Génesis 37.1—38.30
Los sueños de José37
Jacob se fue a vivir a la tierra de Canaán, donde su padre había vivido como extranjero.2Esta es la historia de la familia de Jacob:
José, el hijo de Jacob, tenía diecisiete años. Su trabajo consistía en apacentar los rebaños de su padre, en compañía de los hijos de Bilhá y de Zilpá, que eran concubinas de Jacob. Pero José le informaba a su padre de la mala conducta de aquellos. 3Israel amaba más a José que a
sus otros hijos, porque José le había nacido en su vejez. Un día Jacob le regaló una túnica de mangas largas. 4Los hermanos notaban que su padre prefería a José. Por eso, llegaron a odiar-
lo y no le podían hablar en buenos términos. 5Una noche José tuvo un sueño y se lo contó de
inmediato a sus hermanos, lo que hizo que éstos lo odiaran aún más.
6—Oigan, les voy a contar el sueño que tuve —les dijo—. 7Soñé que todos nosotros estába-
mos en el campo atando manojos de trigo. Mi manojo se mantuvo derecho, mientras que los de ustedes se reunieron alrededor del mío y le hicieron reverencias.
8—¿Quiere decir que vas a ser nuestro rey? —se burlaron—, y lo odiaron aún más por el
sueño y porque creían que él se jactaba de ser superior a ellos.
9Luego tuvo otro sueño, y también se lo contó a sus hermanos:
—Oigan mi segundo sueño —les dijo—. Soñé que el sol, la luna y once estrellas me hacían reverencias.
10Esta vez José le contó el sueño también a su padre, después de habérselo contado a sus
hermanos. Su padre lo reprendió:
—¿Qué es esto que has soñado? ¿Acaso yo, tu madre y tus hermanos vamos a inclinarnos delante de ti?
11Los hermanos se sintieron molestos y se llenaron de envidia, pero Jacob se quedó pensan-
do qué significaría todo aquello. José es vendido por sus hermanos
12Un día los hermanos de José llevaron los rebaños de su padre a Siquén, para apacentarlos
allí. 13,14Pocos días después Israel llamó a José y le dijo:
—Tus hermanos están en Siquén apacentando el ganado. Anda a ver cómo están ellos y el ganado, y vuelve a avisarme.
—Muy bien —respondió José.
Entonces José salió del valle de Hebrón y se dirigió a Siquén. 15Un hombre que lo vio cami-
nando por los campos le preguntó: —¿A quién buscas?
16—Busco a mis hermanos y sus rebaños. ¿Los ha visto?
17—Sí —respondió el hombre—, ya no están aquí. Les oí decir que iban a Dotán.
José entonces se fue hasta Dotán y allí encontró a sus hermanos. 18Pero cuando ellos lo
vieron, lo reconocieron a la distancia y decidieron matarlo.
19,20—¡Ahí viene el soñador! —exclamaron—. Vamos, matémoslo y echémoslo en una cister-
na. Luego le diremos a nuestro padre que algún animal salvaje se lo comió. ¡Veremos en qué paran sus sueños!
21,22Cuando Rubén escuchó esto, intentó salvarle la vida a José.
—No lo matemos —dijo—; no debemos derramar sangre. Echémoslo vivo dentro de la cisterna. Así morirá sin que lo toquemos.
El plan de Rubén era sacarlo más tarde y enviarlo a casa de su padre. 23Cuando José llegó
donde ellos estaban, le quitaron su túnica de mangas largas, 24y lo arrojaron a una cisterna
vacía. 25Luego se sentaron a comer. De repente vieron a la distancia una caravana de Ismaeli-
tas que venían de Galaad. Sus camellos iban cargados de perfumes, especias y bálsamos que llevaban a vender a Egipto.
26,27—¡Miren! —dijo Judá a los demás—. Allá vienen unos ismaelitas. ¡Vendámosles a José!
¿Para qué hemos de matarlo y cargar con esta culpa en la conciencia? No seamos responsables de su muerte porque, después de todo, es nuestro hermano.
