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El revellín de Europa 3 − 16 de junio de

In document Imperios Del Mar - Roger Crowley (página 126-136)

E

N las cartas que La Valette enviaba día tras día a Sicilia y a la península italiana jamás olvidaba subrayar la importancia estratégica de Malta. Su caída dejaría a la Europa cristiana como «una fortaleza sin revellín».[184] La metáfora fue comprendida perfectamente por aquellos a los que iba dirigida. Desde la caída de Constantinopla, el lenguaje técnico de los ingenieros de fortificaciones italianos estaba constantemente en boca de los potentados y los eclesiásticos cristianos. Concebían todo el Mediterráneo cristiano como un gran sistema de defensas concéntricas, en cuyo núcleo estaba Roma, el torreón del Señor, continuamente asediado por la horda de bárbaros. Una tras otra las defensas exteriores se habían derrumbado. En los años posteriores a 1453 Venecia había sido la muralla exterior de Europa; los otomanos la habían neutralizado en apenas cincuenta años. Luego Rodas pasó a ser el escudo de la cristiandad. Y cayó. Con cada retirada, el Turco estaba un paso más cerca. Ahora Malta era el revellín de Europa. Todo el mundo comprendía su significado —el papa en Roma, el rey católico en su palacio de Madrid, Don García al otro lado del estrecho, en Sicilia—, pues cuando el revellín caía, el fin de la fortaleza no estaba lejos. A finales de mayo y principios de junio de 1565, toda la preocupación por la defensa de la cristiandad se focalizó en un solo punto. Pues si la clave de Europa era Malta, la clave de Malta era San Telmo y esta fortaleza, a su vez, dependía del pequeño e improvisado revellín triangular que protegía su lado más vulnerable. Turgut lo comprendió con tanta claridad como La Valette. Y decidió actuar en consecuencia.

La mañana del 3 de junio, tras una noche de intenso bombardeo, las tropas otomanas habían establecido posiciones resguardadas cerca del foso y a sólo unas pocas decenas de metros de las paredes que protegían el revellín. Irónicamente era la festividad de San Telmo, el patrón de los marineros.

Los ingenieros otomanos, en un intento por comprobar los daños causados por el bombardeo nocturno, se deslizaron dentro del foso situado frente al fuerte y se acercaron al revellín. Les recibió un silencio absoluto: no hubo oposición, ni disparos

de ningún vigía. Se acercaron hasta el pie de la fortificación sin que nadie lo impidiera. Lo más probable es que el centinela asignado a ese puesto hubiera fallecido por algún solitario disparo de arcabuz y estuviera tendido sobre su estómago en el parapeto pareciendo «aún con vida».[185] Sus camaradas, sólo cuarenta en total, habrían supuesto que seguía de guardia. Otras versiones ofrecen una explicación más cobarde de la conducta de estos hombres.

Los ingenieros regresaron a sus líneas e informaron a Mustafá. Un destacamento de jenízaros equipados con escaleras de asalto avanzó sigilosamente y ascendió el parapeto en silencio. Irrumpieron en la pequeña fortaleza dando grandes aullidos y mataron al primer hombre que vieron. El resto de defensores dio media vuelta y huyó, presa del pánico, olvidando subir el puente levadizo que comunicaba el revellín con el fuerte principal. Sólo una valiente salida de un grupo de caballeros hospitalarios impidió que los jenízaros entraran en masa en San Telmo. Se organizó un contraataque fervoroso para expulsar a los intrusos del revellín, pero cada vez más enemigos rellenaban y cruzaban el foso y los defensores se vieron obligados a replegarse. Rápidos como el rayo, los turcos consolidaron su posición en el revellín, trayendo sacos de lana y tierra y matorrales con los que construyeron una muralla para impedir los contraataques desde el fuerte. Sus banderas —las señales definitivas de posesión— ondearon desde las improvisadas defensas. Fue sólo el preludio de un asalto improvisado y salvaje de los hombres en el foso, que se lanzaron contra las murallas del fuerte con la esperanza de tomar por fin San Telmo. Aunque estaban seguros de la victoria, su asalto era suicida. Los defensores arrojaron piedras y fuego líquido sobre sus desnudas cabezas. El estruendo de la batalla fue extraordinario; según los cronistas cristianos: «Con el rugido de la artillería y los arcabuces, los gritos que ponían los pelos de punta, el humo, el fuego y las llamas, parecía que el mundo entero estuviera a punto de explotar».[186] Tras cinco horas de caos, estragos y confusión, los turcos se vieron obligados a retirarse, dejando en el foso los cadáveres de quinientos de sus soldados de élite. Los defensores afirmaron haber perdido sólo sesenta soldados y veinte caballeros, entre ellos el caballero francés La Gardampe que, herido, se arrastró hasta la capilla y murió al pie del altar. A pesar de las numerosas bajas otomanas, el hecho era que el revellín estaba ahora en manos enemigas.

