PAUL C. JAGOT
Autor de El Poder de la Voluntad, El Dominio de Sí Mismo, El Arte de hablar, etc.
LA TIMIDEZ VENCIDA
Método práctico para adquirir seguridad, firmeza y confianza en sí mismo
Traducción directa de la última edición francesa por J. G. G. IBERIA - JOAQUIN GIL - EDITOR
Muntaner, 180 - BARCELONA
DerECHos literarios y artísticos reservados para todos los países. Copyright by Joaquín Gil, 1935
Primera edición: julio 1935
Segunda edición: diciembre 1939 - Año de la Victoria
Impreso en España. - Talleres gráficos Agustín Núñez - Barcelona.
INTRODUCCIóN
El objeto de este libro es enseñar a los tímidos cómo deben proceder para eliminar las múltiples causas de su estado y para adquirir las diversas calificaciones que caracterizan la resolución.
Los interesados conocen suficientemente las manifestaciones del mal que les aflige. Creo, pues, inútil exponer en qué consisten y decididamente abordo lo que más importa saber prácticamente.
Para empezar diré a todos: "Por tímidos que seáis, podéis llegar a ser imperturbables y atrevidos".
No es ese un Punto de vista, sino una afirmación fundada en la experiencia. De los doce a los dieciocho años yo sufrí la peor especie de timidez: la que resulta a la vez de los condicionamientos Psicofísicos y de la influencia del medio ambiente, pero busqué y hallé los medios de vencerla. Después de haberlos utilizado personalmente, los he aplicado durante veinte años en la reeducación de muchos centenares de tímidos, y todos aquellos que me han hecho caso han adquirido la más íntegra resolución.
Vosotros la adquiriréis también infaliblemente mediante la exacta comprensión y una concienzuda puesta en práctica de lo que sigue.
EL AUTOR
CAPITULO PRIMERO
Lo que causa la timidez
1. Cada tímido constituye un caso especial de timidez. - 2. Causas físicas directas. - 3. Los defectos exteriores. - 4. Emotividad y sensibilidad
excesivas. - 5. La aprobatividad. - 6. La imaginación. - 7. La inercia rectriz del psiquismo superior.
1. CADA TIMIDO CONSTITUYE UN CASO ESPECIAL DE TIMIDEZ
Cuando se dice «un tímido» o «una tímida», hay imprecisión, Basta observar una docena de individuos reputados como tímidos para darse cuenta de cuánto difiere cada uno de los demás. No sólo no lo son todos en el mismo grado, sino que
ciertas circunstancias en las cuales algunos de ellos se turbarán no ínfluirán o influírán poco en otro. Este pierde los estribos únicamente ante cierta clase de personas., y a excepción de éstas, ante todas las demás se siente tranquilo.
Aquel actúa, habla, piensa con toda libertad en medio de sus familiares, pero todo se desordena en él en cuanto tiene que acercarse a un extraño. Incluso se ve coexistir con las más extremas timideces un atrevimiento que toma alas en uno o muchos dominios determinados.
Todo depende de los elementos causales, muy variables, y, entre éstos, de los dos o tres que predominan. La debilidad congénita o la ruina adquirida tienden a engendrar una especie de timidez. El sentimiento de un defecto estético,
morfológico, la engendra asimismo. En uno u otro caso diferirán las
manifestaciones. He aquí por ejemplo un ser robusto, sano y bien constituído, pero emotivo en exceso: a causa de este hecho sufre reacciones internas bruscas, intensas, frecuentes, que perturban su vasculación, su motricidad, su psiquismo y le hacen penosas las adaptaciones a las personas desconocidas y a las cosas habituales: él tiene conciencia de esa inferioridad, y de ello se sigue una aprensión desorganizadora casi constante. Aparte de la emotividad, la
sensibilidad puramente psíquica basta, hiperestesiando la moral, para crear la fobia de ciertas impresiones, de ciertos contratiempos: indiferencia, frialdad, antipatía, ironía, etc. Y he aquí aún una nueva forma de timidez
-particularmente frecuente entre los intelectuales-: Hagamos tabla rasa de eso, y todavía encontraremos la aprobatividad exagerada -preocupación por la manera cómo se es Juzgado, considerado- que, por poco que se mezcle la vanidad,
condiciona un estado espiritual de tal modo obsesionado por el temor de no ser suficientemente estimado, que necesariamente se origina una cierta timidez. Si, en fin, consideramos el papel que desempeña una imaginación accionada con
frecuencia por la turbación, la aprensión o el temor, comprenderemos el estado dolorosamente pusilánime del tímido que se cree ser en todas partes el objeto de una atención expectante general, que de buena gana anticipa sobre las
disposiciones mentales de los demás a su respecto y que interpreta en sentido penoso las actitudes, las palabras o las expresiones fisonómicas de aquellos con quienes trata.
2. CAUSAS FISICAS DIRECTAS
a) Debilidad congénita. El niño débil, invariablemente se convierte en un tímido. Dolorido desde sus primeros años, ya que es enfermizo, preservado más bien que aguerrido contra los golpes, las caídas y los menores daños por los que le rodean, que todo lo temen para él, a menudo contrae una especie de fobia para el sufrimiento físico, el esfuerzo muscular, el movimiento. Más tarde, llegada la edad escolar, algunos de sus condiscípulos le maltratan precisamente porque no es vigoroso. En sus estudios trabaja languideciente porque, falto de energía nerviosa, su inteligencia permanece átona. De todo eso nace un sentimiento de inferioridad que las reprimendas de sus educadores acentúan casi siempre. Cuando se le haya confirmado algunos centenares de veces que es poltrón, estúpido, perezoso, etc., se sentirá abrumado. Y sí, además, se le inflige una
subordinación autoritaria y brutal, más tarde le será preciso un serio esfuerzo, guiado por especialistas experimentados, para disociar todos los elementos de atrofia moral y físíca acumulados en su subconsciente.
Los pequeñuelos débiles raramente reciben desde la primera infancia el
tratamiento susceptible de enderezar su herencia. Higiene, naturismo, opoterapia tiroidea e hipofisaria, regularización bulbar, ofrecen sin embargo potentes recursos -aún poco utilizados desgraciadamente a causa de la ignorancia, de la inercia, y también de la indiferencia de los educadores.
b) Salud arruinada. Una puericultura incierta, la repercusión de enfermedades agudas mal curadas, el exceso de trabajo escolar, bastan para arruinar la salud de millares de niños llegados excelentemente a este mundo. Estos, entonces, se unen a los débiles congénitos. Pero, en las proximidades de la adolescencia, fatalmente interviene otro factor de depauperación fisiológica, a menos que la educación sepa poner coto.
Así, pues. las primeras reacciones genésicas, que preceden a veces en muchos años a la edad de la formación, incitan al niño a un abuso de sí mismo, cuyo efecto disolvente debe ser considerado como uno de los peores determinantes de la timidez y, más generalmente, de todas las desviaciones intelectuales y
morales. Ciertos sujetos resisten, pero ninguno es indemne; gran número de ellos quedan marcados para toda su vida con una profunda decadencia, sin contar
aquellos a quienes la astenia o la tisis extinguen prematuramente.
Preventivamente, el mejor antídoto es el cultivo del gusto por el esfuerzo, la acción, la producción, el virtuosismo, el vitalismo físico y psíquico. Una
vigilancia precoz y diestra, una iniciación honesta pero precisa (de la que -más vale tarde que nunca- se empieza a admitir en todos los medios la primordial utilidad) se imponen asimismo.
Todo tímido a quien interese el presente apartado debe asignar a su primer esfuerzo tendente al desarrollo de la resolución, un dominio absoluto de sí mismo desde el punto de vista que acabamos de evocar.
3. LOS DEFECTOS EXTERIORES
Un rostro agradable, un cuerpo perfecto, rara vez van acompañados de timidez, porque obtienen por parte de todo el mundo una cierta simpatía, digamos incluso alguna admiración.
Por otro lado, se puede ser feo, deforme, y sin embargo atrevido.
Pero existe un gran número de predispuestos que autohipnotizándose por ligeras irregularidades de sus rasgos, por una alteración epidérmica, por una exigüidad de talla o por una rarefacción capilar, se creen desgraciados hasta tal punto que se imaginan que sus defectos saltan a la vista de todo el mundo, fuerzan la atención y suscitan infaliblemente la ironía. Se creen ridículos, tan incapaces de agradar como de imponerse.
A una persona así hay que hacerle observar que no es propio de un hombre firme y resuelto, por ingratas que sean sus apariencias, creerse desprovisto de
ascendiente y de atractivo. En cuanto al sexo débil, le invitamos a darse cuenta de que, por deseable que sea la belleza, el atractivo estético es estrictamente distinto del atractivo seductor, o, más precisamente, erótico. Ya he dejado sentado en otro lugar, en uno de mis libros, el papel del encanto personal en la seducción. Y el encanto, a veces natural, se adquiere, como se adquieren la distinción de maneras, la elegancia, el buen gusto.
