LA IMPORTANCIA DE LAS EMPERATRICES Y PRINCESAS DE LA CASA REAL EN EL CULTO IMPERIAL
2. L AS DIVAE J ULIO C LAUDIAS
Si hacemos un breve recorrido por la dinastía Julio-Claudia se observa que no todas las mujeres de dicha dinastía recibieron el título de Augusta ni llega- ron a ser divae, incluidas en el culto imperial. Sin embargo, el ejemplo de Livia, aunque su deificación fue tardía, marcó el camino a seguir en la configuración de un modelo de emperatriz que tuviera proyección no sólo en las demás prin- cesas imperiales posteriores sino en las mujeres de la aristocracia romana, en general. Los diversos cambios de su nombre reflejan su ascenso progresivo al culto imperial hasta conseguir la deificación como estatus máximo en la religión oficial del estado una vez muerta. Además al morir su esposo y ser divinizado se convirtió en la sacerdotisa que organizó su culto, por medio de un decreto senatorial (14 d.C.).
Livia recibió el título de Augusta al morir Octaviano y como parte de su adopción en la gens Iulia (Tac. Ann. 1.8.7). Así pasó de ser llamada Livia Drusilla a Iulia Augusta, alcanzando un puesto muy relevante en la gens Iulia; finalmente será celebrada como diva Augusta, años después de su muerte en el 29 d.C., a raíz de su deificación por su nieto Claudio en el año 41. Sabemos que no fue la primera diva Julio-Claudia, pero sí fue la que más influyó en la consolidación del culto imperial y en la conformación de un modelo de emperatriz destinado a sobrepasar el marco cronológico altoimperial para adentrarse en la antigüedad tardía y en el escenario del Imperio romano cristiano. Este prestigio y relevancia fueron producto de una serie de honores y títulos concedidos por el senado al morir su marido, ya que éste se negó en vida a concedérselos para evitar que se
6 S.-S. FISCHLER, The public position of the women in the Imperial Household in the Julio-Claudian
period. Tesis doctoral. Oxford, 1990, pp. 248 ss.; L. W. RUTLAND, «Women as Makers of Kings», The
Classical World, 72, 1978-79, pp. 15-29: M.ª J. HIDALGO DE LA VEGA, Esposas…, Latomus 2003, 62.1, pp. 47-72.
pensara que estaba estableciendo una dinastía hereditaria, que en realidad era lo que se estaba organizando.
Aunque ya hemos analizado estos títulos y honores, aquí sólo voy a resaltar el de parens patriae y el ser la sacerdotisa del culto al divus Augustus, en un santuario en el Palatino. Los senadores propusieron a Livia el título de parens
patriae7, que no era un apelativo de estado, para evitar el de pater patriae, concedido a los emperadores a partir del 2 a.C., que sí lo era. Las mujeres no recibieron oficialmente el título de mater patriae hasta Julia Domna, existiendo siempre una resistencia a concederlo a una mujer8.
Por otra parte, Livia tuvo que enfrentarse a su hijo Tiberio, que veía en ella una amenaza a su poder, ante la relevancia que había obtenido en la domus y en la legitimación de una dinastía que descendía de un personaje divino, como era el divino Augusto, y en torno al que se desarrolló un culto con unas bases religiosas renovadas y de clara proyección pública9. A partir de entonces, y en re- lación con los conflictos con el hijo, es cuando Livia se dedicará completamente a las actividades religiosas relacionadas con el culto imperial, ligado a su esposo Augusto, y presentándose como Iulia Augusta, sacerdotisa del divus Augustus, más que como viuda o madre del emperador Tiberio. Incluso Dión Casio (56.46. 2) cuenta que la intervención de Livia en la deificación de su esposo fue crucial, al conseguir que un senador testificara que había visto al emperador muerto su- bir a los cielos. Este aspecto era un requisito imprescindible para acceder al ran- go divino. Asimismo propuso al senado, con el acuerdo de su hijo, la dedicación de un templo y sacerdotes encargados de los rituales y ceremonias en su honor (DC 56.46.1; 47.1; Tac. Ann. 1.54), creándose el colegio sacerdotal de los sodales
Augustales y la denominación de un flamen divi Augusti y una flaminica, que
fue ella misma.