Las graves consecuencias de su pérdida se sintieron de inmediato. Los otomanos trabajaron furiosamente para consolidar su posición en el revellín y utilizaron sacos de piel de cabra llenos de tierra para elevar la plataforma hasta que estuvo al mismo nivel que las murallas. Ahora contaban con una posición ofensiva a pocos metros del fuerte y pronto empezaron a bombardear su mismo corazón con dos cañones capturados. En el foso bajo ellos, los hombres podían ahora llegar hasta el pie de las murallas sin ser atacados.

El 4 de junio al amanecer, mientras los turcos seguían fortificando el revellín, vieron un pequeño bote acercarse al promontorio rocoso bajo el fuerte; los centinelas

en las murallas se tensaron, preparados para abrir fuego, cuando se escuchó un grito en la penumbra: «¡Soy Salvago!». Era un caballero hospitalario español, Rafael Salvago. Le había dejado cerca una galera de Sicilia para que entregara mensajes de Don García y había roto el bloqueo del puerto. Le acompañaba Miranda, un capitán experimentado. Los dos hombres desembarcaron e inspeccionaron rápidamente el fuerte en la oscuridad. A continuación, volvieron a subir al bote. Para entonces las aguas que separaban San Telmo y el Burgo estaban vigiladas por francotiradores. Ya no se podía recorrer el trayecto a plena luz del día e incluso los cruces nocturnos eran muy peligrosos. Mientras remaban silenciosamente en las aguas del puerto, una andanada de disparos alcanzó al bote y mató a un tripulante.

La Valette escuchó el informe de los recién llegados en sombrío silencio. Era devastador haber perdido el revellín por tamaño descuido. Y las noticias que llegaban de Sicilia no eran reconfortantes: Don García seguía teniendo muchas dificultades para reunir sus fuerzas, pero esperaba poder enviar refuerzos hacia el 20 de junio. La cuestión era cuánto tiempo podía resistir San Telmo. Se envió a Miranda de vuelta al fuerte para que estudiara con mayor detenimiento el estado de las defensas y la moral de los hombres. Su segundo informe fue tajante: «El fuerte no se podía defender, por no haber en él traveses [por lo que el fuego de los defensores era poco efectivo] ni casamatas en el foso. Peor aún, no había plaza a la que los defensores pudieran retirarse para fortificarse».[187] De nuevo La Valette quiso confirmar esta información. Se envió otra comisión con el encargo específico de estudiar la recuperación del revellín, pero llegaron a la misma conclusión: «Era imposible recuperar el revellín; debían reforzar las defensas mientras pudieran».[188] Desde ese momento, San Telmo vivía en la prórroga. Cada noche una transfusión diaria de hombres y materiales se deslizaba por el puerto, eludiendo las armas enemigas, y mantenía al fuerte con vida. San Telmo sobrevivía con respiración asistida.

