El viaje a Túnez 1530 −
Capítulo 5 Doria y Barbarroja
1536 − 1541
C
ARLOS y Doria, Solimán y Barbarroja. Después de Túnez estaba claro que los dos potentados dispuestos a disputarse el dominio del Mediterráneo habían escogido a sus respectivos campeones y preparaban sus armadas. Si Barbarroja era el gran almirante del sultán, Doria era el capitán general del mar de Carlos. Ambos marineros eran los ejecutores de las guerras de sus señores. El mar ya no era una frontera lejana por la que luchaban piratas; se había convertido en uno de los principales teatros de operaciones imperiales, rivalizando con las llanuras de Hungría. Año tras año aumentaba la violencia. Barbarroja volvió a atacar Italia en 1536 y Doria respondió capturando galeras otomanas frente a la costa de Grecia al año siguiente. Y las flotas eran cada vez mayores: en 1534 Barbarroja había construido 90 galeras; en 1535 construyó 120. Los dos comandantes habían navegado repetidamente frente al otro, habían seguido a los escuadrones del contrario por los cabos y bahías de Italia, pero nunca habían combatido. La guerra naval se había convertido en una serie de golpes sin continuidad, como una lucha entre dos boxeadores amnésicos. Muchos factores conspiraron para evitar una batalla directa: las condiciones del mar, los límites de la temporada de combates, las esperas logísticas para preparar las campañas, la búsqueda ciega del enemigo característica de la era anterior al radar y, en buena medida, la cautela natural de los marineros experimentados. Ambos hombres comprendían bien los riesgos de la guerra naval. Una desventaja mínima podía tener enormes consecuencias. La suerte de toda una flota pendía de un ligero cambio de viento. Un saqueo seguro siempre era mejor que una batalla incierta. Pero hacia mediados de la década de 1530 la insistente presión de las ambiciones imperiales y la carrera por armar flotas cada vez mayores estaban empequeñeciendo el mar.Para Carlos, las balas de cañón francesas halladas en La Goleta fueron un perturbador presagio de los acontecimientos que iban a desencadenarse. En 1536 se embarcó en otra agotadora guerra de dos años contra Francisco, el rey de Francia, miembro de la dinastía Valois. Una de las realidades más amargas de una Europa fragmentada era que el rey católico tenía que invertir más tiempo, dinero y energía
luchando contra los franceses y los protestantes que el que podía dedicar a la guerra contra Solimán. El poder que se suponía a los Habsburgo, en lugar de unir a la cristiandad, atemorizaba a Europa, y Solimán supo aprovechar esa desconfianza para cambiar hábilmente el equilibrio de poder en el Mediterráneo.
Los franceses llevaban años flirteando con la idea de aliarse con los otomanos, tanto directamente a través de embajadas furtivas, como indirectamente a través de los Barbarroja. Ya en 1520 enviaron un embajador a Túnez para persuadir a los corsarios de que «multiplicaran las dificultades del emperador en su reino de Nápoles».[101] Suministraron a Jeireddín tecnología militar —armas, pólvora y balas de cañón— e información sobre el emperador. «No puedo negar», admitió Francisco al embajador veneciano, «que deseo ver al Turco todopoderoso y presto a la guerra, no por él —pues es un infiel y nosotros cristianos—, sino para debilitar el poder del emperador, para obligarlo a hacer grandes desembolsos y para tranquilidad de todos los demás gobiernos que están en contra de tan formidable enemigo».[102] A principios de 1536 Francisco y Solimán firmaron un tratado que les garantizaba mutuos derechos comerciales; tras ese acuerdo subyacía un entendimiento de que caerían sobre Italia en un movimiento de pinza y destruirían a Carlos. El Mediterráneo pasó a ser el escenario principal de las guerras imperiales del sultán. Francisco estaba obviamente bien informado sobre el objetivo final de los otomanos. «El Turco hará algún tipo de expedición naval», les dijo a los venecianos, «llegando quizá incluso hasta Roma, pues el sultán Solimán siempre dice “¡A Roma! ¡A Roma!”».[103] El sultán ordenó a Barbarroja, que estaba de nuevo en Estambul, que construyera «doscientos barcos para una expedición contra Apulia, a cuya tarea se aplicó de inmediato».[104] Era una nueva escalada en la carrera armamentística naval.