Ateniéndonos al aspecto físico, ya veremos en el capítulo iv cómo, mediante destreza y ciertos cuidados, puede armonizarse una fisonomía, adoptar un modo de vestir adecuado a las proporciones corporales, suavizar las actitudes, y
adquirir la facilidad de palabra y del gesto.
La parte que lo moral toma en las timideces basadas en el temor a la propia fealdad es enorme. Una chanza, una burla ya olvidada desde mucho tiempo atrás, constituyen a menudo el punto de partida. De esa sugestión inhibidora nace la idea fija. Pondremos, pues, gran cuidado en dejar libre lo moral y en fortalecer el juicio.
4. EMOTIVIDAD Y SENSIBILIDAD EXCESIVAS
Entiéndase por emotivo a aquel individuo cuyas reacciones vasomotoras a las sensaciones exteriores son exageradas en intensidad o en duración. Enrojece o palidece por la menor causa. Su ritmo cardíaco se acelera o disminuye bajo la acción de los más débiles temores. Temblores, constricción sofocante, profusos sudores le sobrevienen con frecuencia así que está ligeramente impresionado, mientras que el hombre normal no experimenta tan fuertes perturbaciones salvo en el caso de una violenta conmoción.
Se concibe que la lucidez de espíritu, la claridad de elocución, la resolución en la actitud sean precarias en el emotivo. Este se da cuenta, se deja invadir por el sentimiento de esa inferioridad, y la timidez se instala en él. Así se ven muchachos relativamente robustos que chapotean con desesperación en el atascadero de las torpezas. A veces, su modo de ser natural ha sido reeducado por el hábito profesional en cuanto a una cierta especie de emoción. Durante la guerra tuve ocasión de observar a hombres a quienes la costumbre había
inmunizado moralmente contra las sacudidas de una batalla, pero que temían aparecer en sociedad. Por lo demás, hay de ello ilustres precedentes, entre los cuales figuran Turena, Enrique IV y el mariscal Ney. Este último, a quien
Napoleón calificaba de «el más bravo de los bravos» y sus propios soldados denominaban «el león rojo», no se atrevía a entrar en un salón. El mismo Bonaparte, en la época del sitio de Tolón, donde se afirmó su genio militar, prefería exponerse a la metralla que a las miradas del bello sexo. En presencia de una mujer se turbaba horriblemente. Por fortuna, todas las formas de
emotividad son modificables.
La hipersensibilidad -a veces ligada a una emotividad excesiva- se exterioriza menos visiblemente y constituye una característica por completo distinta. La organización psíquica de los hipersensibles percibe con una agudeza minuciosa e intensa las impresiones afectivas e intelectuales. Ya venga por la vía
sensorial, ya hiera directamente al cerebro, la impresión les afecta
poderosamente y deja en ellos una huella profunda. Temen, pues, en gran manera, desde su más tierna edad, las manifestaciones desagradables o dolorosas de los otros a su respecto. Una fría acogida, una censura, les dañan ya en las
circunstancias ordinarias de la vida. Pero si se sienten rechazados,
decepcionados, abandonados cuando deseaban especialmente la simpatía, el efecto inhibidor que de ello resulta puede tener repercusiones inmensas sobre su
personalidad y sus comportamientos ulteriores.
Una gran sensibilidad concurre a hacer más vasta y más profunda la inteligencia (a condición, entiéndase bien, de que esta última disponga de medios propios suficientes), pero también a ese género de timidez que se aísla y prefiere renunciar a vivir normalmente que afrontar los peligros sentimentales. Los
clínicos de esa psicosis han descrito numerosos ejemplos entre eminentes valores intelectuales, tales como J. J. Rousseau o, más cerca de nosotros, Amiel.
Ya sabemos que se puede aprender a dominar la propia sensibilidad sin
atrofiarla, de manera que el psiquismo superior predomine siempre sobre ella y sepa mantener o recuperar la serenidad y la dilatación de ánimo.
5. LA APROBATIVIDAD
Se trata de esa predisposición, bastante común, a preocuparse por la aprobación de los demás y a buscarla. Excelente cuando incita a ser, a adquirir, a
realizar, se convierte en una causa de trastorno cuando crea la obsesión de la preocupación de parecer. Es una cuestión de juicio: el hombre que en realidad vale, la mujer indiscutiblemente bien calificada, saben que a los Ojos de
aquellos que ven claro son apreciados en su justo valor y que puede prescindirse de la opinión de los mediocres. Por eso ellos no proceden jamás con el fin de dar a los demás una idea de su importancia, de su talento o de su superioridad. Por desgracia, la mayoría de las mentalidades medianas -precisamente porque se sienten de un modo confuso desprovistas de calificaciones de tal naturaleza que sean capaces de despertar admiración -, se esfuerzan en simular que saben, en fingir que pueden, en hacer ver que poseen lo que les falta para determinar la consideración, la simpatía, los favores de otro. Unida a una de las causas de timidez precedentemente descritas, la aprobatividad conduce a un temor a la crítica en gran manera penoso. Entonces, la timidez exagera la importancia de su personalidad a los ojos de sus semejantes. Siempre le parece que por donde él pasa todo el mundo se fija en él, que le examina minuciosamente, que observa y ríe in Petto todos sus defectos. Allí donde con toda evidencia nadie se ocupa de él, se siente mirado, observado con insistencia, hasta en los más nimios
pormenores.
Y si eso ocurre así en medio de los indiferentes, la turbación llega a su colmo cuando el interesado tiene la positiva certidumbre de ser el centro de las miradas: en visita, durante una gestión, en la oficina donde se presenta con el fin de solicitar un empleo o con cualquier otro objeto, en el curso de una conversación particular con una persona de la que sabe que la impresión que le produzca puede tener para él consecuencias que juzga de importancia. Obsesionado por el temor a un rozamiento de amor propio, pierde toda libertad de
pensamiento, de palabra y de actitud, y comete torpezas y equivocaciones que son causa de que llegue al colmo su confusión.
En el fondo, el temor a parecer ridículo, a ser objeto de una acogida irónica, a oírse criticar, proviene de una pueril vanidad y de una falta de individualidad.
¿Por qué conceder más importancia a la apreciación de otro que a la vuestra en lo que concierne a vuestra propia personalidad? Asimismo, ¿por qué impresionarse por una negativa o por un fracaso uniendo a ello la idea de una humillación? El mejor general no siempre gana la batalla; pero si ha combatido valientemente, puede sentirse Orgulloso de sí mismo.
Veneno sutil, la vanidad descarría el esfuerzo, dispersa y corroe la energía. Entre los predispuestos a la timidez, ésta contribuye ampliamente a crear la fobia de las impresiones que aborrece. Las veleidades de iniciativa chocan
entonces perpetuamente contra esa barrera subjetiva. Ya veremos cómo se pone fin a esa insoportable tiranía.
6. LA IMAGINACION
El miedo, el recuerdo de las tentativas sin resultado y de las impresiones deprimentes es tanto más vivo, preciso, continuo, cuanto más despierta está la imaginación. De igual modo, las sugestiones inhibidoras recibidas durante la niñez y ulteriormente, En particular, el individuo que ha oído afirmar de él años enteros que es tímido, que es inferior, que no sabría triunfar en esto o aquello, automáticamente engendra imágenes en las que, por anticipado, se ve fracasado en lo que querría emprender. Por autosugestión aumenta sus tendencias a la timidez o a la vacilación.
El ejemplo de una individualidad atrevida (uno de los mejores elementos de reeducación) no actúa de golpe sobre él, porque su primera reacción tiene lugar en sentido negativo: «Jamás seré como ese», piensa él.
Si es cierto que algunas personas palidecen de terror a la sola idea del
peligro, el tímido imaginativo se ruboriza a menudo al solo pensamiento de tal o cual persona cuya presencia le impresiona o de tal o cual eventualidad
angustiosa para él.
Así la imaginación desempeña el papel de exponente frente a cada una de las otras causas de timidez, Acciona la emotividad y la sensibilidad, aumenta dolorosamente las cenestesias penosas y ulcera de antemano la vanidad. En determinadas circunstancias, la invasión del pensamiento por las
representaciones que proyecta el temor extingue tan por completo la actividad del psiquismo superior, que el tímido pierde literalmente la cabeza. Una especie de segundo estado, análogo a la hipnosis, se instala espontáneamente. No se tiene conciencia de lo que se oye, de lo que se dice ni de lo que se hace. Y para algunos, ese fenómeno no tiene lugar tan sólo durante la adolescencia, en el curso del período de adaptación a las realidades de la existencia: se
reproduce en períodos más o menos separados, pero durante toda la vida.
Que el lector así afligido no se imagine que no hay nada que hacer. No existen, no puede haber tímidos incurables. En particular puede ser invertido el papel de la imaginación. Basta con subordinar esa facultad al pensamiento deliberado. Entonces, contrariamente a una afirmación contra la que se pronuncia la experiencia, el conflicto de la imaginación y de la voluntad continúa con ventaja para esta última.
