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POR EL EGOÍSMO A LA CRISIS

In document Nueva Esclavitud (página 73-82)

De cómo el insaciable egoísmo de los banqueros induce las crisis que caracterizan

el ciclo económico

E

s sabido que el dinero es un instrumento necesario, pero peligroso. En ello hay unanimidad de creencias, y como ejemplo baste resumir las citas siguientes, que reflejan el pensamiento de sus autores: «Con dinero todo se puede hacer [...]. No hay nada tan sagrado que el dinero no pueda violar; ni nada tan fuerte que el dinero no pueda expugnar» (Cicerón); «El secreto de las grandes fortunas sin causa aparente es un crimen olvidado porque ha sido efectuado con limpieza. La ley no castiga a los ladrones sino cuando roban mal; fijaos en esto bien» (Balzac); «Pronto supo los medios que había para tener dinero: uno, robar, no muy fácil, peligroso y sucio; otro, trabajar limpio, pero difícil y premioso; otro, el mejor, que es mitad y mitad, los negocios» (Benavente); «No hay hermano, ni pariente tan cercano, ni amigo tan de verdad, como el dinero en la mano, en cualquier necesidad» (Castillejo); «El dinero estará siempre mal distribuido, porque nadie piensa en la manera de distribuirlo, sino en la manera de quedárselo todo. El dinero es una perversión. Lo inventó el diablo y patentó el invento. Y Dios aún no ha inventado otra arma para luchar con éxito contra el dinero y vencerlo» (Clarasó); «Procúrate dinero; si puedes, procúratelo honradamente; si no, procúratelo de cualquier modo» (Horacio); «El gran daño del dinero es que sólo procura satisfacción cuando no hay que trabajar para ganarlo» (Huxley); «Sólo hay dos cosas que llenen: la vida y el dinero. El dinero es un sustitutivo de la vida. Las preocupaciones y las luchas son para ganar dinero. Aunque sea difícil ganar dinero, es mucho más difícil vivir. Y, por lo mismo, hemos llegado adonde estamos. La vida ha sido sustituida por la lucha por el dinero» (Lawrence); «Siempre el eterno dilema: Que para vivir por la bondad, la verdad y la belleza se ha de tener dinero, y para conquistar el dinero se ha de usar la maldad, la mentira y la fealdad» (Tagore); «El ídolo que reina en nuestros tiempos es el dinero, o, mejor dicho, la caricatura del dinero, que constituye la moneda de papel, este remedo de la riqueza. Esta ficción de la riqueza, el papel moneda, es el enemigo más disimulado pero el más

implacable de la humanidad, puesto que alimenta la multiplicación, el acrecentamiento y la satisfacción de todos los deseos; porque permite todos los despilfarros, todos los excesos, todos los engaños; porque hace ensañarse en la explotación del prójimo, en el robo, en los crímenes; porque tuerce el juicio, endurece el corazón y paraliza la conciencia» (Paul Carton); «Ciertamente hay cosas más importantes que el dinero, pero precisamente se necesita dinero para comprarlas» (Merimée); «Hay en general, sin que pueda remediarse, una presunción poco favorable contra los que manejan dinero» (Napoleón); «Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero» (Cervantes); «El dinero no representa más que una nueva forma de esclavitud, la esclavitud impersonal, que ha sustituido a la antigua esclavitud personal» (Tolstoi); «El perro que tiene dinero se dice: Señor perro» (proverbio árabe); «¡Dinero y crédito! Dos cosas raras. Se tiene necesidad de dinero especialmente cuando no se tiene crédito, y se tiene crédito cuando no se necesita dinero» (Shapir); «Pedir prestado no es mucho mejor que mendigar, así como prestar con usura no es gran cosa menos que robar» (Lessing).

Y si el dinero lo puede todo, más pueden aún quienes ostentan la concesión estatal que les permite crearlo sin esfuerzo: los banqueros. Tal

facultad, que utilizada responsablemente es germen de desarrollo, cuando se ejerce con otros fines, cuando se defrauda la confianza que la sociedad deposita en su Sistema Financiero, desencadena procesos de recesión económica, que acaban sumiéndola en el caos, la injusticia y la desesperación. El ciclo económico o la producción inestable de riqueza, se caracteriza por cambios bruscos de la actividad económica, que frecuente y periódicamente cambia su tendencia, pasándose con más o menos celeridad de períodos de mayor crecimiento a otros de menor actividad, sin una tendencia sostenida que permita a los agentes de la economía, que lo somos todos, interpretar el hecho económico como algo más o menos estable; y así sucede que la existencia real de esos ciclos viene a sumar riesgo e incertidumbre en aquella faceta de la vida que tanto afecta a todos: la economía.

