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LOS APARECIDOS

EL PASADO Y LAS TINIEBLAS

1. LOS APARECIDOS

Antiguamente, el pasado no estaba verdaderamente muerto, y en cualquier momento podía hacer irrupción, amenazador, en el interior del presente. En la mentalidad colectiva, con frecuencia la vida y la muerte no aparecían separadas por un corte nítido. Los difuntos ocupaban un sitio, al menos durante cierto tiempo, entre esos seres ligeros semimateriales, semiespirituales con que incluso la élite de la época poblaba con Paracelso los cuatro elementos. El médico alemán Agrícola, autor del célebre De remetallica (publicado en 1556), aseguraba que muchas clases de espíritus viven en las galerías subterráneas: unos, inofensivos, se parecen a enanos o a viejos mineros con delantal de cuero a la cintura; pero los otros, que en ocasiones adoptan la forma de caballos fogosos, maltratan, expulsan o matan a los obreros. A. Paré consagró un capítulo entero de su libro Sobre los monstruos a probar que los "demonios habitan las canteras". Ronsard se extiende ampliamente en el Himno de los demonios sobre los seres a la vez inmortales como Dios y "llenos de pasiones" como nosotros que recorren el espacio sublunar. Unos son buenos y "vienen por el aire... / Para hacernos saber la voluntad de los dioses". Los otros, por ¿el contrario, aportan a la tierra: "Pestes, fiebres, languideces, tormentas y rayos. Hacen ruidos en el aire para espantarnos"237. Anuncian las desgracias y son los huéspedes de las casas encantadas. L. Febvre

ha mostrado con razón que el propio Rabelais era partidario de esta visión animista del universo238,

entonces compartida y vivida por los hombres más cultivados y por las poblaciones más arcaicas de Europa.

En semejante contexto, la concepción de la Iglesia de una separación radical del alma y del cuerpo en el momento de la muerte sólo podía progresar con lentitud. Todavía en el siglo XVII, numerosos juristas disertan sobre los cadáveres que se ponen a sangrar en presencia del asesino, señalado de este modo a la justicia. El teólogo fray Noel Taillepied, que publica en 1600 un Tratado de la aparición de los espíritus, enseña categóricamente: "Si un bandido se acerca al cuerpo que ha matado, el muerto comenzará a echar espuma, a sudar y a dar algún otro signo"239.

Invoca a este respecto la autoridad de Platón, de Lucrecio y de Marsilio Ficino. El médico Félix Platter ve producirse tal cosa en Montpellier en 1556. En el primer acto de Ricardo III, Shakespeare hace pasar el cortejo fúnebre de Enrique VI delante del asesino. Cuando ha llegado ante él, el cadáver sangra. Jobé-Duval asegura que en vísperas de la Revolución, ciertos tribunales de Bretaña prestaban fe todavía a los "ensangrentamientos" de las víctimas. Con razón, H. Pía telle240 relaciona esta ordalía con otras indicaciones que atestiguan el carácter flotante en el

universo mental de antaño de la frontera entre la vida y la muerte: las reliquias perpetuaban en la tierra la existencia de difuntos privilegiados, los santos; y sólo de éstos podía haberlas. En el Derecho germánico, los cadáveres podían obrar en justicia. Un conocido adagio decía: "El muerto prende al vivo", porque, por la herencia que dejaba, tenía poder sobre los vivientes. Pero el muerto podía alcanzar al vivo de otra manera. Las danzas macabras sacaban a escena, en efecto, al invencible esqueleto que arrastra por la fuerza en su fúnebre ronda a gentes de toda edad y condición. Finalmente, en todo el Occidente se juzgaba y se condenaba a los muertos. En 897 se desterró de Roma el cadáver del papa Formoso, al que se procesó antes de arrojarlo al Tíber. ¿Gesto medieval? No sólo eso. Cuando en 1559 se dieron cuenta en Basilea de que un rico burgués, Jean de Brujes, muerto tres años antes, no era otro que el anabaptista David Joris, el magistrado hizo exhumar el ataúd y extraer el cuerpo, que fue objeto de una ejecución póstuma241.

