hace poco más de dos mil años se convir- tió en una “religión”. Los seguidores de Jesús de Nazaret lo transformaron en un objeto de culto, y el culto necesita ritos para expresarse, así como un lenguaje pro- pio, unas categorías propias, una doctrina que lo identifique, una organización que lo estructure.
En cambio, el evangelio es un mensaje que se proclama: una buena noticia que se co- munica al mundo. Jesús anunció la volun- tad de Dios invitando a la humanidad a vivir conforme a ella: establecer una rela- ción de amor entre Dios y su pueblo, entre los seres humanos y de éstos con la natu- raleza. Así habrá crecimiento, porque so- lamente el amor es fecundo.
Pero la religión es entrar en una estructura que al amor le queda como un corsé estre- cho y muchas veces agobiante.
El evangelio viene de Jesús. La religión no procede de Jesús. El no fundó religión al- guna, ni enseñó ritos, ni doctrinas, ni or- ganizó algún sistema de conducción. Jesús anunció el cambio radical de la humani- dad, una revolución a todo el sistema reli- gioso, y que sería llevado a cabo por los empobrecidos de este mundo, ya que ellos son los únicos que no tendrían intereses que defender: solamente propuestas que animar.
Pero si Jesús no fundó religión alguna, sus discípulos sí lo hicieron. Ellos iniciaron un culto a Jesús que fue reemplazando al se- guimiento de Jesús. Jesús nunca pidió un culto a su persona, pero sí insistió en el se- guimiento de su persona y la fidelidad a su mensaje.
Con el culto nació la doctrina que lo sus- tentaba. Con la doctrina apareció la apo- logética o sea las discusiones acerca de cómo entender determinadas propuestas de seguimiento. Y entonces, cada vez más,
se empezó a nublar el mensaje primitivo y se fueron acumulando declaraciones, dis- tinciones, argumentos, falacias, imposicio- nes y herejías. El evangelio se había convertido en religión.
A partir de ahí, separar lo sagrado de lo profano fue una consecuencia lógica. Lo sagrado requería un sistema propio: la li- turgia, el lenguaje, las vestimentas, la or- ganización, una doctrina que justificara. También unos personajes que representa- ran lo sagrado: el clero se apropió de esa circunstancia.
Al comienzo, todos eran laicos. Jesús tam- bién era un laico, pues no pertenecía a la clase sacerdotal, ni al grupo de maestros de la ley, ni a la clase farisea de los obser- vantes y puros. Era de la clase popular, sin títulos ni distinciones especiales: el hijo del carpintero del pueblo.
Sus seguidores, al convertir el seguimiento en culto, al separar lo sacro de lo profano, dejó en manos del clero la conducción, y todo lo demás, “lo profano” , quedó en ca- lidad de receptores pasivos.
Es lo que se vive aún hoy. Salir de esta si- tuación producida por la historia pecadora de nuestra iglesia, costará tiempo y es- fuerzo. Volver al evangelio significa renun- ciar al poder, bajo todas sus formas. Seguir en la religión, al contrario, requiere apo- yarse en el poder, también bajo todas sus formas.
¿Estará hoy día ayudando a esta conver- sión mental y cordial, la catequesis, las ho- milías, las cátedras de teología, en las “cartas pastorales”, la preparación de los nuevos animadores comunitarios, las lla- madas “clases de religión”, la formación en los seminarios? R
E
n la Europa en la cual Lutero desenca- denaría la Reforma, la Iglesia Católica Romana controlaba sin escrúpulos a la masa de creyentes. Este control era posi- ble gracias a la ignorancia de la misma, el muy difícil acceso que tenían a alguna tra- ducción de la Biblia en su lengua y a que la Iglesia se atribuyera ser la única voz y fuente autorizada para su interpretación. Una de las consecuencias fue que la Iglesia se había convertido en un gigantesco y exi- toso sistema de recaudación y así, inmensas cantidades de dinero iban a parar, en su gran mayoría, a Roma, con el Papa de turno a la cabeza.Con esto no pretendo decir que no hubiera auténticos hombres y mujeres de Dios que vivían una fe verdadera dentro de la única iglesia que conocían, sino que la estructura, el cuerpo dirigente estaba corrompido. La venta de las indulgencias era una activi- dad especialmente rentable. Con ello, se decía, se lograba acortar la estancia de las almas en el purgatorio e incluso se conse- guía, en el mismo momento en el cual se depositaba el dinero, que un alma saliera de inmediato de allí. Otras indulgencias esta- ban destinadas a perdonar pecados en esta vida.
Los “vendedores ambulantes” de indulgen- cias recorrían toda comarca y población presentando el purgatorio como un lugar en
donde el sufrimiento era constante, inso- portable, y llamaban a las gentes a pensar en sus amigos y familiares ya fallecidos y lo que allí estaban soportando. Ellos, se les se- guía diciendo, tenían la posibilidad de res- catarlos de tal estado, de liberarlos de largos padecimientos y todo por la simple compra de una indulgencia.
El Dios que se presentaba nada tenía que ver con la Gracia sino que era alguien al que había que temer y mucho, un Juez duro al que se le podía comprar pero no arrancar algo de compasión.
El pueblo era pobre, campesinos, pequeños comerciantes en el mejor de los casos, gen- tes de muy escasos recursos en general. Además se ha de tener presente que las en- fermedades en aquellos tiempos eran mu- chas y variadas, y la mortandad muy alta. Las gentes veían fallecer a conocidos y fa- miliares continuamente y el miedo a la muerte estaba omnipresente. Desconocían la procedencia de estas enfermedades (como la terrible peste que diezmó a la po- blación europea en este tiempo) y había mucho miedo a lo “oculto”, brujas, espíri- tus, etc. Así, si ellos morían sin posibilidad de ser perdonados por sus pecados, ¿cómo iban a presentarse de esta forma ante Dios? Y si su lugar era el purgatorio lo mejor que podían hacer era comprar una indulgencia, una especie de salvoconducto para la otra vida aunque ello significara literalmente pasar hambre en la presente.
Alfonso P. Ranchal*
*Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España)
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