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Una cabeza en una bandeja

In document Imperios Del Mar - Roger Crowley (página 195-200)

E

S posible que los venecianos lo vieran venir desde hacía tiempo. Quizá después de treinta años de paz se negaban a aceptar la verdad sobre el poder otomano. Tras la caída de Rodas, Chipre era una anomalía: era la avanzadilla del mundo cristiano en un mar musulmán. Aislada y fértil, a cientos de millas náuticas de Venecia, era a la vez una provocación y una tentación para los sultanes en Estambul, «una isla en la boca del lobo»,[318] en palabras de un veneciano.

Como Malta, Chipre había vivido siempre a la sombra de imperios y guerras santas. Desde el aire parece una especie de dinosaurio marino primitivo con pico de pez espada y unas rudimentarias aletas que se extienden hacia las esquinas del mar. Beirut está a apenas cien kilómetros al sureste y hacia el norte se pueden ver las cimas nevadas de las montañas de Anatolia. Demasiado grande, demasiado fértil, demasiado cercana como para ignorarla. Todo el mundo había reclamado para sí la isla y había dejado su marca en ella. Los asirios, los persas y los fenicios habían pasado por ella. Su población nativa, que hablaba griego, había sido convertida al cristianismo ortodoxo durante el largo reinado de Bizancio. Los árabes la dominaron durante tres siglos y el islam nunca dejó de considerarla propia. Cuando los cruzados llegaron de Occidente la convirtieron en el mercado y patio de maniobras de las guerras cristianas; construyeron catedrales góticas entre las palmeras y trasformaron su capital interior, Nicosia, en un políglota lugar de encuentro de diversos mundos y, durante un breve periodo, hicieron de su puerto, Famagusta, la ciudad más rica de la tierra. Para cuando los venecianos adquirieron la isla en un hábil juego de manos en 1489 la corriente de la guerra santa se había invertido otra vez y los otomanos ya eran señores de más de la mitad del Mediterráneo oriental.

Casi desde los inicios del dominio veneciano, Chipre figuró en la lista de conquistas pendientes de los otomanos. Los venecianos pagaron tributos al sultán y sobornos a los visires para preservar su neutralidad, en una desvergonzada política de apaciguamiento que, año tras año, deslizaba ingentes cantidades de ducados en complacientes palmas. A pesar del coste fue, en su conjunto, una política rentable,

más económica que mantener carísimas flotas de guerra que luego se pudrían en la laguna, pero era una estrategia que carecía de posibilidad de retirarse a una segunda línea de defensa. Y alimentaba el convencimiento en Estambul de que la república se había ablandado con la paz y no plantaría batalla.

A corto plazo la política de apaciguamiento dio resultado. Chipre aportó a la metrópolis un flujo constante de riqueza: grano de la gran llanura central, sal de la orilla sur, vino fuerte, azúcar y algodón, «la planta de oro» cultivada en plantaciones por siervos que vivían en condiciones casi de esclavitud. Venecia mantenía el dominio sobre la isla puramente por los beneficios económicos que le reportaba y la trataba tan mal como a Creta. En la imaginería de los artistas venecianos, Neptuno derramaba las riquezas de estas colonias marinas sobre el regazo de la ciudad desde una inagotable cornucopia, riquezas que se empleaban en construir todo aquello que se elevó como un espejismo de la laguna véneta —las iglesias de piedra, las pinturas de Tiziano y la música de San Marcos, los palacios, el Gran Canal a la luz de la luna — todo había sido traído o pagado por las galeras mercantes que remaban rítmicamente de vuelta a casa desde el Mediterráneo oriental.

