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MIEDOS MÁS PRECISOS

MIEDO Y SEDICIONES (I)

3. MIEDOS MÁS PRECISOS

El sentimiento de inseguridad, al menos en las formas que acabamos de describir, era frecuentemente vivido más que asumido con plena conciencia. En cambio, algunos miedos más precisos y que a veces no tenían nada de imaginario han preludiado a menudo las revueltas. Rebelándose en varias ocasiones contra los españoles desde el siglo XVI hasta el XVIII (y con mucha más frecuencia de lo que la historiografía oficial ha permitido adivinar durante mucho tiempo), los indios de México y Perú se sabían amenazados en su identidad más profunda por la cultura de los conquistadores y, sobre todo, por el bautismo, el catecismo y las liturgias de los misioneros europeos. De ahí las repetidas retiradas a zonas de montaña, sus repentinos ataques a las poblaciones de colonización y de cristianización, sus violencias durante las rebeliones contra los religiosos, contra las iglesias, contra las campanas, contra las imágenes cristianas, etc. En el Perú y el México del siglo XVI estas insurrecciones adoptaron a veces una coloración milenarista muy reveladora del choque entre dos culturas: en una primera época, el Dios de los cristianos había vencido a los dioses locales y los españoles a los indios. Pero "ahora el mundo daba la vuelta. Dios y los españoles serían vencidos esta vez, y todos los españoles serían muertos, sus ciudades engullidas y el mar iba a hincharse para ahogarlos y abolir su memoria" 499. Y en la

actualidad, en pleno siglo XX, en México tenemos una situación aparentemente inversa en la que el catolicismo es esta vez víctima de la persecución. En las zonas rurales del centro del país se ha reforzado, a finales del siglo XIX, mediante un renuevo de predicación y se ha convertido en la sustancia misma de la conciencia popular en el momento en que los anticlericales de las grandes ciudades -burócratas, burgueses y militares- quieren destruir el clero, la Iglesia y la fe. Sigue siendo un combate entre dos culturas. En los años 1920 un diputado, que expresa bien el radicalismo antirreligioso entonces en el poder, no teme afirmar que hay que penetrar en las familias, romper las estatuas y las imágenes de los santos, pulverizar los rosarios, quitar de las paredes los crucifijos, confiscar las novenas y otras mentiras, atrancar la puerta contra el cura, suprimir la libertad de asociación para que nadie vaya a las iglesias a acercarse a los curas, suprimir la libertad de prensa para impedir la publicidad clerical, destruir la libertad religiosa y, por último, en esta orgía de intolerancia satisfecha, proclamar un artículo único: en la república no habrá

garantías más que para los que piensan como nosotros".

De acuerdo con la lógica de un programa semejante, el presidente Calles (1924-1928) decide en 1926 el cierre de las iglesias y la expulsión de los sacerdotes. Durante cinco meses, los más celosos católicos mexicanos -esencialmente campesinos- tratan, a fuerza de penitencias y de oraciones, de obtener del cielo que ablande el corazón del nuevo faraón. Pero sigue endurecido. Entonces, amenazados con perder su alma, y a pesar de los consejos de prudencia de la jerarquía y del Vaticano, los cristeros se sublevan espontáneamente, luego se organizan y durante tres años tienen en jaque a las fuerzas gubernamentales.

Inevitablemente, los miedos legítimos que acabamos de evocar frente a unos peligros que desde luego eran completamente reales se vieron aumentados con espantos suscitados por la imaginación colectiva. En las poblaciones indígenas del Perú central, en los alrededores de 1560, se difundió el rumor de que los blancos habían ido a América para matar a los indios, cuya grasa empleaban como medicamento. Los indios rechazaban entonces todo contacto con los españoles y se negaban a servirles 500. Entre los tarahumaras de México, que se rebelaron varias

veces contra los ocupantes, sobre todo en 1697-1698, los brujos afirmaban que las campanas de las iglesias atraían las epidemias, que el bautismo contaminaba a los niños y que los misioneros eran magos 501. En cuanto a los cristeros, al principio de la atroz represión antirreligiosa pensaron

que el día del Juicio final había llegado y que no tenían que vérselas con "el ejército del gobierno, sino con el ejército del mismo Lucifer" 502.

