El vigor del psiquismo humano persiste y se afirma por el acuerdo entre el pensamiento que concibe y la voluntad actuante; ese vigor decrece y se debilita cuando existe una divergencia habitual entre las intenciones, las resoluciones y la acción o el comportamiento. Así, aunque esté provisto de una inteligencia excepcionalmente dotada, el individuo incapaz de adaptar sus actos a su pensamiento deliberado carece de integridad psíquica. He aquí por qué tantos tímidos son inteligentes, mientras que la osadía se observa con frecuencia en espíritus mediocres que sustentan una firme voluntad. La costumbre de llevar a cabo aquello que se haya decidido y madurado, de adaptar la propia conducta a
las luces del discernimiento, desarrolla el vigor psíquico y por consiguiente la resolución.
Esa costumbre se adquiere por medio de la atención y el esfuerzo. Casi siempre hace falta adquirirla, y es lo más natural a la debilidad humana dejarse influir por la sugestión o por el obstáculo cuando llega el momento de adaptarse a
aquello que se ha decidido. Gran número de personas piensan a la deriva y actúan del mismo modo; poco a poco pierden la confianza en su capacidad para imponerse una cosa y abstenerse de otra en un momento determinado. Les falta entonces la estabilidad mental, incluso cuando sienten de ella imperiosa necesidad -en
ciertas circunstancias decisivas por ejemplo-, porque, en ellas, el pensamiento, por una parte, y la voluntad, por otra, están a merced de las impresiones que reciben de los objetos materiales o del exterior de otra persona.
Hay que hacer observar que todos los esfuerzos que hemos preconizado en los capítulos precedentes, desde diversos puntos de vista, para eliminar las causas de la timidez y conquistar la resolución, concurren a la integridad psíquica. Pero si se tiende a impulsar el desarrollo de ésta hasta sus últimos grados, conviene situar en el primer plano de sus principios el de actuar en todas las fases de la vida, tanto para las cosas de poca importancia como para las que la tengan grande, de conformidad con las intenciones reflexionadas y decididas previamente. El caso de absoluta imposibilidad y aquel en que, a la hora prevista, un hecho nuevo obligue a alguna enmienda de la decisión primitiva, serán los únicos en que será tolerable a los «discípulos de la energía» que se dobleguen.
Hay que considerar como un puntillo de honor el aceptar siempre como saludable y fecundo el esfuerzo que la propia conciencia nos muestre luego de llevar a cabo enérgicamente ese esfuerzo, aun a despecho de todo aquello que pudiera incitarle a desviarse, cada vez que eso sea necesario. Acaso se encontrará que abuso de la palabra «esfuerzo»; pero lo hago adrede, porque la palabra y la cosa constituyen la piedra de toque de toda modificación voluntaria que se trata de aportar, ya sea el carácter, ya a las condiciones de existencia en que uno se encuentra situado. Todos hemos tenido trabajo para poder aprender a descifrar el
silabario, pero ahora ya no es trabajoso para nosotros el leer. Hemos pagado el imprescindible tributo que asegura la posibilidad de conocer y adquirir los medios de enriquecer nuestra imaginación. El trabajo que actualmente nos tomamos para fortalecer nuestra integridad psíquica, considerémoslo como algo que hace falta pagar para poseer algo más tarde: una de esas voluntades que por nada se desconciertan. Se me permitirá añadir: juzguémonos dichosos de conocer el medio de pagar y de utilizarlo; ¡tantos hay que lo ignoran, y tantos otros que lo conocen y rehúsan servirse de él!
5. REsISTENCIA
Ya hemos visto en el capítulo II la importancia que tiene librarse de las trabas orgánicas de la resolución. Una vez bien establecida la integridad física -pero no antes-, se podrá pedir al trabajo muscular un nuevo elemento de confianza en sí mismo. Un sentimiento moral reconfortante acompaña y sigue siempre la lucha contra las resistencias físicas. Así, el tímido saldrá fortalecido tras una sesión de pesas y paralelas si tiene la conciencia de haber trabajado» correctamente y con energía. En principio todos los deportes dan lugar a un resultado análogo, pero preconizo las pesas y las paralelas porque esa rama del atletismo se ha revelado, según la experiencia, como la mejor para los tímidos. Durante su práctica es barrida toda sobreexcitación. Comporta varias sesiones y requiere un esfuerzo apacible no frenético, como otros muchos deportes. Los principiantes deberán dejarse guiar, entiéndase bien, por un profesor serio que regulará la progresión de su trabajo, a fin de evitarles principalmente el exceso de fatiga, que deprime y engendra la aversión.
De una manera más general, a aquel que desee lograr la resolución íntegra, se le impulsa a desarrollar su fuerza muscular y su resistencia. A los más
sedentarios, la vida les proporciona la ocasión de andar, de levantar pesos, de acarrear... Estas ocasiones se siente la tentación de abandonarlas, porque sólo la noción de trabajar y de fatigarse es la que acude a la imaginación. Se olvida
que el trabajo muscular fortalece, y que la costumbre disminuye progresivamente la fatiga, esa fatiga de que se quejan los neurasténicos después de haberla adquirido, por decirlo así, cuidadosamente, a fuerza de inercia.
Ciertamente existen muchachos muy vigorosos que se muestran en extremo tímidos; pero, en ellos, la timidez se corrige casi siempre espontáneamente y en todos los casos con facilidad, por poco que se oponga a ella una reeducación metódica. Un ambiente despótico, los continuos reproches, las aserciones humillantes
reiteradas, bastan para convertir en seres tímidos a niños robustos; pero la sugestión en sentido inverso les restituye con mucha mayor rapidez que a los débiles el aplomo normal momentáneamente inhibido en ellos.
Después de haber adquirido una cierta resistencia al esfuerzo muscular, se buscará con provecho la resistencia cerebral y, en primer lugar, el desarrollo de la capacidad de atención voluntaria, de concentración de espíritu. Aquel que sabe fijar voluntariamente su conciencia en un tema determinado y mantenerla en él, cierra con facilidad el acceso a ésta de las ideas o emociones parasitarias de donde se siguen la mayoría de las manifestaciones de la timidez. Concurre poderosamente a la firme estabilidad de la moral del individuo el adiestramiento simultáneo de las posibilidades físicas y mentales. Cada cual adquiere una
confianza más y más inquebrantable en su personalidad a medida que se desarrolla en él la convicción de que sus posibilidades de todo orden aumentan. La inversa no es menos cierta: a consecuencia de una decadencia fisiológica o psíquica la depresión no tarda en hacer su aparición, y con ella la timidez.
También en ese caso se puede y se debe reaccionar con la certidumbre de recobrar las fuerzas. No os descorazonéis jamás.