1517 − 1530
C
INCO años antes. Dos mil quinientos kilómetros al oeste. Otro mar. En noviembre de 1517, una flota de cuarenta barcos de vela cabeceaba sobre las agitadas aguas del golfo de Vizcaya durante un temporal. Eran barcos flamencos que venían de Flesinga, en los Países Bajos, y se dirigían a la costa norte de España. Estas sólidas carracas habían sido diseñadas para resistir las altas olas Atlánticas. Cada una de ellas llevaba metros de lona desplegada y el feroz viento de invierno inflaba las velas mayores. Sobre las aguas grises caían latigazos de lluvia que ocultaban los barcos y luego volvían a hacerlos visibles en la penumbra. A través de las ráfagas de la cortina de agua se empezó a entrever la línea de la costa.Incluso desde la distancia, un barco destacaba del resto. El Real, con sus velas decoradas con los símbolos del poder religioso e imperial, llevaba al joven Carlos, duque de Borgoña, a reclamar su corona como rey de España:
En su vela mayor estaba pintada una imagen de la crucifixión, entre las figuras de la Virgen María y de San Juan Evangelista, todo ello enmarcado por los dos pilares de Hércules, que aparecían en el escudo de armas real, junto con el lema del rey: «Ultra», escrito en un pergamino enrollado alrededor de dichos pilares. En la gavia lucía una representación de la Santísima Trinidad, y en la vela de mesana una de San Nicolás. En el trinquete estaba dibujada la Virgen con el Niño sobre una luna y rodeada por los rayos del sol, con una corona con siete estrellas sobre su cabeza; y sobre todo ello estaba pintada la imagen de Santiago, señor y patrón de Castilla, matando a los infieles en batalla.[56]
Carlos tenía diecisiete años. Por una serie de complejos procesos dinásticos había heredado el mayor imperio en Europa desde tiempos de Carlomagno. Sus reinos eran tan grandes como el Imperio otomano y podía jactarse de una letanía de títulos no inferior a la de Solimán. A los escribas les llevó dos pomposas páginas escribirlos todos: rey de Aragón, Castilla y Navarra, Nápoles y Sicilia, duque titular de los territorios de Borgoña, duque de Milán, cabeza de la Casa de Habsburgo, conde del Franco Condado, Luxemburgo y Charolais y muchos más. Sus territorios, dispersos
por toda Europa como los cuadrados negros de un tablero de ajedrez, se extendían desde Hungría en el este hasta el Atlántico en el oeste, desde Ámsterdam a las orillas del norte de África e incluso más allá, hasta las recién descubiertas Américas.
Las imágenes de las velas habían sido cuidadosamente escogidas por los consejeros del joven rey flamenco para que resultaran atractivas a sus nuevos súbditos españoles y para que reforzaran el liderazgo del rey en el imperio y en la guerra santa. En esa época España hizo grandes viajes que reportaron numerosos descubrimientos que extendieron los dominios de Carlos mucho más allá del estrecho de Gibraltar hasta abarcar el mundo entero. Con la corona heredó el título honorífico de rey católico y el compromiso de aplastar la media luna islámica y acabar con sus soldados en nombre de Santiago.
Desde el principio sus consejeros fomentaron la idea de que su soberano había sido escogido por Dios para que fuera emperador del mundo. Heredó de los Habsburgo austriacos el lema «El destino de los Habsburgo es gobernar el mundo».
[57] Dos años después, en 1519, sería elegido, mediante grandes sobornos, emperador
del Sacro Imperio romano. Era un título puramente honorífico al que no acompañaban ni tierras ni rentas, pero en una época de epítetos imperiales confería un prestigio enorme. Designaba a Carlos como el campeón secular de la Europa católica contra los musulmanes y los herejes. Y Carlos pronto sería descrito como el gobernante de un imperio sobre el que no se ponía el sol. En el año de su elección como emperador, Magallanes partió en el viaje que pondría una guirnalda española a la Tierra.
Por desgracia, nada de este esplendor imperial fue evidente en el ridículo desembarco de Carlos en noviembre de 1517. Al acercarse los barcos a la costa española, los navegantes flamencos se horrorizaron al descubrir que se habían demarrado ciento sesenta kilómetros al oeste de su destino. Desembarcaron inesperadamente en el pequeño puerto de Villaviciosa, donde los habitantes locales no leyeron correctamente los símbolos de las velas de Carlos y creyeron que se trataba de piratas. Cundió el pánico, los vecinos huyeron a las colinas con sus posesiones y se prepararon para la batalla. Los gritos de «España, es vuestro rey»[58] no lograron aclarar la situación —era por todos sabido que los piratas recurrían a cualquier medio para engañar a los incautos— y pasó un buen rato antes de que alguno, más valiente que los demás, «se acercara bajo la cobertura de los setos y matorrales»[59] y reconociera los estandartes de Castilla. Los atónitos súbditos de Carlos comprendieron que tenían ante sí al rey y, para celebrar su llegada, se lanzaron a una improvisada corrida de toros.
