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DOS LECTURAS DIFERENTES DE LAS PROFECÍAS APOCALÍPTICAS

SEGUNDA PARTE LA CULTURA DIRIGENTE Y EL MIEDO

2. DOS LECTURAS DIFERENTES DE LAS PROFECÍAS APOCALÍPTICAS

Es importante establecer una distinción metodológica entre dos interpretaciones diferentes de los textos proféticos relativos a las últimas etapas de la historia humana: una insiste sobre la promesa de mil años de felicidad, otra sobre el Juicio final. Los orígenes del milenarismo son anteriores a la era cristiana y arraigan en las esperanzas mesiánicas de Israel629. Isaías (LIV y LV),

Ezequiel (XL-XLVII), Daniel (II y VII) y, más aún los profetas post-exílicos anunciaron la venida de un mesías que abriría un período de prosperidad y de paz. La noción de un reino intermedio, especie de paraíso terrestre provisional, intercalado entre el tiempo actual y la eternidad, se precisó en la literatura judía a través del libro de los Jubileos (XXII, 27), las parábolas de Henoq (LXI-LXII) y el Cuarto Libro de Esdras (VII, 28...). De los medios judíos, la creencia en el reino mesiánico se transmitió a los cristianos a través del Apocalipsis de San Juan (XX). En este célebre texto, el apóstol anuncia que el ángel de Dios encadenará a Satán durante mil años. Entonces, los justos resucitarán con Cristo y serán felices en la tierra durante esos mil años. La misma profecía reaparece, con algunas variantes únicamente, en la epístola de Bernabé (siglo II, XV, 4-9). San Justino hacia el año 150, san Ireneo hacia el año 180, se adhirieron totalmente al milenarismo que, a finales del siglo III y a principios del siglo siguiente, cuenta todavía con el favor de Lactancio. En cambio, san Agustín, que había aceptado al principio las tesis milenaristas, las denuncia en La Ciudad de Dios (capítulo XX). Más o menos subterráneas durante algunos centenares de años, se las ve aflorar de nuevo con ocasión de las revueltas socio-religiosas -las de Tanchelm y de Eudes de l’Etoile- que estallan en la Europa del Norte y del Noroeste en el siglo XI y a principios del XII. Pero son las obras del calabrés Joaquín de Fiore (muere 1202) las que vuelven a lanzar el milenarismo. Según él, el mundo, después de haber vivido bajo el reino del Padre (Antiguo Testamento) y luego bajo el del Hijo (Nuevo Testamento), en 1260 iba a entrar en el reino del Espíritu. Entonces los monjes gobernarán el universo y la humanidad se convertirá a la pobreza evangélica. Será el sabbat, la edad de reposo y de paz. El universo se habrá convertido en un monasterio poblado de santos que celebrarán la gloria del Señor, y ese reino durará hasta el Juicio final.

Estas predicaciones, en su origen piadosas y pacíficas, constituyeron, sin embargo, fermentos de protesta. Los franciscanos "espirituales", que se decían seguidores de Joaquín de Fiore, se opusieron a la riqueza y al poder de la Iglesia y fueron perseguidos por la jerarquía. En Alemania nació y perduró la creencia de que Federico II iba a resucitar. Vengador de las injusticias, sería el "emperador de los últimos días". De este modo, en el curso de las edades se diferenciaron dos corrientes milenaristas distintas. Una, a la que por regla general se presta mayor atención, optó por la violencia. Los flagelantes revolucionarios del siglo XIV, los extremistas de Tabor en 1420, los exaltados que siguieron a Müntzer en 1534 eran, como hemos visto 630, milenaristas que

