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EL ARTE DE INFLUIR

In document Paul Jagot - Timidez Vencida (página 44-47)

Cuando penetréis en un salón o cuando os acerquéis a alguno con la intención de practicar el análisis psicológico, los pensamientos representativos de la

timidez no invadirán fácilmente el campo de vuestra conciencia. Si, además, estáis resueltos a ejercer vuestra influencia personal, seréis hombres por completo distintos que en los tiempos en que temíais las más sencillas miradas. Vuestra actitud mental habrá cambiado por completo la situación. ¿Cómo

ejercitarse para influir en torno y sobre cada cual? La piedra angular de vuestros medios de influencia está constituída por la intención firme de

desempeñar a vuestra vez el papel de agente y no el de paciente. Obsérvese que aún por parte de los más insignificantes recibimos una impresión, la cual, registrada por nuestra memoria, constituirá el recuerdo más o menos atrayente que conservaremos de ellos. También vosotros tenéis una influencia personal y de vosotros dependen sus modalidades. Pero dependen de dos maneras diferentes: Primeramente, por medio de ejercicios especiales, por la observancia de los principios definidos, podéis desarrollar, sin que los demás se enteren, las calificaciones que hacen atractiva una personalidad.

Alguien ha dicho: «El hombre es un imán que desea inconscientemente el poder de atraer». En seguida, en vuestra manera de comportaros, de hablar, de actuar en presencia de otro, podéis observar lo que atrae y evitar lo que no impresiona armoniosamente. Para el estudio detallado de esta cuestión, remito al lector a mis dos obras El Poder de la Voluntad sobre sí mismo, sobre los demás, sobre el Destino y Método práctico de desarrollo del Atractivo personal, en colaboración con el doctor Pierre Oudinot.

Pero antes de recurrir a esas obras especiales os darán un resultado casi instantáneo las indicaciones siguientes:

La calma constituye la base esencial de un «magnetismo personal armonioso». Todos los signos de agitación alteran la impresión que se desprende de una individualidad. Agitarse continuamente, hablar de prisa, usar de continuo de exclamaciones, sobre todo ruidosas, sobresaltarse por la más mínima cosa, dar frecuentemente signos de impaciencia o de nerviosidad, todo esto aflige los nervios de cualquiera. Al contrario, del hombre calmoso emana una especie de irradiación bienhechora en razón de la cual su sola presencia es agradable. Vigilaos, pues, de manera que impongáis a vuestros movimientos, a vuestra articulación, a vuestras miradas, una calma inmutable.

Poned mesura en vuestras expresiones fisonómicas tanto como en vuestras palabras. No demostréis visiblemente ni complacencia ni aversión por nadie. Cuando deseéis comunicar a una persona la especial simpatía que os inspira, dejádselo entender por medio de sutiles insinuaciones. Así os evitaréis que la conversación tome un rumbo desagradable en el caso de que el interesado no supiera agradecer vuestras palabras. Si parece no tener por vosotros una

reciprocidad inmediata, no deis pruebas de despecho. Reiterad vuestras sutiles sugestiones varias veces y esperad. El gran secreto consiste en hablar

oportunamente, cuando conviene, y dejar que venga por sí solo lo que se espera. Vuestra cortesía, igual para todos, obligará a aquella persona en el pensamiento de la cual ocupáis un lugar especial a que se descubra por sí misma.

La calma contrarresta absolutamente las zumbas y las risas que, en último análisis, tienen por fin el perturbarla. Todo ataque al cual se oponga una respuesta apacible e indiferente hace que, decepcionado, el ingenio se vuelva por donde ha venido.

Una mirada «magnética» no utiliza ni dureza, ni descaro, ni pretensiones

brutalmente dominadoras o imperiosas: obtiene su dulce y penetrante fascinación de su calma, de su dulzura y de su discreta insistencia. Por eso, en los

tratados especiales, se preconizan los ejercicios que tienen como fin restringir la frecuencia del reflejo palpebral. Tras de la mirada está la voluntad y cuando el desarrollo de esta última lo ha afirmado suficientemente, los ojos consiguen esa expresión de confianza en sí mismo y de inflexibilidad que desconcierta a los antagonistas y que después les cautiva poco a poco.