Era un comercio que beneficiaba sólo a una parte. Venecia no devolvía nada a cambio de lo que recibía. Los oprimidos campesinos grecochipriotas estaban gobernados por funcionarios corruptos y pagaban impuestos abusivos. Eran pobres de solemnidad. «Todos los habitantes de Chipre son esclavos de los venecianos», escribió Martin von Baumgarten al visitar la isla en 1508, «y están obligados a pagar al estado un tercio de todos sus incrementos o ingresos […] y, lo que es más, cada año se les impone un impuesto u otro, con lo que la pobre gente común está tan exprimida y saqueada que apenas les queda lo bastante para que no se separe el alma del cuerpo».[319] Cuando, en 1516, la administración de la isla se propuso generar más dinero ofreciendo a sus veintiséis mil siervos la posibilidad de convertirse en hombres libres, sólo uno fue capaz de reunir los cincuenta ducados necesarios. Tampoco contribuyó a mejorar el ambiente de la isla el hecho de que la metrópolis la utilizara como colonia penal en la que dejar a todos sus indeseables. Asesinos y disidentes políticos eran exiliados a Famagusta para aumentar la población de la ciudad. Era, en suma, la receta perfecta para una ocupación inestable: los chipriotas no lucharían valientemente por sus señores como lo habían hecho los malteses. Al contrario, cruzaron los estrechos para pedir ayuda al sultán. Dos chipriotas se presentaron en Estambul en la década de 1560 con cartas para Solimán en las que decían que los siervos querían que los otomanos gobernaran la isla; el agente veneciano en la ciudad sobornó a Sokollu para que le entregara a los hombres. Aunque los enviados chipriotas desaparecieron convenientemente sin dejar rastro, el incidente no aumentó la confianza de los venecianos en la población de la isla. En la década de 1560 se produjeron más disturbios y hubo malos presagios: un intento de revuelta de los siervos en 1562, violentas tormentas, pestes, terremotos y disturbios por el pan —todos ellos interpretados como señales divinas— y los constantes e

inquietantes rumores de invasión, a pesar de los tratados que se habían renovado en 1567.

Chipre siempre había atraído a Selim. Ya en 1550 el senado había sido advertido de que si Selim accedía al trono, habría guerra. A finales de 1560 existían apremiantes motivos dinásticos y estratégicos para eliminar una colonia veneciana que estaba tan cerca de las costas otomanas. Selim necesitaba conferir plena legitimidad a su régimen, y sólo una brillante victoria militar podía consolidar la fidelidad del ejército hacia su poco carismático sultán. El gran arquitecto otomano Sinan preparaba los planos de un nuevo complejo de mezquitas que habría de construirse en Edirne, pero según la costumbre y la tradición un sultán sólo podía construir su mezquita con fondos aportados por los infieles: dinero que sólo podía proceder de conquistas. Los primeros intentos de expandir el imperio hacia oriente no habían fructificado, así que la atención volvió a concentrarse en el Mediterráneo. Al mismo tiempo, la isla veneciana suponía un legítimo problema estratégico. Estaba en las cruciales rutas del haj hacia La Meca y en las rutas comerciales hacia Egipto, a través de las cuales llegaban a Estambul las riquezas de Oriente, y las autoridades venecianas no habían conseguido limpiar sus aguas de corsarios cristianos. Los caballeros de San Juan, por ejemplo, seguían siendo una amenaza. Chipre estaba incómodamente situada en el mismo centro del área de influencia otomana, y cuando unos corsarios capturaron el barco que transportaba al tesorero de Egipto en 1569, Selim tomó una decisión: tenía que conquistar la isla.

Tras esta determinación se ocultaba una lucha de poder en el corazón de la corte otomana. Entre los favoritos de Selim estaban Lala Mustafá Pachá, su tutor durante su infancia, y Pialí Pachá, ambos ansiosos por recuperar su prestigio tras fracasos personales, y por ganar influencia frente al gran visir. El propio Sokollu Mehmet era reticente a una iniciativa que podría provocar la unión de la Europa cristiana y estaba poco dispuesto a conceder un triunfo a sus rivales, pero el sultán estaba completamente decidido. La estrategia de Sokollu, en consecuencia, fue intentar obtener Chipre de los venecianos a través de la diplomacia.

Puesto que Venecia estaba en paz en el imperio, se buscó la opinión del gran muftí sobre la legitimidad de romper un tratado con el infiel. El muftí encontró causa para esa ruptura en la previa ocupación árabe de la isla: era deber de Selim recuperar aquellas tierras para el islam. Fue el único tratado que los otomanos rompieron en todo el siglo XVI. Desde el principio, la campaña de Chipre tuvo el cariz de una

guerra santa.

Cuando el emisario del sultán, Kubat, entregó su mensaje a las autoridades venecianas el 28 de marzo de 1570, el contenido básico de la misiva ya era conocido en Venecia y se había preparado una respuesta. El dogo ya había llevado en procesión la bandera roja de la guerra antes de la audiencia con Kubat. Los venecianos escucharon en silencio el familiar y perentorio torrente de retórica otomana y lo transcribieron de este modo:

Selim, sultán otomano, emperador de los turcos, señor de señores, rey de reyes, sombra de Dios, señor del Paraíso Terrenal y de Jerusalén, a la Señoría de Venecia: Exigimos de vosotros Chipre, que deberéis entregar voluntariamente o por la fuerza; y no irritéis a nuestra terrible espada, porque os haremos la guerra más cruel por todas partes, ni confiéis en vuestras riquezas, porque haremos que se escapen de vosotros como un torrente; cuidaos de irritarnos.