Desde el extremo superior del Adriático, los venecianos contemplaban estos acontecimientos con extrema preocupación. Una expedición dirigida a Roma casi con toda seguridad invadiría sus aguas territoriales en el Adriático. Venecia mantenía un equilibrio complejo. Se esforzaba por mantener su independencia entre las dos grandes superpotencias que la amenazaban. Carlos había engullido toda Italia y la rodeaba por tierra; la armada de Solimán amenazaba a sus posesiones marítimas. La única ambición de la república era comerciar lo más lucrativamente posible en un mar en calma. Incapaz de competir militarmente, había basado su seguridad en hábiles maniobras políticas. Nadie cortejaba al Gran Turco tan asiduamente, sobornaba a sus ministros con más generosidad ni lo espiaba de forma más obsesiva. Los venecianos enviaban a sus mejores diplomáticos a Estambul, donde mantenían siempre una delegación con personas que hablaban turco y criptógrafos, que suministraban a la Signoria una cantidad interminable de informes en código. Con esta política se había mantenido la paz durante treinta años. La piedra angular de esta estrategia era la relación especial que Venecia mantenía con Ibrahim Pachá, el poderoso gran visir, que había nacido súbdito veneciano en las orillas del Adriático. El gran visir ocupaba una posición clave y contaba con el favor especial del sultán,
pero conforme Solimán posó su intensa mirada en el mar, todo empezó a cambiar. La noche del 5 de marzo de 1536, Ibrahim llegó al palacio real como habitualmente para cenar con Solimán. Cuando se iba, le sorprendió encontrarse con Alí, el verdugo, y un grupo de esclavos de palacio: el ambicioso visir se había excedido, asumiendo como propia la autoridad del sultán y enemistándose con la esposa de Solimán, la muy influyente Hürrem. Cuando a la mañana siguiente se descubrió el cuerpo destrozado, se hizo obvio por las manchas de sangre en las paredes que Ibrahim había caído luchando. No se tocó nada de la sangrienta escena en años, como aviso a los visires ambiciosos de que en turco basta cambiar una sola consonante para pasar de makbul (favorito) a maktul (ejecutado).
La ejecución señaló un cambio fundamental en el reinado de Solimán. En adelante su estilo sería más austero; la piedad islámica reemplazaría a las majestuosas ceremonias del hombre que quería ser César. La muerte de Ibrahim privó a Venecia de su principal valedor en la corte del sultán. Estaba claro que Solimán cada vez toleraba peor a los «infieles venecianos… una gente famosa por su enorme riqueza, su inmenso comercio y el engaño y perfidia que empleaban en todas sus transacciones».
[105] Un enfrentamiento en el Adriático entre galeras venecianas y corsarios turcos
brindó el pretexto para la agresión otomana. A principios de 1537 Solimán preparó un asalto por dos frentes contra Italia, con apoyo francés y el ojo puesto en la plaza veneciana de Corfú como primer paso de la invasión. El senado veneciano recibió una mordaz carta que exigía que se unieran a la alianza. La república se encontró entre la espada y la pared, pues la carta implicaba que era inevitable elegir entre Carlos y Solimán. Los venecianos se debatieron entre ambas opciones pero finalmente se declararon neutrales, se negaron educadamente a acceder a la petición
del sultán y, acto seguido, armaron cien galeras «como observamos que todos los demás príncipes del mundo están haciendo».[106] Y esperaron a ver qué sucedía a continuación.
