá y Fuvá) que se fijaran en el sexo del bebé a la hora de nacer, y que mataran a todos los niños hebreos en cuanto nacieran, y que dejaran con vida sólo a las niñas. 17Pero las parteras tenían temor de Dios y desobedecieron al faraón, pues permitían
que los niños vivieran.
18El faraón las citó para que se presentaran delante de él, y les preguntó:
—¿Por qué me han desobedecido y han dejado vivir a los niños?
19—Señor —dijeron ellas—, las mujeres hebreas no son como las egipcias, son tan vigorosas
que dan a luz antes de que nosotras lleguemos.
20Dios bendijo a las parteras por haber favorecido a su pueblo. Así que los israelitas
siguieron multiplicándose, hasta llegar a ser una nación poderosa. 21Y como las parteras
tuvieron temor de Dios, él les permitió tener muchos hijos. 22Entonces el faraón ordenó a
su pueblo que echaran al río Nilo a todo niño hebreo que naciera, pero que a las niñas las dejaran con vida.
Nacimiento de Moisés
2
Por esa época, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de su misma tribu.2Después de un tiempo, la mujer quedó embarazada y tuvo un hijo. El niño era tan hermo-
so, que la madre lo mantuvo escondido durante tres meses. 3Pero cuando ya no pudo escon-
derlo más, le hizo una pequeña cesta de papiro, la recubrió con asfalto, y puso al niño adentro; luego fue y lo dejó en medio de las cañas que crecían a la orilla del río. 4La hermana del bebé
lo estuvo vigilando desde lejos, para ver qué iba a pasar con él.
5En eso vio que llegaba a bañarse al río una princesa, una de las hijas del faraón. Mientras
caminaba por la orilla con sus damas de compañía, vio la pequeña cesta que estaba en medio de las cañas y envió a una de sus doncellas para que se la llevara. 6Cuando la abrió, vio al bebé
que lloraba, y se sintió conmovida.
—Debe de ser un bebé de los hebreos —dijo.
7La hermana del niño se acercó y le preguntó a la princesa:
—¿Quiere que vaya y busque a una mujer hebrea para que le cuide al niño?
8—Sí, anda —respondió la princesa.
La muchacha corrió hasta su casa, y regresó con su madre.
9—Lleva a este niño a tu casa y cuídamelo —le ordenó la princesa a la madre del niño—.
Te pagaré bien. Ella, pues, lo llevó a su casa y lo cuidó. 10Cuando el niño creció, la madre se lo
llevó a la princesa, y ella lo adoptó como hijo suyo. Lo llamó Moisés, porque lo había sacado de las aguas.
Huida de Moisés a Madián
11Un día, cuando Moisés ya había crecido, salió a visitar a los hebreos y vio la terrible con-
dición en que se encontraban. Durante esta visita vio que un egipcio golpeaba a un hebreo, ¡a un compatriota suyo! 12Moisés miró hacia todos lados para asegurarse de que nadie lo veía,
mató al egipcio y lo sepultó en la arena. 13Al día siguiente volvió a salir a visitar a los hebreos,
y vio que dos de ellos estaban peleando.
—¿Por qué golpeas a tu hermano de esa manera? —le dijo al que estaba golpeando al otro.
14—¿Quién te crees tú? —le contestó el hombre—. Supongo que te crees príncipe y juez.
¿Quieres matarme también como lo hiciste con el egipcio ayer?
Cuando Moisés se dio cuenta de que se sabía lo que había hecho, se asustó. 15Y en efecto,
cuando el faraón se enteró, ordenó que Moisés fuera arrestado y ejecutado. Pero Moisés huyó hacia la tierra de Madián. Al llegar a allá, se sentó junto a un pozo.
16Estaba allí sentado, cuando llegaron siete muchachas a sacar agua del pozo, para llenar
los abrevaderos y darles de beber a las ovejas de su padre. Las siete eran hijas del sacerdote de Madián. 17Pero los pastores que estaban allí querían impedir que ellas sacaran agua. Moisés
acudió en su ayuda y las libró de los pastores, y dio de beber a las ovejas. 18Cuando las mucha-
—¿Cómo es que pudieron regresar hoy tan temprano?
19—Un egipcio nos defendió de los pastores —respondieron ellas—, y sacó agua y dio de
beber a los rebaños.
20—Bueno, pero ¿dónde está? —les preguntó el padre—. ¿Lo dejaron allá? Invítenlo a
comer.
21Moisés aceptó la invitación y acabó quedándose a vivir con ellos. Después de un tiempo,
Reuel le dio por esposa a Séfora, una de sus hijas. 22Tuvieron un hijo, y Moisés le puso por
nombre Guersón, porque dijo: «Soy forastero en tierra extraña».
23Pasaron muchos años, y murió el faraón. Los israelitas, sin embargo, gemían bajo su pesa-
da carga, profundamente atribulados por la esclavitud, y lloraban amargamente delante de Dios. Dios oyó su lamento desde los cielos y 24se acordó de su pacto, de la promesa hecha a
Abraham, a Isaac y a Jacob de hacer regresar a sus descendientes a la tierra de Canaán. 25Los
miró desde lo alto y decidió ayudarlos.
Salmo 15.1–5
Salmo de David.
