Esa misma tarde nos lanzamos a la aventura, recorrer el pasillo. Como el nuestro era pe- queño nos bajamos a la planta baja donde se encontraba el pasillo más largo de todo el hospital. Se abrió la puerta del ascensor. La mirada seguía puesta en el suelo. No sé si el miedo o la vergüenza eran los motores de aquel momento; la mirada era esquiva, ca- llada, tímida, … incluso tengo la sensación de que su estatura había disminuido algunos centímetros a lo largo de aquel día.
Cuando salimos al pasillo estaba lleno de gente. 17h de un jueves en uno de los hospi- tales más grandes de Madrid. Mucha gente, muchas miradas, muchas voces al unísono, muchos ruidos entremezclados de ruedas que no ruedan y de metales que golpean los unos con los otros. Muchos colores y formas a lo largo de los doscientos metros de longitud. Dimos el primer paso, el segundo, el tercero, … todas las caras se giraban para mirarnos. Yo acompañaba nuestro desfile con un palo de suero y una botella de nutrición enteral de cristal que cada cierto tiempo tenía a bien re- cordarle a todo el mundo que estábamos allí cuando golpeaba contra el palo metálico. Es difícil expresar la indignación que uno siente cuando comprueba la poca discreción que tiene la gente y, sobre todo, porque la indig- nación no es propia. La sientes como una pro- yección de la otra persona que en ese momento no puede defenderse ni expresar nada que recuerde a cada uno su individuali- dad y su derecho a ser quien es, simplemente. Las caras se giraban a nuestro paso, los ojos se fijaban en las lesiones, las manos entrela- zadas de los unos con los otros se apretaban en ese momento para informar al que no se había dado cuenta de que allí estábamos; los cuchicheos a la espalda; los “mira, mira, …” o los “pobrecilla”, o los “qué pena”, … y tantos otros comentarios. Las caras de susto, de miedo, incluso de asco. Yo fui el que pensó que no había sido buena idea estar allí en ese momento, enlentecí el paso incluso disminuí la longitud del mismo. Creo recordar que in- cluso giré el palo con intención de retroceder. Mi madre iba agarrada a mi y siguió hacia de- lante.
Nos cruzamos con más gente, mucha gente. Nos apartamos para dejar pasar sillas de rue- das, carros con ropa sucia o limpia, camas de
pacientes que salían de quirófano e iban a otras unidades, familiares y pacientes, … Se- guimos andando. Descubrí, y no sé si tiene algún sentido, que existe una gran alianza entre pacientes. El mundo dejó de centrarse en esas otras caras díscolas. Unos se miraban a los otros, se sonreían, sus ojos expresaban comprensión y apoyo. Los palos de suero de ruedas no rodaban para ninguno. No había miradas al suelo o desvíos de cara al cruzarse. Aquellos que llevaban sondas nasales forma- ban como un club propio dentro de otros clu- bes hospitalarios. Los que iban en silla de ruedas tenían el suyo también. Las miradas al cruzarse tenían tal capacidad de comunica- ción que paraban el tiempo; transmitían fuerza, ánimo, cariño,…; ojos que te veían guapa, que eran capaces de llegar al corazón sin conocerte; susurraban a las paredes men- sajes de apoyo y de valentía; sentías que “hacia delante” era algo innato en aquel am- biente. No había opciones para retroceder. Cabezas que asienten en señal de respeto, ojos que brillan con intensidad, bocas que ex- presan sin movimientos musculares, mejillas que ofrecen cordialidad… Seguimos andando. Cuando me di cuenta, aquel pasillo había lle- gado al final. Estábamos en el hall principal del hospital. Miré a mi madre y estaba er- guida, no enjuta como antes. Tenía una son- risa en la cara, una mueca de orgullo detrás de esa máscara pasajera. Tenía ganas de se- guir hacia delante. La miré a los ojos y descu- brí esa chispa que siempre había tenido. Habíamos recorrido mucho más que un pasi- llo. Yo había recorrido mucho más que un pa- sillo. Volvimos a la habitación lentamente, contemplando y disfrutando tanto de las malas caras como de aquellas cercanas a nosotros. Sonriendo. Sin bajar la mirada. Nunca más la bajaríamos.
Sigo creyendo a día de hoy que todos nues- tros pasillos son mucho más que estructuras arquitectónicas. Son expresiones de vida y de intenciones. Están llenos de orgullo y coraje, de mensajes de superación y de vida. Están llenos de personas que siguen hacia delante día a día, baldosa a baldosa. R
E
l Quijote ha sido muchas veces comparado con la Biblia. Linares Rivas lo llamó “Biblia literaria”; Fernández del Valle, entre otros, lo calificó de “Biblia de la humanidad”, y Washington Irving dijo que “el Quijote es la Biblia de lo profano”. Hace años -unos cuarenta y cinco-, el entonces Catedrático de Litera- tura en Córdoba, don Manuel Sandoval, dio una conferencia en el Círculo de la Amis- tad, en la ciudad de la Mezquita, versando sobre la novela de Cervantes. Al finalizar la misma estableció un paralelo entre la Bi- blia y el Quijote. La idea fue recogida por un sacerdote que asistía al acto y en ella se inspiró para elaborar un artículo que, con el título La Biblia y el Quijote, publicó con el seudónimo de Plutarco en el periódico La Opinión, de Cabra, Córdoba, el 27 de octubre de 1947, año en que se celebraba el cuarto centenario del nacimiento de Cer- vantes. En este artículo se habla de la hu- manidad y universalidad del Quijote y se establece un parangón con la Biblia. Comparar el Quijote con la Biblia es como comparar, verbigracia, San Pablo con Cristo. San Pablo fue un predicador incan- sable, un apóstol culto e inteligente, un hombre humilde y sacrificado; sus celos, sus esfuerzos misioneros, sus dotes de or- ganizador, su conocimiento del Viejo Tes- tamento y sus capacidades literarias hanbeneficiado al Cristianismo de una forma que nunca se reconocerá lo suficiente. Pero aun cuando su figura humana cobre propor- ciones gigantescas ante nuestros ojos, aun- que la ensalcemos hasta lo ideal, no fue más que un hombre, un ser humano de cua- lidades extraordinarias, pero humano, te- rreno. Cristo fue también hombre, y a su condición de hombre estuvo sujeto los treinta y tres años de su existencia terrena; pero además de hombre fue y sigue siendo Dios. Entre ambos existe un obstáculo im- posible de saltar; un abismo insondable los separa. La comparación ha de estar forzo- samente limitada a ciertos rasgos externos que le son comunes. El hombre nunca podrá igualarse a Dios. Cuando un queru- bín hermoso lo pretendió, fue arrojado de la presencia divina y perdió su hermosura; el que era ángel de luz lo fue luego de ti- nieblas. Otro tanto ocurre con la Biblia y el Quijote. A la obra de Cervantes se le han aplicado los mejores calificativos de la li- teratura universal. Chesterton, en uno de sus libros más logrados, ha llegado a pre- sentarnos las figuras de Sancho y don Qui- jote bajando por una colina paralela a las de Tomás de Aquino y Francisco de Asís. Nicolás Díaz de Benjumea, después de lla- marlo “verdadera fábrica y monumento que descuella en la española literatura”, añadió que “las hipérboles y los mayores extremos de elogios dejan de serlo cuando se aplican PRIMERA PARTE
CAPÍTULO IV
Juan A. Monroy Periodista y Pastor Evangélico