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LAS MUJERES Y LOS SACERDOTES EN LAS SEDICIONES

MIEDO Y SEDICIONES (II)

2. LAS MUJERES Y LOS SACERDOTES EN LAS SEDICIONES

LA ICONOCLASTIA

Los trágicos acontecimientos del verano de 1792 invitan a insistir en el papel de las mujeres en los motines y "crímenes multitudinarios" de otros tiempos. En efecto, al leer entre líneas las relaciones de todas las tendencias redactadas por los contemporáneos de las matanzas de septiembre, se adivinan las palabras enloquecidas de las esposas y de las madres, en la casa o en la calle, ante la cercanía de los ejércitos enemigos: París, desguarnecido por la marcha de los hombres válidos, va a ser abandonado a los traidores del interior.

Según el relato de un sacerdote, a partir de los días 29-30 de agosto, las "brujas" habrían gritado a los "esbirros" en el transcurso de una inspección domiciliaria del colegio de Navarra: "Ánimo, amigos: hay que matar sin piedad a todos esos bribones de aristócratas, a todos esos ladrones que quieren matarnos a nosotros".

El 2 de septiembre, los soldados gritan a la multitud que mira pasar los vehículos llenos de prisioneros en dirección hacia la Abbaye: "Sí, son vuestros enemigos, los cómplices de los que han liberado Verdún, los que sólo esperan vuestra partida para degollar a vuestros hijos y a vuestras mujeres".

Mme. Roland habla de la "repugnancia" del "pueblo" a "abandonar sus hogares dejando tras de sí a unos lobos devoradores que, pronto desencadenados, se arrojarían sobre lo que ellos habían abandonado y les era más querido".

En su mayoría son hombres los que pronuncian estas frases. Pero en ellas resuenan claramente palabras femeninas repetidas de hogar en hogar: esposas y niños van a encontrarse indefensos; su vida está en peligro. ¿Cómo no imaginar del mismo modo el papel determinante de las mujeres durante los motines parisienses, lyoneses y tolosanos, ocurridos a mediados del siglo XVIII con ocasión de los presuntos robos de niños? ¿Quién teme más esos raptos sino las madres?

A partir de este momento se comprende mejor por qué las mujeres jugaban con tanta frecuencia un papel motor en las "conmociones" provocadas por la carestía y la escasez de granos. Ellas defendían, gracias a una especie de reflejo biológico, la vida de sus hijos y la existencia física de su hogar. "El elemento más constante (de los motines frumentarios) -escribe Y.-M. Bercé- es la presencia de mujeres. Hasta en las emboscadas campesinas, por la noche, en los caminos reales, había mujeres armadas con piedras... Se lanzan a los tumultos por el precio del pan, sin más programa que la angustia del futuro y la justicia que se ha de hacer con los acaparadores"578. Una actitud repetida constantemente durante las alteraciones que marcaron los

inicios de la Revolución Francesa.

El incremento de los impuestos amenazaba con reducir a la mendicidad, y en su existencia misma, a una fracción de la población de una ciudad o de una provincia; no nos extrañemos, por ello, de ver a las mujeres abrir el camino a los motines antifiscales mediante alborotos públicos. En Cahors, en 1637, queman públicamente el banco donde se sentaban en la catedral los concejales, al mismo tiempo que los muebles de su sala de juntas579. En Agen, en 1635, y en Caen, en 1639,

son ellas las que desencadenan el motín, atacando aquí a un arquero de las gabelas y asediando allá el domicilio del recaudador de las tallas580. En Montpellier, en 1645, las brujas que se

manifiestan contra el fisco son guiadas por una virago que declara que hay que morir o exterminar a los tratantes, que roban el pan de la boca de sus hijos 581. En Limoges, en 1705, el incendio de las

casas de los gabeleros es provocado por una "multitud de mujeres, muchachas y niños de la hez del pueblo menudo, sin que aparecieran en ningún momento sus maridos ni sus padres"582. El

