A
la Europa cristiana le llevó quizá 150 años comprender la auténtica naturaleza del proceso de sucesión otomano. Para abortar la posibilidad de una guerra civil, la noticia de la muerte de un sultán se ofrecía siempre mediante una cuidada representación; cuando llegaba a Occidente, la nueva era recibida con un suspiro colectivo de alivio. Se expresaban pías esperanzas de que el nuevo sultán se mostrara más amistoso y menos agresivo que su predecesor, como si la propensión a la guerra fuera una elección personal; incluso Mehmet, el conquistador de Constantinopla que guerreó continuamente durante treinta años, fue considerado al principio demasiado inexperto como para suponer una amenaza. Para cuando Selim ascendió al trono, en septiembre de 1566, la mayor parte de Europa ya no se llamaba a engaño: un cambio de dirigente exigía nuevas guerras.El nuevo sultán había sobrevivido al letal proceso de selección que había conllevado la muerte o ejecución de sus hermanos más capacitados. Nadie tenía un buen concepto de Selim. Físicamente no impresionaba; era perezoso y poco popular entre los militares: los jenízaros le llamaban el Buey y corría el rumor de que era un borracho. Los informes de los embajadores no fueron buenos: «Irascible y sediento de sangre por naturaleza, es aficionado a todo tipo de placeres carnales, y sobre todas las cosas es un gran bebedor de vino».[304] Pero a mediados del siglo XVI Europa
comprendía que las cualidades personales de un dirigente eran casi irrelevantes. El concepto de conquista era consustancial al sultanato y estaba intrincadamente entrelazado con la posición del sultán como cabeza del mundo musulmán. Se expresaba repetidamente en los atributos visibles de su poder: sus altisonantes títulos proclamaban su dominio sobre la tierra; las elegantes tiendas de campaña y estandartes, las espadas enjoyadas y los yelmos ceremoniales decorados con suras de victoria del Corán enfatizaban su faceta de guerrero islámico. Un sultán sólo se legitimaba a través de conquistas espectaculares.
La guerra no dependía de la voluntad personal; era un proyecto imperial permanente, autorizado en nombre del islam. La maquinaria entera del estado
otomano la necesitaba. Si las conquistas no llegaban durante una temporada, como había sucedido en Malta, era sólo un contratiempo pasajero que pronto se superaría. «La expansión de los turcos es como el mar», había observado un serbio un siglo antes, «nunca está en paz, siempre está en movimiento».[305] En otros tiempos el sultán lideraba todas las campañas personalmente. Ahora le bastaba con estar presente a través de sus estandartes de cola de caballo y de su espléndidamente ornamentado buque insignia, mientras sus comandantes dirigían la guerra por él. La distancia respecto al campo de batalla instigó en Selim cierto desdén hacia las posibilidades reales de victoria; los venecianos, que eran excelentes jueces del carácter de los sultanes otomanos, pensaban de él que «se tiene en demasiada alta estima a sí mismo y desprecia a todos los demás potentados del mundo; se considera capaz de poner sobre el terreno un número infinito de ejércitos y se niega a escuchar a aquellos que le llevan la contraria».[306] La necesidad interna de una guerra quedó clara a Selim inmediatamente. El día en que realizó su entrada triunfal en Estambul a través de la puerta de Edirne —la puerta de la conquista—, los jenízaros se amotinaron. Impidieron que el nuevo sultán entrara en palacio y exigieron sus tradicionales regalos. Pialí Pachá, que seguía siendo almirante de la flota, fue derribado de su caballo. Fue necesario distribuir a toda prisa monedas de oro para resolver la situación, pero Selim aprendió la lección. El ejército regular era un tigre que cada sucesivo sultán tenía que domar, y para dominarlo eran necesarias victorias acompañadas de botín y tierras para los soldados. Selim, siempre temeroso de la posibilidad de un golpe de estado, fue el primer sultán que nunca acompañó personalmente a las tropas durante la campaña —en este aspecto su reinado marcó un antes y un después—, pero las conquistas debían producirse de igual modo. Y el Mediterráneo seguía siendo un proyecto en el que estaba vivamente interesado.