En los días siguientes a la pérdida del revellín, La Valette trabajó desesperadamente para subir la moral de los defensores del fuerte; con esto en mente nombró a Miranda comandante de facto de San Telmo. El español no era un caballero hospitalario aristocrático, sino un experimentado y práctico comandante militar que comprendía bien a sus hombres. Lo que les estimularía a luchar no serían los consuelos de la religión, sino las recompensas tangibles. Miranda pidió dinero, «pues nada satisface más a los soldados que el dinero»,[189] y barriles de vino. Pagó a los hombres y dispuso un bar en la arcada cubierta que rodeaba el patio central. Su plan dio resultado a corto plazo.

Los otomanos, en cambio, sentían que se acercaba el desenlace. Siguieron elevando el revellín hasta que superó en altura al fuerte, lo que les permitió inundar de disparos el interior de la fortificación. Los hombres seguían trabajando denodadamente para rellenar el foso con ramas, tierra y fardos de madera. Además, tomaron algunos mástiles de sus barcos y construyeron un andamio sobre el foso y junto al revellín, desde el cual los arcabuceros protegían a los trabajadores: cualquier

defensor que asomara la cabeza por encima del parapeto era inmediatamente eliminado. Se construyó un segundo puente más abajo. Toda esa construcción de puentes, sin embargo, provocó una respuesta furiosa: se organizó una salida de los defensores para quemar el primer puente, cosa que consiguieron sólo en parte y «para Vísperas ya lo habían reparado».[190] La construcción de puentes continuó: se construyó una pasarela lo bastante grande para que pasaran por ella cinco hombres a la vez, y la cubrieron de tierra para evitar que pudiera ser incendiada. Los defensores, agachados tras el parapeto, no pudieron hacer nada para entorpecer estas operaciones: la fortaleza entera estaba barrida por los disparos del enemigo, de modo que «no había ningún lugar seguro en San Telmo».[191] Viendo lo desesperado de su situación y lo probable de un nuevo asalto, la moral de los defensores de la fortaleza se hundió de nuevo.

Todos los hombres del fuerte, incluidos los caballeros de San Juan y el capitán Miranda, acordaron enviar a otro capitán, Medrano, al Burgo para que transmitiera su estado a La Valette y a su consejo. Medrano, que comunicó el sentir general, declaró que el fuerte no se podía defender mucho más tiempo: «porque sus defensas habían sido anuladas, el puente del enemigo estaba casi terminado y, debido a la altura del revellín, que dominaba el fuerte entero, desde donde los turcos los bombardeaban, no era posible defenderlo».[192] La Valette consiguió persuadir de algún modo al español para que regresara al fuerte, ofreciéndole sólo algunas palabras de apoyo que no consiguieron contener el pánico en la asediada fortaleza. Los turcos seguían construyendo puentes a buen ritmo y el golpeteo de los picos al pie de las murallas convenció a la guarnición de que los turcos estaban cavando minas. Mientras tanto, el bombardeo continuaba día y noche sin cesar, «de modo que parecía que quisieran reducir el fuerte a polvo».[193] Todo indicaba que se acercaba el asalto definitivo. El 8 de junio el consejo recibió en el Burgo una segunda carta: el fin se acercaba, esperaban que los volaran por los aires en cualquier momento, se habían retirado a la iglesia en el centro del fuerte y preferían hacer una salida y morir combatiendo. La carta la firmaban cincuenta caballeros hospitalarios.