Si se juzgaba y se ejecutaba a los muertos, ¿cómo no creer en su temible poder? El 22 de abril de 1494 murió, cerca de Lyon, Philippe de Crevecoeur, que había traicionado la causa de María de Borgoña después del trágico final de Carlos el Temerario y entregado Arras a Luis XI. Pero esa noche, numerosas viñas se echaron a perder en Francia, algunos pájaros dejaron oír "extraños gritos", y la tierra tembló en Anjou y Auvergne. En los sitios por los que pasó su cuerpo para reunirse en Boulogne-sur-Mer con la sepultura que había escogido, "ocurrieron horribles tempestades y crueles tormentas, de tal modo que casas, establos, apriscos, animales, vacas y corderos bajaban aguas abajo"242. He aquí ahora dos exempla antiguos contados de nuevo en un

manuscrito del siglo XV consagrado a Vidas de santos. Un hombre tenía la costumbre de recitar un De profundis cada vez que atravesaba un cementerio. Y un día fue atacado por sus "más mortales enemigos". Corre hacia el cementerio más cercano y defendido "vigorosamente" por los difuntos, cada uno de los cuales "llevaba en su mano un instrumento del oficio en él que había pasado su vida... por lo que sus enemigos tuvieron mucho miedo y se fueron completamente despavoridos". El otro relato es pariente próximo del anterior, y viene exactamente después de él en la crónica: un cura celebraba todos los días -una misa por los difuntos; fue denunciado a su obispo (sin duda porque se consideraba esa renta demasiado lucrativa). El prelado le prohibió celebrar el oficio, y a poco tiempo de ello fue a pasar junto a un cementerio. Los muertos le asaltaron. Al liberarse, hubo de prometer que restituiría al cura el derecho a decir misas por los difuntos243. Apología de las plegarias por los difuntos, por supuesto; pero al mismo tiempo

testimonio de la creencia en los aparecidos. Podemos entonces preguntarnos si es sólo por simple juego por lo que Shakespeare evocó el espectro del padre de Hamlet y por lo que Tirso de Molina animó la estatua del comendador. Los espectadores de estas piezas, ¿estaban de acuerdo con una ficción en la que ellos no creían? O bien -cosa más probable- ¿se adherían en su mayoría a la creencia en los aparecidos? Tal era el caso de Ronsard y de Du Bellay. Según el primero, Denise, la bruja del Vendómois, se lanza fuera de su casa por la noche; manda a la luna argéntea. Huésped de los lugares solitarios y de los cementerios, "desempareda" los cuerpos de los muertos "recluidos en sus tumbas" 244. Du Bellay repite el mismo tema. Al apostrofar, también él, a una bruja,

le lanza esta acusación: "Tú puedes sacar en medio de la noche oscura / a los humildes de su sepultura / y forzar a la naturaleza" 245. El teólogo Noël Taillepied, hablando de la reaparición de los

muertos, es totalmente categórico:

A veces un espíritu aparecerá en la casa, visto lo cual por los perros se arrojarán entre las piernas de su dueño y no querrán salir de entre ellas, porque temen mucho a los espíritus... Otras veces alguien vendrá a sacar o a quitar las mantas de una cama, se pondrá encima o debajo de ésta, o se paseará por la habitación. Se han visto gentes a caballo o a pie como de fuego, a las que se conocía bien y que habían muerto antes. A veces también los que han muerto en combate o en su cama, vienen a llamar a sus criados, que los conocen por la voz. En muchas ocasiones se ha oído durante la noche arrastrar los pies a los espíritus, sus toses y suspiros, los cuales, al ser interrogados, decían ser el espíritu de fulano o de mengano 246.