Las predicciones del rey francés se demostraron muy acertadas. En mayo de 1537 Solimán partió con un ejército de gran tamaño hacia Valona, en la costa adriática albanesa; al mismo tiempo envió a Barbarroja por mar. Ciento setenta galeras salieron de Estambul y atacaron la costa adriática de Italia; durante un mes «asoló las costas de Apulia como una peste»,[107] incendiando castillos, capturando esclavos y haciendo cundir el pánico hasta la propia Roma. La flota de Doria era demasiado pequeña para enfrentarse a esa fuerza de choque, así que el genovés se retiró a Sicilia y se limitó a observar. A finales de agosto el sultán anunció un cambio de táctica y ordenó a Barbarroja que tomara Corfú: 25 000 hombres desembarcaron en la isla y asediaron la ciudadela, pero para sorpresa de los propios venecianos, las defensas resistieron. El tan temido ataque coordinado con los franceses no se materializó; los cañones turcos se atascaron con las lluvias de otoño y los venecianos habían reforzado prudentemente sus bastiones. Solimán ordenó levantar el asedio tras tres infructuosas semanas, pero ahora Venecia estaba irrevocablemente comprometida a entrar en la guerra apoyando la causa del emperador. Durante el invierno de 1537 el papa Pablo III negoció los términos de una Liga Santa contra «el enemigo común, el tirano de los turcos».[108] La alianza cristiana tomaría la forma de una cruzada marítima, cuyo objetivo último era la captura de Estambul y el establecimiento de Carlos como emperador de Constantinopla. Los venecianos, más pragmáticos, preferían tácitamente la noción de una rápida derrota de Barbarroja y un retorno al comercio pacífico con el mundo islámico.
Fue un momento crucial: todo el sur de Europa estaba en juego. Una derrota decisiva de los cristianos dejaría abierto todo el mar a las implacables incursiones de la flota otomana. En la primavera de 1538, mientras los aliados maniobraban y se organizaban, Barbarroja ya estaba navegando y mostrando a los venecianos lo que sucedería si fracasaban. Además de Chipre y Creta, Venecia tenía una cadena de pequeños puertos e islas a lo largo del Egeo: Nauplia y Monemvasía en el Peloponeso, Skiathos, Skopelos, Skyros, Santorini y unas cuantas más, todas con su puerto bien organizado, su iglesia católica y su sobrio bastión con el león de San Marcos esculpido sobre la puerta. Jeireddín las saqueó una tras otra, masacrando sus guarniciones y llevándose a todos los hombres capaces para que sirvieran en sus galeras, dejando las plazas humeantes y desoladas bajo el cálido sol. Los cronistas otomanos enumeraron con regocijo la extensión de las pérdidas de la república: «Al empezar este año los venecianos poseían veinticinco islas, cada una con uno, dos o tres castillos, todos los cuales han sido tomados; doce de las islas han pagado tributo y las trece restantes han sido saqueadas».[109] Jeireddín estaba saqueando la costa sur de Creta cuando una fusta trajo noticias de que los cristianos estaban reuniendo una flota considerable en el Adriático. Puso rumbo norte para enfrentarse a ella.
A la Liga Santa le había llevado una eternidad reunir sus fuerzas en Corfú. Las galeras del papa y las de los venecianos estaban allí desde junio, ansiosas por entrar en combate. Pero tuvieron que esperar casi tres meses a que Doria, que era el comandante supremo, llegase de Génova con su flota. Doria no se dio ninguna prisa y no se reunió con ellos hasta principios de septiembre, cuando el tiempo ya estaba empeorando. De inmediato hubo discusiones entre los contingentes italianos y españoles. Los venecianos estaban impacientes e inquietos por la larga espera. El mantenimiento de las galeras causaba un grave perjuicio a la república y ardían en deseos de asestar un golpe decisivo al enemigo antes de que Barbarroja pudiera causar más daños a sus islas. La política de la Europa cristiana pesaba mucho en la atmósfera; cada parte tenía objetivos estratégicos particulares que ni siquiera el optimista papa Pablo III pudo reconducir. Venecia había ido a la guerra para proteger sus posesiones en el Mediterráneo oriental. Para Carlos la frontera marítima estaba en Sicilia y le preocupaban poco los intereses venecianos al este de esa isla. Es muy probable que Doria se retrasase a instancias del emperador. En cuanto a Doria, el conflicto ancestral entre Génova y Venecia hacía que entre él y los venecianos hubiera una enorme desconfianza. Todo esto no presagiaba nada bueno.