Los economistas conocen bien el fenómeno, saben que la economía no es inmóvil, que a cada época de prosperidad ha seguido siempre otra de pánico o derrumbamiento, con menor producción y renta, en la que los precios y los beneficios disminuyen, con pérdida de empleo, y con un sinfín de desgracias y sufrimiento humano; saben que con el tiempo la situación toca fondo y comienza una recuperación, más o menos rápida, a la que sigue un nuevo auge, que acabará en otro episodio de depresión. Esto viene siendo así, el

naciones actualmente industrializadas reemplazaron sus modelos económicos, hasta entonces autosuficientes, por otros más complicados e interdependientes basados en la economía monetaria. Los economistas han invertido vanos esfuerzos para tratar de encontrar alguna base, algún principio general, que permitieran acotar y predecir las magnitudes del ciclo económico; pero sucede que no hay dos de ellos iguales, todo lo que se sabe es que el ciclo económico se compone de una sucesión de máximos y mínimos, que se producen como por volatería, contingentemente, entre los cuales aparecen intermitentes e inopinadas etapas de contracción y expansión, o, como antes se ha indicado, de derrumbamiento y auge; y así, nadie es capaz de predecir ni la medición de los dichos mínimos y máximos, ni la duración de cada episodio de contracción o expansión. Sin embargo, por lo que respecta al pasado, es sencillo medir las magnitudes del ciclo; y así la experiencia norteamericana a venido a determinar la existencia de ciclos largos, con duraciones entre 8 y 10 años, y ciclos cortos, que han durado entre 3 y 4 años; que el número de ciclos cortos es del orden del doble de sus homónimos largos; que el ciclo de la construcción experimenta un desarrollo temporal de 17 años; que cada segundo auge importante de la economía se corresponde aproximadamente con otro de la construcción; y que las depresiones que siguen a una caída de la construcción son especialmente profundas y largas, con recuperaciones muy lentas.

Son numerosas las explicaciones que pretenden darse acerca de cómo el ciclo económico se produce, pero ninguna ha sido suficiente para preverlo y evitarse sus graves consecuencias. Todo lo más que hacen es explicar el pasado, sin utilidad premonitoria. El ciclo económico se manifiesta azaroso

e ineluctable, su característica undante aparenta ser ínsita e inopinada.

Algunas de las teorías sobre el ciclo económico más difundidas son las siguientes:

La monetaria, del profesor Friedman, que atribuye la responsabilidad de la inflación y, por ende, del ciclo económico, a causas monetarias, fundamentalmente a la expansión y contracción del crédito bancario; la de

Schumpeter, que responsabiliza del ciclo a los inventos importantes, como

en sus tiempos lo fue el ferrocarril; la teoría psicológica de Pigou, que explica el ciclo económico como una especie de euforia y desencanto contagiosos de índole mental, una especie de delirio colectivo; la teoría de

Hayek, que asocia las crisis con períodos de excesiva inversión; la teoría de Jevons, que interpreta el ciclo atendiendo a la evolución de las manchas

solares y de las cosechas; la teoría política de Kalecki, que liga las recesiones con acciones políticas de lucha prolongada contra la inflación; y muchas más

que podrían citarse.

De todas las teorías descritas hay una que destaca sobre las demás: la

monetaria. Friedman asegura, y parecen existir pruebas objetivas de ello, que

«la inflación es un fenómeno monetario». Efectivamente, si lo que realmente tiene valor en todo orden económico son los bienes producidos, y si el dinero es sólo un instrumento de cambio, los precios de dichos bienes dependerán de la cantidad de dinero circulante, de forma que doble cantidad de dinero se traducirá en precios dobles. Es posible, no obstante, que, a pesar de las pruebas históricas y evidencia con que ciertamente se manifiesta verdadera la indicada proposición, existan además otros factores que se relacionen con la inflación, factores psicológicos, humanos o políticos, entre otros. Cabría formularse tal ley de otra forma menos exclusiva, sin perjuicio de su gran aportación; y así podría decirse que la inflación es un fenómeno

fundamentalmente monetario. Además, siendo la inflación el principal

factor que moviliza el episodio especulativo y éste compañero del ciclo económico, está plenamente justificado formular otra proposición con todas las posibilidades de veracidad: la causa fundamental de las oscilaciones que

caracterizan el ciclo económico es la cantidad de dinero que circula en el Sistema. Es, pues, la política monetaria la principal responsable de que el

ciclo económico se estabilice; y ésta es responsabilidad del Estado, que regula la emisión de moneda y controla el Sistema Financiero, y de la Banca, que dosifica el crédito. De ahí la importancia de que los banqueros actúen con la responsabilidad y lealtad debidas a la sociedad. Sus conductas fraudulentas,

controlando el crédito sólo para su provecho, son la principal causa de las recesiones económicas. Ya en 1920, John Maynard Keynes describió

perfectamente el riesgo de la perversión monetaria:

No hay ningún medio tan sutil y tan seguro para subvertir la sociedad por su base, como la adulteración de la moneda. Ese proceso pone en marcha, y de parte de la destrucción, todas las fuerzas ocultas de las leyes económicas, de tal manera que ni un solo hombre entre un millón sería capaz de diagnosticarla.