La respuesta de La Valette fue de nuevo intentar ganar tiempo: envió al fuerte otra comisión. Cuando los tres caballeros llegaron, encontraron el fuerte alborotado. Los nervios de los defensores estaban destrozados. Se habían iniciado precipitados preparativos para abandonar el fuerte; estaban tirando las balas de cañón y el equipo para cavar trincheras a los pozos y algunos habían preparado lo necesario para volar el fuerte desde dentro. Cuando los comisionados declararon que San Telmo todavía era defendible —y les recordaron que era imposible minar una fortaleza que estaba construida sobre roca sólida— estalló la ira. En el patio se desencadenó un motín en que los exhaustos soldados increparon a los comisionados para que les dijeran exactamente cómo debían defender el fuerte y les dijeron que, si lo consideraban tan sencillo, se quedaran a defenderlo con ellos. Cerraron las puertas para que los visitantes no pudieran marcharse. Sólo cuando alguien tuvo la inteligencia de hacer

sonar la campana de alarma se dispersaron los hombres hacia sus puestos y los comisionados pudieron marcharse y cruzar el puerto. En el Burgo se reunió el consejo para debatir la cuestión y la guarnición, que estaba a punto de rebelarse, envió a un nadador que llegó a tiempo de reiterar los temores de los soldados. El consejo no sabía qué hacer; algunos abogaban por la retirada para salvar la vida de los hombres, otros apostaban por resistir hasta el final. En realidad, no había alternativa. Era imposible evacuar del fuerte con seguridad a una cantidad tan grande de hombres ahora que el puerto estaba a tiro de las armas otomanas. Había que convencer a los defensores para que resistieran hasta el último hombre.

Una combinación de promesas y chantaje consiguió extinguir el motín. Don Constantino, uno de los comisionados de los caballeros, se ofreció para reclutar voluntarios que se unieran a la defensa de San Telmo. En la plaza principal del Burgo el redoble de los tambores convocó a los reclutas a reunirse ante el estandarte. El consejo, con sangre fría, informó entonces a los amotinados que podían regresar si así lo deseaban: «Por cada uno que volviera, había cuatro suplicando e implorando ocupar su lugar».[194] Mientras tanto, La Valette escribió a los caballeros del fuerte, recordándoles sus votos a Cristo y a la orden. Se nombró a un nuevo comandante, Melchor de Montserrat. Se reavivó el celo religioso. A los cristianos les impresionó que dos judíos conversos se ofrecieran voluntarios a la causa, y el elocuente predicador Roberto de Éboli cruzó hasta el fuerte. El capitán Miranda pronunció un

apasionante discurso ante los hombres, «en el lenguaje que entienden los soldados», en el que les dijo que «debían luchar con valentía contra los bárbaros y vender caras sus vidas».[195] Un segundo nadador llegó desde el fuerte, anunciando al consejo que «Todos dijeron al unísono que no deseaban abandonar el fuerte, pero que debían enviárseles refuerzos y municiones, y que todos deseaban morir en San Telmo».[196] Las transfusiones nocturnas de hombres y materiales continuaron; cien soldados fueron llevados al fuerte con gran número de banderas y estandartes para que, al ponerlas en las murallas, diera la impresión de que había llegado un gran contingente de refuerzos. No hubo más disensiones entre las tropas.

La batalla por el pequeño fuerte se luchaba con las armas en desarrollo de la era de la pólvora. Los otomanos ciertamente tenían —y utilizaban— mortíferas compañías de arqueros, pero era el sonido de las explosiones que resonaban por el asolado fuerte lo que daba la impresión de que se acercaba el Armagedón. Desde lejos había sido un conflicto de francotiradores y bombardeo con artillería; un hombre podía ser matado limpiamente con una sencilla bala o hecho pedazos por una gran bola de hierro, pero ahora que la lucha por las murallas era casi cuerpo a cuerpo, toda una serie de ingeniosos aparatos incendiarios entraron en juego. Los cristianos tenían granadas de mano y lanzallamas primitivos, tarros con fuego griego y barriles de pez, además de falconetes de horquilla y arcabuces más pesados que disparaban piedras del tamaño de huevos de paloma y metralla encadenada que resultaban letales para los hombres que cargaban contra el fuerte en formaciones muy cerradas. La respuesta de los otomanos fue del mismo estilo: granadas explosivas que dispersaban fuego que se pegaba a las armaduras de los defensores. Todas estas armas eran todavía primitivas, experimentales e inestables. Utilizarlas conllevaba un notable riesgo; las narraciones del asedio están plagadas de accidentes mortales acontecidos a los soldados que las empleaba. Los barriles de pólvora explotaban; las granadas estallaban antes de ser lanzadas y prendían cuantos explosivos hubiera a su alrededor… Los soldados acababan muchas veces lisiados o morían a consecuencia de las quemaduras que les producían sus propias armas. Pero cuando funcionaban bien, eran devastadoras.

