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2. LA PSICOLOGÍA DE LA REHABILITACIÓN Y LA INTRODUCCIÓN

3.2. Aspectos conceptuales del afrontamiento

3.2.1. Evolución de los enfoques teóricos y del concepto

3.2.2.3. La eficacia del afrontamiento

La cuestión de la eficacia ha sido una preocupación constante en los estudios so- bre el afrontamiento, en un intento por identificar las estrategias más útiles para el manejo del estrés y las variables que influyen en dicha eficacia. Una revisión de la literatura disponible muestra cómo, en general, se suelen presentar algunas formas de afrontamiento como más eficaces que otras: el afrontamiento centrado en el pro- blema versus emoción, el afrontamiento activo frente al pasivo y el afrontamiento de aproximación frente a la evitación o la huida (Lazarus y Folkman, 1986; Aldwin, 1994a; Moos, 1995).

Sin embargo, estas afirmaciones genéricas no han encontrado consenso teórico ni apoyo empírico entre los autores, ya que la eficacia del afrontamiento no es una característica intrínseca del propio afrontamiento o de sus estrategias, sino que se construye en la interacción de la persona con el ambiente, presentando gran varia- bilidad en función de las diferencias individuales, la situación y el momento (Laza- rus y Folkman, 1986; Pelechano, 1992; Aldwin, 1994a; Snyder, 1999). Es decir, lo que es eficaz para una persona puede no serlo para otra; lo que es eficaz para afrontar una situación concreta no es generalizable a otras situaciones, y lo que re- sultó eficaz en un momento dado, puede no serlo ahora.

Se suele aceptar que las estrategias de afrontamiento son eficaces si contribuyen al bienestar fisiológico, psicológico y social de la persona. La eficacia de las estrate- gias de afrontamiento descansa en su habilidad para manejar y reducir el malestar inmediato, así como en sus efectos a largo plazo, en términos de bienestar psico- lógico y en el estado de salud (Snyder, 1999).

Para entender la eficacia del afrontamiento, hay que considerar un elemento im- portante en su delimitación conceptual, como es su multidimensionalidad. Cohen (1987) ha señalado que las estrategias de afrontamiento pueden tener efectos fisio- lógicos, psicológicos y sociales. Lipowski (1970), por su parte, propone un modelo

que reconoce cuatro dimensiones del afrontamiento, la emocional, la actitudinal, la conductual y la física. En esta línea, Watson y Kendall (1983) han señalado la conveniencia de realizar evaluaciones multidimensionales que incluyan respuestas conductuales y fisiológicas que permitan validar las inferencias sobre el afronta- miento basadas en los datos de autoinformes. Sin embargo, el desarrollo actual de los instrumentos de evaluación del afrontamiento pone de manifiesto que estamos muy lejos de poseer herramientas que incorporen esa evaluación multidimensional del afrontamiento y que la mayoría de los instrumentos validados empíricamente abarcan únicamente la evaluación de los componentes cognitivos y conductuales de dicha variable.

La bibliografía al uso muestra cómo los indicadores de la eficacia del afrontamien- to más utilizados han sido el bienestar psicológico y los estados emocionales de an- siedad y depresión. La depresión, el indicador de adaptación más frecuente en psi- cología de la rehabilitación, es también el más utilizado en el estudio del afronta- miento de la LM y estará presente en nuestra investigación.

Partiendo de la diferencia entre el afrontamiento y sus resultados, la bondad de una estrategia, su eficacia, idoneidad o naturaleza adaptativa, se valora por sus efectos en una situación determinada, a corto plazo o a largo plazo, en interacción con las variables individuales (Aldwin, 1994a; Snyder, 1999).

Así, en el área de la salud, hay evidencia que sugiere la importancia de las estrate- gias favorecedoras del control (Viney y Westbrook, 1981). De igual forma, las es- trategias centradas en la resolución de problemas y las estrategias cognitivas con alto componente de acción parecen ser de especial relevancia en el entorno reha- bilitador (Cox-Gedmark, 1980; Sinyor, Amato, Kaloupek, Becker et al., 1986; Mc- Nett, 1987), en la línea de los resultados encontrados en el afrontamiento de las en- fermedades crónicas (Viney y Westbrook, 1981; Felton et al., 1984). Por el contra- rio, el fatalismo, el escape y la evitación se relacionan con una mayor depresión y estrés percibido en las personas con discapacidad (Landreville, Dube, Lalande y Alain, 1994). Pelechano et al. (1993) encontraron que la búsqueda de información y el apego a la vida se relacionan con una mayor adaptación a la enfermedad cró- nica, mientras que la desesperación y el inconformismo van unidos a una mayor ansiedad.

Dada la naturaleza multicondicionada del afrontamiento, al valorar su eficacia hay que tener en cuenta factores como el área de actividad, en su doble faceta de ma- nejo de la ansiedad emocional y de la situación problema, el momento en el tiem- po, a corto y a largo plazo, y el contexto, que incluye las variables del entorno, así como la fuente de estrés y la duración del estresor (Cohen y Lazarus, 1979). A esta trilogía habría que añadir la importancia de la percepción subjetiva que tiene la persona de dicha eficacia (autoeficacia percibida), así como el significado personal de la acción y sus consecuencias.