A continuación se concreta una nueva teoría que explica el ciclo económico como efecto del egoísmo de los banqueros, que se llamará la

Teoría de la cleptomanía. Se partirá de un determinado estado de cosas en

que los banqueros deciden prestar dinero hasta los límites técnicos que el negocio les permite. Recuérdese que todo banco crea dinero sin esfuerzo, simplemente prestándolo, aunque no exista previamente más que como creencia; y que además ese dinero, tan fácilmente producido, fruto de un privilegio legal concedido por el Estado, retribuye al banco un interés, que

paga el prestatario. Recuérdese igualmente que la estabilidad de estas instituciones depende de que no se superen los umbrales de emisión de crédito respecto a las posibilidades técnicas de atender las necesidades de efectivo de los clientes, según los límites establecidos legalmente para los distintos coeficientes. No es, por tanto, la generosidad de los banqueros lo que determina que no se otorguen infinitos préstamos; sino, una vez más, es el egoísmo lo que pone freno a su ilimitada ambición, asegurándose con tal control su permanencia en este suculento y truculento negocio, de rentabilidad como la de ningún otro, que de la nada lo produce todo sin ningún esfuerzo, porque todo se compra con dinero, y a ellos nos les cuesta ganarlo.

Cuando los banqueros prestan dinero las empresas lo tienen para invertir y los consumidores para comprar. Con ese dinero se adquieren bienes económicos, que satisfacen necesidades de inversión y de consumo, se crea empleo y aumenta el nivel de vida. En esta fase, que técnicamente se llama de expansión, los banqueros se ocupan intensamente en sus operaciones de

activo, y aseguran los créditos concedidos con la afectación de las oportunas

garantías aportadas por los prestatarios. La expansión del crédito inunda con dinero la economía y, con cierto retraso, los precios de los bienes reales aumentan; conque los compradores de los mismos deben ahora buscar más dinero para adquirirlos, y si recurren al crédito han de comprometer con las entidades financieras más y más bienes tangibles de su patrimonio, que cada vez les cuestan más dinero. Llegados al punto en que los banqueros ya no tienen capacidad técnica de crédito, porque peligraría su negocio, necesitan captar depósitos para aumentar su efectivo y poder seguir dando créditos; y así, se ocupan antes en la captación de pasivo que en sus actividades crediticias, produciendo un brusco descenso de la oferta monetaria que hace cada vez más complicada la captación de financiación; empiezan a manifestarse crisis empresariales, con pérdida de empleo y de la capacidad de compra de los sujetos económicos, y así comienza la recesión. Aparecen dificultades para restituirse los créditos y los banqueros ejecutan las garantías que correspondan. Las empresas y los particulares afectados se ven súbitamente empobrecidos, porque aquellos bienes que ellos han pagado caros, ahora les son expoliados legalmente; y cuando no, han de enajenarlos a precios muy inferiores a los de su adquisición, ya que la reducida masa monetaria del Sistema empuja a muchos a la conversión en liquidez de su patrimonio, y así se contribuye a que los precios bajen aún más. El empobrecimiento se expande mientras los banqueros siembran la nueva cosecha, que se producirá a su antojo, cuando ya consolidadas las garantías reales que han venido acumulando, como compensación de los impagados,

llegue la hora de enajenarlas convenientemente revalorizadas, y para ello no tienen más que volver a prestar dinero a quienes las adquieran, haciéndose efectiva la plusvalía del bien que tan barato consiguieron, y que abonará el nuevo prestatario, más los inevitables intereses; y ello con el dinero que tan fácilmente fabrican, sólo con su decisión de prestarlo. A partir de este momento se hace paulatinamente más simple conseguir créditos y la historia volverá a repetirse.

El episodio que acaba de esbozarse es el típico de la denominada euforia

financiera, que conduce finalmente a la depresión, y su agente causal no es

otro que el egoísmo de los banqueros, protegido por un Sistema que esconde el fraude, que engaña a todos, esclavizando a la mayoría.