Tal como lo he demostrado en mi libro El Hipnotismo a distancia (1), la sola intención de influir actúa telepsíquicamente, sin palabras, sin gestos. Pero la calma sigue siendo la primera condición de ese fenómeno mentomental, porque la agitación dispersa el agente telepsíquico cuando se trata de concentrarlo. (1) De esta Editoríal.

CAPITULO IX

Las calificaciones aductoras de la resolución

1. Determinación. - 2. Positivismo. - 3. Previsión y método. - 4. Integridad psíquica. - 5. Resistencia. - 6. Equilibrio cenestésico. - 7. La costumbre de la deliberación razonada.

1. DETERMINACION

El más tímido de los individuos se enardece espontáneamente cuando siente una avidez o una repulsión bien determinada. En el caso de «avidez», con miras a obtener aquello que codicia, se le ve actuar con una decisión y un aplomo que sorprenden a aquellos que le conocen. En el caso de «repulsión», manifiesta una energía que ciertamente no era de esperar de él para rehusar, para evitar, para combatir lo que le desagrada. En los dos casos da pruebas de determinación. Tiene una noción clara y fuertemente resuelta de lo que quiere o de lo que no quiere.

El máximo de seguridad constante (y no ocasional) se adquiere por lo general tanto más fácilmente cuanto mejor precisa la noción de lo que se desea obtener y de lo que se quiere evitar. En otros términos, el hombre o la mujer que ha

definido claramente el objetivo a que tienden sus esfuerzos en la vida social y en la vida privada, se ha acondicionado así una inagotable fuente de

pensamíentos y de atrevidos impulsos.

¿Cómo determinarse? ¿Qué objetivo elegir? Una contestación detallada a estas dos preguntas necesitaría un volumen entero. Pero nosotros podemos dar aquí a los interesados una orientación inicial.

La individualidad humana normalmente dotada siente dos clases de incitaciones, las unas relativas a su actividad social y exterior y las otras a su

perfeccionamiento interior. La vida profesional, la capacidad de obtención, de una parte; la vida intelectual y espiritual, de otra; tales son los dos polos hacia los cuales hay que centrar el pensamiento y la acción. Por lo demás, uno puede coincidir con él otro o completarlo. En lo que concierne al lado práctico y realizador, la fuente de los medios de subsistencia -por lo menos para la mayoría de nosotros- el más vigoroso fermento de la determinación y de la firmeza, es un ideal de perfección o por lo menos de rectitud. Aquellos que buscan ardientemente distinguirse, no podrían ser temerosos, tímidos.

Inconscientemente son impulsados a ir hacia adelante. Por otra parte, todos ellos se benefician siempre de una consideración especial, muy favorable a la eclosión de la osadía. Y como es evidente que, en razón de sus aptitudes innatas, cada cual está particularmente dotado para un limitado número de profesiones, con exclusión de todas las demás, la cuestión de la orientación profesional adquiere aquí toda su importancia. Un tímido lo será aún más si se encuentra constreñido a una ocupación diaria incompatible con sus aptitudes, porque oirá afirmar constantemente que es mediocre. Practicando un trabajo menor adaptado a sus recursos, él mismo se hubiera enardecido.

Casi todos los desórdenes -y la timidez es uno de ellos- provienen de una inadecuación del individuo y del oficio u ocupación. Esta inarmonía quiebra el impulso hacia esa rectitud, hacia esa perfección de que antes hablábamos, y, a falta de ese impulso entusiasta, se instalan la indecisión y el abandono. El discernimiento de la mejor vía procede de un análisis meticuloso de los

condicionamientos psicofísicos. Muchos hombres pueden analizarse por sí mismos muy suficientemente; otros consultarían con provecho a un especialista. Esta regla sólo tiene una excepción: el caso, en extremo raro, del individuo

superiormente calificado para una clase de realización. Esto se impone entonces desde su más tierna infancia a la atención de los que le rodean. También hay que tener en cuenta que gusto y aptitud son dos cosas muy diferentes; luego el

primero no implica siempre la segunda.