Cuando tales hechos se producen y una casa se halla encantada, el inquilino, ¿debe seguir pagando al propietario las anualidades convenidas? A esta cuestión responde gravemente el jurista Pierre Le Loyer, consejero del tribunal de primera instancia de Angers:

Si hay, escribe, miedo justo y legítimo a los espíritus que se aparecen en una casa, perturban el reposo e inquietan de noche; por tanto, si el miedo no hubiese sido vano y el inquilino tuviera alguna ocasión de temer, en tal caso el inquilino quedará libre de los alquileres pedidos, y no de otra forma si como la causa del temor resultara no ser justa y legítima247.

Existían antaño dos formas diferentes de creer en las apariciones de los muertos. Una "horizontal" (E. Le Roy Ladurie), naturalista, antigua y popular, exponía implícitamente "la supervivencia del doble" -la expresión es de E. Morin248: el difunto -cuerpo y alma- continuaba

viviendo cierto tiempo y volvía a los lugares de su existencia terrestre. La otra concepción, vertical y trascendental, fue la de los teólogos, oficiales y oficiosos, que intentaban explicar la existencia de los aparecidos (expresión que no corresponde a la época) por el juego de fuerzas espirituales. Sigamos en este punto la argumentación de Pierre Le Loyer y de Noël Taillepied, que, por lo demás, se encuentra en todos los demonólogos de aquel tiempo. Pierre Le Loyer pretende

"construir una ciencia de los espectros": para ello emplea un buen millar de páginas bien apretadas. Desde el principio distingue entre "fantasma" y "espectro". El primero "es la imaginación de insensatos furiosos o melancólicos que se persuaden de lo que no es". El segundo, por el contrario, es una "verdadera imaginación de una sustancia sin cuerpo, que se presenta sensiblemente a los hombres en contra del orden de la naturaleza y les produce espanto" 249. Las

ideas de Noël Taillepied se acercan mucho a las del jurista angevino. Los "saturnianos" -escribe- rumian y se forjan "muchas quimeras". Muchas gentes temerosas "se persuaden de ver y oír muchas cosas espantosas que no existen". Asimismo, "los que tienen mala vista y oído imaginan muchas cosas que no existen". Además, los demonios, mendaces por definición, pueden "impedir la vista del hombre" y "mostrarle en apariencia una cosa por otra". Finalmente, hay gente que hace bromas a otros y "se enmascara para darles miedo" 250.

Sin embargo, sigue siendo cierto que los espíritus se aparecen en ciertas ocasiones. Nuestros teóricos se baten, por tanto, en varios frentes. Denuncian la credulidad del vulgo. Pero atraviesan de una estocada al mismo tiempo la incredulidad de los "saduceos, ateístas, peripatéticos... escépticos y pirrónicos" que niegan la existencia de los espectros. Todos éstos se basan en Epicuro y en Lucrecio, y en todos aquellos que dicen que no hay sustancias separadas de los cuerpos. Pierre Le Loyer se opone también a Pomponazzi, para quien "la imaginación de los espectros procede (solamente) de la sutileza de la vista, del olfato y del oído, que nos persuaden mucho de las vanas imágenes" 251. Combate asimismo a Cardan, quien "refiere sin razón ni

experiencia (que las) sombras que aparecen en las sepulturas (nacen) de los cuerpos enterrados, (los cuales) exhalan y lanzan hacia afuera una impresión de forma y de estatura semejante a ellos. ¿Se puede pensar alguna inepcia mayor que la de Cardan?" 252

Pero aquí tenemos otro adversario que eliminar: el protestantismo. Porque el ministro de Zurich Loys Lavater, en una obra aparecida en 1571, negaba toda aparición de las almas de los muertos. Esta negación deriva de la del purgatorio por las Iglesias de la Reforma, De ahí el razonamiento de Lavater: no hay más que dos lugares a los que las almas se retiren después de la muerte de los cuerpos: el paraíso y el infierno. Las que están en el paraíso no necesitan ser ayudadas por los vivos, y las que están en el infierno no saldrán nunca de él ni pueden recibir allí ninguna ayuda. Entonces, ¿por qué iban a salir unas almas de su reposo, las otras de sus tormentos?253 Por el lado católico no se podía hacer otra cosa sino rechazar esta argumentación