No fue un comienzo glorioso. Y tampoco el joven de diecisiete años que pisaba por primera vez suelo español resultaba particularmente impresionante. Mientras que la calculada actitud imperial del joven Solimán impresionaba a cuantos lo veían, Carlos simplemente parecía un imbécil. Generaciones de endogamia entre los Habsburgo le habían legado facciones poco agraciadas. Tenía ojos saltones y una tez alarmantemente pálida, y los aspectos físicos positivos que podían redimirlo —un cuerpo bien formado y una frente despejada— quedaban inmediatamente anulados por un largo y prominente mentón que a menudo le hacía quedarse con la boca abierta. Los que eran lo bastante maleducados o sinceros como para comentarlo decían que su mandíbula le daba un aspecto de idiota ausente. Su abuelo, Maximiliano, había dicho de él sin cortapisas que parecía un ídolo pagano. Esa deformidad facial imposibilitaba a Carlos masticar adecuadamente, lo que provocó que padeciera problemas estomacales toda su vida, y también le hacía tartamudear. El rey no hablaba español. Parecía serio, mudo y estúpido, la antítesis de alguien llamado a ser emperador del orbe. Los venecianos pensaban que era una marioneta en manos de sus asesores. Pero las apariencias eran engañosas. Su exterior poco atractivo ocultaba una mente capaz de pensar con independencia; su silencio taciturno enmascaraba una fidelidad inquebrantable a sus deberes imperiales y a la defensa de la cristiandad. «Hay más en el resto de su cabeza», observó con acierto un legado papal, «de lo que parece mirándole a la cara».[60]
Los problemas del desembarco de Carlos fueron un buen símbolo de las dificultades con las que se encontró nada más llegar. Se decía que los únicos que no se rebelaron contra él fueron los que vivían en regiones que todavía no había visitado y que, por tanto, todavía no habían visto a su nuevo rey, que sólo hablaba flamenco y francés. Y, además de los problemas internos de la península Ibérica, Carlos se vio casi de inmediato sumergido en la compleja historia de las relaciones de la España
cristiana con el islam. El estrecho de Gibraltar, que a través de las columnas de Hércules figuraba de forma tan prominente en las velas de Carlos, no sólo era el portal hacia América y las Indias, sino también la frontera con un mundo musulmán cada vez más hostil que estaba a sólo catorce kilómetros y medio de distancia. Poco después de su llegada, el marqués de Comares, gobernador Militar de Orán, en la costa del norte de África, le expuso la situación con todo detalle. El marqués llegó acompañado de un hombre vestido con ropa árabe que acudía a prestar homenaje y también a presentar una petición que pondría a prueba las ambiciones del rey.
Las raíces de lo expuesto por Comares se remontaban siglos atrás, a la ocupación árabe del sur de España y la larga contracruzada cristiana, la Reconquista, pero también tenía que ver con los caballeros de San Juan. Todavía estaba fresco en la memoria el año clave —1492, el año de Colón— en el que Isabel y Fernando, reyes de Aragón y Castilla, habían conquistado Granada, el último reino musulmán de la península. Los musulmanes que habían vivido pacíficamente en la península durante ochocientos años se vieron de repente fuera de lugar. Muchos cruzaron el estrecho hacia el norte de África. Los cientos de miles que permanecieron fueron objeto de restricciones cada vez mayores en un ambiente en el que la intolerancia de los cristianos aumentaba sin cesar. En 1502 se dio a escoger a los musulmanes de Castilla: o se convertían o salían de España. Muchos súbditos enfurecidos abandonaron el país; los que se quedaron, llamados moriscos o cristianos nuevos, se convirtieron sólo nominalmente y siguieron resultando sospechosos a sus cada vez más irritables señores.
Estos acontecimientos tuvieron un efecto galvanizante al otro lado del mar, en la tierra que los europeos conocen como Berbería y los musulmanes como el Magreb (el oeste), esa franja del norte de África que ocupa el espacio de los actuales Marruecos, Argelia y Túnez. Los asaltos y robos en el mar siempre habían sido endémicos en ambos bandos en esta frontera marítima. Como no podía ser de otra manera, la expulsión de la población musulmana de España provocó que muchos de los desterrados se volcaran en la piratería como modo de venganza. La piratería no era ya un acto de saqueo aleatorio: era una guerra santa. Desde puertos seguros en la costa de Berbería se lanzaban ataques cada vez más fuertes y dañinos. La España cristiana empezó a sufrir las consecuencias de su cruzada interna. Esta nueva raza de corsarios conocían las costas de España ominosamente bien, hablaban español y podían pasar por españoles; peor todavía, contaban con la cooperación activa de los moriscos descontentos que habían permanecido en las orillas de la península. La España cristiana empezó a sentirse asediada. Como respuesta, los cristianos asaltaron y tomaron los bastiones piratas de Berbería y construyeron una cadena de plazas fuertes a modo de línea Maginot contra el islam.