A veces se oye decir: «Nadie más animoso que un cobarde que ha reaccionado». A decir verdad, no hay quien sobrepase en resolución a un antiguo tímido por exceso de imaginación, porque, una vez sometida ésta al control del juicio objetivo, el horror que guarda del pasado le crea una tal avidez por las representaciones de atrevimiento Y de audacia, por las autosugestiones
estimulantes y combativas, que modifica por entero al individuo. Su Psiquismo, en el que abundan las virtualidades realizadoras, adquiere así una estabilidad, una imperturbabilidad reflexivas, muy preferibles al aplomo espontáneo, que no dificulta el conocimiento de los escollos donde se puede zozobrar.
En el bien conocido fenómeno del miedo de los artistas al público, generalmente es la sensibilidad la que, reaccionando sobre la aprobatividad, crea la
aprensión de mostrarse inferior a lo que se quisiera ser. En seguida tiene lugar una repercusión sobre la imaginación: mentalmente se representa el tímido
aquello que teme. Se ve enfrente del público y traicionado Por sus facultades artísticas, silbado, cubierto de sarcasmos por la crítica, etc. Si la emotividad actúa con alguna violencia, sobreviene la disnea, el corazón acelera sus latidos
y queda roto el equilibrio psíquico. Casi todos los comediantes, cantantes, conferenciantes, abogados, predicadores, etc., han conocido ese miedo. La mayoría de entre ellos han logrado vencerle, han adquirido bastante imperio sobre sí mismos Para representar, cantar o hablar sin que nada diera a conOcer su trastorno interior; pero, carentes de un método preciso, algunos continúan sufriendo durante toda su vida ese miedo que saben disimular de un modo tan perfecto. Sin embargo, basta con reeducar por separado cada uno de los
componentes o elementos de ese fenómeno, para librarse en absoluto e instalar en sí mismo una serenidad sobre la que las salas de espectáculos más tumultuosas jamás lograrán el menor efecto. En cada caso, un análisis cuidadoso permite desprender el elemento principal, la «dominante», y apreciar la intensidad respectiva de los otros elementos. EstablecIdo el punto capital, se ataca sucesivamente cada una de las causas, desde la más intensa a la más débil. El único inconveniente de este sistema es que a veces engendra una especie de
indiferencia tal, que el interesado se preocupa mediocremente en lo sucesivo del efecto que produce.
7. LA INERCIA RECTRIZ DEL PSIQUISMO SUPERIOR
Se ha dicho que en la adolescencia puede considerarse como normal una cierta timidez, y que la afirmación progresiva de la voluntad, por las dificultades y las luchas, tiende a substituir esa crisis juvenil por la resolución, tal como la poseen la mayoría de los individuos. En realidad, el hombre o la mujer de carácter firme, resuelto, eliminan rápidamente los obstáculos y las cavilaciones frecuentes desde la infancia hasta los veinte años. Pero, de cada mil personas, ¿cuántas hay que tengan el carácter firme y resuelto, que sepan lo que quieren en todas las acepciones?
Un fin profesional, social, personal; una actividad física, intelectual, volitiva, fijamente orientada hacia el objetivo perseguido; una disciplina interior bien concebida, bien regulada, y desde entonces se encuentran ya
condenados a desaparecer todos los elementos de la timidez. Es preciso comprobar bien que, en general, cada cual no se esfuerza sino en la medida en que ese esfuerzo le es Impuesto por sus necesidades primordiales y sus más tiránicas tendencias. Así ha podido escribir un filósofo: el hombre no actúa, sino que se le hace actuar.
Resulta de ello una especie de debilidad del Psiquismo superior que deja que tome una parte predominante y despótica el psiquismo inferior -el de los automatismos-. A favor de esa inercia de las facultades conscientemente
dirigentes es como se desarrolla y se extiende la timidez. La ignorancia de sus causas, de los medios de combatirlas y la debilitación de un psiquismo que no tiene ni la noción ni el deseo del autocontrol; he aquí lo que he comprobado en cada caso. El tímido que se aplique a exaltar esa noción y ese deseo, puede estar cierto de que se librará rápidamente. En esto estriba el punto capital: en la avidez de un perfecto dominio de sí mismo, no sólo superficial y exterior, sino profundo, íntegro, inflexible.
Vamos, pues, a tratar de sugerir esa avidez.
CAPITULO II
Disposiciones necesarias para el cultivo de la resolución
1. De la avidez en general. - 2. La integridad orgánica. - 3. La influencia personal. - 4. La imperturbabilidad. - 5. La independencia. - 6. La primacía del juicio objetivo. - 7. La arquía individual.
1. DE LA AVIDEZ EN GENERAL
No faltan tratados y métodos para que puedan ser utilizados por aquellos que deseen modificar su individualidad, ni lectores llenos de buena voluntad para adquirir esos manuales e intentar llevar a la práctica sus enseñanzas. Pero el entusiasmo del primer momento flaquea y se extingue como fuego de paja, el
impulso inicial se amortigua, la lasitud llega, y el automatismo, por un instante en fracaso, retorna veloz. En lo que concierne especialmente a la timidez-que jamás ha subsistido largamente a pesar de una reacción enérgica y persistente-el horror a los inconvenientes de ese estado y la avidez por las ventajas de la resolución, por lo general son sentidos muy débilmente y con demasiadas intermitencias por los interesados. Entonces su resistencia, su esfuerzo reaccional, se inhibe en algunos días.
El deseo, la predilección, simples indicaciones de una preferencia, nada tienen de común con la avidez intensa y profunda que es la única que elabora
constantemente la energía indispensable para actuar con miras a obtener alguna cosa.
Esa palabra «avidez» se oye pronunciar generalmente en un sentido peyorativo. Acostumbra decirse: «Un hombre ávido de dinero, ávido de placer, ávido de
grandezas». Sin embargo, pinta una disposición psíquica que caracteriza, no sólo a los orgullosos, sino también a todos aquellos que se esfuerzan con ardor y perseverancia en un sentido cualquiera. Ese investigador inclinado quince horas diarias sobre sus libros, sus planos o sus instrumentos, es un hombre ávido de conocer, ávido de descubrir. Ese compositor abstraído en el discernimiento de la inspiración, indiferente al tiempo, al movimiento, al ambiente, está ávido de una realización artística. Ese célebre capitán de industria a quien sonrió la fortuna y el dinero interesa menos que al último de sus empleados prosigue una abrumadora labor porque está ávido de potencia económica. Nadie actúa sin
avidez: el mismo asceta la experimenta por su objetivo místico, y sin la avidez de la especie humana por un mejor bienestar viviríamos aún como en la Edad de las cavernas. Donde está ausente la avidez reina la miseria.
Nadie persistirá en una empresa si no está movido por vigorosas apetencias, por un potente ardor codicioso; dicho de otro modo, por eso que denomino «avidez». La relación de lo que precede con el logro de la resolución, ya la habéis
comprendido: para eliminar las causas de la timidez e instaurar en si mismo los elementos de la resolución, hay que estar decidido a actuar, cueste lo que cueste, con miras a tal resultado. Pero esa resolución firme, predominante, continua, no lograría sustentarse sino mediante un sentimiento de intensa repulsión por las consecuencias y las causas de la timidez, aumentado con otro sentimiento de vigorosa avidez por las prerrogativas de la resolución así como por las calificaciones que la determinan.
Así, en cada instante en que debáis ya sea imponeros, ya prohibiros alguna cosa con el fin de obtener el estado de imperturbabilidad que queréis crear en
vosotros, no os rendiréis, no eludiréis el esfuerzo. El carácter a veces penoso de este último os parecerá despreciable. Vuestros oídos estarán sordos para las sugestiones contrarias, vuestro espíritu se rebelará contra las incitaciones de la inercia, vuestra energía se replegará violentamente frente a cada nuevo obstáculo. Un solo pensamiento, siempre presente, vivo, inquebrantable, vencerá a todo lo demás: «cumplo lo que he decidido, con miras a lo que deseo».
Por poca atención que hayáis puesto al leer lo que precede y si lo habéis entendido íntegramente, deberéis sentiros dispuestos para un primer asalto. Servíos, pues, antes de proseguir la lectura de este libro, procuraros con qué escribir, y anotad, detallad, precisad todo aquello ante lo cual os hayáis
sentido tímido; después, calculad y anotad todo aquello que, en el porvenir, esa deficiencia pueda traer lógicamente para vosotros de penoso, de desventajoso, de doloroso en caso de que siguierais siendo la víctima de ella. Es preciso que contempléis a vuestro antiguo enemigo cara a cara, que le examinéis en todos sus pormenores, en toda su malignidad, a fin de:
1.) Avivar vuestro resentimiento. Es necesario que todos los elementos nobles de vuestra personalidad se revuelvan ante la idea de ser víctimas de un estado tan perjudicial;
2.) Librar vuestra mentalidad, según el principio psicoanalítico, de esa noción de que vuestra timidez es consubstancial en vosotros, para usar de una expresión acaso insuficientemente pertinente pero que expresa con claridad lo que quiero haceros sentir.