El hombre que orquestó la sucesión de Selim con suprema habilidad fue el gran visir Sokollu Mehmet Pachá, nacido en Bosnia. Fue Sokollu quien ocultó la muerte del sultán con la cooperación de su médico y quien, de vuelta en Estambul, sofocó la revuelta de los jenízaros. Alto, delgado, inescrutable y predispuesto a aceptar sobornos sin por ello dejar de ser completamente leal a todos sus sultanes —y sirvió a tres antes de caer—, Sokollu fue un hombre de extraordinario talento. Había demostrado a Solimán su buen hacer como general, juez, gobernador provincial e incluso almirante de la flota tras la muerte de Barbarroja, así que en 1565 fue nombrado gran visir y se le concedió la mano de la hija de Selim. Tras el fracaso de Malta, Sokollu contemplaba con recelo las aventuras en el Mediterráneo; habría preferido una campaña terrestre en Turquía, pero había otros que también pugnaban por la atención del sultán. De nuevo fueron los venecianos quienes mejor apreciaron los puntos fuertes y las flaquezas del gran visir:
Es extremadamente hábil y comprende perfectamente las negociaciones diplomáticas (…) el sultán deja el gobierno a su cuidado (…) a pesar de todo este [Sokollu] Mehmet no está lo bastante seguro de conservar el favor del sultán como para atreverse a hablarle sin miedo (…) a veces dice que a pesar del importante poder que le ha sido concedido por el sultán, no se atreve, en los casos en los que se le pide que arme dos mil galeras, a decirle que el imperio de Su Majestad no está en condiciones de hacerlo. Esta timidez deriva en parte de la naturaleza del sultán (…) y en parte de los celos constantes que hacia él sienten los demás pachás.[307]
pero desde el principio del reinado de Selim se tuvo que enfrentar a rivales ambiciosos, entre los cuales destacaban Lala Mustafá Pachá, que había sido tutor de Selim durante la niñez del sultán, y Pialí Pachá. Las cambiantes facciones que rodeaban al sedentario sultán tuvieron una influencia decisiva en el proceso de decisión otomano sobre el mar Blanco. Todos los candidatos para el favor imperial eran también muy conscientes de las paredes manchadas de sangre que recordaban la caída de Ibrahim Pachá, que no animaban precisamente a fracasar al servicio del sultán.
El sultanato de Selim coincidió con otra sucesión muy significativa. En la compleja red que era la gran política europea, ninguna institución había presentado una oposición más constante al sultán que el papado. Roma y Estambul eran el centro de dos mundos enfrentados, enemigas implacables y decididas. El 9 de diciembre de 1565 Pío IV, que había liderado la cristiandad durante las tribulaciones del sitio de Malta, murió en su apartamento en la torre Borgia. Durante los cortos días de invierno, los cardenales de la Iglesia católica se retiraron en secreta reclusión a negociar un sucesor.
