turismo en la primera mitad del siglo
3.2. La economía entre 1916-
El comienzo de la Primera Guerra Mundial causó el rompimiento de un orden económico que se había instaurado desde las últimas décadas del siglo pasado: el modelo agro-exportador. Esta paralización económica mundial provocó un cambio en el proceso productivo, ya que los países intervinientes en el conflicto bélico, eran los principales importadores de la materia prima producida en el país (Basky y Gelman, 2001).
La antesala a esta situación, se vio marcada por la quita de las inversiones en latinoamérica por parte de Gran Bretaña, por efecto de la guerra de los Balcanes, combinada con la peor cosecha de la historia argentina hasta el momento, sucedida en 1913-1914, que obligó al gobierno a suspender la convertibilidad en el mes de agosto de 1914, para evitar la falta de liquidez. Esta circunstancia nos indica que el país ya venía atravesando una crisis, antes de que se desatara la guerra.
Dentro de las principales consecuencias a nivel internacional, podemos mencionar la desestabilización del sistema monetario, se estrechan los mercados para los productores de materias primas, y se desmorona el poder hegemónico del que
gozaba, hasta aquel entonces Gran Bretaña por su propia economía importadora, dando impulso a Estados Unidos como el nuevo centro de finanzas y créditos. Este nuevo surgimiento de Estados Unidos en el panorama mundial, pudo darse de esta manera porque norteamérica contó con la ventaja de no haber sido epicentro bélico.
En este nuevo panorama global, Argentina se vio obligada a reestructurar su sistema económico, cuyo eje central de comercialización era Gran Bretaña, bajo la premisa del modelo agroexportador, en contraprestación de inversiones de capital de dicho país, especialmente en infraestructura de transporte. Esto además fue necesario a partir de diversas fisuras que se visualizaron claramente, como el límite de la expansión horizontal de la agricultura, la reorientación del comercio exterior, el detrimento de las inversiones británicas, combinado con el aumento de las norteamericanas. En este período también se destacan la creciente relevancia del oro negro respecto del carbón, y el consecuente desarrollo de caminos y de los automotores, con su posterior industria en formación, con la merma del emblema británico en nuestro país: el ferrocarril (Palacio, 2000).
Si bien son muchas las opiniones con respecto a la realidad vivida durante el inicio de la guerra, la argentina no fue el país que mayores beneficios obtuvo durante esta época, ya que por un lado la industria de la transformación de materias primas nacionales, como alimento, indumentaria y talleres de reparación de máquinas y herramientas, crecieron considerablemente, otros como el sector metalúrgico, estratégico para el crecimiento interno, se vieron más afectados, porque dependía de materia prima importada. En consecuencia, se paraliza la obra pública y el empleo público, generando una caída del salario real, el aumento de los precios de los artículos de consumo y grandes niveles de desocupación. El camino que encontró el gobierno para subsanar esta realidad, fue a través del inicio de la dependencia crediticia con Estados Unidos (Regalsky, 2011).
Una vez entrados en la década del ‘20 y la finalización de la guerra, Argentina vive un período de recuperación, con el retorno de las inversiones, la recuperación de
los precios, reactivación del comercio exterior y las arcas públicas se estabilizan. Paralelamente se vive el rompimiento del bilateralismo comercial con Gran Bretaña, que significó el quiebre de la estructura tradicional de especialización en el sector primario con una limitada industrialización. El comercio con Estados Unidos se mantuvo estable, lo que permitió el abastecimiento de la industria a partir de la inversión de capitales privados extranjeros, lo que hace crecer ese sector nacional y peligrar el comercio de manufacturas con Gran Bretaña (Diaz Alejandro, 1975).
Se asistió el crecimiento gradual y sostenido del sector industrial durante esta década. Se registró un alto nivel de importación de maquinarias y equipos industriales, la incorporación del motor a explosión, que termina de modificar las técnicas de productividad, a la vez que se consolida el sistema del petróleo para reemplazar al carbón. Los sectores que registraron mayor crecimiento fueron los frigoríficos, automotores, petrolero, construcción, electricidad y teléfonos. Aún así, el funcionamiento de la industria nacional seguía dependiendo del comercio exterior, debido a que los insumos que se utilizaban eran en gran parte importados, por lo que la estabilidad económica seguía subordinada al capital extranjero (Regalsky, 2011).
La industria en sus inicios tuvo un desarrollo acotado asociado con la producción de bienes para el mercado interno y luego, a raíz de la disminución del comercio durante la guerra se vio favorecido el desarrollo de algunas industrias que sustituían importaciones. Hacia finales de la década de 1920, se convirtió en un sector importante para la economía: se radicaron en la Argentina varias grandes empresas extranjeras, entre las que se destacaron las norteamericanas (Barbero y Rocchi, 2002).