Por consiguiente, la flota cristiana no zarpó para enfrentarse a Barbarroja hasta principios de septiembre. Tenía la fuerza de los números de su parte —139 galeras pesadas y 70 veleros contra 90 galeras y 50 galeotas ligeras— pero los otomanos se habían apostado en una ensenada en la costa occidental de Grecia, la bahía de Prevesa, la entrada del golfo de Arta, y estaban bien protegidos por la artillería de la costa. Durante casi tres semanas la Liga Santa bloqueó Prevesa, pero Barbarroja no abandonó su refugio. La temporada cada vez estaba más avanzada y Doria se obsesionó con la posibilidad de que una galerna destrozara su flota. La tarde del 27 de septiembre decidió levantar anclas y marcharse. En ese momento Barbarroja, que observaba con atención todos los movimientos de sus enemigos, vio su oportunidad. Doria y Barbarroja habían estado jugando al gato y al ratón por el Mediterráneo durante años; ahora había llegado el momento de saber de una vez por todas quién era el verdadero amo del mar.
El 28 de septiembre amaneció amenazando tormenta. Cuando los otomanos hicieron su salida para luchar, la flota cristiana había puesto proa mar adentro y estaba dispersa; la combinación de las flotillas nacionales y la mezcla de galeras y veleros estaba mal coordinada. Los venecianos, ansiosos por entrar en combate, dieron media vuelta y remaron hacia Barbarroja dando gritos de «¡A la lucha! ¡A la lucha!»; Doria, inexplicablemente, mantuvo su escuadrón alejado. Los turcos aislaron rápidamente los barcos principales de sus enemigos. Los venecianos habían traído una galeaza fuertemente armada, que resistió el acoso de un enjambre de galeras otomanas. Otros de sus navíos fueron capturados y hundidos. Cuando finalmente Doria se volvió hacia la batalla mantuvo sus barcos mar adentro y se limitó a disparar cañonazos desde lejos. La gran galeaza resistió a la flota otomana durante todo el día,
pero cuando cayó la noche y cambió el viento, Doria abandonó la batalla y se retiró, apagando sus fanales de popa para evitar que lo persiguieran. En palabras de los cronistas otomanos, «se arrancó la barba y huyó, y todas las galeras más pequeñas le siguieron».[110]
Barbarroja se hizo con una victoria célebre y retornó triunfante a Estambul. «Batallas tan maravillosas como las que se lucharon entre la mañana y la puesta de sol de ese día nunca antes se habían visto en el mar»,[111] escribió posteriormente el cronista Kâtip Çelebi. Cuando las buenas noticias llegaron a Solimán «se leyó la proclamación de la victoria, con todos los presentes en pie, y se dieron gracias al Ser Divino y se cantaron sus alabanzas. El Kapudan Pachá (Barbarroja) recibió entonces órdenes de dar un avance de cien mil monedas a los principales oficiales, que se enviaran proclamas de victoria a todas partes del país, y que se ordenasen pregones públicos en todas las ciudades.»[112]
Teniendo en cuenta el tamaño del conflicto, la batalla en sí había sido menor; después de todo no se había producido la gran colisión de las dos grandes flotas de galeras. La Liga Santa perdió quizá doce barcos —un número que quedó pequeño ante los setenta barcos que perdieron pocos días después los otomanos en una tormenta—, pero el daño psicológico que sufrió la alianza cristiana fue inmenso. Los cristianos se habían visto totalmente superados. De las bajas cristianas, la mayoría habían sido venecianos. Estos, a su vez, estaban furiosos con Doria porque no había apoyado a sus barcos. Creían que el almirante genovés había actuado con cobardía y maldad y se sentían traicionados. Doria, por su parte, o bien había participado en la expedición con muy poco entusiasmo o bien había sido superado por la superior astucia y habilidad marinera del enemigo y había tenido que huir para limitar los daños a sus galeras. Parece muy probable que Barbarroja le ganara la mano; cómodamente apostado en el golfo de Prevesa, el corsario pudo permitirse el lujo de escoger el momento de atacar y esperó a tener a sus oponentes a merced del viento. Sin embargo, es cierto que se dieron otros factores que puede que refrenaran el deseo de Doria y Barbarroja de trabarse en una lucha a muerte.