de manera terminante. Por el contrario, bajo la pluma de los defensores del catolicismo, un discurso teológico que faltaba desde hacía mucho tiempo de integrar las viejas creencias en la presencia de los difuntos entre los vivos254, adquiere ahora todo su vigor y su plena lógica

apelando como refuerzo a ejemplos sacados de la Escritura y a los testimonios de san Agustín y san Ambrosio255. Dios puede permitir a las almas de los muertos mostrarse a los vivos bajo las

apariencias de su cuerpo de otro tiempo. Puede también autorizar a los ángeles “que van y vienen del cielo a la tierra” a revestir forma humana. Toman entonces "un cuerpo que se forman con el aire, espesándolo, amasándolo y condensándolo". En cuanto a los demonios, pueden a su vez aparecerse a los hombres, bien espesando el aire como los ángeles, bien tomando prestados los "cadáveres y carroñas de los muertos"256. Esta última creencia explica los versos de Ronsard y de

Du Bellay citados más arriba, puesto que evocan la acción de las brujas en los cementerios, y los que Agrippa d’Aubigné consagra con igual espíritu a una Erinia que simboliza a las brujas de todos los tiempos y a la más odiosa de ellas, Catalina de Médicis:

'' Por la noche se revuelca en los horribles cementerios... Desentierra sin esfuerzo los temibles cuerpos,

Luego, llenando los huesos con la fuerza de los diablos, Los hace ponerse de pie, terrosos, espantosos257.

Pero todas estas apariciones sólo se producen con el permiso de Dios y para bien de los vivientes. Por tanto, si la supervivencia de los cuerpos difuntos se ve rechazada como un error en el plano teórico, se la recupera, sin embargo, mediante el discurso teológico. Éste, al tiempo que sobrevalora el alma y devalúa el doble, permite a los difuntos reaparecer en la tierra para que pueda oírse un mensaje de salvación. Los aparecidos vienen a instruir a la Iglesia militante, a pedir plegarias que los liberen del purgatorio o a amonestar a los vivientes para que vivan mejor.

Revelador en este sentido es un manual de exorcista de mediados del siglo XV (hacia 1450) - el Livre d’Egidius, deán de Tournai-, que contiene, entre muchas otras, dos series de preguntas que hacer respectivamente a las apariciones de las almas del purgatorio y a las apariciones de condenados258:

A un alma del purgatorio:

1. ¿De quién eres o has sido el espíritu?

2. ¿Hace mucho tiempo que estás en el purgatorio? 3. ¿Qué sufragios te serán más útiles?

4. ¿Por qué has venido aquí y por qué te apareces aquí y no en otra parte?

5. Si eres un espíritu bueno que espera la misericordia de Dios, ¿por qué te has revestido,

según dicen, de las apariencias diversas de las bestias y los animales salvajes?

6. ¿Por qué vienes aquí ciertos días en vez de otros?

A un condenado:

1. ¿De quién eres o has sido espíritu?

2. ¿Por qué has sido condenado a los suplicios eternos?

3. ¿Por qué vienes, según dicen, más a menudo a este lugar?... 5. ¿Tratas de aterrorizar a los vivos?

6. ¿Deseas la condenación de los viajeros (que todos somos en la tierra)?...

8. ¿Preferirías no existir antes que encontrarte en los tormentos de la gehenna? 9. En el infierno, entre los sufrimientos de los sentidos, ¿cuál es el más penoso?

10. ¿Es la pena de la condenación, es decir, la privación de la visión de Dios, más penosa que

los sufrimientos de los sentidos?

Los progresos de la duda metódica a partir de la época de Descartes llevaron poco a poco a los hombres de Iglesia a mayores sospechas respecto a los aparecidos. Al publicar en 1746 un Tratado sobre las apariciones de los espíritus, el benedictino Augustin Calmet no vacila en rechazar gran cantidad de relatos atestiguados por Tertuliano, san Agustín, san Ambrosio, etc.

