Esto, por supuesto no es más que el resultado del así llamado antropomorfismo de Dios. Es decir que los seres humanos hemos hecho lo que dijo alguien por ahí: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza…y luego el hombre le de- volvió el favor.” Y es cierto. En la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento se describe a un dios con todas las particularidades de un ser hu- mano, desde las físicas: tiene ojos, manos, brazo, espalda, boca, etc. hasta las cualidades emocionales: siente furor, ira, venganza, se arre- piente de haber hecho algo, es celoso, no per- dona, y hasta atenta contra la vida de sus devotos. Amén de en un rapto de ira, desapare- cer a toda la humanidad en un diluvio universal, destruir por fuego a algunas naciones, mandar matar a pueblos enteros, etc.
Y es que los escritores de la Biblia para poder comunicar mejor su mensaje equipararon a Dios como cualquiera de nosotros atribuyéndole todas las pasiones y sentimientos que hay en el ser humano. Solo así podrían temerle y obedecer sus mandamientos. Pero, por supuesto esta ima- gen antropomórfica de Dios es tan solo una ale- goría que de ninguna manera podemos o debemos tomar al pie de la letra.
Yo admiro a los budistas porque ellos para ob- viar los problemas que podrían surgir de una fi- gura divina con características de un mortal prefieren no darle a la divinidad ni forma ni per- sonalidad humana. Así no se corre el peligro de decir que Dios odia, envidia, cela, etc. Y cosa curiosa los cristianos que tanto odian las imáge- nes, hicieron de Dios una imagen perfectamente humana y le dieron todos los atributos de un hombre terrible, como un guerrero: “El Señor de los ejércitos.” Cosas que en su tiempo infun- dían temor a los enemigos de los hebreos. Bueno, pues echemos mano de la Teología para ver si es correcta esta imagen que tenemos de Dios. El odio es una pasión negativa de la natu- raleza humana. Todos sabemos que el odio solo produce destrucción y muerte. Desde los albores de la humanidad el odio ha sido una de las fuer- zas devastadoras que ha arrasado pueblos ente- ros bajo diferentes justificaciones. Y por supuesto el odio solo tiene lugar entre los seres racionales. Los animales no sienten odio hacia otras especies, sino simplemente obedecen a sus instintos territoriales y de alimentación, pero dudo mucho que alberguen la misma clase de sentimiento que hay en los seres humanos. Dios es perfección, es espíritu, no materia, no https://www.facebook.com/msonoramacias?fref=nf
¿DIOS ES CAPAZ DE
ODIAR?
Manuel Sonora*
* Sacerdote anglicano jubilado, párroco de la Iglesia de San Marcos en Guadalajara (México) desde 2003 hasta 2012. Ha sido por muchos años profesor del Seminario de San Andrés en la Ciudad de México y fundador del Seminario Diocesano de San Andrés en Guadalajara. Su especialidad es la Homilética y la Liturgia así como la Identidad Anglicana. Socio de la Fundación Carpe Diem Interfedesde su inicio.
está formado del mismo material del ser hu- mano porque entonces dejaría de ser Dios. En realidad, dicho sea de paso, nadie sabe a ciencia cierta quien es Dios y cómo es él. Simplemente nos fiamos de la revelación que él ha querido darnos de sí mismo. Creo que todos estamos de acuerdo en que la esencia misma de Dios es el amor. Juan dice claramente que Dios es amor. Y qué curioso, me ha tocado ver arriba de un púl- pito un letrero de gas neón que dice así exacta- mente: “Dios es Amor” mientras que el predicador se desgañita hablando de la ira tre- menda de Dios que se cierne sobre la humani- dad y como Dios lanzará al lago de fuego eterno a los desventurados que no creyeron en él. Si Dios es espíritu y es perfección absoluta nada malo o negativo puede ser parte de su naturaleza y el odio es un sentimiento negativo y destruc- tivo, ya los hemos mencionado antes. Así que por lógica Dios está exento de este y otros sen- timientos malévolos que solo son características de los seres humanos imperfectos y llenos de de- bilidades. Decir que Dios odia o aborrece es es- tarlo comparando a las divinidades de los pueblos antiguos que de pronto por quítame estas pajas se encienden de furor contra los seres humanos y les exigen un sacrificio de sangre para aplacar su ira.
Pero el Dios que nos revela Jesucristo no es así. El evangelio dice claramente que Jesús es la imagen perfecta de Dios, así que, a través de él podemos ver a Dios mismo. Y cosa curiosa, Jesús no odió a nadie, ni siquiera a Judas que de antemano sabía que le iba a entregar, ni a sus torturadores que gozaban haciéndole sufrir al ser clavado en el madero. Por el contrario él clamó a su Padre pidiendo clemencia para la ignoran- cia de esos malvados. Alguien dirá que se llenó de ira contra los mercaderes del templo. Pues no, el evangelio no nos dice que llegara a odiar a esos mercachifles, sino que el amor a la casa de su Padre fue la causa de que él los echara de esa manera. Es más tampoco odió a los escribas y fariseos que lo llevaron a la muerte. Ni a los saduceos que componían la casta sacerdotal in- cluyendo al sumo pontífice. Simplemente les advirtió el peligro en que se encontraban tor- ciendo la voluntad de Dios y sojuzgando al pue- blo con sus tradiciones, pero la Biblia no nos habla de odio.