Lo que escribiréis irá saliendo de vosotros mismos, y -haced la prueba- ese primer ejercicio, ejecutado concienzudamente, os librará, os aliviará. Esto no
quiere decir que instantáneamente vayáis a sentiros aptos para todas las audacias, pero sí os hará sentir que la opresión que notabais ha disminuído. Ese ejercicio no se ejecuta en diez minutos, ya que són necesarias varias horas para llevarlo a cabo. Consagradle varias sesiones. Si vuestro primer relato carece de orden y de claridad, ponedlo en limpio.
Volved a tomarlo corrigiéndolo, redactándolo con mayor método y meticulosidad, pero aseguraos de que habéis «vaciado vuestro saco» completamente.
Guardad con todo cuidado vuestro escrito. Releedlo y completadlo
infatigablemente, dedicando a ello una hora dos o tres veces por semana. Revivid con el pensamiento aquello que hayáis anotado, rebelándoos enérgicamente contra el hecho de haber sido contrariados, entorpecidos, atormentados.
¡No admitáis ni un solo instante que eso pueda continuar! El sentimiento de repulsión por la timidez, que de ese modo precisaréis y fortaleceréis,
constituye el polo negativo de esa misma energía cuya avidez por la resolución representa el polo positivo.
Para utilizar provechosamente esa energía, para obtener resultados prácticos, ejercitaos en segundo lugar a extender vuestra repulsión a todos los elementos de la timidez -esos elementos que hemos estudiado en el capítulo primero- así como a aquellas faltas vuestras, a aquella negligencia que perPetúan los elementos en cuestión. De ese modo tOmaréis aversión a esos errores, y esa aversión hará nacer en vosotros una disposición a suprimirlos.
Inversamente, redactad con minuciosidad una exposición precisa y clara de todas las ventajas de la resolución. Proceded como en el redactado precedente, de tal manera que exaltéis vuestra avidez por las características fuertes y atrevidas que quisierais poseer. Extended en seguida esa «avidez por el resultado» a las calificaciones de donde ello resulta y que necesariamente hay que cultivar si se quiere adquirir el imperturbable aplomo que es la consecuencia.
Las debilidades, las ruinas orgánicas trataremos de substituirlas por una
integridad física tan perfecta como sea posible, para lo cual conviene ante todo sentir una extensa avidez. El temor al efecto producido por los defectos
exteriores, procuraremos substituirlo asimismo por la determinación de ejercer una poderosa influencia personal: la lucha por la regularización de la
hiperemotividad, de la hipersensibilidad. A las tiranías de la vanidad opondremos nuestra voluntad de independencia, y a las pusilanimidades imaginativas el culto a la rectitud de juicio.
2. LA INTEGRIDAD ORGANICA
Empecemos por la integridad orgánica. Un capítulo siguiente indicará las reglas a observar para asegurarla. Aquí se trata de crear la avidez previa sin la cual no dispondríamos de ningún impulso motor que oponer al despotismo de las
costumbres deprimentes.
Representaos bien lo que significa la integridad orgánica, ese estado en que todas las funciones fisiológicas se cumplen armoniosamente porque nada pone trabas a la actividad respiratoria, al mecanismo digestivo, a la irrigación vascular, etc., donde se opera de un modo regular y abundantemente la
elaboración de la energía nerviosa.
Entonces se vive en un estado continuo de bienestar interno muy favorable a la confianza en sí, a la lucidez cerebral, a la facilidad para el trabajo, la elocución y el esfuerzo muscular; la calma subsiste con estabilidad, porque el sistema nervioso reacciona, no ya excesivamente, sino de un modo moderado a las impresiones del exterior; las aptitudes se afirman, la habilidad se adquiere con facilidad, Porque la concentración del espíritu y la aplicación a la tarea
cotidiana no vienen entorpecidas por malestares, por pesadeces o por depresiones.
Como la cardiovasculación es regular el eretismo que da lugar a las
palpitaciones, a las palideces y a los enrojecimientos emotivos no existe. En resumen, un cierto número de elementos de timidez desaparece así que se
Con ayuda de esas consideraciones, asegurad en vuestro espíritu la resolución de determinar en vosotros todas las ventajas de una perfecta regularidad física y, por consiguiente, de proceder como sea preciso para lograrlo.
3. LA INFLUENCIA PERSONAL
La avidez de influencia personal es la que hay que oponer a las inhibiciones determinadas por el sentimiento de los defectos exteriores.
Entre esos defectos los hay irreductibles, por ejemplo una gibosidad o una coxalgia; otros: accidentes de la piel, actitudes corporales viciosas debidas a insuficiente cultura física, etc., son directamente coercibles; algunos pueden beneficiarse de una corrección compensadora; así, los defectos de proporción o la exigüidad de la talla se armonizan mediante el corte especial de los vestidos y la hábil elección de los tejidos o géneros para ellos. En fin, basta con una ligera alteración, cuyo efecto es exageradamente interpretado por el tímido, o hasta una concepción enteramente imaginaria de su exterioridad, para servir de pretexto a su desolación.
Tengamos tan sólo en cuenta las desgracias reales -superficiales o muy acusadas-, pero sólo éstas. Mas, en cualquier caso, acostumbro decir a la
persona interesada: «Esta desgracia no basta por sí sola para determinar directa y necesariamente la timidez de usted, puesto que todos los días vemos individuos raquíticos y contrahechos que dan pruebas de una perfecta resolución. Su
importancia es exactamente la que usted quiere atribuirle. Cese, pues, de derrochar su energía mental en ruinas que le deprimen; utilícela en vencer el efecto que causan en usted sus inarmonías exteriores. Así que éstas no le
impresionen habrán dejado de existir, porque es actuando sobre la moral de usted como anulan los medios de que usted dispone para agradar a otro o influir sobre él».
En un platillo de la balanza coloquemos ese elemento, muy relativo, de inferioridad. En el otro amontonemos todos los medios de que disponéis para actuar favorablemente sobre vuestros semejantes: una palabra positiva y
cultivada, una mirada tranquila y resuelta, una manera de andar desenvuelta, un aspecto exterior muy cuidado, unas maneras claras, un comportamiento
irreprochable y, sobre todo, esa voluntad de influir, al lado de la cual se hacen invisibles las taras morfológicas más aflictivas.
Aliada a la voluntad de influir, una apariencia monstruosa concurriría a producir en todas partes y en todos una impresión formidable, y, para muchos, esa impresión sería claramente fascinante. «La belleza, adulada, y la fealdad, rechazada», es un dicho corriente; pero en la realidad las cosas pasan de otra manera. A aquellos a quienes esta cuestión les interese de un modo especial, les remito a mis dos obras Psicología del Amor y Arte de adquirir y desarrollar el atractivo personal.
Al mismo tiempo que os esforcéis en ordenar este aspecto a fin de imprimir la marca de vuestra voluntad, cultivad ardientemente la avidez de influencia. La puesta en práctica de lo que será indicado más adelante a propósito de la integridad orgánica, os dará una apariencia sana, factor esencial del encanto personal. Los esfuerzos que haréis para regiros tal como este libro os lo aconsejará desde diversos puntos de vista, animará a la vez la firmeza de vuestro psiquismo y la expresión de vuestra fisonomía, En fin, el hecho de ver en cada persona un sujeto de experimentación situado ante vosotros especialmente para permitiros que habituéis vuestros medios psíquicos, convertirá muy pronto en un recuerdo ese estado de ánimo temeroso y turbado del cual ya sabéis cuánto disgusta.
4. LA IMPERTURBABILIDAD
Acaso seáis emotivos o sensibles (véase capítulo primero, apartado 4), quizás ambas cosas a la vez. Para dominar a esos dos elementos de desorden interior, sed ante todo ávidos de imperturbabilidad. La admiración por el valor, la
veneración del heroísmo, inculcadas a un individuo en extremo timorato, crean en él virtualidades nobles que, en el momento del peligro, hacen que se yerga su
conciencia contra su modo de ser habitual y tienden a que sus acciones vayan de acuerdo con su conciencia. De igual modo, el emotivo y el sensitivo apasionados por un ideal de imperturbabilidad, inconscientemente han llevado a cabo un gran avance. Desarrollad con ardor esa avidez. Tened sin cesar a la vista, evocad en la pantalla de vuestra imaginación el ejemplo viviente de sangre fría, de
impasibilidad, de lucidez que no podréis por menos de llegar a ser, so pena de continuar sometidos a insoportables trabas.
Representaos las ventajas de la imperturbabilidad. Decidid que no permitiréis a nadie que influya en vosotros fuera de los límites normales y necesarios. Estad resueltos a disponer, a pesar de todo y de todos, de una serenidad
inquebrantable.
Hallaos al acecho de los ejemplos -leídos u observados- de imperio absoluto sobre los nervios y la propia sensibilidad. Saturad de ello vuestro espíritu con toda la fuerza de entusiasmo de que os sintáis capaces. Considerad también los ejemplos inversos, pero consideradlos con repulsión. Decíos, repetíos que no queréis ser como ellos, que todos los centros de vuestra individualidad os pertenecen y que de buen o mal grado les obligaréis a depender de vuestro pensamiento deliberado. Hacedlo así y -os lo aseguro- bien pronto será incompatible la timidez con vuestras disposiciones morales.