miedo a la gabela parece haber sido, pues, al principio, una obsesión femenina. Como prueba, he aquí esta anécdota: un domingo de 1670, en la pequeña iglesia de Lannes, en los Pirineos, el

párroco se dispone a leer el mandato del obispo: "La mayor parte del público que estaba entonces en la santa misa creyó firmemente que quería publicar al punto la gabela y, por ello, que estaban perdidos; el público, y sobre todo las mujeres que allí estaban, comenzaron a gritar contra el citado cura"583. En cuanto al mítico impuesto sobre la vida, fueron las mujeres, al principio y sobre

todo, quienes creían en él. En Montauban, en 1691, tras haber hecho fijar un oficial de finanzas un cartel anunciando la venta de nuevos oficios, "se difundió el rumor, entre el pueblo humilde y sobre todo entre las mujeres de la más baja condición, de que se quería hacerles pagar seis denarios por cada camisa que hicieran lavar, 10 cuartos por cada muchacho que trajeran al mundo y cinco cuartos por cada niña que parieran" 584... A lo cual siguió un principio de motín con participación de

200 o 300 amas de casa.

Múltiples investigaciones han puesto de relieve, recientemente, la variedad de los movimientos sediciosos en los que las mujeres participaron en la civilización preindustrial. Así, en la Inglaterra de principios del siglo XVII, participaron ampliamente en las rebeliones contra las enclosures y a favor del mantenimiento de los terrenos comunales585. Tampoco estuvieron

ausentes de las agitaciones violentas ocasionadas por las disensiones religiosas. En Edimburgo, en 1637, la resistencia al Prayer Book de Carlos I comenzó por una ruidosa manifestación de la "canalla de las sirvientas" en Saint Giles’Church. Interrumpieron la lectura del deán, lanzaron taburetes en dirección del obispo y, habiendo desaparecido éste, tiraron piedras contra puertas y cristaleras. Igualmente, Crespin y el autor de la Historia eclesiástica de las Iglesias reformadas dan testimonio conjuntamente de que las mujeres participaron en todas las furias iconoclastas que destruyeron las estatuas de santos en el siglo XVI en Francia y en los Países Bajos 586. ¿Debe

decirse que "transferían" entonces al terreno religioso una actividad sediciosa que ejercían la mayor parte de las veces contra los acaparadores de grano y los agentes del fisco? La explicación fundamental es, en mi opinión, distinta: las mujeres se asustaban con más facilidad que los hombres, ya se tratara de pan, de los impuestos, de enclosures, de ladrones de niños o de religión. Eran, ante todo, ellas las que percibían la amenaza, las que acogían y difundían los rumores; ellas comunicaban la angustia al entorno y, de este modo, impulsaban a los demás incluso a las decisiones extremas. Aún más, ellas encendían la pólvora, tomando la iniciativa de los gestos irreparables -gestos que tranquilizaban, puesto que debían intimidar, aniquilar incluso al adversario.

Desde luego, existe un militantismo femenino que contribuyó, por ejemplo, a transmitir a las generaciones del siglo XIX la ideología de los cálidos años de finales del XVIII. Estamos pensando, entre otras, en la viuda de Babeuf y en la viuda de Lebas45. En nuestro tiempo, parece que las mujeres han sido las verdaderas inspiradoras de la "banda Baader". No obstante, mi propósito, aquí, era sacar a la luz no acciones continuas, sino gestos espontáneos y concretos que, sin embargo, se han repetido como constantes a través de las edades en el transcurso de movimientos sediciosos no premeditados. Ahora bien: se trata de un comportamiento que no ha desaparecido. L. Pliouchtch revela que en 1967, en Priluki, en Ucrania, los milicianos torturaron y mataron a un joven obrero, sin armas, detenido por error a la salida de un baile. Algunos días más tarde, cuando el cortejo fúnebre pasaba delante del puesto de policía, una mujer gritó: "¡Abajo las S. S. soviéticas!" Otras mujeres repitieron a coro este slogan, y luego los hombres. La multitud se precipitó entonces en el interior de los locales de la milicia, lo saqueó y molió a golpes a los milicianos ilustración contemporánea de la iniciativa femenina en los gestos de cólera colectiva.