La política se demostró improvisada y se ejecutó mal. Los fuertes españoles, que se aferraban como podían a una orilla extranjera, contaban con pocos recursos y arrastraban el lastre de una población resentida y no asimilada. España tenía, además,
asuntos mucho más apremiantes en Italia y en el Nuevo Mundo. El norte de África no poseía riquezas que avivaran el celo de los obispos para alentar una cruzada; fue, en gran medida, una frontera olvidada. Y ahora España pagaba el precio de ese olvido en la forma de aventureros turcos que amenazaban con convertir todo el Mediterráneo occidental en una gran zona de guerra. La petición que Comares presentó ante el rey se refería a los Barbarroja.
Los hermanos Aruj y Hizir, a quienes los cristianos llamaban los Barbarroja, eran aventureros procedentes del Mediterráneo oriental. Habían nacido en la isla de Lesbos, en la fragmentada frontera marítima entre el islam y el cristianismo antes de la caída de Rodas, y conocían bien ambos mundos. Su padre era un jinete otomano y su madre una cristiana griega. Fueron los caballeros de San Juan los que provocaron que los hermanos dedicaran su vida a la piratería en nombre del islam. Aruj fue capturado por los caballeros en un encuentro en el que murió otro de sus hermanos. Trabajó durante dos años como esclavo encadenado en las nuevas fortificaciones de Rodas y luego como remero en sus galeras, hasta que limó sus cadenas y huyó a nado. Ese período de subyugación fue clave en la imagen que se creó de sí mismo como guerrero islámico.
Los hermanos aparecieron de repente en las orillas del Magreb alrededor de 1512. Eran aventureros sin nada que perder que habían apoyado al bando derrotado de una guerra civil otomana y habían tenido que huir del Egeo. Llegaron sin nada más que su habilidad como marineros, su capacidad de navegar guiados por las estrellas, su don de leer correctamente el estado del mar y su propensión al riesgo. Fueron el equivalente otomano de un Hernán Cortés, que estaba a punto de conquistar México en nombre de otra fe, y, al igual que Cortés, se lanzarían contra la frontera occidental con la fuerza de quien cumple una misión divina. «Este fue el comienzo de los males que nuestra España ha recibido de corsarios», escribió López de Gomara más adelante, «desde que este Aruj Barbarroja comenzó a navegar por nuestros mares robando y destruyendo nuestras tierras».[61]
Aruj y su banda tomaron como base la isla de Los Gelves, también conocida como Yerba o Djerba, muy cerca de la costa del moderno Túnez: un lugar de playas de arenas doradas con un golfo abrigado de aguas profundas en el lado que daba al continente, ideal como guarida pirata. Los intrépidos corsarios estaban en el lugar idóneo para saquear el tráfico comercial entre el norte de África y la costa italiana. Pronto se estableció una pauta que se repetía cada año. Al llegar la primavera y con ella la temporada de navegación, zarpaban con un puñado de barcos —usualmente una gran galera cuya chusma estaba formada por esclavos cristianos y varias pequeñas fustas que eran las que realizaban la mayor parte de los combates— y saqueaban las líneas de comercio marítimo entre España e Italia. Sus primeros objetivos fueron mercaderes solitarios que transportaban carga a granel —tejidos, armas, trigo y hierro— a los que emboscaban a sotavento de las islas lanzándose contra ellos dando grandes gritos de «¡Alá!» que helaban la sangre de sus presas.
Todo lo que capturaban lo utilizaban para mejorar su posición en el Magreb. Los barcos los enviaban de vuelta a Los Gelves, donde eran desmantelados y su madera utilizada para construir barcos de guerra en aquella isla de orillas despobladas de árboles. Cerraron un tratado comercial con el sultán de Túnez para operar desde el puerto de la ciudad, La Goleta, y sedujeron tanto al sultán como al populacho con esclavos y regalos, y a los líderes religiosos gracias a su apelación a la guerra santa. Rondaban las costas de España, evacuando a españoles musulmanes al otro lado del estrecho y utilizando sus conocimientos para asaltar pueblos cristianos. La costa del sur de Italia y las grandes islas —Mallorca, Menorca, Cerdeña y Sicilia— aprendieron pronto a temer a estos corsarios. Sus ataques eran repentinos, impredecibles y aterradores; los daños que causaban, inmensos. En un solo mes, Hizir afirmó haber tomado veintiún barcos mercantes y tomado como esclavos a 3800 hombres, mujeres y niños.