5. LA INDEPENDENCIA
Ya habéis visto en el apartado 5 del precedente capítulo, que el echo de sentirse molesto cuando una o muchas personas os miran o cuando suponéis
sencillamente que las miradas se fijan en vosotros, se explica por un temor, ya sea de parecer aquello que no quisierais ser, o de no parecer lo que desearíais ser verdaderamente. Esa preocupación por la aprobatividad, esa fobia por la reprobación provienen, en último análisis, de un sentimiento de vanidad. Si elimináis ese sentimiento, del cual no es posible esperar ningún provecho y que a menudo impulsa al hombre a actuar contra sus bienes morales y materiales, quedaréis radicalmente desembarazados de las impresiones desagradables a que ese sentimiento os hace sensibles. Para vencerle, cultivad la avidez por el
sentimiento contrario: la independencia. Considerad todas las ventajas de ésta. Ellas son tales y tan considerables, que cualquier persona en quien predomine la preocupación por la independencia sobre la de la vanidad, por ese solo hecho adquiere una evidente superioridad. Su pensamiento, sus opiniones, sus palabras, la disposición de su tiempo, sus decisiones de cualquier naturaleza, cesan de estar enfeudadas al deseó de que las apruebe otro. Jamás se desgasta con miras a inspirar a los otros una opinión ventajosa. Reservando al cumplimiento de sus propias voluntades toda su energía, actúa con la única preocupación de realizar cada plan que ella ha deliberado con toda libertad de pensamiento. La única directiva de su conducta es el comportarse irreprochablemente y realizar con método sus designios. Las apreciaciones de los otros respecto a él le son
indiferentes en absoluto: en lo que le concierne, sólo le importa su apreciación personal. Es digno de notar que eso no implica ninguna insociabilidad. Al
contrario, es preciso verse libre de la influencia de otro para adquirir la igualdad de humor, la indulgencia, la cortesía, la discreción, y para guardar constantemente esa impasibilidad contra la cual la ironía, las risas, la crítica y en general todos los ataques chocan y se desconciertan. Eso no implica el desprecio orgulloso de las opiniones que pueden expresar la superioridad o la experiencia, sino más bien la aptitud a adquirir conocimientos, a esforzarse en sacar partido de ellos, después de haber comprobado lo bien fundados que son (y no simPlemente para complacer a los que los dan). Pero esto comporta la
conservación de la libertad de tener o no en cuenta las ideas que os sean sugeridas, de continuar siendo siempre dueños de dar la aquiescencia o de
abstenerse, de reservaros vuestra OPinión; en una palabra, de no depender en lo más mínimo de la influencia de otras personas.
Es fácil comprender que la avidez por una tal independencia no tarda en hacer que el tímido sea invulnerable a todas las impresiones que precedentemente le atormentaban. Y si alguno le dijera en el momento en que vaya a intentar lo que
haya decidido: «Parecerá usted ridículo», su respuesta espontánea será: «Eso no me importa desde el momento en que, en mi opinión, no lo soy».
Esas disposiciones no se improvisan en modo alguno de la noche a la mañana. Se adquieren mediante esfuerzos, de los que algunos no dejarán de ser penosos. Pero una vez creada la avidez, se sabrá sufrir con buen ánimo, sostenerse cueste lo que cueste; se hallará gusto en reaccionar contra lo que sea en uno natural, naturalidad que acaso retorne prontamente la primera vez, pero que acabará por esfumarse a causa de los renovados ataques.
6. LA PRIMACIA DEL JUICIO OBJETIVO
El papel normalmente atribuído a la imaginación es el de asociar, bajo la inspección del juicio, las nociones registradas por la memoria, de manera tal que se formen conceptos o hipótesis nuevos. Desde que se libra de la tutela del juicio, la imaginación tiende a extraviarse. Accionada por la emotividad, la sensibilidad o la vanidad, domina al tímido con sus anticipaciones deprimentes, interpreta sus impresiones reales aumentándolas y concurre poderosamente a hacer perpetua su turbación.
Según nuestra directiva general, consideremos la disposición inversa: la objetividad atenta del juicio, y sintámonos ávidos de una tal prerrogativa. Representémonos como un ideal, digno de ser Perseguido tenazmente, la subordinación de los instintos, impresiones, emociones, sentimientos e
ideologías al criterio reflexivo, deliberado, de la conciencia objetiva. Así reduciremos al mínimo nuestros errores de cualquier naturaleza que sean, Y por consiguiente nuestros fracasos y nuestros contratiempos.
Existe una disciplina precisa para llegar a eso, Y la indicaremos más lejos; pero, para disponernos a observarla, desarrollemos en nosotros la ambición de ser perspicaces, deductivos, lógicos; preocupémonos en todas las cosas de las causalidades y de los resultados y esforcémonos en penetrar la exacta realidad tras todas las apariencias.
¡Cuántas veces el tímido cree ver malevolencia en una mirada simplemente
incisiva! ¡Cuántas veces atribuye una expresión burlona a un rostro sonriente o una intención hiriente a palabras irreflexivas! Y eso le ocurre porque se deja ilusionar por su imaginación en vez de tratar de darse cuenta de lo que tiene realmente a la vista o de interpretar exactamente aquello que escucha. Podría llenarse un volumen exponiendo todas las aprensiones causadas al tímido
únicamente por su delirio imaginativo.
Decidíos pues a no dejaros dominar durante más tiempo por una facultad de la que habréis de exigir importantes servicios, pero de la cual no debéis sufrir la fantasía. Estad dispuestos a vigilaros y a razonar vuestras impresiones a fin de conservar en todo momento vuestra lucidez y vuestra calma.
7. LA ARQUIA INDIVIDUAL
Nuestro método consiste, tal como el lector lo habrá podido observar, en substituir cada una de las causas de la timidez por una disposición inversa. Acabamos de ver que, ya antes de empezar a resistir prácticamente con el fin de crear en sí cada disposición necesaria, hay lugar a autosugerirse la avidez, puesto que esta última constituye el sentimiento motor que impulsa a la resistencia.
La puesta en práctica de lo que precede pondrá fin a esa inercia rectriz del psiquismo superior definida en el apartado 7 del capítulo primero. y a la cual el tímido debe imputar su incapacidad para dominar en presencia de otro el efecto de sus Impresiones.
El llevar a la práctica lo precedente, constituye, en efecto, una primera tentativa, un principio de habituación a concebir y a decidir deliberadamente. El acto concreto prescrito en el apartado 1 (el acto de escribir), y que no exige otra cosa que la mera voluntad, tiene entre otras utilidades la de asegurar el arranque del psiquismo superior (voluntad reflexiva).
Importa mucho que el tímido comprenda bien que en último análisis sufre la anarquía de sus automatismos subconscientes: querría no turbarse, pero a su pesar se desordena su pensamiento. Querría no ruborizarse, pero a su pesar se
pone de color escarlata. Querría tener la audacia de decir esto o aquello, pero a su pesar la sola vista de la persona a la que ha de hablar basta para que se le oprima la garganta. Esos automatismos, esas espontaneidades que así se desenvuelven a despecho vuestro -a pesar de vuestra voluntad, la cual debiera ser su reina y señora- actúan frente a ella como el caballo indómito frente a un jinete demasiado débil. Como este último, vosotros debéis entablar la lucha y llegar a gobernar, a regir todas las manifestaciones de vuestro psiquismo inferior.
Cultivad, pues, la avidez del poder de reinar en vosotros y sobre vosotros e insurreccionaos contra la tiranía de los instintos, impulsos, impresiones, emociones, costumbres, etc. Aborreced la irreflexión, el atolondramiento, la expansividad. Cualquiera que sea su condición, el hombre perfectamente dueño de sus automatismos psicológicos posee una serenidad que depende casi únicamente de él. Al contrario, al individuo colmado de favores por la Naturaleza, el
nacimiento, la fortuna, pero desprovisto de autocontrol, le basta cualquier impulso emocional insatisfecho para que en lo sucesivo se halle pesaroso, atormentado, para que se sienta desgraciado.
El programa racional del que acabamos de bosquejar el detalle, parecerá a algunos desproporcionado a sus medios. Que no se dejen desconcertar. Que fijen ante todo su atención en uno de los objetivos a alcanzar y después en un segundo objetivo, y así sucesivamente. El más ligero progreso abre un acceso a la vía que uno se ha trazado y estimula la actividad de las facultades nobles.
Lo que conviene tener siempre a la vista es precisamente el ligero progreso posible que pueda lograrse en seguida. Con ayuda de esa directiva, el objetivo será muy pronto alcanzado.
CAPITULO III
La integridad orgánica
1. El inventario inicial. - 2. Primera condición esencial. - 3. La exacta nutrición. - 4. Toxinas y residuos. - 5. Segunda condición esencial. - 6. Higiene nerviosa y mental. - 7. Casos especiales.