En octubre de 1929 los primeros indicios de la crisis que conducirían finalmente a la caída de wall street se comenzaron a sentir en nuestro país. Los fondos fiscales menguaron, el gasto del estado disminuyó produciendo como consecuencia una baja en los sueldos y un proceso inflacionario. Según la Unión Industrial Argentina,
hacia 1933 la industria utilizaba el 43% de la mano de obra ocupada. Dicha tendencia creció desde mediados de la década de 1930. A pesar de estas circunstancias, cuando se produce la crisis de 1929 y el golpe de Estado, la economía seguía centrada en la producción primaria para el mercado externo en un esquema de relación comercial triangular que incluía a la Argentina junto con Inglaterra y Estados Unidos. Así con la caída de la bolsa de Nueva York en 1929, deviene una gran depresión que trae aparejado la necesidad de un cambio rotundo en la orientación económica que tenía Argentina hasta aquel entonces: la exportación hacia el mercado internacional dejó de ser el gran impulso de crecimiento del país que caracterizó al período anterior.
A nivel internacional se observó la disminución del comercio mundial y la retracción de la inversión de capital fuera de las fronteras de cada país, se abandona el patrón oro en búsqueda de acuerdos bilaterales, superando el comercio abierto-multilateral propio de la etapa anterior. Para el caso de Argentina, la caída de los valores de la carne y el cereal de exportación, provocó una gran dificultad para la obtención de divisas con las que se afrontaba el pago de las importaciones y el pago de la deuda externa. Esto desencadenó en graves problemas de financiamiento del Estado, ya que gran parte de sus ingresos provenían de los gravámenes del comercio exterior. A nivel social, la consecuencia más evidente fue la desocupación (Rocchi, 2011).
Los gobiernos de la década del ‘30 tomaron diversas medidas tendientes a afrontar la situación hostil que se vivía, entre las que se pueden mencionar la búsqueda de financiamiento, especialmente interno, la creación del Banco Central de la Nación, el mantenimiento de la inconvertibilidad monetaria, la disminución de las importaciones, el apoyo y regulación a la producción agropecuaria, como así también salvaguardar las relaciones comerciales con Gran Bretaña. Ejemplo de este último punto es el tratado Roca-Runciman7 en 1933, que se basaba
7 Sólo llegó a la aprobación de la Cámara de Diputados durante el segundo mandato de Yrigoyen,
firmado por él también. No alcanzó a contar con la aprobación del Senado por el advenimiento del Golpe de Estado, aunque terminó siendo dispuesto en 1933 durante el gobierno de facto.
principalmente, en asegurar determinados niveles de exportación de carne hacia Inglaterra bajo una tarifa congelada y la reducción de gravámenes para los productos importados de dicho país, a cambio la Argentina se comprometía a comprar en el mercado inglés los insumos necesarios para continuar los ferrocarriles del Estado durante tres años. El principal, por no decir único, beneficio que obtenía nuestro país de este tratado comercial, es la obtención de libras esterlinas a partir del acceso al mercado británico, que le permitiría equilibrar su balanza de pagos. En 1936 vuelve a extenderse dicho tratado bajo el nombre de Eden-Malbrán (Korol, 2001).
Encaminados hacia la autarquía, los ingresos del Tesoro Nacional no podían seguir dependiendo exclusivamente de los recursos externos, producto de derechos a la importación y exportación y de la venta y locación de tierras de propiedad nacional. Durante el gobierno de Uriburu las medidas tomadas como respuesta a la crisis estaban orientadas a equilibrar el presupuesto del Estado: se disminuyen gastos en salarios de empleados públicos y en obra pública, se intenta incrementar los ingresos a partir de diversos impuestos internos y el aumento de los aranceles a las importaciones. Por otro lado, el problema más serio era el mantenimiento del pago de la deuda pública, compuesta por la deuda flotante y la deuda externa, esta última en su mayoría en libras.
En 1933, con Pinedo a cargo del Ministerio de Hacienda durante el gobierno de Agustín P. Justo, existió una continuidad en las medidas tomadas por parte del gobierno, con el fin de mantener una estabilidad económica y recaudatoria. Entre los más representativos podemos mencionar la creación del Banco Central en 1935, la devaluación de la moneda y los impuestos internos a los réditos y a las ventas constituyeron los gravámenes federales, precursores del nuevo régimen de rentas anticonstitucional que adoptó la Argentina desde esa época. Se establece una mayor intervención del Estado en el comercio exterior a partir de un control de cambio y en el sostenimiento de los precios y en la regulación de la producción de dicho sector (Belini, 2012).
encargara de regular un sistema crediticio, actividades comerciales y el circulante, concentrar las reservas y mitigar las fluctuaciones de capital extranjero sobre la moneda nacional, producto por las exportaciones e inversiones y promoción de la liquidez, entre otros. Estas medidas mostraban una continuación en la reestructuración de la deuda pública, que se sostenía en el cambio de bonos a corto plazo por otros bonos de un pago anual menor, pero que se prolongaban en el tiempo, lo que permitía disminuir los costos anuales que le representaban al Estado.