Era buena muestra de lo íntimamente que los otomanos —o Sokollu— comprendían Venecia, que la mayor amenaza estuviera basada en el coste de la guerra, pero el senado no se dejó intimidar y votó guerra por un resultado sin precedentes de 195 votos contra 5. Kubat tuvo que ser evacuado del edificio por una puerta trasera para evitarle las atenciones de la enfurecida población.

A pesar de este atronador inicio, el plan otomano no era un capricho repentino; la visita de 1568 demuestra que llevaba años preparándose y formaba parte de una clara estrategia para reforzar el control otomano del Mediterráneo Oriental. Las expediciones de reconocimiento se habían combinado con una planificación conforme a los datos de la diplomacia otomana y había ofrecido cuidadosos cálculos. Fueran cuales fueran los sentimientos de Sokollu, su trabajo fue fundamental para preparar el terreno. Firmó la paz con Hungría y con Yemen y luego tiró un poco de polvo en los ojos de la Europa cristiana prometiendo apoyo a la revuelta morisca con la única intención de distraer a Felipe II en su lejano palacio de Madrid; mientras, en Francia, Carlos IX recibía nuevas ofertas de tratados turcos para así mantener a la cristiandad dividida mediante la diplomacia. En cuanto a los venecianos, tenían más interés que nunca en sobornar a Sokollu para que fuera «amigo de Venecia», derramara aceite sobre las agitadas aguas del belicismo otomano y luego ofreciera, en el último momento, arrebatarles pacíficamente la isla.

Sokollu razonó que Venecia estaba demasiado lejos de Chipre como para defenderla de forma efectiva —si es que decidía plantar batalla— y, lo que era más importante, Europa estaba demasiado dividida como para organizar una respuesta conjunta. El miedo a la cruzada siempre dominó el pensamiento otomano, pero doscientos años de experiencia de caóticas acciones conjuntas de los cristianos habían llevado a Sokollu a concluir que podría presionar a Venecia para que se rindiera pacíficamente. Era una suposición extremadamente razonable que resultó errónea. Nadie a principios de 1570 habría predicho que la guerra de Chipre y la revuelta de los moriscos —eventos que sucedían en los extremos del ancho mar— pondrían en marcha una reacción en cadena que sorprendería a todos. Tampoco nadie había tenido en cuenta adecuadamente la personalidad mesiánica del papa Pío V, la valentía de Don Juan de Austria ni la rapidez con la que los acontecimientos de Famagusta conseguirían brindar a los cristianos un propósito común.

Incluso antes del dramático ultimátum de Kubat, los venecianos habían empezado a aproximarse al resto de la Europa cristiana e incluso habían vuelto a plantear el tema de formar una Liga Santa, a pesar de que, en principio, no les convenía. El 10 de

marzo el dogo escribía a su embajador en la corte de Felipe II en Madrid con empalagosa falta de sinceridad que «las fuerzas de su católica Majestad deberían unirse a las nuestras para oponerse a la furia y el poder del Turco, a lo cual nos prestamos de buen grado por lograr el bien común y porque esperamos que Dios nuestro Señor haya vuelto Su piadosa mirada hacia la cristiandad, y que esta vez quiera reprimir la audacia de los infieles».[320]

El problema era que nadie creía en la sinceridad de Venecia; todos se preguntaban si, a pesar de haber hecho esta oferta de alianza, la República seguía negociando con Sokollu —cosa que, de hecho, hacía—. Si los otomanos retiraban su amenaza, los comerciantes del Rialto se olvidarían alegremente del bien común de la cristiandad y volverían a comerciar con el infiel. Felipe sin duda no había olvidado el júbilo veneciano ante la caída de San Telmo y no tenía ningún interés intrínseco en ayudar a Venecia; en realidad que los otomanos estuvieran concentrados en Chipre le ofrecía una oportunidad ideal para reconquistar Túnez y consolidar su posición en el Mediterráneo occidental.

Nadie, no obstante, había tenido en cuenta al papa. La crisis de Chipre era exactamente la oportunidad de reanimar la Liga Santa que Pío había estado esperando. Se lanzó de cabeza al proyecto con una pasión que infundía pavor; inmediatamente hizo que el papado se comprometiera a aportar galeras a la alianza y abrió el tesoro papal con tal rapidez que los receptores de sus ayudas, acostumbrados a la tacañería de su predecesor, se quedaron con la boca abierta. «Al Papa le ha sucedido», dijo al enterarse el cardenal español Espinosa con cierta gracia, «lo que decimos aquí como refrán: los estíticos mueren de cámaras»[321] o, dicho en lenguaje moderno, que los estreñidos se mueren de diarrea.