Los "ritos de la violencia" en las sublevaciones de los tiempos pasados son ahora bien conocidos y las recientes investigaciones han hecho justicia a las acusaciones y pseudodescripciones de los ricos que representaban al pueblo sublevado como un "tropel enloquecido", un "animal de mil cabezas" o un populacho sin riendas, "sin orden ni jefe", calificativos que utiliza en el siglo XVI Guillaume Paradin para caracterizar las sediciones lyonesas provocadas por la carestía de los granos587. Al describir el sangriento carnaval de Romans en 1580,

E. Le Roy Ladurie ve en él una especie de psicodrama ejemplar, de "tragedia-ballet cuyos actores han representado y bailado su rebeldía". A propósito de este "drama isabelino", hace notar la recurrencia de los fantasmas de antropofagia y del tema conexo del intercambio de mujeres588.

en qué y por qué la sedición era un remedio para el miedo colectivo, sobre todo en aquellas jornadas ciclónicas en que intervenía de lleno una situación multitudinaria y en que se operaba el salto a la violencia con la esperanza -incluso la certidumbre- de la salvación por la fuerza. Y, ante todo, porque el paso a la revuelta no se produce sin acompañamiento de rumores que, al mismo tiempo, impresionan y exaltan -clamor de la multitud y, sobre todo, arrebato y estrépito de tambores. Signo y prueba de que se ha entrado en un tiempo distinto al de las ocupaciones habituales, esos rumores invitan a superar las inercias, las monotonías y las prohibiciones que son el tejido cotidiano de la vida. Por otra parte, una colectividad adquiere confianza en sí misma por el solo hecho de reunirse. De ahí la multiplicidad de "conmociones" y sediciones que estallan con ocasión de las ferias, de los mercados, de las fiestas patronales, de las procesiones o, simplemente, de la misa dominical. Lugares privilegiados de reunión, la iglesia parroquial y su atrio - o el cementerio vecino- constituyen frecuentemente los epicentros desde donde se propagan los "furores" populares. Además, la iglesia es generalmente un edificio sólido a veces fortificado: llegado el caso será un refugio. De cualquier modo, está en el corazón mismo de la vida colectiva. Hay, además, un local distinto a la casa de Dios donde frecuentemente la gente se encuentra: la taberna. Por eso, las noticias, verdaderas o falsas, se propagan de casa en casa. Iglesia parroquial y taberna son, en las sociedades de otros tiempos, los dos polos donde se anudan las redes de sociabilidad, sobre todo en el plano de los humildes. Desde el punto de vista aquí considerado, son más complementarios uno del otro de lo que permite creer el discurso clerical del tiempo, siempre agresivo frente a las tabernas.

La muchedumbre no actúa sin cabecillas, y sólo adquiere seguridad- arrastrada por ellos589.

Ahora bien: ¿quiénes son esos hombres fuertes que, a un mismo tiempo, la hacen estremecerse de miedo mostrándole los peligros que la amenazan y la tranquilizan embarcándola en la acción? En las ciudades, por regla general, los artesanos; de suerte que, detrás de la aparente incoherencia de las sediciones urbanas hay que vislumbrar el vivo armazón de las corporaciones y de las cofradías de oficios. Pero, entre esos artesanos, desde la insurrección cabochiana de 1413 hasta la Revolución Francesa, no nos sorprende encontrar en primera fila a los mesoneros y a los carniceros. El motín asocia el vino y la sangre; necesita del que sirve de beber y del que da la muerte. Pero, tanto en el campo como en la ciudad, hay otros cabecillas cuya importancia tal vez no se ha subrayado suficientemente: los hombres de Iglesia en contacto con el pueblo. Porque éstos predican, son sus verdaderos guías. En la Europa del Antiguo Régimen, aquellos que por excelencia tienen a la muchedumbre en un puño, los que la hacen a un tiempo estremecerse y esperar, llorar y cantar, obedecer y rebelarse: los que hablan en nombre de Dios.