La mejor herramienta con la que contaba el Estado era el sistema de control de cambio, que le permitía disponer quienes tendrían acceso a las divisas más baratas del mercado oficial, y beneficiarse de la actividad comercial de las empresas extranjeras. Pero este sistema acarreaba la creación de un Mercado Oficial que regulara el precio de venta y compra de moneda extranjera, y que además, estableciera un precio sostén para los productos agropecuarios (maíz, trigo y lino). A esto también se sumó la creación de diversas juntas reguladoras de diversos sectores (agrícola-ganadera, granos, carnes, vinos, leche, etc), y tenían como fin proteger la producción agrícola, a la vez que se combinaban al convenio con Inglaterra para asegurar el mercado de carnes (Girbal, 2002).
El gobierno logra una mejora sustancial en las cuentas públicas con estas medidas, y se consigue la repatriación (en peso) de parte de la deuda. Situación que desmejora que 1937 con la devaluación del peso y la ampliación del crédito, a lo que también se suma la alerta por los efectos de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Además emerge con claridad en un clima de corrupción y descrédito que envuelve al gobierno, tras la denuncia de evasión que realiza Lisandro de la Torre hacia un frigorífico, y el posterior asesinato de Enzo Bordabehere en el mismo senado de la Nación.
Aunque los efectos de la guerra no fueron tan adversos como los que se esperaban, la economía creció hacia finales del conflicto, ya no basado en las exportaciones, sino en el desarrollo de la industria. Si bien el desarrollo de la
misma en la Argentina creció bajo el auge de una economía agroexportadora, desde finales del siglo XIX se había desarrollado una industria ligada a la elaboración de productos y derivados de la producción agropecuaria, con el fin de ser exportados, como es el caso de los frigoríficos y los molinos harineros. Paralelamente durante este período de crecimiento económico impulsado por las exportaciones, se desarrolló un mercado interno que animó a diversas industrias, a satisfacerlo (Korol, 2001).
De esta manera, el impedimento de importar los productos, que habitualmente adquiría la Argentina por el conflicto bélico a nivel mundial, permitió que se reforzaran las medidas tendientes a reducir las importaciones durante los años ´30, lo que favoreció el desarrollo de la industria nacional, período caracterizado bajo la premisa “sustitución de importaciones”.
Con la culminación de la segunda Guerra Mundial en 1945, se vislumbran grandes dificultades para mantener el orden económico en un ambiente de posguerra. Se vive la ampliación de los roles del Estado a nivel mundial, políticas de nacionalización, a la vez que se extendía el socialismo de estado en el oriente europeo y prácticas de regulación pública en los Estados Unidos. Los conflictos bélicos y las posteriores depresiones, generaron un clima de solidaridad, y a su vez un vuelco en la visión de que el desempleo y la pobreza eran problemas políticos que se resolverían con mayor intervención estatal. Este era el panorama que se observaba a nivel mundial y que sería tomado en cuenta por Juan D. Perón al momento de hacerse cargo de la presidencia del país, tras las elecciones de febrero de 1946 (Belini, 2012).
Para este momento, Argentina vivía un proceso de industrialización que venía acumulándose desde hacía tiempo. Desde 1880 de la mano del imperio inglés, con actividades industriales que giraban en torno al ferrocarril y la elaboración de alimentos, pasando por el primer y efímero impulso de sustitución de importaciones durante la Primera Guerra Mundial. Ello se incrementara durante la década del ´20 con el flujo masivo de inversiones norteamericanas que aceleró la
gama de la producción nacional, y que siguió creciendo y diversificándose con el cambio de régimen macroeconómico tras la depresión del ´30.
La Segunda postguerra traía aparejada una dinámica distinta a las anteriores crisis: sobraban las divisas y faltaban bienes, en especial los indispensables para la maquinaria de la producción industrial, que no se canalizaba a través de importaciones. Por su parte los dirigentes no estaban tan aferrados a las bondades indiscutibles del bilateralismo comercial que caracterizó a las décadas anteriores, lo que dió como resultado un proceso de industrialización pujante, con el fin de sustituir las importaciones, lo que trajo aparejado el crecimiento del empleo (Gerchunoff y Antúnez, 2002).