Volviendo ahora a Europa y remontando el curso del tiempo, descubrimos fácilmente en el origen de ciertas sediciones otros miedos más fundados, pero también acompañados de una proliferación de lo imaginario. Durante varios siglos, las poblaciones de las pequeñas ciudades y del país llano temieron con motivo el ir y venir de los hombres de guerra, incluso si no eran oficialmente enemigos. En Francia, ese temor parece haber tomado cuerpo en la época de las grandes compañías y no declinó sino progresivamente a partir del momento en que Luis XIV y Louvois crearon cuarteles e impusieron al ejército la más estricta disciplina. Froissart, refiriendo los acontecimientos del año 1357, relata de la siguiente manera las fechorías de aquellos soldados- bandidos en Ile-de-France:

... (Ellos) conquistaban y robaban todos los días todo el país entre el río Loira y el río Sena; por lo cual nadie osaba ir de París a Vendóme, ni de París a Orleáns, ni de París a Montargies, ni ninguno del país se atrevía a quedarse; de este modo estaban todas las gentes del país llano en París o en Orleáns; y no quedó plaza, ciudad ni fortaleza que no estuviera muy bien guardada que no fuera completamente robada y saqueada... Y cabalgaban a través del país en tropeles de veinte, de treinta, de cuarenta y no encontraban quien les impidiese hacer todo aquel daño503.

Las grandes compañías también reinaron en el siglo XIV en Normandía, en el valle del Ródano y en Languedoc. En esta última región los bandidos se batían, bien por su propia cuenta, bien a sueldo de Jean d’Armagnac o del conde de Foix, entonces en guerra. En el curso de los años 1360-1380, la miseria fue horrible en los campos del Suroeste, recorridos constantemente por gentes de armas ávidas de botín. No había ya seguridad para los campesinos y los mercaderes no se atrevían a aventurarse por los caminos. Se vio, por tanto, a pobres gentes abandonar sus chozas: unos se refugiaron en las ciudades fuertes, otros se reagruparon en los bosques y se pusieron también a robar para vivir. Fue en los "Tuchins", cuyo nombre remite a touche (es decir, fracción de bosque), donde aquellos desgraciados buscaban asilo504. Su número y

sus fechorías fueron sobre todo importantes alrededor de 1380 en el alto y bajo Languedoc y en Auvergne.

Los testimonios sobre las calamidades provocadas por el paso y la estancia de los hombres de tropa son innumerables a lo largo de los siglos del Antiguo Régimen. En 1557 Milán envió a Felipe II un embajador que declaró al rey:

"Este Estado (el ducado de Milán) está en su mayor parte tan destruido y arruinado que ya numerosas tierras han sido abandonadas... Esta ruina procede de todo lo que pesa sobre el Estado: tanto los impuestos extraordinarios... como el alojamiento de los soldados. Éstos son tal carga para las poblaciones que es cosa increíble. Y ello tanto más cuanto que su comportamiento es despiadado y desmedido, lleno de crueldad y de codicia". De ahí "la exasperación de los

súbditos, incluso su extrema desesperación". De ahí "la calamidad y la destrucción de ciertas ciudades... como Alejandría, Tortona, Vigevano con sus territorios, y de la mayor parte de la región de Pavía, en particular la Lomellina, donde... numerosos habitantes, después de haber perdido lo que les permitía vivir, se han marchado y se han dispersado por otras regiones" 505.