querían acelerar por el hierro y por el fuego la venida del reino de felicidad y de igualdad sobre la tierra. Tras sus huellas, se encuentran en el siglo XVII, en la Inglaterra de Cromwell, los "hombres de la Quinta Monarquía" y los diggers (o "terrapleneros") de Winstanley, persuadidos también de que había que acelerar la venida de la última edad del mundo durante la que reinarían los santos después del regreso de Cristo. Existió, no obstante, otra corriente milenarista, más directamente fiel al espíritu de Joaquín de Fiore y que excluía las soluciones de fuerza. De acuerdo con aquellos que se vinculaban a ella iba a llegar pronto el tiempo en que Cristo sería durante mil años el rey de una tierra regenerada de donde habrán desaparecido el mal y el pecado. Después de esta secuencia de santidad y de paz, se produciría el Juicio final. Estudios recientes631 han

demostrado, contrariamente a lo que se había creído durante mucho tiempo, que en la Inglaterra de los años 1560-1660 e incluso entre 1640 y 1660, esta escatología religiosa y pacífica, que se unía a la de la primitiva Iglesia, tuvo más crédito entre la opinión que los proyectos revolucionarios de los "hombres de la Quinta Monarquía". Éstos no constituyeron más que una minoría de activistas. Las dos corrientes milenaristas no desaparecieron de la civilización occidental con la restauración de la monarquía en Inglaterra. Del lado de las esperas pacíficas, adventistas y testigos de Jehová continúan todavía hoy acechando la hora en que comenzarán los mil años de paz durante los que Satán estará encadenado.

paz durante los que Satán estará encadenado.

Y a la inversa, Italia y Brasil conocieron en el siglo XIX violencias mesiánicas 632.

Pero otra lectura de los textos relativos a las últimas secuencias de la historia de los hombres, conducía al temor del Juicio final. Numerosos pasajes de la Escritura anuncian, en efecto, esta hora temible, el principal de los cuales se encuentra en san Mateo (capítulo XXIV- XXV):

Luego, después de la tribulación de aquellos días, el sol se entenebrecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos se tambalearán. Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y se herirán entonces los pechos de todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad... Y colocará las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, vosotros los benditos de mi padre, entrad en posesión del reino que os está preparado desde la creación del mundo..." Entonces dirá también a los de la izquierda: "Apartaos de mí, vosotros los malditos, al fuego eterno, que preparó mi Padre para el diablo y para sus ángeles..." 633

Estos pasajes del evangelista inspiraron, más que los demás, la iconografía del Juicio final sobre los tímpanos de los siglos XII-XIII. Y se corroboran no sólo con los textos paralelos de san Marcos (XII y XIII), y de san Lucas (XII), sino también con Isaías (XXIV-XXVII), y Ezequiel (Primer libro, VIII, XXI, XXXVII: en este capítulo se anuncian la reunión de los huesos resecos y la resurrección de la carne), con Daniel (II, VII, XII), con numerosos salmos, sobre todo el salmo L, que se acerca al capítulo XXV de san Mateo, con la Primera epístola a los Corintios (XV, 52), con la Primera epístola a Timoteo (IV, 13-17) y, finalmente, desde luego, con el Apocalipsis cuyos complejos e incluso contradictorios elementos asocian la promesa del millenium a la profecía de un Juicio final al que no precedería ningún tiempo previo de paz sobre la tierra después del regreso de Cristo. De la confluencia de estas profecías y de estas imágenes surgió una representación cada vez más rica y progresivamente más trágica, a medida que nos acercamos al siglo XVI, del drama último de la historia humana. Sus principales componentes son: los ángeles cuyas trompetas anuncian a la tierra cataclismos terroríficos; la aparición, sobre un arco iris, del Juez sentado sobre un trono resplandeciente, con la espada en la boca, rodeado de animales fantásticos, de querubines, de apóstoles y de los veinticuatro sabios; la resurrección de la carne; el libro de la vida y de la muerte; la separación de los elegidos y de los réprobos; los primeros, con blancas vestiduras, que entran en la resplandeciente Jerusalén celeste, los otros precipitados en los tormentos del infierno.