1. EL INVENTARIO INICIAL
Ante todo es preciso que nos hagamos dos objeciones. Primera objeción: «No estoy enfermo. Mi timidez no tiene elementos físicos». Respuesta: «Usted no sufre. Usted no está inmovilizado. Usted deduce que no está enfermo. Quiere decir que por el momento está exento de crisis agudas. Pero entre el estado de crisis aguda del enfermo en cama o manifiestamente molesto y el exacto equilibrio interno, hay lugar para una condición intermedia caracterizada por una o muchas irregularidades funcionales. Buscando bien, encontrará que algunas de estas últimas existen en usted».
Segunda objeción: «Conozco una persona llamada X., débil, enfermiza, pero cuya resolución es Perfecta». Respuesta: «Es que X. se halla provisto de
calificaciones psíquicas que le permiten vencer las repercusiones nerviosas y cerebrales de su mal estado físico. Ese no es el caso de usted, Puesto que usted, que tiene mejor salud que él, es tímido».
Henos, Pues, llevados a la necesidad de que os inventariéis en detalle a fin de discernir vuestras irregularidades funcionales y enmendarlas.
Un examen médico minuciosamente hecho por un clínico experimentado a la vez como fisiólogo y como psíquico será lo mejor. A falta de ello, proceded vosotros mismos con ayuda de las indicaciones sumarias que damos a continuación: Sueño:
a) ¿Dormís lo suficiente? Es decir, ¿dormís un mínimo de siete horas para los temperamentos biliosos, ocho horas para los temperamentos sanguíneos, nueve horas para los temperamentos nerviosos y diez horas para los temperamentos linfáticos? Para que podáis daros cuenta de a qué temperamento pertenecéis, examinad el color de vuestro rostro comparándolo con una hoja de papel blanco.
Si la tez es de color cetrino, temperamento bilioso; si es de color rojo, sanguíneo; si es obscura, nervioso; y si es blanquecina, linfático.
b) Una cosa es la duración del sueño y otra su tranquilidad. ¿Dormís sin
agitación ni pesadillas? Sabed que si esas dos condiciones no van reunidas, eso basta para explicar esos torpores y esas febrilidades de donde se sigue la lentitud de las asociaciones mentales o lo incoercible de los impulsos. Alimentación:
c) ¿Vuestro apetito es regular y potente o inestable y fugitivo?
d) ¿Vuestra alimentación tiende al exclusivismo o tiende a la omnifagia? En otros términos, ¿sentís una preferencia extrema por un pequeño número de manjares desagradándoos los demás, o coméis casi indiferentemente de todo? e) ¿Coméis moderadamente o con abundancia? En el primer caso deberéis sentiros tan ligeros de cuerpo y espíritu al levantaros de la mesa como antes de comer. f) ¿Os dais cuenta de vuestras digestiones? Es decir, ¿sentís pesadeces, somnolencia, dolores de cabeza, opresión o palpitaciones después de comer? g) ¿Os procura cada ingestión de alimentos una sustentación tranquila y
constante durante las horas que siguen, o va seguida de sobreexcitación durante las primeras horas y de lasitud después?
Eliminación:
h) Durante veinticuatro horas debéis eliminar litro y medio de orina. Si el volumen total de vuestras micciones está lejos de alcanzar esa cifra o si la rebasa considerablemente, tomad nota de ello. La comprobacíón es fácil. Elegid un día en que podáis permanecer en casa y utilizad en vuestras micciones un frasco graduado de los que a tal fin se encuentran en las farmacias.
i) La orina debe ser límpida en absoluto, transparente, sin ningún depósito. Su color normal se parece al amarillo paja. Comprobad con cuidado si la vuestra es así.
j) En el espacio de veinticuatro horas, un aparato digestivo normal elimina sus residuos dos veces por día. Puede ser suficiente una sola eliminación; pero si no hay siquiera una cada veinticuatro horas, el organismo está con toda
seguridad intoxicado. Respiración:
k) La frecuencia de los constipados, la irritabilidad de la garganta o de los bronquios, la tos, la expectoración, síntomas manifiestos de un desorden, deben ser inmediatamente expuestos a un especialista.
l) ¿Es normal vuestra capacidad pulmonar? El extremo mínimo tolerable es de 1.800 centímetros cúbicos. Llénese de agua una botella de dos litros de gollete estrecho, y una gran cubeta; introdúzcase en el gollete de la botella un tubo de caucho. Dése Vuelta rápidamente a la botella sumergiendo su gollete en la cubeta con agua, de tal manera que el extremo libre del tubo de caucho quede por encima de la superficie del líquido. Tómese entonces ese extremo, hágase una
inspiración lenta y profunda y, aplicándose el tubo a la boca expúlsese el aire inspirado, soplando para ello en el tubo. Eso arrojará de la botella un volumen de agua igual al volumen de aire expirado. Por lo demás, todos los especialistas disponen de aparatos adecuados para tal evaluación.
Cardiovasculación:
m) ¿Experimentáis a veces una elevación brusca, rápida y muy notable de los latidos de vuestro corazón?
n) ¿Se os enfrían con frecuencia las extremidades cuando desciende la temperatura?
ñ) Cuando os despertáis, ¿tenéis tumefacto el rostro?
o) Después de una marcha a pie, y aun sin causa aparente cada noche, ¿se os hinchan los tobillos?
P) ¿Palidecéis u os ruborizáis excesivamente bajo el efecto de las menores impresiones?
q) ¿Os sobresaltáis bajo el efecto de una impresión sensorial brusca, por ejemplo, de un violento campanillazo o de un ruido causado por la caída de un objeto?
r) ¿Se os hace intolerable el menor dolor?
s) ¿Os sentís con frecuencia abatidos, flojos, sin fuerzas?
t) ¿Os repugna en gran manera el esfuerzo -físico o moral-, por débil que sea? u) ¿Os sentís sobreexcitados, locuaces, susceptibles, irritables?
Es de observar que el agotamiento nervioso resulta únicamente, en ciertos casos, de los abusos desperdiciadores de que he hablado en el apartado 2, sección b, del capítulo primero.
Cerebro:
V) El principal criterio del estado cerebral es la capacidad de atención. A tal respecto haceos las siguientes preguntas:
- ¿Puedo leer sin fatiga apreciable una o dos horas seguidas?
- ¿Puedo estudiar igualmente sin fatiga considerable una o dos horas diarias? (La simple lectura pone en juego la atención espontánea, el estudio necesita una atención voluntaria.)
- ¿Comprendo clara e instantáneamente las consideraciones nuevas que oigo o leo, o, si se da el caso, las instrucciones que recibo?
- ¿Me hace falta trabajar para adaptarme a una nueva tarea? - ¿Tienen precisión mis recuerdos?
Aunque sumario, el examen que precede bastará para permitiros apreciar las principales irregularidades o deficiencias de vuestra máquina orgánica. Un
inventario más minucioso será útil a la mayoría de los tímidos. Cada cual deberá tener interés en consultar un médico especialista en su caso.
Veamos ahora los correctivos a aportar.
2. PRIMERA CONDICION ESENCIAL
Ya lo he escrito en muchas ocasiones, e incluso he consagrado a ello una obra especial, y vuelvo de nuevo a repetirlo incansablemente porque es un punto capital: la insuficiente duración del sueño, su falta de profundidad, engendran inexorablemente importantes alteraciones. Es un hecho cierto que individuos muy robustos soportan largos años de insomnio sin aparente doblegamiento. Que otros individuos, no particularmente robustos, pero habituados a dormir poco, no parezcan soportar muy mal la falta de sueño, se explica por la propiedad de acomodación del organismo, que mal que bien se adapta a las violencias que se le infligen. Pero, más pronto o más tarde, las fuertes constituciones lo mismo que las débiles, sordamente minadas por el insomnio, sufren las consecuencias de la ruina física inseparable de su manera de vivir.
En particular para el tímido, la importancia de un sueño regular es directa e inmediata. Esto se comprueba fácilmente. En efecto: si el tímido duerme
normalmente muchas noches seguidas, siempre comprueba que su resolución tiende a aumentar. Si, al contrario, llega a pasar algunas noches (a veces una sola) particularmente malas, se acentúan todos sus trastornos.
El potencial de influjo nervioso aumenta o disminuye según que la recarga energética nocturna se opere o no convenientemente. En este último caso, todas las funciones vegetatívas languidecen, todos los mecanismos psiconerviosos carecen de animación, todos los elementos aductores de la voluntad se hunden. Por otro lado, la impresionabilidad y el eretismo vasomotor se exasperan. Se concibe, pues, que para el tímido resuelto a librarse de su enfermedad
psicológica se imponga ante todo la reglamentación del sueño. Las medidas a tomar son muy sencillas en los casos ordinarios: - Adoptar horas fijas y cumplirlas;
- Reservar para las tareas más apacibles la hora que precede al acostarse; - Asegurar el Silencio en el lugar en que se duerma;
- Enseguida de acostarse, sumir en la obscuridad el dormitorio, disponer cómodamente el cuerpo y, después, inmovilizarse en absoluto relajando los músculos y conservando esa misma posición hasta que venza el sueño.