Todos los hermanos estuvieron de acuerdo. 28Cuando llegaron los comerciantes, sacaron a
José de la cisterna y se lo vendieron por veinte monedas de plata. Los comerciantes siguieron el viaje llevando consigo a José hasta Egipto. 29Un poco más tarde llegó Rubén (que había
estado fuera cuando pasaron los ismaelitas) y fue hasta la cisterna para sacar a José. Cuando vio que José no estaba allí, rasgó sus ropas lleno de angustia y de frustración.
30—El muchacho no está; y yo, ¿dónde me meto ahora?
31Ellos entonces tomaron un cabrito, lo degollaron y con la sangre mancharon la túnica de
José. 32Luego le llevaron la túnica a Jacob para que la identificara.
—Encontramos esto en el campo —le dijeron—. ¿Será la túnica de José?
33El padre la reconoció de inmediato.
—Sí, es la túnica de mi hijo. Algún animal salvaje destrozó a mi hijo y se lo comió.
34Entonces Israel rasgó su ropa y se vistió de ropas ásperas e hizo duelo por su hijo, y lo
lloró durante varias semanas. 35Toda su familia trató en vano de consolarlo. Pero él decía: «No
dejaré de llorar hasta que muera y me reúna con mi hijo». Y seguía llorando.
36Mientras tanto en Egipto, José fue vendido a Potifar por los mercaderes. Potifar era un
funcionario del faraón, rey de Egipto. Era nada menos que el capitán de la guardia. Judá y Tamar
38
Más o menos por ese tiempo, Judá salió de la casa de su padre y se fue a vivir a Adulán, a casa de un hombre llamado Hirá. 2Allí se casó con una mujer cananea, hija de Súa. 3Lamujer quedó embarazada y tuvo un hijo, al que llamó Er. 4Después volvió a quedar embara-
zada y tuvo otro hijo, al que llamó Onán. 5Tiempo después tuvo otro hijo, al que llamó Selá.
Este nació en Quezib.
6Cuando creció Er, su hijo mayor, Judá lo casó con Tamar. 7Pero Er era malo y Dios lo mató, 8Entonces Judá le dijo a Onán, hermano de Er:
—Tienes que casarte con Tamar, conforme a lo que nuestra ley exige del hermano del muerto. Así los hijos que ella tenga serán los herederos de tu hermano.
9Pero Onán no quería tener hijos que no se consideraran suyos, sino de su hermano. Por
eso, aunque se casó con Tamar, cada vez que tenía relaciones sexuales con ella derramaba el semen fuera. De esa manera evitaba darle hijos a su hermano. 10Esto le pareció muy malo a
Dios, y lo mató también a él.
11Entonces Judá le dijo a Tamar, su nuera, que no se casara por el momento y que se quedara
en la casa de sus padres, hasta que Selá tuviera edad suficiente para casarse con ella. Real- mente era una excusa, porque temía que su hijo menor también muriera al casarse con ella. Tamar, pues, volvió a vivir con sus padres.
12Pasó el tiempo, y la esposa de Judá, que era hija de Súa, murió. Cuando terminó el tiempo
del duelo, Judá y su amigo Hirá, el adulanita, fueron a Timnat a esquilar las ovejas. 13Alguien
le dijo a Tamar que su suegro iba a Timnat a esquilar las ovejas. 14Entonces ella, comprendien-
do que él no iba a dejarla casar con Selá, a pesar de que él ya tenía edad suficiente, se quitó la ropa de viuda, se cubrió con un velo para no ser reconocida, y se sentó junto al camino, a la entrada de Enayin, que está en el camino a Timnat. 15Judá la vio al pasar y creyó que era
una prostituta, ya que tenía el rostro cubierto con un velo. 16Él se detuvo y le propuso que lo
dejara acostarse con ella, sin darse cuenta de que era su nuera. —¿Cuánto me pagarás? —preguntó ella.
17—Te enviaré un cabrito de mi rebaño —prometió él.
—¿Qué prendas me darás para que tenga la seguridad de que me lo vas a mandar? —pre- guntó ella.