Sí, es cierto que Jesús también participó de una
naturaleza humana, y como hombre experi- mentó muchas de las cosas que nosotros vivi- mos, pero no se dejó llevar por las pasiones ni sucumbió a ellas, sino que se sobrepuso a toda esa carga negativa que comprende nuestra hu- manidad frágil. A él le interesaba que la gente tuviera bien claro en su mente y corazón que el Dios que él predicaba, que era su Padre no tenía ningún mal sentimiento para con ellos sino todo lo contrario. Él era un embajador de buena vo- luntad para decirnos que Dios no tenía nada ya contra la humanidad sino solo amor, paciencia y esperanza en que cambiaran su manera de ser y aceptaran que el único camino hacia él era el del amor.
Yo recuerdo en mi infancia que oía decir a mis ancestros cuando se trataba de ir a confesarse lo siguiente: “¿Cómo me voy a confesar con un hombre que a lo mejor es más pecador que yo?” y este pensamiento se puede aplicar aquí. ¿Cómo voy a confiar y a entregar mi vida a un dios que es exactamente como yo, que cambia de manera de pensar, que se enciende de ira a la menor provocación, que amenaza continua- mente con mandarme la condenación eterna y sobre todo cuyo odio es feroz para los que le desobedecen? Un dios así no puede ser nada confiable sino solo inspirar miedo y descon- fianza.
Pero las buenas noticias es que el Dios que nos reveló su Hijo Jesús no es así. Es infinitamente superior al ser humano y por lo tanto incapaz de albergar en su esencia cosas negativas como el odio o la venganza. Ese es el dios que se ha fa- bricado la humanidad por siglos, pero que no corresponde a la verdadera imagen de Dios. Él ha diseñado todo tan perfectamente que nadie se saldrá con la suya. Todos tendrán su castigo o recompensa de acuerdo a sus actos pero no in- fligidos por él, sino que son la consecuencia de nuestras propias obras.
Los que predicamos el evangelio de Cristo te- nemos que tener mucho cuidado para no utilizar esa imagen humana que le hemos dado a Dios como instrumento para atemorizar a la gente y hacer que se acerque a Dios por miedo a su ira, sino más bien impulsados por su amor. Y cré- eme Dios jamás, pero jamás va a odiar a nada ni a nadie. R
E
lrelato del encuentro entre Cor- nelio y Pedro (Hechos 10) con- tiene algunas derivadas que los cristianos no podemos perder de vista: 1. El Espíritu de la Creatividad de Dios despeja el camino al Evangelio. Pero no sólo al evangelizado, sino también al evangelizador. Cornelio ignoraba mu- chas cosas, y necesitaba al Espíritu, pero a Pedro le pasaba lo mismo. En lo dos casos Dios suple las carencias y eli- mina los prejuicios. Se revela como Dios de todos y para todos.2. El Espíritu no pide permiso a la iglesia para actuar. La iglesia anuncia, pero no intermedia. Recibe la misión de predi- car el Reinado de Dios, pero es Dios quien bautiza en Espíritu. Política divina de hechos consumados, para que los anunciadores no tengan la tentación de excluir a nadie.
3. Pedro necesitaba tanto como Corne- lio y su casa ver ese derramamiento del Espíritu. Por eso Dios espera a que lle- gue para realizar el milagro: Por si la vi- sión del lienzo no ha sido suficiente, y le queda alguna duda de que ya no hay una etnia escogida entre las demás. Y así, en el propio acto de evangelizar, Dios transforma al receptor y también al mensajero...
4. El anuncio del Evangelio no consiste en la proclamación de doctrinas o nor- mas, sino en la comunicación de una noticia: Ese hombre bueno que anduvo por Galilea haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos que se encon- traba en el camino, Jesús de Nazaret, fue a quien Dios escogió para dar vida, comunicar dignidad y devolver la espe- ranza. La verdadera evangelización cris- tiana no va de sermonear a la gente, meterles miedo, o encarcelarlos en una celda religiosa. Al contrario, consiste en compartir con los demás las palabras, los hechos, la vida de amor de nuestro Maestro, y en animarlos a probar a ex- perimentarla en comunidad.
5. Todos somos torpes e ignorantes anunciadores, pero a través de nuestra disposición a ese anuncio Dios nos transforma, nos mejora y nos capacita. Si un cristiano no acepta la vocación de ese anuncio jamás disfrutará de esa transformación. Se perderá lo mejor de su vida espiritual: Ser testigo de cómo la alegría de Dios irrumpe en la vida de la gente, y a su vez descubrirse mejo- rado saltando por los aires sus prejui- cios, su soberbia espiritual, y su religión exclusivista.El movimiento que generó un judío marginal en una zona igual- mente marginal en el imperio romano
Juan Ramón Junqueras*
* Licenciado en Teología, especializado en medios de comunicación. Escritor.