En la segunda mitad del siglo XVI, las guerras de religión provocaron en Francia en repetidas ocasiones la llegada de soldados extranjeros: españoles, italianos y suizos del lado católico; suizos igualmente, ingleses y, sobre todo, alemanes del lado protestante. Estos últimos, que se vieron sucesivamente en 1562, 1567-1569 y 1576, dejaron un siniestro recuerdo. En 1576 Jean- Casimir, el hijo del Elector palatino, al no haber recibido después de la paz de Beaulieu las indemnizaciones prometidas por Enrique III, permitió a sus tropas cobrarse directamente sobre los habitantes. Tomaron por asalto aldeas que se resistían y cometieron excesos espantosos. Además, durante este largo período de luchas civiles, los soldados franceses de los dos campos se comportaron frecuentemente como bandidos. En 1578 los Estados del Languedoc, cierto que hostiles a los protestantes, estaban desolados por ver la tierra cubierta de sangre de pobres campesinos, pobres mujeres y niños pequeños; la ciudad y las casas de los campos desiertas, arruinadas y, en su mayoría, quemadas, y todo esto después del edicto de pacificación (de 1576)... Todo esto no por los tártaros, por los turcos ni por los moscovitas, sino por aquellos que han nacido y se han alimentado en el citado país y que hacen profesión de la religión que se dice reformada...506.

La guerra de los Treinta Años reavivó en una gran parte de Europa el temor al paso y al alojamiento de las gentes de guerra:

En las Aventuras de Simplicissimus, novela escrita por un testigo de la guerra de los Treinta Años, un soldado declara: "El diablo se lleva a todo el que se abandona a la piedad; al diablo quien no mate despiadadamente al campesino, quien busque en la guerra otra cosa que su provecho personal."

El héroe de Simplicissimus cuenta cómo su aldea fue saqueada por una tropa de soldados y sus habitantes torturados: "Se pusieron entonces a retirar de la tuerca de las pistolas las piedras de chispa, pero para sustituirlas por dedos de campesinos y torturar a los pobres desgraciados, como si se tratara de quemar brujas. Por lo demás, los soldados ya habían arrojado al horno a uno de los campesinos hechos prisioneros y se dedicaban a calentarlo, aunque todavía no hubiera confesado nada. A otro le habían atado alrededor de su cabeza una cuerda que apretaban con un garrote, y a cada vuelta la sangre brotaba por la boca, la nariz y los oídos..." 507

¿El relato de Grimmelshausen es exagerado? Desde luego, circularon rumores aterrorizadores que agravaban más aún una realidad ya siniestra. Además, la jactancia y las amenazas de los soldados contribuyeron, sin duda, a acreditar la historia de los niños puestos en el espetón, que reapareció en el momento de la revuelta del papel timbrado en Bretaña508. Pero -

unos pocos testimonios entre otros muchos- documentos emanados del parlamento de Bordeaux prueban que, en 1649, algunos campesinos de Barsac y de Macau fueron expuestos al fuego509.

Y.-M. Bercé, que ha investigado con minucia las fechorías de los hombres de guerra en el Suroeste francés durante el siglo XVII, es tajante: vivían a costa de las poblaciones. Violaban a las mujeres. Extorsionaban a los habitantes mediante el terror hasta lograr de ellos la confesión del escondite de su dinero, maniatando a los hombres, arrancándoles la barba, empujándoles al fuego de la chimenea, atándolos a una viga para golpearles. Saqueaban las casas en que no encontraban dinero suficiente, reventaban las barricas, hacían estragos en los animales domésticos, acababan con las aves de corral. Al dejar un alojamiento se llevaban muebles y ropas, vajillas y mantas510. Y los oficiales no hacían nada para detener los saqueos, que eran el mejor

señuelo para la recluta.

Las mismas violencias se producen en el norte de Francia cuando los mercenarios de Rosen, reclutados por Mazarino, fueron enviados contra los españoles después de 1648. Los habitantes de las regiones de Guisa, Bapaume, y Saint-Quentin hubieron de refugiarse en los bosques, armados de horcas y de hoces, para formar "maquis". San Vicente Paúl se quejó en vano a Mazarino de las exacciones de Rosen. Los mismos excesos se producen también durante la Fronda alrededor de París: mujeres violadas, campesinos asesinados, iglesias saqueadas, vasos

sagrados robados, trigos cortados antes de madurar para alimentar a los caballos, viñedos arrancados, rebaños desaparecidos. Triste crónica que podemos reconstruir gracias a las Relationes charitables que inspiraron en la época los devotos de la capital.

