• No se han encontrado resultados

LA ARITMÉTICA DE LAS PROFECÍAS

ESCATOLÓGICOS

7. LA ARITMÉTICA DE LAS PROFECÍAS

Muchos de los que anunciaban el próximo fin de los tiempos o la inminencia del paso al millenium se fundaban en cifras de las que los textos bíblicos no son avaros. Daniel (II y VII) anuncia que cuatro imperios precederán a aquel que "jamás será destruido" y que, bajo el cuarto soberano, los santos serán perseguidos durante "un tiempo, y dos tiempos y medio tiempo". Esta última cronología reaparece en el Apocalipsis, en que se dice (XII) que la Mujer, madre del Niño Salvador, será perseguida por el dragón y alimentada en el desierto "un tiempo y dos tiempos y medio tiempo". Daniel asegura también (XII) que la "abominación de la desolación durará 1.290 días". El Apocalipsis, por otra parte, anuncia que los paganos hollarán la ciudad santa "durante 42 meses" y que los dos testigos del Señor profetizarán durante "1.260 días" (XI). La Bestia satánica tiene por 666 (XIII)- Finalmente, encadenado en la prisión del infierno el demonio saldrá de su refugio al cabo de "mil años" (XX). ‘' Teólogos, matemáticos y astrólogos trabajaron incansablemente sobre estos datos numéricos, que procuraban situar en un marco cronológico global, cuyo esquema más simple era el siguiente: el mundo había vivido dos mil años entre la creación y la ley, luego otros dos mil años bajo el reinado de la ley. El del Mesías tendría a su vez una duración de dos mil años707. No obstante, algunos, como Cristóbal Colón, llegaban a una suma

de siete mil años. Porque, a los seis días de la creación -base del cálculo precedente- añadían un séptimo que correspondía al reposo de Dios. Algunos, por último, llegaban en su audacia a sobrepasar algo la barrera de los siete mil años. No obstante, eran numerosos los que, poniendo en duda una partición demasiado igual entre los diferentes cortes históricos, se esforzaban por calcular con mayor sutileza el tiempo que había transcurrido entre la aurora del mundo y el nacimiento de Jesús. Según el De Antichristo, de Malvenda, el abanico de los cálculos -muy numerosos, según precisa- sobre este espacio cronológico iba de 6.310 años (estimación excepcional) a 3.760 años. Mercator llegaba a 3.982, Jansenio a 3.970, Belarmino a 3.984. A pesar de estos pequeños desacuerdos, nadie hubiera imaginado una cronología tan extensa como la que se nos ha vuelto familiar a nosotros. Al contrario, se encerraba la historia de la tierra en una duración corta y, si se tenía en cuenta el tiempo ya transcurrido, no se le podía garantizar a la humanidad en adelante un número considerable de años por venir. Cristóbal Colón razonaba así en 1501:

De la creación del mundo o de Adán fasta el avenimiento de Nuestro Señor Jhesucristo son cinco mili e tresientos y cuarenta e tres años y tresientos y diez e ocho días, por la cuenta del rey don Alonso708, la cual se tiene por la más cierta... Con los cuales poniendo mili y quingentos y uno

inperfeto, son por todos seis mili ochocientos cuarenta e cinco inperfetos. Segund esta cuenta no falta salvo gíento e cincuenta y cinco años para conplimiento de siete mili, en los cuales dise arriba por las abtoridades dichas que avrá de fenecer el mundo.

Y así, otros tantos razonamientos y cálculos, otras tantas evaluaciones diferentes, pero todas ellas poco generosas, del tiempo que quedaba por transcurrir antes de la entrada en el millenium o antes del fin del mundo. Nicolás de Cusa, en el siglo XV, predice éste para el trigésimo cuarto jubileo después de Jesucristo, por tanto, para 1700. Lutero, como se ha visto, vacila, pero

dentro de un horizonte cronológico muy estrecho: su generación o la siguiente verán el cumplimiento de las Escrituras. O bien, si Dios lo permite, ¿tendrá todavía la humanidad cien años por delante de ella? No pasa de ahí709. Viret, a su vez, aporta una cuantificación preñada de

amenazas:

El siglo, escribe, ha perdido su juventud y el tiempo declina hacia la vejez. El siglo ha sido dividido en doce partes, y las diez partes con la mitad de la décima parte (hay que leer: la undécima) han pasado. Y no queda otra cosa que lo que hay después de la mitad de la décima parte (quiere decir la undécima) 710.