Lo que los venecianos no sabían es que Carlos, después de no haber conseguido acabar con Barbarroja en Túnez, había recurrido a medios encubiertos. En 1537 había iniciado negociaciones secretas con el almirante del sultán para inducirlo a cambiar de bando, y estas conversaciones continuaban la víspera misma de la batalla. El 20 de septiembre de 1538 un mensajero español de Barbarroja se reunió con Doria y con el virrey de Sicilia. No se pudo llegar a un acuerdo —se dice que Barbarroja exigió la devolución de Túnez— pero las negociaciones sugieren que existía cierta complicidad entre ambos almirantes; ambos eran mercenarios cuya reputación estaba en juego y ambos tenían motivos para ser prudentes. Tenían mucho más que perder que ganar por una apuesta precipitada sobre la dirección del viento. El español citó astutamente el refrán que dice que dos cuervos no se sacan los ojos. Doria tenía sus propias prioridades como empresario de la guerra: muchas de las galeras, como sabemos, eran de su propiedad y ciertamente lo último que deseaba era perderlas ayudando a los detestables venecianos. Harían falta comandantes mucho menos experimentados para mandar al cuerno la cautela y arriesgarlo todo en esas mismas aguas treinta años después.
Es imposible saber hasta qué punto Barbarroja fue sincero en las negociaciones. Quizá la caída de Ibrahim Pachá le había abierto los ojos a los peligros de ostentar un alto cargo al servicio del sultán, o quizá Carlos le ofreció la oportunidad de hacer realidad su sueño de gobernar un reino independiente en el Magreb. Lo más probable, sin embargo, es que las negociaciones fueran un medio para engañar a Carlos y a Doria, sembrando en ellos incertidumbre y dudas. Quienes tenían una certeza absoluta eran las fuentes de información occidentales en Estambul. «Puedo garantizar que [Barbarroja] es más musulmán que el propio Mahoma», escribió el doctor francés
Romero. «Las negociaciones son un engaño».[113]
Si a primera vista las consecuencias inmediatas de Prevesa parecieron escasas, las secuelas políticas y psicológicas fueron enormes. Sólo una flota cristiana unida podía igualar los recursos a disposición de los otomanos. En 1538 la idea de una respuesta marítima cristiana coordinada a los turcos se demostró inviable. La Liga Santa se vino abajo: en 1540 los venecianos firmaron un humillante tratado de paz con el sultán. Pagaron una considerable indemnización y reconocieron la pérdida de todas sus posiciones tomadas por Barbarroja. Se vieron virtualmente reducidos a la condición de vasallos, aunque nadie utilizó el término. Venecia, la potencia marítima con más experiencia de todo el Mediterráneo, no volvería a lanzar un ataque naval en más de un cuarto de siglo, que es el tiempo que tardaría en poder volver a confiar en la familia Doria. Prevesa abrió la puerta al dominio otomano del Mediterráneo. Lo único que los venecianos obtuvieron de aquel enfrentamiento fue que, gracias al rendimiento de su gran galeaza, en adelante fueron conscientes de las enormes posibilidades en batalla de los barcos grandes capaces de cargar muchos cañones.
Carlos se implicó personalmente en un intento más de impedir el dominio otomano en el Mediterráneo occidental. Recordando la victoria en Túnez, decidió emprender una operación similar contra Argel. En el verano de 1541 Solimán estaba