La reputación de los soldados era tal que, al anuncio de su llegada para un acantonamiento, las poblaciones se ponían frecuentemente en estado de alerta. Desobedeciendo las órdenes reales, podían rebelarse. Y.-M. Bercé ha estudiado 42 de estos motines en la Aquitania de los años 1590-1715. Cuando se tenían noticias de la proximidad de los hombres de guerra en muchas parroquias se tocaba a rebato, y al mismo tiempo que se interrumpían los trabajos de los campos y los mercados, se apostaban centinelas en las encrucijadas. Las poblaciones sencillas formaban barricadas de toneles y carretas. En el peor de los casos, los campesinos se atrincheraban en la iglesia, último refugio de la comunidad rural. Las ciudades dotadas de murallas cerraban sus puertas, organizaban rondas sobre las murallas, desde las que se disparaban arcabuces contra las tropas que se acercaban. A veces, incluso, organizaban expediciones de disuasión contra compañías que estaban todavía a cierta distancia de la ciudad. Eso hicieron Montmorillon y Périgueux en 1636, Mur-de-Barrez en 1651 511. Y.-M. Bercé observa que esos

motines ocurrieron en 1638-1640 y en 1649 y 1653, es decir, en lo más recio de la guerra de los Treinta Años y durante la Fronda, períodos de gran inseguridad, que vieron reaparecer las viejas formas de autodefensa local apoyada por toda la comunidad 512. Además, se producían sobre todo

a finales del otoño, cuando los hombres de armas iban a preparar sus cuarteles de invierno, y en primavera, cuando volvían a partir camino de las fronteras 513.

El temor al paso de las gentes de guerra se unía a otro más general: el temor a todas las categorías de vagabundos, frecuentemente asimilados a delincuentes. Pronto volveremos a hablar del miedo a los mendigos. Pero observemos desde ahora que durante muchos siglos los europeos tuvieron buenas razones para asociar mentalmente soldados y vagabundos. Había gentes sin hogar que encontraban una solución provisional a su miseria aceptando los ofrecimientos de los reclutadores. A veces se los enrolaba también a la fuerza. Y a la inversa, soldados desmovilizados formaban frecuentemente tropas de gentes fuera de la ley que se entregaban al saqueo para subsistir; así, en Italia después de 1559514; así, en el Franco Condado

en 1636-1643; los desechos de un ejército imperial en retirada se habían fragmentado en pequeñas partidas de bandidos515. Si la guerra volvía a empezar, el bandidismo podía

adormecerse momentáneamente en tal o cual región, por haberse convertido otra vez los bandidos en soldados y haber salido en dirección a las fronteras: cosa que ocurrió en Italia en 1593, debido a la reanudación de las hostilidades entre los turcos y los Habsburgo516. Por otros

motivos existían también múltiples comunicaciones entre los ejércitos y los grupos de vagabundos; numerosos rouleurs o billardeurs desertaban una vez cobrada la prima, lo cual no obstaba para que se reenganchasen periódicamente517. Además, los ejércitos arrastraban consigo

hijos de militares, antiguos soldados, fugitivos, asesinos, sacerdotes que habían roto con la Iglesia y mujeres alegres 518. Finalmente, en la Rusia del siglo XVII, en la Francia de Luis XIV, en el Portugal

de los siglos XVIII y XIX, los habitantes de los campos, huyendo de la conscripción, se convirtieron en vagabundos forzados a robar para vivir519. De este modo, el Antiguo Régimen segregó entre, los

siglos XIV y XVIII un universo marginal de soldados-bandidos cuya siniestra reputación seguía todavía viva cuando estalló el Gran Miedo de 1789 y cuando la mayor parte de Francia se puso en estado de alerta para echarse sobre los fantasmas.