Decir que los curas y los predicadores católicos de un lado, y los pastores reformados del otro, jugaron un papel de primera magnitud en las guerras de religión del siglo XVI parece una trivialidad. Sin embargo, la historiografía ha puesto de relieve, sobre todo, la acción de los gobiernos y de los grandes, y no caemos suficientemente en la cuenta de que Catalina de Médicis, Coligny o Guillermo el Taciturno siguieron, más que dirigieron, los acontecimientos590. Los

que lanzaron -¡ay!- unos contra otros a los cristianos, en particular en las ciudades, fueron oscuros oradores fanáticos, militantes que trabajaban en el centro de la masa humana porque disponían de una cátedra y porque, en el plano local, organizaban con evidentes intenciones agresivas cantos públicos de salmos o procesiones armadas. Un historiador del siglo pasado escribió, con razón, a propósito de las alteraciones de Provenza en el siglo XVI: "No hay ninguna sedición... en la que no se vea a frailes franciscanos, capuchinos, carmelitas, dominicos, lanzar las propuestas más atroces y dar los primeros golpes en las matanzas" 591. Abundan los hechos que

corroboran esta afirmación. En 1560, en Rouen, unos curas seguidos de sus feligreses desfilan por las calles para la procesión del Corpus Domini. Los reformados que están en las ventanas se niegan a rendir honor al Santísimo Sacramento. La multitud católica invade y saquea sus casas592.

En Toulouse, en marzo de 1562, un canónigo predica fogosamente la cuaresma, atacando alternativamente a los protestantes y a los magistrados sospechosos y anunciando los próximos efectos de la cólera divina593. En Orange, en febrero de 1571, los sermones incendiarios de los

frailes mendicantes tuvieron por consecuencia once días de matanza de los hugonotes594. En

la multitud católica se amotina por obra de "un cierto predicador del rey llamado Sorbin, ignorante y turbulento entre todos los doctores de la Iglesia romana", y la multitud invade las casas de los protestantes595. En Burdeos, en un sermón pronunciado el día de san Miguel del mismo año (20 de

septiembre), el jesuíta Ed. Auger se asombra de que la ciudad no haya seguido todavía el ejemplo de la capital. Acusa al gobernador de pusilanimidad, le reprocha "dormir junto a su puta", y anuncia la llegada del ángel exterminador. Este sermón prende la mecha de la pólvora: la carnicería empieza el 3 de octubre. ¡Cuántas veces, en el transcurso de los conflictos religiosos del siglo XVI, los "perros ladradores" católicos no han tachado de molicie a los tribunales encargados de juzgar a los "luteranos", comparando a Catalina de Médicis con Jezabel y a Enrique III con Acab, porque dejaban que se introdujera una nueva religión no menos perniciosa que la de Baal, y haciendo al protestantismo responsable de las desgracias -como la derrota de San Quintín- que Dios, encolerizado, enviaba sobre Francia.

Por supuesto, los pastores reformados no se quedaban atrás, y su responsabilidad en las "furias iconoclastas" y la ejecución de los "idólatras" fue capital. Su referencia a este respecto estaba en el Deuteronomio (XIII, 7-12):

Si tu hermano, hijo de tu madre; tu hijo, tu hija, la esposa que reposa en tu seno o el amigo tuyo identificado contigo, te incita en secreto, diciendo: "Vamos y sirvamos a dioses extraños" que tú no conoces ni tampoco tus padres, entre los dioses de los pueblos que os circundan, ya próximos a ti, ya de ti alejados... no accederás a él ni le escucharás, ni tus ojos le mirarán compasivos, ni le compadecerás ni encubrirás, antes le denunciarás, sin falta; tu mano será la primera que en él se ponga para hacerle morir, y después la mano de todo el pueblo.