La literatura sobre el estrés está llena de numerosos casos en los que una forma de afrontamiento puede tener una influencia positiva en los resultados de un área de funcionamiento de la conducta humana y, a la vez, una influencia negativa en otra (Katz, Weiner, Gallagher y Hellman, 1970; Gal y Lazarus, 1975). En el área de la salud existen ejemplos parecidos con estrategias como la negación (Hackett, Cas- sem y Wishnie, 1968; Croog, Shapiro y Levine, 1971; Cohen y Lazarus, 1973) o la expresión de emociones (Dudley, Verhey, Masuda, Martin et al., 1969; Layne y Yu- dofsky, 1971; Derogatis, Abeloff y Melisatoros, 1979).

De igual manera, unas estrategias útiles para manejar los problemas de salud pueden no serlo para manejar dificultades en el desempeño de la actividad laboral, en desa- venencias de pareja o en un proceso de negociación (Lazarus y Folkman, 1986). Así mismo, una respuesta asociada con el bienestar a corto plazo puede, en determi- nadas circunstancias, estar negativamente asociada con el bienestar cuando la situa- ción se prolonga (Aldwin y Revenson, 1987), o cuando se hace incompatible con los cambios que han tenido lugar en la misma (Menaghan, 1982). Así, Suls y Fletcher (1985) compararon la eficacia de las estrategias de evitación respecto a las centradas en el problema y concluyeron que el afrontamiento de evitación y centrado en la emoción parece ser más eficaz a corto plazo, mientras que las estrategias de aproxi- mación al problema están asociadas con un mejor efecto a largo plazo.

Todo ello nos lleva a pensar que las diferencias entre los resultados a corto y a lar- go plazo disminuyen la posibilidad de generalización de la eficacia de una estrate- gia de afrontamiento y resalta la importancia del momento de evaluación, variable que tiene gran importancia en el estudio de la LM como hemos señalado en otras ocasiones. Por ello, es importante tener en cuenta estos factores a la hora de inter- pretar los resultados dependiendo de si la valoración de la eficacia de dichas estra- tegias se realiza durante la fase aguda de la hospitalización o en la incorporación a la vida laboral y social, a medio o a largo plazo.

Entre los factores situacionales que influyen en la eficacia del afrontamiento están la fuente del estrés y la duración del estresor (Lazarus y Folkman, 1986). La situa- ción es distinta si hay una sola fuente de estrés o si existen múltiples focos estre- santes, como ocurre en el caso de la aparición de la LM, situación de naturaleza multiestresante. Así mismo, dependiendo de la duración del estresor, diferentes for- mas de afrontamiento pueden ser efectivas para manejar los estresores agudos o temporales, pero no los estresores crónicos o permanentes, aspectos importantes en nuestra población de estudio.

Según el modelo de parámetros de Pelechano (1992), existen estrategias que se en- cuentran muy consolidadas y son eficaces para unos problemas, pero no para otros. El tipo de problema, el grado de consolidación de la estrategia, su eficacia y el tipo de persona son factores decisivos a la hora de poder establecer tanto la es-

tructura como la dinámica funcional de las estrategias de afrontamiento que repre- sentan modos operativos ante problemas muy concretos. En este sentido, este autor propone la reorientación de las investigaciones y de la interpretación de los resul- tados alcanzados de manera específica con el fin de que los resultados puedan ser, de hecho, operativos. Las poblaciones sobre las que se apliquen estos instrumentos deberían encontrarse identificadas y corresponder a problemas reales, con lo que sería posible la elaboración de instrumentación específica.

De todo lo anteriormente expuesto se deduce la ausencia de conclusiones sobre la eficacia de las estrategias de afrontamiento que sean válidas para todas las perso- nas y en todas las situaciones y la conveniencia de estudiar su eficacia en las si- tuaciones específicas. Será necesario definir una taxonomía de estrategias de afron- tamiento y determinar cuáles funcionan en las diferentes situaciones y para qué su- jetos. En consecuencia, el estudio de la eficacia del afrontamiento tiene como requisito la construcción de instrumentos adecuados para las diferentes situaciones y el estudio de su relación con otras variables psicológicas, objetivos presentes en nuestro estudio de campo.

Según las argumentaciones anteriores, parece adecuado el estudio específico del afrontamiento en el entorno rehabilitador y el análisis individualizado de cada perso- na. Así mismo, el momento de evaluación, la situación, la fuente y la duración del es- tresor son factores importantes que se deben considerar al estudiar el afrontamiento de la LM. Por ejemplo, no es lo mismo el afrontamiento de la LM en la fase aguda de hospitalización que en la fase crónica, en el momento de la rehabilitación hospitala- ria que en de la vuelta a casa (momento de evaluación). También podemos valorar el afrontamiento de las relaciones interpersonales, de las barreras de accesibilidad o de las dificultades en el trabajo (situación), y pueden utilizarse diferentes estrategias para afrontar síntomas esporádicos o intermitentes como el dolor o las infecciones urina- rias, y secuelas crónicas como la falta de sensibilidad, la movilidad reducida o la pre- sencia de barreras arquitectónicas (duración del estresor).

Hasta aquí hemos hecho un recorrido por los enfoques teóricos y los aspectos con- ceptuales del afrontamiento, sus funciones, su clasificación y su eficacia. A continua- ción vamos a dedicar el siguiente apartado al estudio de las diferencias individuales encontradas en el afrontamiento y las explicaciones que se han dado de las mismas.