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1. Marco Conceptual

1.1 Los estudios generales del racismo

1.1.4 Estudios Críticos del Discurso

1.1.4.5 El discurso como práctica social

Para entender el discurso como práctica social se hace necesario iniciar por autores como Austin (1990) y Searle (1990, 2005) que en sus investigaciones sobre los actos de habla instauran la idea de intencionalidad como un componente importante en el uso del lenguaje ordinario, de donde se deriva la teoría de la acción en el lenguaje. Esta estipula que al hablar o enunciar no solo se profieren o articulan oraciones/enunciados (acto locucionario) que significan o refieren situaciones del mundo con alguna intención (acto ilocucionario), sino que, además, esos actos intencionales implican un hacer, una acción en los mismos interlocutores, a la que se le denomina perlocución o performatividad (afirmar, advertir, bautizar, convencer, persuadir, intimidar, invitar, exhorta, sancionar una ley, unir en matrimonio a una pareja, etc.).

De este modo, Austin (1990) supera la óptica puramente comunicacional, en la que se asume el lenguaje como un instrumento, y propone que, a partir del lenguaje ordinario o cotidiano, se infieren unas reglas o regularidades que están determinadas por una institución social, es decir que el discurso adquiere una condición de práctica social determinada y explicada por una institucionalidad. El discurso, entonces, adquiere un carácter sociológico más allá de la concepción gramaticalista o de la función intersubjetiva-comunicacional-instrumental, por lo cual termina “concibiéndose como una práctica social institucionalizada que remite no sólo a

situaciones y roles intersubjetivos en el acto de comunicación, sino también y sobre todo a lugares objetivos en la trama de las relaciones sociales” (Giménez, 1981, p. 124).

Con base en este planteamiento, se sitúa al lenguaje, a los discursos en el campo del uso y la comunicación reales, lo que, en términos de Halliday (1994), implica que asume tres funciones o formas de actuar: ideacional, interpersonal y textual. Estas dan cuenta, no de los enunciados en sí mismos, sino de la actividad discursiva procesual, de los diferentes aspectos y determinadores sociales. En consecuencia, el discurso penetra y determina las acciones humanas, ya que él mismo es una acción. Los discursos envuelven los pensamientos humanos y estos a su vez son acogidos por el lenguaje, al punto de que no necesitan ser oralizados y exteriorizados cuando se trata, por ejemplo, del “discurso interno”, odel “monólogo o discurrir interior”.

De otro lado, Portine (1978) señala que en los procesos comunicativos el discurso posee tres funciones: informativa, expresiva y argumentativa. En la primera, el hablante ofrece la información necesaria en relación con un referente; en la segunda, el sujeto hace visible su

interioridad en su discursividad; y, en la tercera, el hablante codifica su discurso para incidir sobre un auditorio. Las tres funciones en la interacción comunicativa son interdependientes, aunque diferentes, y dependiendo de la circunstancia una de ellas predomina sobre las otras dos.

Estas funciones se aproximan a las de Halliday (1994) citadas anteriormente y se distancian de las de Jakobson (1984), debido a que el punto de vista de esta último es formalista21. Tal cercanía está dada, en general, porque ambos parten del análisis de la discursividad en contextos sociales, de la incidencia de los factores sociales en la enunciación, es decir que entre el discurso y los factores extratextuales existe una relación indisoluble que los determina.

De esta forma, el lenguaje se instala en los individuos como una construcción social, plena de condicionamientos, restricciones, posibilidades y determinantes que al nacer reelabora, reactualiza y actúa. La actuación se da en la interacción social de distintos modos, desde la oralidad hasta la escrituralidad, por lo que es una práctica discursiva tanto cualquier texto escrito (Calsamiglia y Tusón, 2007) como la oralidad o las distintas formas modales que usa el hablante en la comunicación.

Hablar, entonces, del discurso como práctica social, desde el punto de vista lingüístico implica: a) la no sujeción exclusivamente a las normas restrictivas del sistema gramatical; b) la desvinculación de las nociones correctivas, tanto en la oralidad como en la escritura; c) la superación del empirismo racionalista de la lingüística tradicional y del estructuralismo (descriptivismo e historicismo a ultranza, hablar-escribir bien); d) la superación de la mirada logicista, esquemática y universalizante (matematización); y, e) el descentramiento del abstraccionismo e inmanentismo de la lengua-sistema.

En consecuencia, se obliga a dar un giro epistemológico en el que la genealogía del discurso y su producción se hallan en el marco de una sociedad, en la interacción de sus miembros; todo discurso se funda en procesos sociales direccionadores y a los cuales referencia y

21 Como lo precisa Giménez (1984): “Esta concepción de discurso (…) descarta el formalismo, en la medida en que éste olvida las determinaciones sociales del discurso, es decir, los aparatos, la coyuntura, la historia y, en suma, todo lo extra-textual” (p. 126). Ahora bien, el distanciamiento se da porque el formalismo parte de secuencias oracionales determinadas por el sistema y abstraídas de situaciones concretas y de los factores sociales, de tal manera que no vincula al análisis el texto y las circunstancias de producción (extratexto). Este distanciamiento está dado por la predominancia de la lógica formal y el positivismo (enfoque cuasi-axiomático).

a la vez conforma o constituye; la discursividad supone el conocimiento y reconocimiento de una serie de factores externos al sistema como condicionantes de la producción de discursos; y la usanza transforma los discursos en prácticas ritualizadas.

De allí que, para Giménez (1981), entender el discurso como práctica social envuelve por lo menos, tres aspectos simultáneos:

a) Todo discurso se inscribe dentro de un proceso social de producción discursiva y

asume una posición determinada dentro del mismo y por referencia al mismo (interdiscurso); b) Todo discurso remite implícita o explícitamente a una "premisa cultural" preexistente que se relaciona con el sistema de representaciones y de valores dominantes (o subalternos), cuya articulación compleja y contradictoria dentro de una sociedad define la formación ideológica de esa sociedad; c) Todo discurso se presenta como una práctica socialmente ritualizada y regulada por aparatos en el marco de una situación coyuntural determinada. (1981, p. 125)

En esta lógica, el aspecto comunicacional es apenas un elemento del lenguaje, trascendido por la discursividad, por la actividad discursiva, que lleva a cabo un sujeto situado, no solo como emisor-receptor, sino trascendido por un enunciador del discurso (comunicación  emisor- receptor actividad discursiva sujeto enunciador, todo el proceso se da de manera circular y no unidireccional).

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