En este laboratorio de guerra incendiaria, los cristianos decidieron probar una nueva arma. El 10 de junio La Valette envió al fuerte municiones diversas, y entre ellas una recién inventada, llamada aros de fuego. Se dice que la innovación se debió al caballero hospitalario mallorquín Ramón Fortuny. «Eran unos aros de botas y toneles, los cuales se guarnecían de estopa de calafatear y, después, se echaban en una caldera grande de pez derretida y, resfriados, se les echaba otra camisa de estopa y se tornaban a mojar muy bien».[197] El proceso se repetía hasta que el aro era tan grueso como la pierna de un hombre. El objetivo era lanzarlos por encima de la muralla contra la masa de asaltantes.

Los aros fueron probados en combate muy pronto. Ese mismo día los otomanos lanzaron otro duro ataque; los jenízaros con sus elegantes uniformes se lanzaron a los

puentes e intentaron escalar las murallas con escaleras. Cuando la carga de los asaltantes empezó a ganar terreno, se prendieron los aros con antorchas, se elevaron sobre la muralla con unas tenazas de hierro y se enviaron rodando y rebotando por la pendiente del parapeto como si fueran demenciales círculos de fuego. El efecto fue devastador. Los grandes aros, convertidos ahora en enormes bolas de fuego, prendían las ropas de dos o tres enemigos a la vez, que emprendían la huida con sus uniformes y turbantes ardiendo, sembrando el pánico y dispersando el fuego a su alrededor mientras corrían hacia el mar. El impacto psicológico de estos aros fue profundo. Los jenízaros se retiraron, pero sólo temporalmente. Mustafá estaba decidido a acabar con el fuerte. Tras ponerse el sol los turcos volvieron a la carga. El cielo entero se iluminó con los resplandores de los cañones y las llamas de los incendios —aros de fuego, lanzallamas y botes con fuego griego llovían desde las murallas mientras los asaltantes musulmanes respondían con granadas incendiarias que explotaban sobre las murallas y alumbraban a los defensores con un resplandor increíble y horrendo. No había oscuridad; desde la otra orilla del puerto, San Telmo parecía un volcán en erupción. Había tanta claridad en la noche que los artilleros del Burgo, que intentaban entorpecer el ataque de los turcos con fuego cruzado, podían preparar sus cañones sin necesidad de antorchas. Los gritos y aullidos, las explosiones y la violencia de las llamas convencieron al Gran Maestre de que San Telmo había caído. Y, sin embargo, de algún modo, resistió. De nuevo los turcos tuvieron que retirarse.

Ahora ya había amanecido y el sol empezaba su ascenso; los defensores estaban agotados, apenas se tenían en pie, y Mustafá lo sabía. Ordenó un nuevo y durísimo asalto. Soldados de refresco pasaron a primera línea con cuerdas y ganchos de asalto que fijaron en los barriles de tierra y en las improvisadas barricadas sobre las murallas que protegían a los defensores de los disparos enemigos. Ascendiendo de ese modo consiguieron hacerse con un trozo de la muralla y plantar sus banderas sobre ella. Viendo el peligro que corría la plaza, el comandante del bastión, el coronel Mas, disparó un cañón ligero sobre ellos, voló por los aires a los jenízaros con enorme estruendo «y los devolvió hechos pedazos al foso, para gran terror de los otros».[198] El asalto fracasó. Los turcos se retiraron tras sufrir graves pérdidas. El silencio se adueñó del campo de batalla. Los musulmanes pasaron el día recogiendo a

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