A lo largo de la historia se han producido numerosos episodios de este tipo, algunos de los cuales merecen ser contados. El primero y más espectacular de ellos se produjo en Holanda, en la década de 1630. El medio de manipulación fueron los bulbos de tulipanes, de donde viene el nombre de

tulipamanía. De algún modo, que se ignora, se extendió la creencia en el

bulbo de tulipán como bien aceptado por todos, que, por su rareza, centró la atención del público y se convirtió en objeto de numerosas transacciones, que generaban beneficios; y esto indujo paulatinamente el aumento de la fiebre de la tulipamanía y, por ende, hinchó los precios de los bulbos. Todos querían participar de este nuevo maná. Se pedían créditos, incluso hipotecando propiedades, e invirtiéndose esos recursos en tulipanes. El hundimiento se produjo en 1637, cuando súbitamente comenzaron a realizarse ventas masivas de bulbos, los precios empiezan a caer y el pánico se apodera de la masa, cada vez son más los que venden, conque cada vez caen más los precios; y aquellos que se habían endeudado, comprando a precios altos, se ven rápidamente empobrecidos y reducidos a la miseria. Los años siguientes lo fueron de durísima depresión. ¿Quiénes ganaron con tan luctuosa experiencia? Los que casualmente entraron y salieron a tiempo de la onda especulativa; pero, sobre todo, los prestamistas, que se aprovecharon de la demanda de crédito y de las posteriores quiebras masivas de prestatarios. Y es que el dinero nunca pierde. Puede que este episodio especulativo se iniciara por algún hecho casual; mas el engaño generalizado posterior parece más bien dirigido. Los primeros en vender antes del hundimiento fueron los que se enriquecieron; pero ¿por qué lo decidieron al mismo tiempo?, ¿por casualidad? ¿Y también por casualidad se repite la misma historia en todos los casos similares? Es francamente improbable. Hay quien sale bien parado casualmente de estas experiencias, que son los menos; pero los de siempre, los que controlan el dinero urden tramas ocultas y aprovechan cualquier oportunidad que el público les ofrezca

para artificiosa, legal, astuta y vorazmente apropiarse de lo que las gentes sencillas han venido ahorrando esforzadamente; y, finalmente, después de todo, quedará la apariencia de que la avaricia popular, el delirio colectivo descontrolado, son las causas de experiencias tan tristes; los verdaderos responsables quedan impolutos y enriquecidos, preparándose para el nuevo asalto, cuando sus víctimas hayan conseguido rehacerse de nuevo.

Otro de los episodios clásicos es el protagonizado por el escocés John Law, que nació en 1671 y perteneció a una familia de prestamistas. Por resultar vencedor haciendo trampa en un duelo a estoque fue encarcelado por asesinato en 1694, más tarde huyó de la cárcel y llegó a Paris. En aquella época Francia estaba arruinada por las continuas guerras del recientemente fallecido Rey Sol, y se había generalizado la corrupción recaudadora. En 1716 Law obtuvo permiso para constituir un banco, que más tarde pasaría a llamarse Banque Royale. Su capital inicial fue de seis millones de libras. El banco tenía permiso para emitir billetes, que se utilizaban para financiar al Estado. Como es habitual en la historia bancaria, dichos billetes podían ser cambiados por moneda metálica, si así se quería. El público aceptó bien los billetes, así que para emitirse más de ellos bastaría con encontrar una garantía metálica que respaldara su emisión. Conque se recurrió a la Compañía del Mississippi, supuestamente encargada de la explotación de unos yacimientos de oro en el territorio norteamericano de Louisiana. Se ofrecieron al público acciones de la Compañía, que aún no había descubierto el oro, y la respuesta fue sensacional. La Banque Royale emitía billetes, con los que se hacían efectivos los pagos del Estado; el público adquiría acciones de la Compañía, en gran parte, con esos mismos billetes; y pronto el oro se hizo insuficiente para cubrir la promesa de emisión completa. De pronto, a muchas personas se les ocurrió que era mejor tener el oro que los billetes y reclamaron su efectivo, que la Banque Royale no pudo reintegrar, y los billetes fueron declarados no convertibles. De este modo, los ciudadanos quedaron empobrecidos de repente y hubieron de sufrir las travesuras del banquero Law.

Es clásico, por su parte, el episodio conocido con el nombre de la Burbuja

de los Mares del Sur, que se desarrolló a principios del siglo XVIII en Londres.

Inglaterra, que como Francia había participado en la guerra de sucesión española, tenía necesidades apremiantes de liquidez; y así el Estado recurrió a la Compañía de los Mares del Sur, constituida en 1711 por iniciativa del conde de Oxford, Robert Harley. En compensación al permiso de su constitución, la Compañía financió la deuda del Estado, percibiendo por ello un interés del 6 por ciento, reconociéndosele el derecho a emitir valores y a

gozar de la exclusiva de comerciar y traficar con los territorios de América que se consideraban pertenecientes al Reino de España, pasándose por alto tal detalle, confiándose en que de las negociaciones con la Corona española surgirían dichas concesiones; aunque tal posibilidad fuera bastante ímproba. Tras duras negociaciones España consintió a la Compañía un solo viaje anual, gravado con cierta participación en los beneficios. Tal concesión española

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