Si importa conocerse y orientarse en cuanto a la obra utilitaria, esto no es menos importante en cuanto a la evolución psicológica que procede de la vida interior y privada. A falta de esto, se corre el riesgo de introducirse en una vía donde se marchitarán los elementos de sensibilidad y de sociabilidad que se poseen. Hay que analizarse para conocerse y discernir qué es lo que se puede hacer. Después, entre las posibilidades entrevistas, elíjase aquella que inspire más ardor, pues nada ayuda más a la moral del individuo a desarrollar su fuerza. Aquellos que no se han hallado en situación de cuidar sus comienzos y que se encuentran metidos en una vida que las circunstancias les obligan a seguir, también pueden sacar partido de los principios precedentes. Para ello, que empiecen por precisar sus intenciones desde todos los puntos de vista, que conciban objetivos bien determinados y que subordinen todos sus pensamientos a la realización de tales objetivos. Así adquirirán una tenacidad y una

obstinación sobre las cuales para nada influirán los demás. Dejarán de obsesionarse por insignificancias y su impresionabilidad se atenuará

gradualmente. En una palabra, se forjarán eso que se denomina «un carácter.

2. POSITIVISMO

El positivismo consiste, una vez que se sabe lo que se quiere, en buscar y utilizar los medios positivos de obtenerlo, en considerar toda dificultad como un elemento del problema a resolver, y todo fracaso como una indicación de tener que modificar la táctica, sin conceder el menor pensamiento a la impaciencia o al descorazonamiento. Esta especie de filosofía práctica acostumbra a aquel que la adopta a vencer sus impresiones, sobre todo en presencia de otro. Supongamos que quisierais obtener alguna cosa y que eso no pudiera hacerse sino por medio de una gestión. Si sois personas de espíritu positivo, vuestro pensamiento dominante, el que se subordinará todos los demás, será el objetivo a que tendéis, la mejor manera de presentaros y de argumentar para lograrlo. El carácter enojoso de la gestión o la probabilidad de una acogida poco animadora no ocuparán sino un lugar secundario en vuestras preocupaciones.

Una vez frente al personaje a quien hay que solicitar o persuadir, vuestra idea primordial, vuestra determinación de actuar con miras al logro de un éxito, persistirá a pesar de todo lo que se os oponga. Llegado el caso, sabréis dar pruebas de una insistencia encarnizada; y si, a pesar de vuestra ardiente

estrategia, hubierais de declararos vencidos, tendréis la conciencia de vuestra irreprochable combatividad. No consideraréis el fracaso de hoy sino como algo provisional, y en vez de malgastar el tiempo y vuestra fuerza mental en

lamentaros, buscaréis en seguida, y lo encontraréis con toda seguridad, otro camino de acceso a vuestro objetivo. Cualquiera que sea el medio en que os halléis, cualquiera que sea la individualidad con la que hayáis de tratar, todo vestigio de timidez se desvanecerá en el momento en que os sintáis fuertemente penetrados del papel preciso que asumís. En todas las profesiones en que es esencial la resolución más absoluta, observaréis cuán positivo es el hombre y cuán potentemente concentradas se hallan sus facultades hacia el resultado que precisa obtener. El representante, por ejemplo, piensa, habla y actúa con miras a concluir una venta. Acepta impasiblemente los choques, las inconveniencias, las negativas, y todo ello no causa en él otro efecto que el de estimular su ingeniosidad. Sabe él que, entre aquellos de quienes solicita algo, muy pocos se

hallan tan resueltos a no adquirir como él a vender y que, por consiguiente, en la mayoría de los casos obtendrá lo que quiere con tal de que no ceda. Detrás de su sonriente aspecto, de su urbanidad indulgente, de su atrayente palabra, hay una voluntad inflexible, porque tiene una intención precisa y fija.

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