En su papel como sacerdotisa del culto a Augusto, se erigió en la mejor depositaria del mismo y propagadora del culto imperial en relación estrecha con la domus Augusta, que se transformaría en domus divina. Sin embargo, al morir Livia en el año 29 d.C., su hijo Tiberio se negó a deificarla y su reconoci- miento oficial como diva tuvo que esperar al año 42, cuando Claudio promovió su apoteosis y su incorporación al panteón romano (Suet. Claud. 11; DC 60.5;
7 Tac. Ann. 1.14.1; DC 57.12.4. Puede leerse una discusión sobre estos títulos en S. WEINSTOCK,
Divus Iulius, 1971, pp. 200-205 y en R. FREI-STOBA, «Livia et aliae», pp. 359-362.
8 H. TEMPORINI, Die Frauen am Hofe Trajans. Berlin-New-York, 1975, pp. 27-35, pp. 61-71; M. B.
FLORY, «The Meaning of Augusta in the Julio-Claudian Period», AJAH, 13, 1988 (1996-97), pp. 113-138, esp. 121; M. B. FLORY, «The Deification of Roman Women», The Ancient History Bulletin 9, 1995, pp. 127-134.
9 Sobre la relevancia de Livia en la domus y sobre sus honores y homenajes, la bibliografía es
muy extensa. Sólo voy a dar algunas referencias bibliográficas ya citadas: R. A. BAUMAN, Women and
Politics, pp. 124-138; M. CORBIER, «Male power and legitimacy through women: the domus Augusta under the Julio-Claudians», en Women in Antiquity: New Assesments (Actes du Colloque d’Oxford, Sept. 1993); R. CID, «Livia versus diva Augusta. La mujer del príncipe y el culto imperial», ARYS, vol.
I, 1998, pp. 139-156; S.-S. FISCHLER, op. cit., pp. 255 ss.; M.ª J. HIDALGO, «Mujeres, familia», pp. 131-140; M. B. FLORY, «The Meaning of Augusta», pp. 113-138; S. E. WOOD, Imperial Women, 1999, pp. 80-140; R. FREI-STOBA, «Livia et aliae», pp. 345-395.
Sen. Apocol. 9), no sólo como homenaje a su figura sino además con una clara función de legitimación de su poder imperial que le había llegado de forma tan inesperada. Era una forma, pues, de resaltar el papel de las mujeres imperiales en la transmisión del imperium y en la religión de estado.
El retraso en la consagración de Livia es completamente anómalo y tan sólo se explica por motivos personales de Tiberio, puesto que Ovidio en la celebra- ción de la apoteosis de Augusto ya profetizó su deificación: Sic Augusta novum
Iulia numen erit (Fasti 1.536), e incluso se dirige a ella como Iuno de la misma
manera que lo hace con Augusto como Júpiter (Fasti 1.640-641; Pont. 3.1.117-118; 145; 164s). Incluso antes de morir aparece en representaciones con atributos pro- pios de diosas del panteón greco-romano, sobre todo en monedas; aunque no puede, en todo caso, considerarse como una divinización en vida10. A pesar de ello, en la parte oriental del Imperio su figura fue asociada o equiparada a las diosas. Baste citar los honores divinos tributados a ella y a Julia en Atenas (22 al 21 a.C.) o las concesiones de títulos como los de Sebasté, Théa Evergetes y Théa
Livia y otros muchos en emisiones monetarias11. Algunos estudiosos defienden
incluso su temprana presencia en el famoso episodio del «Banquete de los doce dioses», organizado en el 36 a.C. por Augusto y celebrado en el templo de Júpiter Capitolino. El princeps iba vestido a la manera de Apolo, dios protector de su
gens, y los demás invitados iban ataviados con atributos de otros dioses. Si asis-
tió Livia no se conoce qué representación divina asumió, ya que Suetonio (Aug. 70.1.2) no lo menciona, pero el hecho en sí es de un gran significado religioso.