15
Señor; ¿quién puede habitar en tu santuario? ¿Quién puede vivir en tu santo monte? 2Sólo el de conducta intachable, que practica la justicia y de corazón dice la verdad; 3que no calumnia con la lengua, que no le hace mal a su prójimo, ni le acarrea desgracia a suvecino. 4que desprecia al que Dios reprueba pero honra al que le teme al Señor; que cumple lo
prometido aunque salga perjudicado; 5que no cobra intereses sobre el dinero que presta y se
niega a ser testigo contra el inocente por mucho que se le quiera sobornar. Una persona así permanecerá siempre firme.
Proverbios 4.25–27
25Mira lo que tienes delante; pon tus ojos en lo que tienes frente a ti. 26Establece bien la
conducta de tu vida, mantenla siempre, y estarás seguro. 27¡Practica el bien en todo momento!
¡Apártate del mal!
Mateo 17.1–27
La transfiguración
17
Seis días después, Jesús, con Pedro, y Jacobo y Juan (que eran hermanos), subió a la cima de un elevado monte para estar a solas. 2Allí Jesús se transfiguró delante de losdiscípulos. Su rostro se volvió brillante como el sol, y su ropa blanca como la luz. 3De pronto,
Moisés y Elías aparecieron y se pusieron a hablar con él. 4Pedro, atónito, balbució:
—Señor, ¡qué bueno que nos pudiéramos quedar aquí! Si quieres, podemos hacer tres enra- madas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
5Pero mientras hablaba, una nube resplandeciente los cubrió y una voz dijo desde la nube:
«Este es mi Hijo amado; en él me complazco. Obedézcanlo».
6Los discípulos se postraron en tierra temblando de miedo. 7Jesús se les acercó y los tocó.
—Levántense —les dijo—. No tengan miedo.
8Y al levantar la mirada, encontraron a Jesús solo.
9Al descender de la montaña, Jesús les ordenó que no le dijeran a nadie lo que habían visto,
hasta que él se levantara de entre los muertos. 10Los discípulos le preguntaron:
—¿Por qué los maestros de religión insisten en que Elías regresará antes que aparezca el Mesías?
11—Ellos tienen razón —les respondió Jesús—. Elías tiene que venir a poner las cosas en
orden. 12Y, en efecto, ya vino, pero en vez de reconocerlo, lo trataron con la misma crueldad
con que me tratarán a mí, que soy el Hijo del hombre.
13Los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
14Cuando llegaron al valle, la gente los esperaba; y un hombre corrió y se puso de rodillas
ante Jesús.
15—Señor —dijo—, ten misericordia de mi hijo, que está enfermo de la mente y padece
muchísimo. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua, con peligro de su vida. 16Lo traje a
17—¡Oh generación incrédula y perversa! —dijo Jesús—. ¿Hasta cuándo tendré que sopor-
tarlos? ¡Tráiganme al muchacho!
18Jesús reprendió al demonio que estaba en el muchacho, y el demonio salió. Desde aquel
instante el muchacho quedó bien.
19Más tarde, los discípulos le preguntaron en privado a Jesús:
—¿Por qué no pudimos echar fuera aquel demonio?
20—Porque tienen muy poca fe —les respondió Jesús—. Si tuvieran siquiera una fe tan
pequeña como un grano de mostaza, podrían decirle a aquella montaña que se quitara de en medio y se quitaría. Nada les sería imposible. 21Pero este tipo de demonio no sale a menos que
uno haya orado y ayunado.
22Un día, estando aún en Galilea, les dijo:
«Alguien me va a traicionar y me va a entregar a los que quieren matarme, 23pero al tercer
día resucitaré».
Los discípulos se estremecieron de tristeza y temor.
El impuesto del templo
24Al llegar a Capernaúm, los cobradores de impuestos del templo le preguntaron a Pedro:
—Tu Maestro, ¿paga impuestos?
25—¡Claro que los paga! —les respondió Pedro—, e inmediatamente entró a la casa a hablar-
le a Jesús sobre el asunto.
No había pronunciado todavía la primera palabra, cuando Jesús le preguntó: —¿A quién crees tú, Pedro, que cobran tributos los reyes de la tierra? ¿A sus súbditos o a los extranjeros?
26—A los extranjeros, claro —respondió Pedro.
27—Entonces, los suyos quedan exentos, ¿verdad? —añadió Jesús—. Sin embargo, para que
no se ofendan, vete al lago y echa el anzuelo, pues en la boca del primer pez que saques halla- rás una moneda que alcanzará para tus impuestos y los míos.
«Diles que te envía el Dios eterno, pues YO SOY EL
QUE SOY. ¡Mi nombre es YO SOY!»
Éxodo 3.14
P
iensa al respecto. ¿Conoces a alguien que ande diciendo «yo soy»? Yo tampoco. Cuando decimos «yo soy» agregamos otra palabra: «yo soy feliz»; «yo soy fuerte»; «yo soy alegre»; «yo soy Max». Sin embargo, Dios declara de forma resuelta: «YO SOY» sin agregar nada más.«¿Qué eres?», queremos preguntar. «YO SOY», responde. No necesita añadir una palabra descriptiva porque Él nunca cambia. Dios es el que es. Es lo que siempre ha sido. Su inmutabilidad mueve al salmista a declarar: «Pero tú eres siempre el mismo, y tus años no tienen fin.» (Salmo 102.27) El escritor quiere decir: «Tú eres el que eres. Nunca cambias». Jehová es un Dios inmutable.
Aligere su equipaje