Lo que a partir del siglo XIV caracteriza la iconografía y la literatura consagradas al Juicio final, es el acento puesto: a) en la variedad y el carácter espantoso de las pruebas que se abatirán sobre la humanidad -los quince signos del fin del mundo que Beda el Venerable decía haber leído en san Jerónimo-; b) en la severidad del Dios justiciero que tanto miedo daba a Lutero y a la mayoría de los cristianos conscientes de su generación; en un Juicio final de Lucas de Leyde, Dios delega en Satán el cuidado de sostener el libro en que están inscritas las acciones humanas (museo de Leyde); c) sobre las atrocidades de los tormentos infernales, mientras que en el siglo XIII, los artistas, las más de las veces nos dejaban en el umbral del lugar de los suplicios. Ahora bien, con sus dominantes trágicas, "lo mismo en las catedrales de las grandes ciudades que en las capillas de las aldeas de montaña más alejadas, este tema impresionante del Juicio final se difundió por todas partes" 634 en los siglos XV y XVI. Porque a las obras grandiosas de Albi, de

Orvieto (Luca Signorelli) y de la Sixtina, a las composiciones de R. Van der Weyden (en Beaune), de J. Van Eyck (museo de Leningrado) y de Memling (en Gdansk), al célebre Apocalipsis grabado por Durero, responden a partir de entonces, diseminadas por todas partes, representaciones del Juicio final que atestiguan, mediante su número, la dimensión de este miedo. Al estudiar los vitrales de la catedral de Coutances consagrados a este tema (segunda mitad del siglo XV), J. Fournée los compara con otras obras realizadas en Normandía sobre el mismo motivo: 3 son de los siglos XII-XIII, 6 son del XIV, otras 6 del XV, 16 del XVI, y 1 de principios del siglo XVII 635.

Las dos grandes visiones escatológicas que acabamos de distinguir -la del millenium y la del Juicio final-, revisten -al menos en sus formulaciones más categóricas- significaciones muy distintas. Una puede ser calificada de optimista, puesto que deja percibir en el horizonte un largo

período de paz durante el cual Satán será encadenado en el infierno. La otra es de coloración mucho más sombría. Desde luego, el Juicio final sitúa definitivamente a los elegidos en el Paraíso; pero ¿quién puede decir de antemano que se podrá contar entre las ovejas a la derecha del Soberano Juez? Éste parece duro y severo. El último día de la humanidad es el de la cólera: dies irae. Segunda distinción esencial: la concepción del millenium ha tenido tendencia a teñirse, tanto en Occidente como entre los adeptos melanesios del Cargo, con una coloración materialista, en última instancia poco cristiana, en particular entre los quiliastas revolucionarios. Durante los tres mil años del reino de los santos, sufrimiento, enfermedad, miseria, desigualdad, explotación del hombre por el hombre habrán desaparecido de la tierra. Será el retorno a la edad de oro -eterna aspiración humana-, que algunos, en Tabor o en Münster, se representaban como un auténtico país de Jauja. Estos elementos concretos no están ausentes del milenarismo moderado del P. Vieira, jesuíta portugués que, en el siglo XVII, promete a su soberano el imperio del mundo636. El

Portugal de ese tiempo, en efecto, está atravesado por corrientes mesiánicas que se fundan en los mensajes inspirados (las trovas) de un zapatero del siglo XVI y que difunden los monjes de Alcobaga. En la época de la ocupación española (1580-1640), se niegan a creer en la muerte del rey Sebastián, desaparecido637 en la batalla de Alcazarquivir (1578). Éste volverá para dar de