Estos homenajes y dedicaciones de templos a su persona, como el de Es- mirna, la equiparaban en vida a una diva y fueron muy apreciados por ella, e incluso existían indicios de que deseaba ser una diosa, pero estos usos no eran reconocidos por la aristocracia romana ni por el senado, siempre renuentes a aceptar la divinización en vida, como lo fue el propio Augusto, su marido12. En la misma línea sabemos que Tiberio rechazó la solicitud de construir un templo para él y su madre Livia en la Península Ibérica13.
La consecratio de las emperatrices hay que entenderla en el marco de la práctica político-religiosa y la ideología imperial promovida desde el poder. No existía una construcción teórica de un ceremonial similar al de la versión de los emperadores que narra Herodiano (4.2), pero precisamente para sustentar el culto dinástico, presente en la domus augusta y en la domus divina, culto que
10 Sobre esta cuestión, véase G. GRETHER, «Livia and The Roman Imperial Cult», AJPh, XLVII, 1946,
pp. 235 ss.; R. CID, op. cit., p. 148 ss.
11 Tac. Ann. 5.1; DC 58.2.1; BMRCRE 1; Tib., n.º 76-78, pl. 23: 18-9; G. GRETHER, op. cit., pp. 229-
235; 241-244; V. A. SIRAGO, Femminismo a Roma nel Primo Impero. Roma, 1983, pp. 90 ss.; R. CID,
op. cit., p. 149. Últimamente con muchas referencias monetarias, ver A. DOMÍNGUEZ, «Maternidad y poder femenino en el Alto Imperio: imagen pública de una primera dama», en R. CID (ed.), Madres
y maternidades, op. cit., pp. 215-252.
12 Posteriormente Galba recuperó el culto de Livia del olvido en el que había caído en la época
neroniana, y lo utilizó como vínculo de unión con Augusto para justificar la toma del imperium de forma violenta.
se desarrolla más tarde, era necesario extender a las emperatrices y otras mujeres de la casa real su deificación y culto.
Por ello, la ceremonia de la apoteosis de Livia, según referencias disponibles, tenía que basarse en una representación anterior, como el modelo de Hersila, esposa del primer rey latino, en consonancia con la representación de la de Au- gusto basada en el de Rómulo. Lógicamente en el caso de Livia fue más difícil de justificar dado el tiempo transcurrido entre la fecha de su muerte, el año 29, y la de su deificación. Se tuvo que buscar a un personaje para que testificara delante del senado que la había visto ascender a los cielos al morir. Posteriormente se emitieron monedas conmemorando a la nueva diva y representándola en un ca- rro camino del cielo14. Su estatua se colocó en el templo del divino Augusto, en el foro, y se ofrecieron juegos en su honor. Su culto se adjudicó a las vestales. En este sentido Claudio promovió la veneración de la pareja imperial divinizada en un mismo templo y además consolidó la relación entre emperatriz y vestales.
A lo largo de todo este proceso se fue elaborando la imagen de Livia como modelo de emperatriz, como ya se refiere en otro capítulo, basado en una serie de virtudes, que respondían a la ideología de la tradición romana, cuya referen- cia era el papel clásico de la matrona. Cualidades como fidelidad, concordia, pie- dad, fecundidad, a las que se añadían la modestia, la castidad y la obediencia,15 sirvieron para definir el modelo de buena emperatriz, de la misma manera que las virtudes imperiales de Augusto permitieron construir el modelo augusteo como ejemplo a imitar. Livia adquirió así a través de los tiempos una legendaria integridad, que posteriormente influiría en la imagen pública que se desarrolló en torno a otras damas imperiales como Plotina, Marciana, Sabina, las Faustinas y Julia Domna.