"Las vidas de los santos, escribe, están llenas de apariciones de personas muertas; y si se las quisiera reunir, se llenarían grandes volúmenes"259. Y más adelante añade: "Podría amontonarse

una multitud de pasajes de antiguos poetas, incluso de los Padres de la Iglesia, que han creído que las almas se aparecían con frecuencia a los vivos... Estos Padres creían, pues, en el retorno de las almas, en sus reapariciones, en su vinculación a sus cuerpos; pero nosotros no adoptamos su opinión sobre la corporeidad de las almas..." 260

De este modo, ese benedictino "ilustrado" es consciente del hecho de que muchos escritores cristianos -incluso algunos de los más eminentes- no habían rechazado en realidad la antigua concepción de la supervivencia de una especie de doble. Para él, por el contrario, la muerte instituye una separación total entre el cuerpo y el alma, y ésta no viene a merodear allí donde el difunto ha vivido. Pero una vez pronunciado este juicio categórico, dom Calmet vuelve, a pesar de todo, en lo esencial -y porque cree en el purgatorio- a las opiniones de Le Loyer y de Taillepied. "Aunque con frecuencia haya -escribe- mucha ilusión, prevención e imaginación en lo que se cuenta de las operaciones y de las apariciones... de las almas separadas de los cuerpos, no obstante hay alguna realidad en muchas de estas cosas, y razonablemente no se las puede poner en duda"261... Intervienen, así pues, por orden de Dios o, al menos, si son resultado de la

operación del demonio, con el permiso divino. Por tanto, se encuentran nuevamente acreditadas por esa vía todas las apariciones, bien de las almas del purgatorio que reclaman plegarias, bien de las almas condenadas, que acuden para llamar a los vivos a la penitencia: dos temas que hasta una época reciente fueron muy familiares a los predicadores262.

Siendo como es un discurso teológico sobre las apariciones, el libro del benedictino, como todos los escritos por sus predecesores sobre el mismo tema, es también ilustración etnográfica sobre la otra creencia en los aparecidos que la Iglesia se esforzó por transformar y que seguía viva en plena Europa clásica. Se la puede resumir así: durante cierto tiempo después de su deceso, los muertos siguen viviendo con una vida que se parece a la nuestra. Vuelven a los lugares en que se desarrolló su existencia, y a veces para hacer daño. Dom Calmet nos hace comprender mediante un caso límite la fuerza que podía revestir todavía esta convicción.

Conocemos, en efecto, por él, con muchos detalles, la epidemia de miedo a los aparecidos, y sobre todo a los vampiros, que se propagó a finales del siglo XVII y a principios del XVIII en Hungría, Silesia, Bohemia, Moravia, Polonia y Grecia. En Moravia, según leemos en la obra, es "bastante frecuente" ver a los difuntos sentarse a la mesa con personas de su conocimiento. Sin decir una palabra, hacen una señal de cabeza a uno de los comensales, que muere "infaliblemente" algunos días después. No queda uno libre de estos espectros desenterrándolos y quemándolos. En Bohemia, hacia esos mismos tiempos, se libran de los aparecidos que asolan ciertas aldeas exhumando a los difuntos sospechosos y atravesándoles por medio del cuerpo una estaca que los clava al suelo. En Silesia -seguimos leyendo bajo la pluma de Dom Calmet, que se niega a prestar fe a esos cuentos macabros- se encuentran espectros "de noche y de día"; se ve a las cosas que les pertenecieron moverse y cambiar de sitio, sin que haya nadie que las toque. El único remedio contra estas apariciones consiste en cortar la cabeza y quemar el cuerpo de los que se aparecen. En Servia, los aparecidos son vampiros que chupan la sangre del cuello de sus víctimas, que terminan muriendo de languidez. Cuando se desentierra a los muertos sospechosos de ser esos espectros maléficos, se los encuentra como vivos, con la sangre "bermeja". Entonces se les corta la cabeza y se los vuelve a poner en la fosa, recubriendo las dos partes del cuerpo con cal