nuevo la gloria y la libertad a su pueblo. La revolución anticastellana de 1640 exalta las esperanzas milenaristas. A partir de entonces, e incansablemente en el curso de su larga carrera, Vieira (1608-1697) predice a los sucesivos reyes de su país un destino fuera de serie. Cometas, tempestades e inundaciones parecen anunciarle el paso al milleniun, durante el cual el papa y el soberano de Portugal gobernarán juntos un mundo pacificado, habiendo sido vencidos los turcos y atraídos los judíos a la verdadera fe. Ahora bien, este reino será, a un tiempo, espiritual y temporal. También él creará un país de Jauja para mayor provecho de Lisboa y de Portugal. Dirigiéndose a Juan IV, le asegura que ese imperio bienaventurado estará constituido "por el aumento de la fe, para gloria de la Iglesia, para honor de la nación portuguesa, para el incremento de los bienes de la fortuna y la mayor abundancia de los bienes de la gracia"n. En otro texto, Vieira, situándose por adelantado en el tiempo bendito que profetiza, admira el designio divino que ha escogido a Lisboa como capital de la tierra regenerada:

El cielo, la tierra y el mar concurrirán en este admirable lugar a la grandeza universal del imperio y a la conveniencia, también universal, de los súbditos.

Lisboa es "el lugar más proporcionado y más apto para el destino que le ha escogido el Supremo Arquitecto: la construcción de este alto edificio (el imperio del mundo)".

(La ciudad) espera entre sus dos promontorios, que son como dos brazos abiertos, no los tributos de los que el suave yugo de este imperio habrá liberado a los pueblos, sino la voluntaria obediencia de todas las naciones que descubrirán su solidaridad, incluso con las poblaciones todavía hoy desconocidas y que entonces habrán perdido la injuria de ese nombre638.

Vieira anunció el inicio de este tiempo de felicidad sucesivamente para 1670, 1679 y 1700. Oponiéndose a estos sueños encantadores, la representación del Juicio final dirigía los corazones y las imaginaciones hacia preocupaciones muy diferentes. Se hacía hincapié en el destino eterno de las almas, en la culpabilidad personal, en la necesidad de haber seguido, a lo largo de los días, el ejemplo y la enseñanza de Jesús, más que buscado la felicidad terrena. En suma, desde el punto de vista de la jerarquía eclesiástica, la espera del millenium estaba cargada de múltiples desviaciones posibles, sospechosas a los ojos del magisterio (Vieira estuvo a malas con el Santo Oficio), y acompañó efectivamente a numerosas herejías, mientras que la última rendición de cuentas se manifestaba como un medio pedagógico eficaz en manos de la Iglesia para volver a los cristianos al camino recto. No es, pues, una casualidad si la escatología que anunciaba la eminencia del Juicio final se difundió sobre todo, por obra de aquellos hombres de Iglesia que estaban más preocupados por el cuidado pastoral. Esto es cierto especialmente de los grandes Reformadores protestantes.

Las divergencias entre milenaristas y profetas de un Juicio final próximo procedían especialmente de interpretaciones distintas de las visiones de Daniel (II y VII) referidas al Apocalipsis. Daniel había anunciado las sucesivas caídas de cuatro imperios -generalmente identificados luego por los teólogos con los de asirios, de los persas, de los griegos y de los

romanos-. Un quinto reino debía sucederles, construido por el Dios del cielo -reino que no sería destruido nunca y que no pasaría a ningún otro pueblo-. ¿Era preciso identificarlo con el millenium de san Juan, durante el que Satán permanecería encadenado? En tal caso, el Juicio final se posponía para después de esos mil años de paz. ¿Había que considerar, por el contrario, que el nacimiento de Cristo había marcado el principio del millenium sin que éste correspondiera exactamente a un millar de años? Si la respuesta era afirmativa, éste se dirigía ya a partir de entonces hacia su fin -como prueba: las desgracias de los tiempos- y el Imperio romano, prolongado en el Sacro Imperio romano germánico, desaparecería pronto. El desmoronamiento del mundo se acercaba por tanto a grandes pasos639.

Por reales que hayan sido estas distinciones -hasta el punto de que en la Inglaterra del siglo XVII las polémicas opusieron a adversarios y partidarios de un intermedio de mil años de felicidad antes del Juicio final640-, no constituyeron, sin embargo, barreras rígidas. Existieron transiciones de

un esquema escatológico al otro: es lo que ha demostrado con toda claridad D. Weinstein a propósito de Savonarola641. En la primera parte de su carrera, es decir, antes de 1492, el futuro

guía de Florencia comparte, con muchos de sus contemporáneos, la convicción de que el fin del mundo está próximo. En una canzone que data sin duda de 1472 escribe:

... Quizá incluso haya venido ese tiempo

Que hace temblar al infierno, el Día del Juicio642.