18—Bien, ¿qué es lo que quieres? —preguntó Judá.
—Dame el sello que usas para identificarte, tu cordón y tu bastón —respondió ella. Él le entregó las prendas, y tuvieron relaciones sexuales. Ella quedó embarazada 19y volvió a poner-
se su ropa de viuda.
20Judá le pidió a su amigo Hirá, el adulanita, que le llevara el cabrito a la mujer y le pidiera
que le devolviera las prendas que le había dado. Pero Hirá no pudo encontrarla; 21así que les
preguntó a los hombres de la ciudad:
—¿Dónde vive la prostituta que estaba junto al camino, a la entrada del pueblo? —Aquí nunca ha habido una prostituta —le contestaron.
22Entonces Hirá volvió a donde estaba Judá y le dijo que no la había podido encontrar. Tam-
bién le contó lo que le habían dicho los hombres del pueblo.
23—¡Que se quede con las prendas! —exclamó Judá—. Hemos hecho lo que teníamos que
hacer. Yo cumplí con enviarle el cabrito, pero tú no la encontraste. Seríamos el hazmerreír del pueblo si volvemos a ir.
24Tres meses más tarde, le contaron a Judá que Tamar, su nuera, se había acostado con otro
hombre, y que estaba embarazada. —¡Sáquenla y quémenla! —ordenó Judá.
25Pero, cuando la sacaban para quemarla, ella le envió el siguiente mensaje a su suegro: «El
dueño de este sello de identificación, de este cordón y de este bastón es el padre de mi hijo. ¿Los reconoces?»
26Judá reconoció que eran suyos y dijo:
—Ella es más justa que yo, porque yo no quise cumplir mi promesa de darle a mi hijo Selá por esposo.
Por su parte, Judá nunca más volvió a tener relaciones sexuales con ella. 27Llegado el tiem-
po del parto, Tamar tuvo mellizos. 28En el momento de nacer, la partera le ató un hilo rojo
en la muñeca del que apareció primero. 29Pero éste metió la mano, y nació primero el otro.
Entonces la partera exclamó: «¡Qué brecha te abriste!» Por eso le pusieron Fares, (el que salió). 30Poco después nació el bebé que tenía el hilo rojo en la muñeca, y lo llamaron Zera.
Salmo 9.11–20
11Canten salmos al Señor, el rey de Sión, cuéntenle al mundo sus hechos inolvidables. 12El
que castiga a los homicidas tiene cuidado de los desvalidos. No olvida las súplicas de los atri- bulados que le piden ayuda.
13Y ahora, Señor, ten misericordia de mí; mira como padezco a manos de quienes me odian.
Señor, sácame de las fauces de la muerte. 14Sálvame, para que pueda alabarte públicamente
en presencia del pueblo en las puertas de Jerusalén, y pueda regocijarme porque me has rescatado.
15Las naciones caen en las trampas que cavaron para otros; la trampa que pusieron los ha atra-
pado. 16El Señor es célebre por la forma en que hace caer a los malvados en sus propios lazos. 17Los malvados serán enviados al sepulcro; éste es el destino de las naciones que olvidan al
Señor. 18Pero no se olvidará para siempre al necesitado y las esperanzas del pobre no se verán
eternamente burladas.
19¡Oh Señor, levántate! No dejes que el hombre domine. ¡Haz que las naciones se presenten
delante de ti! 20Hazlos temblar de miedo; bájales los humos hasta que comprendan que no
son sino frágiles hombres.
Proverbios 3.31–35
31No envidies a la gente violenta, ni imites su conducta. 32Porque el Señor detesta a esos
malvados, pero le da su amistad a los justos.
33La maldición del Señor cae sobre la casa de los malvados, pero su bendición está sobre
el hogar de los justos. 34El Señor se burla de los burladores, pero ayuda a los humildes. 35Los
sabios se llenarán de honra, pero los necios se llenarán de vergüenza.