Cuando el humo blanco se elevó de las chimeneas del Vaticano el 8 de enero, llegó un nombre que casi nadie había previsto. Michele Ghisleri era un prelado completamente diferente de su antecesor. Pío IV, un hombre tan tranquilo y tolerante como era posible ante la tormenta protestante que arreciaba, había sido un hombre de
mundo: nacido en el seno de una familia rica, político, urbano… un papá del Renacimiento. Ghisleri era hijo de familia pobre, había empezado siendo pastor en las colinas del Piamonte y le debía todo lo que era a la Iglesia, a la que había servido con asombroso celo, siendo el último de sus puestos el de gran inquisidor. El nuevo papa tomó el nombre de Pío V. Fue una elección poco apropiada, ya que no gozó en absoluto de la simpatía de su predecesor. Ghisleri no era un prelado propenso a sentarse en la mesa con la nobleza romana o florentina. Calvo y de larga barba blanca, Pío V era intransigente, ascético e inflexible, se parecía más a un profeta del antiguo testamento que a un papa Borgia. No gustaba de sutilezas políticas, vivía frugalmente, poseía una fe inquebrantable y nunca descansaba. El hombre que poseía solamente dos camisas de lana, una para lavar y otra para llevar puesta, hervía de fervor religioso. Le impulsaba una vehemente voluntad de defender y reforzar a la Iglesia católica ante todos sus enemigos, protestantes y musulmanes, lo que llevaba a pensar inmediatamente en el espíritu de las cruzadas medievales. Fue Pío quien excomulgó a Isabel de Inglaterra y proclamó que era una «esclava del mal».[308] Cuando estaba presente se percibía un aroma a azufre y fuegos del infierno, la sensación de la presencia de una energía violenta e intolerante que generaba opiniones enfrentadas. El agente de Felipe II en el Vaticano informó que era «muy buen hombre (…) de gran celo en las cosas de la religión (…) es el cardenal que en los tiempos de ahora más convendría que fuese papa».[309] Otros observadores con una perspectiva más mundana tenían una opinión distinta: «Preferiríamos que el actual Santo Padre hubiese muerto, por muy grande, inexpresable, desmesurada y extraordinaria que sea su santidad», escribió fríamente un consejero imperial durante ese mismo año.[310]
El proyecto que apasionaba al fervoroso pontífice era recuperar del sueño de las Cruzadas. En Malta, Europa había sobrevivido más por suerte que por buen juicio. Antes del asedio no había existido unidad de acción y propósito y las recriminaciones cruzadas sobre la fuerza de auxilio dejaron un mal sabor de boca al terminar el conflicto. La cristiandad seguía bajo una amenaza terrible que abarcaba desde la frontera húngara a las costas de España. Sólo si actuaba de forma unificada podía oponerse y derrotar al Imperio otomano: «Nadie puede resistirlo en solitario», insistió.[311] Pío volcó su esfuerzo en la empresa en la que todos los anteriores papas habían fracasado: despertar a las potencias cristianas de su peligroso sueño y alinear sus dispares intereses para formar una liga santa estable que pudiera enfrentarse a los infieles. Se puso a ello con el celo de un inquisidor. Cuatro días después de haber accedido al solio pontificio renovaba sin hacerse de rogar el subsidio de galeras que el papado había concedido a Felipe II para proteger los mares cristianos y que acababa de caducar. Fue un modesto primer paso, pero en los turbulentos años de finales de la década de 1560, Pío emergería con el gran paladín de la cristiandad, una auténtica fuerza de la naturaleza dedicada en cuerpo y alma a alentar la cruzada contra el islam.
Era evidente que se trataba de una tarea complicada. En 1566 Europa era un hervidero de violentas pasiones y estaba dividida por los dispares intereses nacionales, los sueños imperiales y las tensiones religiosas. La atención de Felipe se dividía entre docenas de prioridades contradictorias: las colonias en el Nuevo Mundo, la seguridad de las ciudades españolas en el Norte de África, la cruzada interna contra la restante población musulmana, la amenaza de los turcos, las constantes y mutuas sospechas hacia Francia o la rebelión que se cocía en Flandes. Todos estos asuntos exigían sucesivamente la atención del rey católico en su sombrío palacio de Madrid. Su disperso imperio estaba plagado de fallas sísmicas y dificultades; sólo la constante llegada de galeones cargados de plata sudamericana mantenía a flote la aventura imperial española, y aun así no había dinero para todo. Felipe carecía de estrategia para el Mediterráneo y se limitaba a responder de forma individual a los mil problemas que el mar le planteaba. Cuando el descontento en los Países Bajos estalló en una revuelta, Felipe se vio obligado a hacer marchar a sus mejores tropas por una tensa y suspicaz Europa; eso le dejó prácticamente sin capacidad de respuesta en el Mediterráneo. Los franceses no le ofrecían mejores perspectivas al papa. Todavía tenían tratados en vigor con los otomanos y el país seguía sufriendo guerras de religión —en 1566 la revuelta protestante había incendiado el sur de Francia— y absolutamente nadie confiaba en los egoístas venecianos. Para montar una respuesta unificada contra los turcos, Pío necesitaba al menos conjugar los recursos del papado con los de Venecia y España. Serían necesarios tres años y una cadena de acontecimientos muy peculiar para que lo lograra.
