La disciplina de la concentración lleva a su máximo la eficiencia individual. Un mediocre de espíritu concentrado obtiene buenos resultados y mejora
progresivamente todos sus medios, mientras que el hombre bien dotado pero
físicamente inestable, disperso, yerra a veces el objetivo que hubiera alcanzado fácilmente con una aplicación mejor sostenida. Los fracasos eventuales del
primero no le perjudican en nada, porque, siempre atento, registra con cuidado el encadenamiento de las causas y de los efectos, constituyéndose así una suma de experiencia de la cual sacará partido en la próxima tentativa. En sus
comienzos va tanteando, pero aprende sin cesar; después vuelve a la carga con nuevos elementos de éxito y acaba por triunfar.
En sí mismo, un éxito o un fracaso significa poco. Lo que importa es el valor de las aptitudes puestas en juego. Ciertos éxitos se explican por dichosos
concursos de circunstancias que no podrían reproducirse constantemente ni
siquiera con frecuencia. Sus beneficiarios no obtendrían nada equivalente en lo sucesivo, y acaso perderían así su confianza en sí mismos. Hay también fracasos debidos a imprevisibles antagonismos circunstanciales que en el último momento destruyen el esfuerzo más concienzudo. El hombre los acepta fríamente como un retraso o como un nuevo elemento del problema a resolver, sin dudar un instante en la posibilidad de ganar la partida siguiente.
Cuando la acción no determina los resultados que se esperaban, hay, pues, lugar a analizar imparcialmente las causas de ese contratiempo, a darse cuenta de si aquélla ha sido insuficiente o si ha intervenido alguna fatalidad. En el primer caso se adquirirá lo que faltaba. En el segundo se tratará de prever las
disposiciones a tomar para prevenir un retorno del hado. Así han procedido siempre aquellos a quienes una inflexible determinación de realizar su plan ha conducido paso a paso a cursar su carrera.
El peor inconveniente del fracaso, su efecto desmoralizador, se disipa pronto si la actividad no se relaja. También requerimos a quien eso interese a que venza sus impresiones para ocupar inmediatamente su espíritu en el examen de las consecuencias de lo que le ocurre y a que se dedique a buscar un método para limitar el número y la extensión de ellas. A condición de proseguir sin descanso la lucha, las energías combativas continúan íntegras. Eso no significa que no debe observarse ni tregua ni reposo y que hay que trabajar en exceso noche y día los nervios y el psiquismo propios, sino al contrario: el alto previsto,
deliberado, en condiciones definidas, constituye uno de los mejores medios tácticos de autodefensa contra los deprimentes efectos del fracaso. También en este caso interviene el principio de la concentración, puesto que implica la posibilidad adquirida de absorberse en la ocupación presente y de olvidar momentáneamente todo lo demás. En el instante de irse a la cama no hay que
pensar sino en dormir (lo cual favorecerá por otra parte el trabajo críptico del subconsciente, del que hablamos ya en el apartado 3); en los momentos de recreo o distracción no se piense sino en recrearse o en distraerse. El optimismo renace pronto en un espíritu que acaba de revitalizar un profundo sopor o una hora de placer,
5. LA DIFICULTAD
Si se está demasiado impresionado por la dificultad, se pierde la confianza en sí mismo; si se es demasiado indiferente, se sobreestima esa confianza.
Conviene, pues, evaluar lo más exactamente, lo más objetivamente posible el esfuerzo exigido por la tarea en proyecto. Pero lo que uno llevará a cabo fácilmente, excede de los medios de otro. De ahí la necesidad primordial de un perfecto conocimiento de sí mismo, a fin de adaptar lo que vaya a emprenderse a las facultades de que se disponga. ¿Qué calificaciones necesita la realización de vuestro plan? ¿Tenéis esas calificaciones en un grado suficiente? ¿Sí?
¡Entonces a la obra! Si no, es preciso revisar vuestros proyectos o proceder al desarrollo de vuestras capacidades.
Cuando está probado que se puede hacer frente a cada una de las dificultades previstas, cuando se ha establecido el orden en que serán atacadas
sucesivamente, el principio de la concentración indica que se entable la lucha con la primera, dejando de pensar en las demás hasta que esa sea vencida. En
seguida hay que ocuparse de modo exclusivo en la segunda, y así sucesivamente. Si la imaginación trabaja a la vez en una serie de problemas esforzándose en resolver uno de ellos en particular, derrocha sus fuerzas y pierde en agudeza. Se necesita un tiempo para concebir y otro para ejecutar. Los puntos de Vista de conjunto y el cuidado del detalle no podrían proseguir simultáneamente.
Para vencer ciertas dificultades, la energía y la buena voluntad no bastan: es necesaria la ingeniosidad. Hemos tenido ocasión de ver personas muy animosas, pero desprovistas de imaginación, que se dejaban invadir por la vacilación y después por el descorazonamiento, porque no descubrían la manera de
desenvolverse para llegar a vencer un obstáculo algo especial. Sin embargo, algunos de ellos habrían encontrado la solución que buscaban si hubieran
meditado con método. La meditación asidua desarrolla la ingeniosidad. Cada cual debiera ejercitarse en ello a menudo. Al principio, para evitar perder la
ilación de las ideas, se escribirán todos los datos de la cuestión a resolver y asimismo se tomará nota de las ideas a medida que se presenten. Siempre por escrito, se expondrán las cuestiones precisas, con la firme y tenaz resolución de obtener de su recuerdo indicaciones convenientes. Si ya se tiene la costumbre de la concentración durante el trabajo, tal como lo hemos recomendado antes, la conmoción del pensamiento se operará sin gran trabajo. Las inspiraciones
afluirán casi siempre sin gran coordinación; pero anotándolas sucintamente tal como vayan emergiendo será fácil examinarlas y ordenarlas en seguida. Rara vez basta con una sola sesión, En este caso también se impone la persistencia. Un tema meditado con frecuencia se parece a un terreno asiduamente trabajado: se hace fecundo. Ved como cada cual habla con profusión de sus temas favoritos. Y eso ocurre porque, cuanto más se medita una cuestión, más interés despierta y más placer se experimenta en considerarla.