Mateo 13.1–30
Parábola del sembrador
13
Mas tarde, aquel mismo día, Jesús salió de la casa y se dirigió a la orilla del lago. 2Prontose congregó una multitud tan inmensa que se vio obligado a subir a una barca y ense- ñar desde allí a la gente que lo escuchaba con atención en la orilla. 3,4En su sermón, empleó
muchos simbolismos que ilustraban sus puntos de vista. Por ejemplo, usó el siguiente: «Un agricultor salió a sembrar sus semillas en el campo. Mientras lo hacía, algunas semi- llas cayeron en el camino, y las aves vinieron y se las comieron. 5Otras cayeron sobre terreno
pedregoso, donde la tierra no era muy profunda. Las plantas nacieron pronto, pero a flor de tierra, 6y el sol ardiente las abrasó y se secaron, porque casi no tenían raíz. 7Otras semillas
cayeron entre espinos, y los espinos las ahogaron. 8Pero algunas cayeron en buena tierra y
produjeron una cosecha de treinta, sesenta y hasta cien granos por semilla plantada. 9¡El que
tenga oídos, oiga!»
10Sus discípulos se le acercaron y le dijeron:
—¿Por qué usas esos simbolismos tan difíciles de entender?
11Él les explicó que ellos, los discípulos, era a los únicos a los que se les permitía entender
12—Al que tiene se le dará más, pero al que no tiene nada, aun lo poco que tiene le será
quitado. 13Usé estos simbolismos porque esta gente oye y ve, pero no entiende. 14Así se cumple
la profecía de Isaías:
»“Oirán, pero no entenderán; verán, pero no percibirán, 15porque tienen el corazón endu-
recido, no oyen bien y tienen los ojos cerrados. Por lo tanto, no verán ni oirán ni entenderán ni se convertirán ni dejarán que yo los sane”.
16»¡Dichosos los ojos de ustedes, porque ven! ¡Dichosos los oídos de ustedes, porque oyen! 17Muchos profetas y muchos hombres justos anhelaron ver lo que ustedes están viendo y oír lo
que están oyendo; pero no lo lograron. 18Y ahora les voy a explicar el simbolismo del sembrador. 19»El camino duro en que algunas de las semillas cayeron representa el corazón de las per-
sonas que escuchan las buenas nuevas del reino y no las entienden. Por eso, cuando Satanás llega, les quita lo que se les sembró. 20El terreno pedregoso y poco profundo simboliza el
corazón del hombre que escucha el mensaje y lo recibe con gozo, 21pero no hay profundi-
dad en su experiencia, y las semillas no echan raíces profundas; luego, cuando aparecen los problemas o las persecuciones por causa de sus creencias, el entusiasmo se le desvanece y se aparta de Dios. 22El terreno lleno de espinos es el corazón del que escucha el mensaje, pero se
afana tanto en esta vida que el amor al dinero ahoga en él la Palabra de Dios, y cada vez trabaja menos para el Señor. 23La buena tierra representa el corazón del hombre que escucha el men-
saje, lo entiende y sale a ganar treinta, sesenta y hasta cien almas para el reino de Dios.
Parábola de la mala hierba
24Otra de las parábolas o simbolismos que usó Jesús fue la siguiente:
«El reino de los cielos es como el labrador que planta la buena semilla en el campo; 25pero por la
noche, mientras la gente duerme, su enemigo va y siembra malas hierbas entre el trigo. 26Cuando
las plantas empiezan a crecer, la mala hierba crece también. 27Al verlas, los trabajadores del labra-
dor corren a donde está éste y le dicen: “Señor, el terreno en que sembraste aquellos granos de buena calidad está lleno de hierbas malas”. 28“Seguro que alguno de mis enemigos las sembró”,
explicó el labrador. “¿Quieres que arranquemos la mala hierba?”, preguntaron los trabajadores.
29“No”, respondió el labrador, “porque pueden dañar el trigo. 30Dejen que crezcan juntos, y cuan-
do llegue el tiempo de la cosecha daremos instrucciones a los segadores para que arranquen pri- mero la cizaña y la quemen; y después, que pongan el trigo en el granero”».