Si a pesar de las medidas precedentes, fuera difícil dormirse, si el sueño fuese agitado o interrumpido, si el despertar fuera prematuro, son útiles ciertas precauciones suplementarias:
- Prescindir de toda clase de excitantes (1);
- Reducir al mínimo la comida de la noche, limitándose a ingerir en ella cereales, legumbres y frutas;
-Baño o afusión de agua tibia diez minutos antes de irse a la cama. (Bien entendido que esto implica necesariamente una separación de tiempo entre la comida y el sueño.)
(1) Hay tres tipos de excitantes principales: a) Café y té.
b) Alcoholes, licores, vinos, bebidas fermentadas. c) Azúcar y productos de confitería.
3. LA EXACTA NUTRICION
Basta que el lector se renueve las preguntas que le hemos invitado a hacerse en el apartado 1 del presente capítulo a propósito de su apetito, de su digestión y de su cenestesia postprandial, para que se haga cargo de la oportunidad de una perfecta armonía funcional. Faltando ésta, no sería posible obtener la lucidez de espíritu necesaria a la resolución y la sustentación continua de las fuerzas físicas y morales.
He aquí las reglas que hay que adoptar:
- Un mínimo diario de una hora de ejercicio al aire libre es indispensable a todos los sedentarios, sobre todo desde el punto de vista de la regularización nutritiva;
- Entre comidas, ninguna ingestión de sólidos ni de líquidos, a excepción de agua pura (2);
- Horas fijas para las comidas;
- Comer sin apetito es fingir y debilitarse. Si el apetito no viene a hora fija, bébase sencillamente medio vaso de agua, sálgase a respirar el aire puro y
espérese a la comida siguiente;
- Desconfíese de las predilecciones exclusivas del paladar por los manjares sápidos y las carnes. Procúrese que en la composición de las minutas de las comidas figuren en las necesarias proporciones los cereales, las legumbres y las frutas. Lo mejor para ello es regirse por la tabla que sigue (3) establecida tomando como base la docena:
A: Carnes, huevos y pescados
B: Legumbres verdes y frutas frescas C: Farináceos, criptógamas
D: Lacticinios y quesos frescos E: Frutas secas, pan y cereales
- Comer es una cosa, y asimilar, otra. Una comida abundante entorpece, fatiga el tubo digestivo y sus anexos, con menos provecho que una comida moderada;
- Ladigestión empieza en la boca. Conviene, pues, mascar con minuciosidad e insalivar minuciosamente el bolo alimenticio. A falta de ello, la materia prima entregada a la fábrica gastrointestinal no está en su punto, y resultado de ello son las sensaciones penosas y la debilidad.
- Si os sentís sobreexcitados en la hora que sigue a la comida y deprimidos no mucho después, es porque abusáis de los alimentos de la sección A. por abuso se entiende no sólo la ingestión de grandes cantidades, sino también la de
proporciones demasiado elevadas comparadas a la de los otros alimentos.
(2) La costumbre del aperitivo eS causa de la ruina de muchos estómagos. En las regiones donde se hace mucho uso de la cerveza no faltan ni la dilatación
estomacal ni la ptosis.
4. TOxINAS Y RESIDUOS
Si el inventario prescrito en el apartado 1 os revela una irregularidad en lo que concierne a las cuestiones h, i, j, eso indica por lo menos:
1) que vuestra alimentación es tóxica o insuficientemente acuosa; 2) que vuestros músculos no tienen bastante actividad.
Acabamos de ver cómo debéis ordenar vuestras comidas. En nueve casos de cada diez, la observancia de las indicaciones dietéticas que preceden bastarán para restablecer el tipo y los ritmos normales de las eliminaciones. Se ayudará aún a ello bebiendo, durante el día, algunos vasitos de agua pura (hervida o filtrada si fuera necesario). Los sanguíneos, los obesos y, más generalmente, todas las personas cuyo intestino carece de vigor, harán bien en tomar dos o tres veces por semana, e incluso cada día por la mañana, en ayunas, una cucharadita de las de café (a ras del borde de ellas) de sulfato de sosa. Agreguemos que toda persona debiera someter su orina a análisis por lo menos una Vez por año y visitar luego a un especialista.
5. SEGUNDA CONDICION ESENCIAL
Desarrollo torácico y actividad respiratoria por lo menos normales -lo cual es indispensable- y mejor aún por encima de lo normal. Además de la acción directa de la respiración sobre la salud física, no olvidemos que la actividad
respiratoria constituye el moderador más seguro de la emotividad. Si vuestro perímetro torácico no alcanza la medida normal, desarrolladle mediante el ejercicio: id a un gimnasio, utilizad un aparato adecuado, conformaos con las indicaciones de un buen manual de cultura física diaria; poco importa a cuál de los tres métodos deis vuestra preferencia, pero actuad.
Empezad por tres minutos de esfuerzo cada día y aumentad progresiva y suavemente la duración de ese esfuerzo. Por poco que hayáis desarrollado en vosotros la avidez de integridad orgánica de que hemos tratado en el capítulo ii, ese esfuerzo os será ligero e incluso agradable. Encontraréis en ello un inmediato alivio, no sólo por el efecto físico directo del ejercicio, sino también porque todo esfuerzo inacostumbrado que uno se impone Y que efectúa correctamente aumenta en el acto la confianza en sí.
Durante la hora diaria de aire libre de que hemos hablado en la página 65,
respirad activamente. Cuando vayáis a vuestras ocupaciones, acordaos de efectuar profundas inspiraciones. De ese modo obtendréis abundante producto de la mejor de las fuentes de energía física y moral.
La gimnasia conviene especialmente a los débiles. El ambiente de los individuos sanos, vigorosos, expansivos a quienes se trata, influye sobre los débiles a la manera de un potente magnetismo. Ese ambiente suscita la avidez de la fuerza y de la audacia.
Con una alimentación hipotóxica y exenta de excitantes, con eliminaciones perfectas y una actividad pulmonar ejercitada, el corazón y la circulación se regularizan casi siempre. El uso de la hidroterapia, no de una hidroterapia brutal, sino adaptada a las resistencias constitucionales, ayuda asimismo la cardiovasculación. Y no perdamos de vista el sueño, base fundamental del equilibrio.
Los interesados se dan cuenta pronto de hasta qué punto favorece a la resolución el bienestar interno.
6. HIGIENE NERVIOSA Y MENTAL
La base de la higiene nerviosa y mental, acabamos de exponerlo, es la higiene orgánica. La mayoría de los desórdenes neuropáticos o psicopáticos proviene o bien de una autointoxicación, o de la subsecuencia de las autointoxicaciones hereditarias. La adopción de un modus vivendi de acuerdo con nuestras
precedentes indicaciones se impone, pues, ante todo.
He aquí lo que conviene observar para favorecer la calma de los nervios y la lucidez del cerebro:
- Reglamentar el empleo del tiempo con bastante precisión para evitarse las ansiedades y las precipitaciones del retraso, así como las languideces por falta de ocupación;
- Apartarse de las personas agitadas, verbosas, melancólicas o ansiosas; - Moderar la propia expansividad;
- Hablar y actuar deliberada, reposadamente; evitar la acción febril;
- Distender los nervios y los músculos muchas veces por día. Para ello hay que aislarse, sentándose o tendiéndose, cerrar los ojos, respirar profunda y
regularmente y recogerse en sí mismo;
- Rechazar toda literatura sensacional y todo espectáculo de tal naturaleza que pudiera actuar violentamente sobre la propia emotividad;
- Aprovecharse de cualquier ocasión de efectuar aisladamente un ejercicio suave y regular al aire libre;
- Abstenerse de todo exceso y de toda costumbre debilitante. Esto es elemental y capital;
- Considerar las contrariedades y fracasos eventuales como inevitables
incidentes; acogerlos como se acoge la lluvia o la tempestad. Deducir de cada experiencia la enseñanza que se sepa desprender, de la cual se sabrá sacar partido en el porvenir, y rehusar el dejarse afectar en otra medida;
- En caso de un exceso de trabajo, forzoso, recupérense lo más pronto posible, mediante el sueño y el aislamiento, las energías derrochadas;
- Evítese el sobrepasar la intensidad y la duración del esfuerzo compatibles con los recursos de la propia constitución. La tenacidad metódica realiza sin
perjuicio lo que la obstinación apasionada no siempre obtiene, a pesar de sus violentos esfuerzos;
- Justificada o no, la cólera consume sin provecho la energía nerviosa,
desordena el juicio e irrita las vísceras. Cualesquiera que sean los agravios que otro tenga contra vosotros, no le consintáis semejante sacrificio;
- Súbitamente afectados por dificultades abrumadoras, estad seguros de que será en la calma y en el recogimiento donde encontraréis con más seguridad la
solución. Sabed, pues, llegado el caso, depositar por un momento el peso de vuestras preocupaciones y salid a tomar el aire, a deambular, a distenderos. Después de esto, será mayor vuestra lucidez;
- Cuando se os presente un problema que no sepáis resolver en el acto, desviad de él vuestro espíritu y no volváis a ello sino poco a poco, por partes. El arte de soportar alegremente las mayores responsabilidades no tiene otro secreto; - Desde el punto de vista intelectual, en este mundo hay un 10 por 100 de
indigentes y un 70 Por 100 de mediocres. Si os irritáis en presencia de alguno, si os desgastáis tratando de hacer prevalecer vuestro punto de vista cada vez que la justa medida o la equidad son ultrajadas, pasaréis vuestra vida
derrochando vuestros recursos, impulsando la roca de Sísifo de la incomprensión y de la ceguedad. Así, discutir sin una absoluta necesidad es ganarse una afonía predicando en desierto;
- Un trabajo atento y apacible tonifica los nervios y el espíritu, incluso y sobre todo si están deprimidos.