De todas estas virtudes las que contribuyeron de manera más clara y eficaz a la elaboración de la ideología imperial dinástica fueron la concordia, la fecun-
ditas y la puditicia. Estas virtudes asumían un doble significado: el privado, ex-
presado en el papel que las emperatrices como matronas tienen que desempeñar en el ámbito familiar de la domus; y el político, ya que nos referimos a la domus
imperatoria y, por tanto, la que marca todo un programa político-ideológico
para ser proyectado por todo el Imperio.
El ejemplo de la concordia es muy elocuente, ya que cuando aparece, en soportes diversos, no sólo se refiere al buen entendimiento entre los esposos y miembros de la domus, es decir, a la armonía familiar, sino además al con- senso político de la sociedad romana. Ya sabemos que desde época augustea la concordia fue promovida como un símbolo de la continuidad dinástica. La
14 Refiriendo los testimonios de Ovid. Pont. 3.1.117-118; Fasti. 1.640-641; H. WILLRICH, Livia. Leipzig,
1911; N. PURCELL, «Livia and the Womanhood of Rome», PCPhilS 212, 1986, pp. 78-105; G. GRETHER, op.
cit., p. 248; N. KOKKINOS, Antonia Augusta…, pp. 81, 163, n.º 1; H. MATTINGLY, Roman Coins: From the
Earliest Times to the Fall of the Western Empire. London, 1928; íd., The Women of the Roman Empire.
Christ Church. Wilding Memorial Lectures, 1961.
15 D. BAHARAL, «Public Image and Women at Court», pp. 328-345 R. FREI-STOBA, «Livia et aliae»,
domus Augusta llega a ser una institución sagrada, cuyos pilares básicos son
el Augusto y la Augusta, protegidos por los divi familiares pasados, y ambos simbolizan la estabilidad de la línea familiar. Livia erigió un templo a la Con-
cordia, muy probablemente para honrar la armonía familiar del matrimonio
imperial y la seguridad del Imperio (Ovid. Fasti 6.637-678), de igual forma que en el Ara Pacis se destaca el mensaje de continuidad dinástica, referido ya. Esta prolongación dinástica tenía sus bases en la imagen de la emperatriz-madre y de la unidad familiar.
Otras princesas Julio-Claudias fueron deificadas incluso antes que Livia, pero sin la proyección e importancia de la misma. Calígula en el marco de su concep- ción de la monarquía ya estudiada, y de la asociación al trono a sus hermanas, acuñó un sestercio donde en el reverso aparecían sus tres hermanas asimiladas con Securitas, Concordia y Fortuna, en la línea de una deificación en vida. A su abuela Antonia la Menor le concedió los mismos honores que Livia tenía, por medio de un solo decreto (Suet. Calig. 15.2-3; DC 59.3.4-6). Al morir le fue oficial- mente atribuido el título de Augusta pero no fue divinizada. Además deificó a su amada hermana Drusila en el 38, al morir. Fue, pues, la primera princesa de la dinastía que alcanzó dicho rango y la pomposa ceremonia de la apoteosis imitó en todo a la de Augusto, trasladando honores masculinos a una mujer (DC 59.11.2- 3). Fue honrada como diva Drusilla e incluso obtuvo el epíteto de Panthea (Frei- Stolba, 2008: 369, 380), pero su culto desapareció tras el asesinato de Calígula. Por otra parte, en los años 63-68 en una moneda de oro y en un denario aparece la figura de Mesalina o Popea, asimiladas a la Concordia, y al lado Nerón (Mattingly, RICI: Mesalina o Popea: 147). También Nerón consagró a su hija Claudia y a su esposa Popea, atestiguado en Luni en una inscripción (CIL XI 1331a: diva Poppaea
Augusta) y sus cenizas fueron depositadas en el mausoleo de Augusto y se erigió
un santuario en su honor (Tac. Ann. 16.16.2; DC 63.26.3).