En los años inmediatamente posteriores a Malta, Felipe resistió las súplicas del papa, que le conminó a formar una liga santa, sin por ello dejar de aceptar los subsidios que el pontífice le concedía para defender a la Iglesia. Su atención estaba centrada en los Países Bajos y no deseaba provocar nuevas guerras. El rey podía llegar a ser sorprendentemente pragmático; incluso consideró en secreto la posibilidad de firmar una tregua formal con Selim. Pero Felipe no había olvidado las lecciones de Los Gelves. Con tranquilidad pero sin pausa, continuó construyendo galeras en Barcelona; hacia 1567 poseía ya un centenar, insuficientes para enfrentarse a los otomanos en solitario, pero bastantes para defenderse de un ataque.
Los otomanos, sin embargo, siguieron prácticamente ausentes del mar. En 1566 Pialí puso a temblar al mundo cristiano apareciendo en el Adriático con 130 galeras. Las defensas de Sicilia, Malta y La Goleta se aprestaron a resistir un ataque y luego se desmovilizaron después de que los otomanos se limitaran a una incursión menor en la costa italiana. Esta pauta de expectativa y anticlímax continuó los años siguientes. Los turcos estaban muy tranquilos, su conducta resultaba inexplicable. El Mediterráneo se convirtió una vez más en un mar de rumores, un mundo en el que informes de fuentes desconocidas se transmitían en la penumbra. En todos los puertos de su orilla norte los espías ejercían su oficio, recogiendo fragmentos de rumores y transmitiéndolos. Venecia, por ejemplo, pagaba las informaciones de su hombre en Dubrovnik a tanto por palabra. Ambos bandos difundían información falsa, que los servicios de inteligencia rivales tenían que comprobar y descartar pacientemente. Había susurros, sugerencias y amenazas: los turcos preparaban asaltos contra alguna de una docena de plazas —La Goleta o Malta, Chipre o Sicilia— o contra ninguna. Había fintas y amagos —los otomanos fletaban una armada entera y luego la retiraban de nuevo— en lo que se convirtió en una guerra de nervios. Cada bando escrutaba el horizonte esperando unas velas que no aparecían nunca. Atrapados entre dos imperios, los venecianos estaban intranquilos y empezaron a temer por la seguridad de Chipre y Creta. Los otomanos, mientras tanto, casi parecían estar desarmándose: concluyeron un nuevo tratado con los susceptibles venecianos en 1567 y firmaron la paz con Hungría al año siguiente. Esta engañosa tranquilidad permitió, al menos, ganar tiempo: Malta fue reconstruida y España limpió sus aguas de corsarios.
En Madrid, Venecia, Génova y Roma corrían cientos de teorías sobre las intenciones otomanas. Se decía que al nuevo sultán no le gustaba la guerra: «[…] el Turco atiende sólo a darse placer y buen tiempo y a comer y a beber dejando todo el gobierno en manos del gran visir»,[312] decía un informe español. Otros afirmaban que los otomanos estaban ocupados en Oriente o que simplemente estaban ganando tiempo.