Conforme iba creciendo la fama y la notoriedad de sus gestas, lo hacía también su leyenda. Aruj, de baja estatura, fornido, fuerte, propenso a explosiones de ira, con un aro de oro en la oreja derecha y barba y cabello rojos, era una figura que inspiraba asombro e infundía terror. En la historia y la poesía orales del Magreb y entre los musulmanes oprimidos de España, era un Robin Hood islámico con los poderes mágicos de un hechicero. Se decía que poseía recursos infinitos, que Dios lo había hecho invulnerable a los cortes de la espada y que había firmado un pacto con el diablo para que sus barcos fueran invisibles. Estas historias iban acompañadas de tremendas narraciones de su crueldad. Se decía que Aruj le había arrancado a un cristiano la garganta de un mordisco y se había comido su lengua, que había matado a cincuenta hombres con su cimitarra, que había atado la cabeza de un caballero hospitalario a una cuerda y la había hecho dar vueltas hasta que se salieron los ojos. En España y en el sur de Italia la gente se santiguaba al oír su nombre. Las nuevas imprentas del sur de Europa se apresuraron a emitir espeluznantes panfletos. Se ofrecieron a corsarios enormes sumas por su captura, vivo o muerto.
Los dos hermanos promovían conscientemente estos mitos. Buscaban legitimidad en el norte de África como soldados de una guerra santa bajo la protección de Dios. Hizir afirmó que «Dios le había creado para infundir terror a los cristianos de modo que no se atrevieran a navegar»[62] y que le guiaban sueños proféticos. El terror y la crueldad eran para él armas de guerra. Cuando asaltó Menorca en 1514 dejó un caballo en la orilla con un mensaje atado en la cola: «Soy el rayo del cielo. Mi venganza no habrá terminado hasta que haya matado hasta el último de vosotros y esclavizado a vuestras mujeres, vuestras hijas y vuestros niños».[63] Su presencia tenía el poder de aterrorizar a los mares cristianos.
Aruj, el mayor, tenía ambiciones que iban más allá de la piratería. Había llegado al Magreb en el momento en que los reinos tradicionales del norte de África empezaban a fragmentarse. La tensión entre estados rivales —Túnez, Trípoli y Argel— y los grupos tribales de árabes y bereberes de las montañas que los rodeaban causaban continuamente caos y conflictos. Los hermanos se disponían a explotar el vacío de poder en el corazón de estas tierras islámicas, implacables como conquistadores, decididos a labrarse reinos propios en ese particular nuevo mundo. En 1515 Aruj estableció contacto con el centro imperial en Estambul. Envió al navegante y cartógrafo Piri Reis de vuelta a la ciudad con un barco francés capturado como regalo para rogar la protección del sultán Selim, el padre de Solimán. El sultán devolvió la cortesía concediendo su favor a los emprendedores corsarios. Les otorgó honores — títulos, caftanes y espadas enjoyadas— y, en un sentido más práctico, les envió dos galeras pesadas de guerra con complemento completo de tropas, cañones y pólvora. Fue un momento trascendental: este primer contacto con el centro imperial fue el inicio de un proceso que pronto llevaría al Magreb a la órbita del Imperio otomano.
El año siguiente Aruj se hizo con el control de Argel en un asombroso golpe de mano dentro del islam. Estranguló al sultán de la ciudad en su casa de baños con sus propias manos e inundó las calles con sus recién adquiridas tropas otomanas, fuertemente armadas con mosquetes. Era el mismo tipo de adquisición colonial que los conquistadores españoles realizaban en el Nuevo Mundo, utilizando la pólvora de forma muy parecida.
Ahora los españoles se alarmaron de verdad ante la alianza triangular que habían formado los corsarios de Berbería, los moriscos y el sultán otomano. Las plazas españolas en la orilla del norte de África estaban sometidas a una presión continua.
Aruj intentó dos veces sin éxito conquistar la ciudad de Bujía, que era una de esas plazas. De igual modo, una contraofensiva española que buscaba desalojar a los Barbarroja de Argel acabó en desastre absoluto con la pérdida de la mayor parte de los barcos y soldados. Aruj y los usurpadores otomanos, ahora firmemente asentados en el poder, continuaron su expansión territorial por tierra. Capturaron Tremecén, la antigua capital del Magreb central, asesinaron a setenta miembros de la dinastía árabe