Esta última puede considerarse una pieza fundamental de la política económica del peronismo, que no fue distintiva de los años iniciales (época dorada que va desde 1946 a 1948), como sí lo fueron la persecución del pleno empleo, el aumento de los salarios reales y el cambio profundo en la distribución. Esto pudo darse gracias al legado de una estructura productiva profundamente modificada por la expansión de la manufactura, y que se benefició por políticas de industrialización aranceladas. A ello debemos sumarle un esquema de comercio internacional básicamente cerrado, con la nacionalización de los servicios públicos como así también de algunas manufacturas y la consolidación de políticas sociales. Estos elementos fueron fundamentales para la multiplicación del poder de compra de los sectores más bajos, también la clase media accedió a nuevos bienes, lo que implicó un salto en la calidad del estilo de vida de la población (Belini, 2012).
Para ello se necesitaba consolidar una demanda interna que hiciera una suerte de motor de un período de crecimiento económico y cuyo punto de partida sería la expansión del consumo, y el gobierno contaba con dos herramientas fundamentales: una cantidad abundante de reservas internacionales en oro y divisas que se habían acumulado entre 1940 y 1948, y el IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) con poder autónomo y multifacético dentro del
aparato estatal que se encargaba de diversas actividades como la venta de artículos argentinos a países europeos, importación de otros, subsidió productos de consumo masivo, participó en la adquisición de los ferrocarriles, otorgó créditos a empresas públicas y ministerios para alentar las inversiones previstas en el Primer Plan Quinquenal, pero su rol fundamental para aumentar los salarios reales, fue la centralización del comercio exterior. Esta dinámica se vio favorecida también con las políticas de control de precios, la institución del aguinaldo, la ley de alquileres, la política monetaria y crediticia, palanca fundamental para el sostén de la industria (Girbal Blacha, Zarrilli y Balza, 2001).
La política que llevaba a cabo el peronismo se benefició por una serie de hechos: los salarios reales aumentaron, la distribución era más igualitaria, la demanda del dinero aumentó, y como consecuencia las presiones inflacionarias se mantienen moderadas. La transformación del Estado debía concretarse a partir de la mantención y extensión de la plataforma de la industrialización, y para ello debía coordinar voluntades, crear nuevas instituciones, estatizar los servicios públicos, realizar inversiones y preparar las fuerzas armadas, acciones todas contempladas en el Primer Plan Quinquenal (1947-1951). Durante este período se estatizaron puertos y elevadores, los ferrocarriles, los servicios telefónicos, las usinas eléctricas, empresas de gas, plantas de servicios sanitarios entre otros, lo que da surgimiento a nuevas empresas estatales que impulsaron la inversión pública (Girbal Blacha, Zarrilli y Balza, 2001).
Como marcábamos más arriba en 1949, en un contexto de vacilación económica, se produce la reforma de la Constitución, que incluyó los derechos del trabajador, ancianidad, educación y “función social”. Para seguir garantizando la expansión productiva y la justicia social debía cumplirse con dos aspectos fundamentales: la perdurabilidad de los beneficios de intercambio del comercio exterior y mantener controlada la inflación. Pero el contexto no ayudaría, con la implementación del Plan Marshall en Estados Unidos, la crisis que atravesaba Berlín y la guerra en Corea, sumada a la fuerte sequía que atravesó el país durante ‘49-’50, hizo que se produjera una caída en los precios, reducción de los volúmenes de producción y
en la exportación agropecuaria, una drástica reducción de las divisas que obligó a restringir todavía más las importaciones, afectando la producción industrial (Gerchunoff y Antúnez, 2002).
Ante esta situación, el gobierno emprendió un vuelco de la economía para mantener la “revolución industrial”, entonces apostó al campo: el IAPI se limitó a la comercialización de las cosechas, comprando a precios mayores de lo que lo vendía en el mercado internacional para mantener las cotizaciones. Así, entre 1949-1952 se reasignó el crédito del sistema financiero nacionalizado al sector agrario, y por último proveyó al campo de bienes e insumos de capital, en especial para la adquisición de maquinaria agrícola. Ello permitiría incrementar la productividad y el volumen de producción.
Paralelamente la inflación era un problema que debía ser atendido, y para eso el gobierno implementó ciertas medidas para reducir el desequilibrio fiscal como fueron la aplicación de nuevos impuestos sobre los salarios y gravámenes a personas, corporaciones, y cargas indirectas sobre el consumo. Pero ello implicó el frenó al gasto público con la suspensión de obras y la cancelación de otras, presupuestos más austeros a las fuerzas armadas, así se logró desacelerar el sistema crediticio por la selectividad y condicionalidad (Belini, 2012).
Perón comenzó a abandonar sus ideas para poder aceptar que un poco de ahorro externo serviría para menguar la situación que se estaba viviendo y así amortizar el nivel de vida popular alcanzado. La prioridad era mantener la productividad de