Los auténticos procesos de decisión de la política otomana estaban ocultos a los ojos extranjeros, por mucho que los agentes foráneos en Estambul trataran de arrimar la oreja a puertas o paredes. Nadie poseía, además, una visión general del mar. Sobre
el Mediterráneo, durante los años 1566-1568, estaban actuando procesos que interferían con los planes humanos: cosechas muy malas y escasez de grano en ciudades superpobladas, brotes de plaga y hambruna. En 1566 la población moría de hambre en Egipto y Siria; en 1567 agentes españoles informaron de una terrible escasez de pan en Estambul; además, en 1568 en esa misma ciudad, la peste se llevó muchas vidas, entre ellas la del agente francés Petromol. El estrecho margen por el que la vida humana perduraba en la zona apaciguó los afanes bélicos.
Mientras tanto el vigoroso Sokollu Mehmet estaba ocupado con los problemas que tenía en Oriente. Los otomanos comprendieron pronto que gobernar las tierras árabes no les iba a resultar sencillo; hubo revueltas en los humedales del norte de Basora y un alzamiento más grave en Yemen. Al mismo tiempo que sofocaba estas rebeliones, Sokollu concebía proyectos visionarios pergeñados para eliminar los obstáculos a nuevas conquistas. Ordenó la construcción de un canal en Suez que diera a los barcos otomanos acceso directo a las Indias, y desarrolló planes para un segundo canal que uniría el mar Negro y el Caspio y permitiría atacar a los persas por mar. Ninguno de los dos proyectos fructificó y su fracaso es significativo. No habría Nuevo Mundo para los navegantes otomanos. Enclaustrados, por fuerza debían seguir acometiendo al Antiguo.
Los límites y equilibrios de motivación e iniciativa de finales de la década de 1560 fueron consecuencia de las nuevas fuerzas globalizadoras que se imponían en el mundo. El Mediterráneo era el centro de un gran campo de batalla cuyas interconexiones sólo se apreciaban en su totalidad contemplándolo desde el espacio. Los acontecimientos en Yemen, en los Países Bajos, en Hungría y en el Norte de África estaban relacionados. La revolución protestante en el norte de Europa se beneficiaba de la presión de los turcos a Felipe en el Mediterráneo. Y, por primera vez, el Nuevo Mundo influía en Europa. Francia y España se enfrentaron con especial hostilidad después de que los españoles masacraran a los colonos franceses de Fort Caroline, en Florida, en 1564. Y, de forma más dramática, las minas de plata de Potosí, en Perú, hacían y deshacían economías enteras en el viejo mundo. Desde la década de 1540 flotas cargadas de metales preciosos cruzaron el Atlántico y suministraron a la corona española los medios para continuar luchando. El rey podía construir barcos, pagar ejércitos profesionales y luchar guerras de una escala sin precedentes. Pero con este influjo de riqueza vino también una presión inflacionaria que los Habsburgo no supieron comprender. La guerra siempre había sido cara, pero en el siglo XVI sus costes se dispararon. El precio de un bizcocho o galleta náutica —
un gasto crítico en la guerra naval— se cuadruplicó en sesenta años; el coste total de operar las galeras de guerra españolas se triplicó. Los aumentos de precios se extendieron por toda Europa y llegaron también a las orillas del mundo otomano. La guerra se había vuelto un juego muy caro. «Para hacer la guerra se necesitan tres cosas», había declarado con preclara anticipación el mariscal milanés Trivulzio en 1499: «dinero, dinero y más dinero».[313]
Sólo dos superpotencias, los otomanos y los Habsburgo, poseían los recursos para emprender un esfuerzo bélico a escala significativa, y su poder era muy parejo. En la era de los imperios, ambos podían extraer recursos, cobrar impuestos y acumular materiales en una escala inimaginable hasta entonces. A mediados de siglo el poder de ambos imperios estaba concentrado en Madrid y Estambul; burocracias formidables manejaban la logística de la guerra en provincias distantes con impresionante habilidad. En el Mediterráneo, el peso abrumador de los números estaba poniendo entre la espada y la pared a los estados más pequeños. Venecia había