Amparo De Urbina
1.4 El Centro Histrico en la segunda mitad del siglo
Para Jaramillo (2006) la fuga de población elite del actual centro de la ciudad tuvo dos efectos simultáneos y contradictorios para este sector: por un lado, la renovación urbana y la terciarización, y, por otro lado, la tugurización e inquilinización de estructuras residencia- les. Aquellos inmuebles que por su localización eran atractivos para desarrollar actividades comerciales fueron renovados o adecuados para estos usos, impulsando procesos de renovación y terciarización que estaban ya en marcha desde años atrás. Infortunadamente otra fue la situación de las residencias elite ubicadas muy cerca al “centro popular”; eran también casas lujosas y cómodas pero excesivamente grandes y por lo tanto costosas de mantener; por su ubicación no resultaron atractivas para la localización de actividades terciarias, pero generaron rentas significativas, tugurizándose6 para convertirse
Vivir en el Centro Histórico de Bogotá. Patrimonio construido y actores urbanos en inquilinatos, supliendo la demanda de piezas de alquiler para los
“pobres”. Las densidades de los sectores tugurizados suelen ser muy altas y el deterioro físico y social suele ser frecuente, situación que aceleró a su vez la salida de familias elite que aún continuaban en estos barrios.
La localización de estos inmuebles resulta determinante para su futuro uso. Según Jaramillo (2006), la existencia de un centro popular al lado del centro tradicional es característica de ciudades latinoame- ricanas. En ambos casos existe una intensa actividad comercial, pero en el centro tradicional se consolida el comercio de lujo, mientras que en el popular es un comercio más artesanal, donde se da la produc- ción y comercialización del bien de consumo en el mismo espacio. Las “pautas socio espaciales” predominantes son distintas, en el cen- tro popular existe una mezcla de usos y sonidos, regateo, vendedores ambulantes, invasión de espacio público, situaciones que pueden ser percibidas por ciertos grupos como precarias y caóticas. El “centro popular” en Bogotá corresponde a la Plaza de San Victorino y su área de influencia, ubicado sobre el costado occidental del centro tradicio- nal. A partir de los años sesenta el centro popular empieza a permear el centro tradicional en su borde occidental, solo unas pocas cuadras al occidente de lo que para 1965 es el más importante nodo de acti- vidad terciaria superior –y por lo tanto los mayores precios del sue- lo– de la ciudad: el cruce de la Carrera Séptima con Avenida Jiménez (Jaramillo, 2006).
Según Jaramillo (2006) fueron precisamente los altos precios inmobiliarios del centro tradicional los que mantuvieron confinado el centro popular, pues éste mecanismo excluía las actividades co- merciales populares de las terciarias de alto rango, y todo lo que se escapaba a este filtro era controlado por la policía. Con el crecimiento de la ciudad se incrementan vertiginosamente los oferentes y usua- rios de los servicios centrales populares, los cuales empiezan a arrojar rentas superiores por metro cuadrado respecto al comercio medio y alto, gracias a la velocidad de rotación del capital comercial. Enton- ces, los mecanismos del mercado inmobiliario contribuyen esta vez con el proceso de desbordamiento del centro popular, porque deja de excluir las actividades propias del mismo, permitiendo que permeen el centro tradicional. Este desbordamiento se da en varias etapas y tiene varios efectos: el primero que señala el autor es el paulatino desplazamiento del nodo de actividad terciaria hacia el norte, aleján- dose cada vez más del centro tradicional, pues este tipo de servicios
no “conviven” fácilmente con las dinámicas del centro popular41: las
actividades terciarias no desaparecen del centro tradicional, pero éste pierde exclusividad. La pérdida de exclusividad lo debilita como lu- gar de encuentro de las clases medias y altas que lo perciben como un sector en decadencia. Todo esto sumado a la fuga de población elite que viene dándose desde mediados de la década de los años treinta consolida su función de centro de servicios populares. Se convierte en un sector muy visitado por estratos bajos, utilizado con muchísi- ma intensidad, lo que le genera problemas funcionales y procesos de deterioro, congestión, contaminación, ruido, desgaste de estructuras, etc.
La pérdida de diversidad social consolida la segregación re- sidencial, una actividad presionada por las dinámicas comerciales, pues además de ser más rentables, atraen un gran volumen de pobla- ción flotante en horarios específicos. El centro “fuera de los horarios de oficina” está solo y es inseguro: no hay mejor control social que el que ejerce la población residente (Jaramillo, 2006). Las estructuras patrimoniales están expuestas por lo tanto, a los procesos de tercia- rización de un centro urbano; la actividad comercial está en perma- nente proceso de mutación, cambio y ajuste, situación que afecta las estructuras patrimoniales en un Centro Histórico: “El cambio de uso de áreas centrales, tanto en el interior del centro inicial como en su expansión, a menudo se hace sobre un parque inmobiliario que no fue construido para esos fines y lo somete a una gran tensión con re- sultados con frecuencia muy destructivos tanto sobre los inmuebles mismos como sobre el espacio público” (Jaramillo, 2006, p. 16).
41 Desplazamiento del nodo de actividad terciaria superior –y de los más elevados precios de tierra– en la ciudad: 1965: Carrera Séptima con Avenida Jiménez. 1975: Carrera Séptima con calle 19. 1980: Centro Internacional. 1985: Carrera Séptima con calle 72 (Jaramillo, 2006). La conformación de nodo de actividades financieras, específicamente oficinas principales, muestra el mismo patrón de hacia el norte; hasta 1970 el único nodo estaba localizado en el Centro Histórico, en 1980 figura el centro internacional; en la década de los años noventa figura la calle 72 con carrera 7.ª y se empieza a consolidar la calle 100, para el año 2000, está consolidado la calle 100 y empieza a consolidarse la 116 (De Urbina González, 2006).
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