Efectivamente, en Rouen y en Gien, en 1562, se perpetraron destrucciones de imágenes a consecuencia de los sermones en los que se había leído el Deuteronomio M. En Lyon, ese mismo año, un pastor, con la espada en la mano, participó en el saqueo de la catedral de San Juan596. Los

católicos no dejaron de observar la relación entre sermones e iconoclastia, que aparece, entre otros documentos, en esta carta dirigida en septiembre de 1566 por Margarita de Parma a Felipe II:

(Los predicadores protestantes) piensan que todas las cosas les están permitidas, rompen imágenes, predican en las iglesias, impiden a los católicos hacerlo, hacen lo que bien les parece para irrisión y desprecio de la justicia... estos nuevos ministros, predicantes, destructores de imágenes y guías de esas conmociones, se dejan ver en todas partes597.

No puede quedar ninguna duda sobre el hecho de que los demoledores de imágenes que reinaron en los Países Bajos en el transcurso del verano de 1566 habían sido efectivamente fanatizados. Un informe que estudian actualmente Mme. Deyon y A. Lottin pone de relieve esa evidente relación de sucesión entre los sermones y las violencias iconoclastas. Porque éstas fueron precedidas, desde Valenciennes a Amberes, de una predicación masiva, al aire libre, a las puertas de las ciudades598. Estos "sermones de los setos" empezaron a finales de junio y

culminaron hacia el 10 de agosto -fecha del inicio de los saqueos-, electrizando a auditorios cada vez más numerosos, que podían alcanzar en alguna ocasión a 15.000 personas. Frecuentemente, los asistentes habían acudido a ellos con sus armas, dispuestos a dejarse arrastrar por el predicador a alguna acción de escándalo. Un "discurso de las conmociones ocurridas entre el pueblo agitado en la ciudad de Enghier" refiere:

Que el XXVIIO día del citado mes de agosto XVIB LXVI, de la mañana, se hizo el primer sermón en el barrio de Enghien, en el lugar que se llama Heerhouw... por algún ministro acompañado de gran número de gente de Audenarde, provista de diversos instrumentos, como también varios de Enghien...

Item, desde Heerhouwt, los asistentes del citado sermón, con su predicador o ministro, habían ido a Herrynes y a la iglesia de los Cartujos, donde cenaron, y por los del claustro de los Cartujos les fueron suministrados los bienes y provisiones que allí había; y al mismo tiempo saquearen la iglesia del citado lugar de Herrynes y la Cartuja, al tiempo que destruyeron los libros de su biblioteca.

En otro documento de la época, un predicador llegado de Ginebra y detenido después del final de las alteraciones, confiesa que, habiendo entrado con una tropa en una iglesia del Cateau-

Cambrésis, "cogió una pila de agua bendita de cobre que tiró por tierra. Desde allí fue a una capilla a romper un estandarte. Entonces, cada cual hizo otro tanto, y hubo allí gran confusión".

No resulta nada sorprendente que los curas jugasen un papel determinante en los movimientos milenaristas que basaban en las Escrituras su proyecto de revolución social. Eran muy numerosos en Tabor en 1420, y Müntzer había sido monje agustino antes de poner en pie la Liga de los elegidos. Resulta más interesante observar que la "sublevación de los trabajadores" ingleses en 1381, a pesar de varias reivindicaciones igualitaristas y comunizantes, tenía en su punto de mira objetivos concretos e inmediatos que no eran forzosamente utópicos -abolición de la esclavitud, reparto de los bienes de la Iglesia entre las parroquias, etc. Ahora bien: uno de los jefes de la revuelta fue un predicador errante, John Ball, que había tomado la costumbre de arengar a los campesinos "los días de domingo después de la misa, cuando todas las gentes se habían ido del monasterio". Entonces, "él se iba al claustro o al cementerio, y allí predicaba y