El año en que entra en los dominicos (1475), redacta un breve opúsculo, De contemptu mundi, donde se lee la siguiente frase: "¡Oh vosotros que estáis ciegos, juzgad hoy vuestro propio caso, juzgad vosotros mismos si el fin de los tiempos no ha venido!"643 En los sermones

pronunciados en Florencia en 1490 y 1491, predice que los vicios sin número de la Iglesia anuncian la proximidad del Juicio final, enunciando diez razones para creer en esta catástrofe próxima644.

Pero después de 1492, y sobre todo a partir de 1494, se desliza progresivamente hacia el milenarismo que los fraticelli habían difundido en Florencia desde el siglo XIII. Desde luego, profetiza primero la llegada de Carlos VIII, amenazando a la ciudad del Arno y a Italia entera con grandes tribulaciones si no se convierte. Pero una vez convertido en el jefe espiritual de Florencia, le promete la paz, la felicidad y la prosperidad si a partir de entonces permanece fiel a su rey, Cristo. Será entonces la nueva Jerusalén, colmada de riquezas:

De igual modo que el mundo fue renovado por el diluvio, Dios envía sus tribulaciones para renovar su Iglesia a aquellos que estarán en el arca... Y he aquí lo que dice nuestro salmo: "Cantad un canto nuevo al Señor". ¡Oh vosotros a quienes Dios ha escogido, oh vosotros que estáis en el arca (los Florentinos), cantad un canto nuevo porque Dios quiere renovar su Iglesia!

Ten por cierto, Florencia, que si tus ciudadanos poseen las virtudes que he descrito, serás bendita, porque pronto te convertirás en esa Jerusalén celeste.

Yo anuncio estas buenas nuevas a la ciudad de Florencia: será más gloriosa, más rica, más poderosa que antes. Ante todo gloriosa a los ojos de Dios tanto como a los ojos de los hombres, porque tú, Florencia, serás la reforma de toda Italia; en ti comenzará la renovación que irradiará en todas las direcciones, porque aquí es donde se encuentra el corazón de Italia. Tus consejos reformarán todo a la luz de la gracia que Dios ha de darte. En segundo lugar, Florencia, tus riquezas serán innumerables y Dios multiplicará todo en tu favor. En tercer lugar, extenderás tu imperio y gozarás así del poder temporal y del poder espiritual...

De este modo Savonarola recuperaba la concepción milenarista tradicional, a un tiempo optimista y orientada, al menos parcialmente, hacia los bienes de la tierra.

En la práctica, no siempre es fácil decidir, en tal o cual caso particular, si nos encontramos en presencia de un milenarismo o de la creencia en el fin próximo del mundo. Porque si la eternidad bienaventurada posterior al Juicio último ha sido descrita en términos de "nuevos cielos" y de "nueva tierra", estas expresiones convienen igualmente al reino de los santos del millenium. Además, la fórmula "últimos tiempos" puede aplicarse a la vez a la víspera del Juicio final y al período que precede a la entrada en el millenium. Es probable que estas confusiones existieran a veces en el espíritu de los que estaban poseídos por la espera escatológica; por ejemplo, en el caso de Cristóbal Colón. Éste tuvo la convicción de haber sido elegido por Dios para llevar el Cristianismo a los pueblos paganos de ultramar:

En una carta fechada en 1500 escribió: "Yo vine con amor tan entrañable a servir a estos Príncipes, y e servido de servicio de que jamás se oyó ni vido. Del nuevo cielo y tierra que dezía Nuestro Señor por San Juan en el Apocalipsis después de dicho por boca de Isaías, me hizo