Pío envió al eclesiástico español Luis de Torres a ver a Felipe II armado de buenos argumentos en favor de la acción conjunta. «Claro está que una de las principales cosas que ha movido al Turco a romper con los venecianos ha sido parecerle que los halla solos, sin esperanza de unirse con vuestra majestad, por estar ocupado con los moros de Granada».[322] Ese había sido, desde luego, el razonamiento de Sokollu. Y era más que plausible, pero tuvo consecuencias inesperadas.

Felipe recelaba de la idea misma de una Liga Santa y, por su carácter, no era dado a actuar espontáneamente. El gran burócrata de Dios vestía sobriamente de negro, lo leía todo, gobernaba de forma absoluta, era suspicaz y actuaba con cautela. No era propio de él tomar una decisión rápida ni tampoco revelar sus intenciones prematuramente. «Es uno de los mejores disimuladores del mundo», se quejaba el embajador francés, «sabe cómo fingir y cómo ocultar sus intenciones mejor que ningún rey… hasta el punto y hora en que le conviene hacerlas saber».[323] Mientras Selim delegaba los asuntos de estado, Felipe quería sopesar hasta el último detalle y dirigir hasta la última operación personalmente. Su proceso de toma de decisiones era desesperantemente lento. «Si tenemos que esperar la muerte», bromeaban sus

funcionarios, «esperemos que venga de España, porque entonces no llegará nunca».

[324]

Sin embargo Torres apareció en un momento crítico y al principio pareció conseguir resultados sorprendentes. La guerra contra los moriscos estaba en su cénit y Felipe se encontraba en Córdoba, supervisando la campaña. El fervor religioso se había desatado en España y la posibilidad de que los turcos auxiliaran a los moriscos preocupaba mucho a Felipe. En una atmósfera en la que las emociones estaban a flor de piel, las distancias importaban menos y a Felipe le pareció que nada salvo un desafío directo al poder otomano bastaría para solucionar sus problemas internos y garantizar definitivamente la seguridad del Mediterráneo. Y Torres había traído consigo la promesa de sustanciales subsidios papales, consciente de que el dinero ayudaba mucho a clarificar las ideas a los cristianos. Torres recibió respuesta en dos días. El rey católico accedió en principio a participar en una Liga Santa, los términos concretos de la cual deberían ser negociados escrupulosamente —en este punto reapareció la cautela natural de Felipe—. Mientras tanto, alentado por la perspectiva de un adelanto económico, se comprometió a dar ayuda «inmediata» para «complacer al Papa y atender siempre a las necesidades de la cristiandad».[325] Enviaría a su almirante Juan Andrea Doria —el que había sobrevivido sin gloria a Los Gelves— con una flota de galeras al sur de Italia. Por primera vez en muchos años, el Mediterráneo fue testigo de un intento coordinado cristiano de revertir la marea otomana.

Iba a ser una fuerza tripartita. Venecia, el Papado y España, apoyados por la Iglesia con dinero e indulgencias para todos los participantes, iban a unir sus flotas para tratar de salvar a Chipre juntos. Cada flota nombró a su propio comandante. Los venecianos entregaron la vara de mando a Girolamo Zane en una típica y elaborada misa en San Marcos. Salió de la laguna con una avanzadilla de la flota de galeras el 30 de marzo de 1570. Doria, el marino más experimentado de toda la operación, fue nombrado capitán general de las galeras españolas y al Papa se le reservó el nombramiento del comandante supremo. La selección reflejó un efectivo compromiso político. Marcantonio Colonna era italiano, pero también vasallo del rey de España, por lo que se creía que despertaría simpatías en ambas partes y podría mantener a Felipe en la liga. El problema radicaba en que Colonna era un diplomático, no un general y, desde luego, no un experimentado almirante. Extraoficialmente hubo desdén en el campo español —el cardenal Espinosa declaró que su hermana sabía tanto o más de barcos que Colonna— y Felipe dudó un tiempo antes de aceptar el nombramiento, molesto porque Colonna hubiera aceptado sin consultarle y recordándole mediante esa espera que todavía no existía ninguna liga que comandar. Pero Pío se mostró firme en su elección. El 15 de julio Felipe escribió al comandante expresándole su satisfacción con su nombramiento.

Bajo esas felicitaciones había océanos enteros de desconfianza mutua y objetivos divergentes que se mantenían ocultos. La expedición de 1570, emprendida sin haber

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