La aportación más original e importante del máximo representante de la Psicología Histórico-Cultural, Vygotski, es precisamente su consideración de la mediación instrumental del pensamiento. Dicho autor, asienta sus bases en ciertos aspectos de la teoría del materia- lismo dialéctico o, más propiamente, del materialismo histórico. En este sentido, previamente hemos apuntado como se usaron las tesis marxistas en aspectos tales como la necesidad de un análisis genético o en la consideración social de los procesos psicológicos. En el caso de la medición semiótica, los orígenes provienen de la tesis de Engels sobre la mediación a través de herramientas. Si bien Vygotski acepta- ba que las formas elementales de conducta, los actos psicológicos simples, implicaban una reacción directa del organismo al ambiente, esta respuesta inmediata no es válida para la comprensión de proce- sos más complejos. En su lugar, él propone una relación mediada en- tre el hombre y su contexto a través de un vínculo que media la rela- ción (Vygotski, 1930, 1978; Leontiev, 1959). Lo que Vygotski quería presentar es cómo en las formas superiores del comportamiento hu- mano, el individuo modifica activamente la situación ambiental en el propio proceso de relación con ella. En esta actividad, el hombre, a través del uso de herramientas, regula y transforma la naturaleza y, con ello, a sí mismo.
Como han indicado numerosos autores estudiosos del enfoque histórico-cultural, el uso de la noción de Engels de mediación instru- mental se extendió, dentro del seno de esta escuela, a esferas psico- lógicas, produciéndose con ello un cambio revolucionario en la con- cepción de las funciones psicológicas, del lenguaje y de la relación entre ambos (Cole, 1996; Kozulin,1990; Ramírez, 1995; Wertsch, 1985a, 1991, 1998). Al igual que las herramientas median la relación con el entorno físico y en este proceso es transformado el propio entorno, las herramientas psicológicas, median las funciones psi- cológicas (por ejemplo la percepción, la atención, la memoria o el pensamiento) provocando una transformación fundamental de esas funciones. Esto significa que los instrumentos psicológicos o signos sirven para desarrollar las funciones psicológicas, por lo que no pue- den ser considerados como medios auxiliares que simplemente facili- tan la puesta en práctica de la misma, sino que a través de ellos se transforma la propia función (Vygotski, 1930).
Esta concepción instrumental está indisolublemente unida a la tesis de la génesis socio-histórica de las funciones psicológicas. Di- cho de otro modo, los signos, al igual que las herramientas materia- les, son artificiales, no sólo en cuanto a su forma particular, sino tam- bién en cuanto a su función y al modo de emplearlos. Tienen por tanto un carácter social, son producto de una práctica social y el ac- ceso a ellos por el individuo está asegurado porque éste forma parte de un contexto socio-cultural. Su carácter social viene marcado no sólo porque los signos sean producto de la evolución socio-históri- ca, sino además, por la forma en la que se adquieren; esto es, a tra- vés de la interacción social cercana. Como diría Wertsch, no se trata de que todas las herramientas y signos se adquieran a través de una instrucción directa con tal objetivo, sino que los entornos de interac- ción proporcionan suficientes oportunidades para su descubrimien- to (1985a).
De entre los distintos sistemas de signos, es el lenguaje el que se convierte a lo largo del desarrollo humano en instrumento mediador fundamental de la acción psicológica (Vygotski, 1930, 1979, 1993). El lenguaje, como instrumento comunicativo que es, media la relación con los demás, pero además media la relación con uno mismo. Lo que estamos queriendo introducir es la idea de que el lenguaje, como todo fenómeno psicológico, también pasa por dos fases o dos mo- mentos. Primero es social y se usa primordialmente para comunicar- nos con los otros y sólo después pasa a ser individual, adquiere la
función intelectual o representacional. Este es un proceso más en el que se constata la ley genética del desarrollo cultural. En un princi- pio, tiene una naturaleza eminentemente social, tiene una función esencialmente comunicativa y regula la relación con el mundo exter- no (objetos y personas). A lo largo del desarrollo esta función es complementada con el uso del lenguaje como regulador y guía de la propia acción. Vygotski defendió explícitamente esta idea en afirma- ciones como:
“Un signo es siempre originalmente un instrumento usado con fines sociales, un instrumento para influir en los demás, y sólo más tarde se convierte en un instrumento para influir en uno mismo [...] Las funciones del pensamiento del niño al principio aparecen en la vida colectiva de los niños en forma de argumentación y sólo después se transforman en reflexión para el niño individual” (Vygotski, 1960, p. 157). Es tal la importancia concedida a la mediación semiótica de los procesos psicológicos, que incide en la propia concepción de la na- turaleza del desarrollo. Así, los saltos cualitativos responsables del desarrollo psicológico están asociados a la aparición de nuevas for- mas de mediación semiótica; bien, a través de la aparición de nuevos signos, bien a través de usos más descontextualizados de los mis- mos. Es por ello que muchos seguidores de la Psicología Histórico- Cultural del pensamiento humano (Ramírez y Cubero, 1995; Scribner y Cole, 1973, 1981; Tulviste, 1991; Wertsch, 1979, 1985a, 1991) se han centrado, tanto en el ámbito conceptual como empírico, en el estudio del pensamiento verbal. Es decir, en aquellas formas de clasificar la realidad, de razonar y de resolver problemas que sólo son posibles a través del uso de la palabra.
El ámbito de investigación relacionado con la mediación semióti- ca de las funciones psíquicas, tal vez por su relevancia teórica, es el más prolífero, en el marco conceptual del enfoque socio-cultural, ya sea por los trabajos que ha generado, como por el debate teórico y empírico que ha suscitado. Son muchos los problemas teóricos y metodológicos sobre los que se discute en la actualidad, y muchos los desarrollos conceptuales que, como consecuencia, se están ge- nerando. No entraremos en ellos, ya que se escapa del interés y ex- tensión de este capítulo. Sin embargo, una buena muestra del debate actual se puede encontrar en otros capítulos de este mismo material como el de Ramírez y Cubero; Sánchez, Marco, Macías y García o Santamaría y Martínez.