7. CASOS ESPECIALES
Desgraciadamente, existen personas con grandes taras congénitas a las cuales no bastan las indicaciones de un libro. Ante todo tenemos los débiles
constitucionales de que ya hablé en otro libro. Después tenemos aquellos a quienes una distrofia, una insuficiencia endocrina o, más sencillamente, una funesta costumbre inveterada, designa para un tratamiento médico. No es negando el mal como se pone a ello remedio, sino mirándolo de frente para combatirlo con todas las armas que requiere su malignidad.
Físicamente jamás se hará un atleta de un engendro; pero este último, tratado convenientemente, con método y persistencia, se equilibrará y subsistirá de una manera relativamente armoniosa, muy Preferible a su condición inicial.
Físicamente, los Caracteres temerosos e impresionables en grado sumo, a causa de cualquier trastorno hereditario, encontrarán, si no el vigor de los fuertes de
nacimiento, cuando menos un grado de seguridad y de serenidad, muy apreciable, bajo el efecto de una dedicación apropiada.
En ambos casos el papel del médico sigue siendo primordial, esencial.
Por otra parte, que nadie se apresure a acusar a la herencia de las deficiencias que compruebe en sí mismo: el caso hereditario es la excepción. La regla es el desconocimiento puro y simple de las leyes de la armonía fisiológica.
La concienzuda puesta en práctica del presente capítulo os dará la medida de lo que podréis hacer sin ayuda ajena para regular de una manera satisfactoria los rodajes de vuestra máquina orgánica. Independientemente de sus resultados directos, ese esfuerzo, efectuado de acuerdo con la prudencia, desarrollará vuestra resolución, por el solo hecho de que afirmará el imperio de vuestra voluntad, de vuestro pensamiento deliberado, sobre vuestros automatismos e impulsos de cualquier naturaleza.
CAPITULO IV Aspecto exterior
1. Higiene general. - 2. El rostro. - 3. El cuerPo. - 4. Del vestir. - 5. La palabra. - 6. La actitud y las expresiones. - 7. La rradiación.
1. HIGIENE GENERAL
La observancia de las indicaciones del capítulo precedente suprime de golpe muchas causas de alteraciones exteriores. Las erupciones que afean el rostro, la seborrea que es causa de que brille la piel, la extrema sequedad de donde se forman las arrugas, todo eso se enmienda rápidamente con un régimen sano y con eliminaciones regulares. El hábito del movimiento y de la cultura física
moderada dan flexibilidad y facilidad a las actitudes. En fin, el bienestar interior, inseparable de una perfecta regularización orgánica, el aumento de tono vital que a ello sigue, concurren a hacer más resplandeciente el matiz del rostro, a que sea más expresiva la mirada y a la coordinación de los reflejos. No olvidemos que el vigor corporal afirma la expresión fisonómica, fortalece la voz e imprime a los gestos reposo y seguridad.
El pleno equilibrio vital en un cuerpo contrahecho favorece mucho más la
resolución que la belleza de las líneas aliada a un débil organismo. Es, pues, vuestro modus vivendi lo que importa esencialmente desde el punto de vista de vuestro aspecto exterior.
2. EL ROSTRO
Veamos ahora los cuidados complementarios. En el Arte de adquirir y desarrollar el atractivo Perso7ial señalo tres elementos principales necesarios a la armonía del rostro: perfección del peinado, estado irreprochable de la dentadura y
frescura de la tez. Los dos primeros puntos dependen del especialista. En lo que concierne al tercero, notad que la hipoacidez del régimen alimenticio asegura la igualdad y el brillo de la tez, mientras que la hiperacidez repercute
fastidiosamente en la epidermis facial: altera el colorido y utiliza-a costa de la estética-el emuntorio de la piel como vía de eliminación, bajo la forma de granos, sarpullidos, etc. Por otra parte, la insuficiencia del sueño basta para ajar un semblante y para hacer que surjan precoces arrugas. El engrasamiento gastrointestinal y renal se señala muy pronto por un tinte descolorido, ictérico, plúmbeo o colémico, por el acné, el eczema o la furunculosis. Se impone, pues, la limpieza interna primordialmente, si se tiende a la pureza externa.
Eso expuesto, diremos que vuestra epidermis puede presentar una tendencia
natural, normal, ya sea a una excesiva sequedad, ya a la seborrea grasienta. En el primer caso, tenéis interés en evitar el uso del jabón de tocador y agua demasiado caliente o demasiado fría. Utilizad únicamente agua tibia en la cual verteréis una pulgarada de borato de sosa o una cucharada sopera de la loción siguiente:
Agua de laurel-cerezo: 200 gramos Leche de almendras: 300 gramos
Para asegurar la perfecta limpieza de la epidermis no es indispensable ningún jabón: pequeñas torundas de algodón embebidas en leche de almendras dulces muy líquida o de agua destilada bastan para ello. Aquellos que no quieran prescindir del jabón debieran elegirlo entre los menos cáusticos; recúrrase, por ejemplo, a un jabón de borato de sosa.
Si, al contrario, vuestra epidermis es luciente, seborreica, podéis hacer uso de un jabón a base de ictiol y añadir a vuestra agua de tocador diez gramos de bicarbonato de sosa por litro, o una cucharada sopera de la loción siguiente: Alcoholato de limón: 200 gramos
Tintura de benjuí: 20 g. Alcohol de lavanda: 80 g. Benzoato de sosa: 15 g. Tintura de quillay: 30 g.
Además, procurad que vuestro rostro no deje traslucir perpetuamente vuestras impresiones y vuestras emociones: esforzaos en conservar un rostro impasible, sobre todo cuando habléis. Ante todo os arrugaréis mucho menos de prisa que aquellos que hacen visajes, ríen y sonríen treinta veces por día. Después, eso os acostumbrará a regir vuestras reacciones. Os ruborizaréis cada vez con menos facilidad (1). Vuestro rostro adquirirá distinción, atractivo, porque no
expresará sino sentimientos moderados, reservas y aquiescencias discretas. De ese modo daréis de vuestra personalidad una idea excelente, incompatible con el abandono impulsivo y ruidoso.
Sabed, en fin, regir vuestra mirada. No se trata en este caso de que sea fascinadora o hipnotizadora, sino simplemente de educación de los ojos. El
primer esfuerzo para ello debe tender al reflejo palpebral, que se procurará que sea cada vez menos frecuente, a fin de dar a la mirada una expresión tranquila y de seguridad. Para ello no hay mejor ejercicio que la lectura, vigilándose para parpadear lo menos posible, como si se quisiera mantener los ojos abiertos con fijeza, con los párpados inmóviles. Una vez conseguido este primer resultado, se procurará habituarse a la vista de superficies brillantes sin bajar los
párpados. Entonces se será ya apto para afrontar resueltamente las miradas de cualquiera sin la menor intención provocadora, pero con la tranquila fijeza del hombre seguro de sí mismo e imperturbable.
(1) Ciertos medicamentos inofensivos ayudan a combatir el rubor del rostro. Tales son la Kelina y la Loción aneréutica Vassart.
3. EL CUERPO
La impresión producida por un rostro cuyo aspecto esté de acuerdo con lo que precede, puede bastar para contrabalancear aquella que cualquier defecto
corporal evidente tienda a determinar: una cojera, o una gibosidad, por ejemplo. Muchas veces he visto la prueba de ello en sociedad, porque he encontrado
enfermos muy atractivos, muy buscados, seductores. Puedo, pues, decir que todo individuo cuya fisonomía y cuya palabra impresionen agradablemente y cuya limpieza exterior sea irreprochable, puede dejar de preocuparse de las
desgracias morfológicas de que esté afligido. Lo que cada cual habrá de tender a combatir es la extrema delgadez y la obesidad aparente.
Sabido es que la delgadez- incluso cuando se acentúa lo bastante para llamar la atención-no significa falta de alimentación suficiente, sino más bien una
víciación de los metabolismos que turban la asimilación. Una de las tales causas, la principal -la única quizá- de tal anomalía, reside en una
constricción músculonerviosa excesiva y continua que ni el mismo sueño logra suspender. El indivíduo delgado debe, pues, aprender a relajar sus músculos, a distender sus nervios. Debe adquirir ese estado constante de relajación que