Hablando claro, este cálculo significa que las 21/24 partes del tiempo asignado a la humanidad ya han pasado. Con mayor nitidez, su contemporáneo, el canónigo de Langres, R. Roussat, que escribe en 1548, evalúa en 243 años el margen que separa "la fecha de la compilación de este presente tratado" de la "futura renovación de este mundo, o de grandes alteraciones, o de su aniquilación" 711. Con toda lógica, invita "a los señores edificadores de

palacios, torres, castillos y otros singulares y poderosos edificios" a tener en cuenta semejante cálculo: ¿para qué, a partir de entonces, elevar edificios que, en tiempos normales, habrían desafiado los siglos, pero que no resistirían al cataclismo final ya cercano? Para la humanidad, la estación de construir ha pasado. Ha llegado la del arrepentimiento.

He aquí, entre otras que podrían citarse todavía, una previsión en cifras ofrecida en 1609 por el señor de Penieres-Varin. Su obra, Advertencia a todos los cristianos sobre el grande y espantoso advenimiento del Anticristo y fin del mundo, está dedicada al cardenal de Joyeuse, arzobispo de Rouen, primado de Normandía y par de Francia, y se publicó con las mejores autorizaciones eclesiásticas. Como muchos sutiles calculadores de su tiempo asegura que el diluvio ha tenido lugar en el año 1565 después de la creación del mundo. Por tanto, el principio del reino del Anticristo ("ese miserable reino que cubrirá la tierra con un mar de dolores y de desolaciones") comenzará en 1656 después de Jesucristo. Pero su nacimiento se situará a partir de 1626, porque existe una simetría necesaria entre la vida de Jesús y la de su enemigo. También por esta razón, su imperio se desmoronará en 1660; el fin del mundo propiamente dicho llegará, evidentemente, en 1666, puesto que la cifra 666 se menciona expresamente en el Apocalipsis712.

Se ha dicho anteriormente, de acuerdo con E. Labrouse 713, el espanto que provocó en Europa

el eclipse de sol de 1654, espanto que se explica precisamente por la importancia concedida a la fecha de 1656, en especial por los teólogos y pronosticadores protestantes. En efecto, a este lado de la barrera confesional era la Biblia hebraica la que se consideraba como canónica para el Antiguo Testamento. Ahora bien, ésta sitúa el diluvio en el año 1656 de la creación, mientras que se encuentra situado en el año 2242 o 2262 si se adopta la cronología de los Setenta 714. En los

países y en los medios que habían optado por la Reforma fueron numerosos los opúsculos y los sermones que anunciaron para 1656 el diluvio de fuego que iba a consumir la tierra. Los dos eclipses, de 1652 y 1654, acumulando sus efectos, no podían dejar de producir un resultado parejamente aterrorizador. Pero la espera angustiada de esta inminente catástrofe cruzó las fronteras religiosas y políticas y, en un país como Francia, alcanzó también a los medios católicos. En pleno siglo XVIII seguían vivas, por tanto, en Europa la preocupación del Anticristo y la espera del fin de los tiempos (o del paso al millenium). Para John Napier, el principal interés de los logaritmos, cuyo inventor había sido, consistía en facilitar los cálculos relativos al "número de la Bestia" indicado en el Apocalipsis IM. Según él, 1639 señalaba el principio de la disgregación del "imperio anticristiano" -la Iglesia romana- Los cincuenta o sesenta años siguientes verían los formidables acontecimientos de los últimos tiempos, situándose el día del Juicio final bien en 1688 (de acuerdo con el Apocalipsis) o bien en 1700 (según Daniel)715. Semejantes cálculos eran

corrientes en Ingla- térra y la América inglesa antes de 1660. El pastor Thomas Parker anunció el fin del mundo para 1649, el presbiteriano realista Ed. Hall para 1650 ("o los doce meses siguientes"), Th. Brightman y T. Goodwin -dos teólogos que contribuyeron a popularizar al otro lado del canal de la Mancha las profecías de Daniel y del Apocalipsis- para 1690, 1695 o 1700716.

De este modo, no sólo las predicciones de Napier conocieron una amplia difusión en la Inglaterra de la época, sino que también hubo otras personas eminentes que se interesaron entonces en los plazos escatológicos. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, William Waller, futuro general de los

ejércitos del Parlamento; John Pym, uno de los líderes de éste; Cromwell, naturalmente; John Liburne, el jefe de los "niveladores"; Gerard Winstanley, inspirador de la secta de los diggers (o "terrapleneros"); Henry Oldenbourg, secretario de la Royal Society, y el mismo gran Isaac Newton

717: lista no exhaustiva y, sin embargo, singularmente impresionante.