PLATONISMO PERFECCIONADO
EL CIELO Y EL INFIERNO
Cuando los misterios se introdujeron por primera vez en Europa desde Egipto, el concepto de otra vida era una doctrina nueva y herética para los griegos. El concepto de cielo e infierno tampoco se encuentra en el Antiguo
Testamento, pero es una idea fundamental en los evangelios. ¿De dónde procedían estos conceptos? Exactamente igual que en la antigua Grecia, estas nuevas ideas las introdujeron los misterios.
El cristianismo ofrece a sus adeptos el consuelo de otra vida en el cielo, al tiempo que amenaza a los perversos y a los no creyentes con los tormentos del infierno. Escribe Sófocles: «¡Qué triple bendición reciben los mortales que, habiendo contemplado estos misterios, parten para la casa de la Muerte! Pues sólo a ellos se les otorga vida allí: sobre los demás caen todos los males».
A raíz de la muerte de su querida hijita Timoxena, Plutarco escribió una hermosa carta de consuelo a su esposa en la cual la instaba a recordar «los símbolos místicos de los ritos de Dioniso» que le impedirían pensar que «el alma no experimenta nada después de la muerte y deja de ser». Phitarco confía en que por medio de «la experiencia que compartimos de las revelaciones de Dioniso», él y su esposa «sepan que el alma es indestructible» y que en la otra vida es como un pájaro liberado de su jaula.
Una inscripción afirma que los iniciados en los misterios, como los fieles cristianos, «renacen en la eternidad». La inscripción fúnebre de un hierofante nos dice que ahora sabe que «la muerte no es un mal, sino algo bueno». Escribe Glauco: «Hermoso es en verdad el misterio que nos dan los benditos dioses: la muerte ya no es para los mortales un mal, sino una bendición». Un sacerdote de los misterios de Orfeo llamado Felipe predicaba con tanto entusiasmo sobre la dicha absoluta que esperaba a los iniciados en el cielo «¡que un gracioso le preguntó por qué no se apresuraba a morir para gozar de ella en persona!». San Agustín se queja de que los misterios «¡prometen vida eterna a cualquiera!». No obstante, los misterios sólo prometían salvación eterna a los iniciados, del mismo modo que el cristianismo sólo promete vida eterna a los cristianos. Un himno advierte:
Bienaventurado aquel que haya visto esto entre los hombres terrenales; pero aquel que no está iniciado en los ritos sagrados y no participa de ellos, nunca corre la misma suerte en la turbia oscuridad una vez muerto.
Los misterios de Orfeo eran famosos en el mundo antiguo por sus vívidas descripciones de los tormentos que aguardan a los malhechores en la otra vida. Como nos dice una moderna autoridad en la materia: «Los órficos crearon la idea cristiana del purgatorio». De hecho, el estudioso Franz Cumont ha demostrado que las vívidas descripciones de la felicidad de los bienaventurados y los sufrimientos de los pecadores que se encuentran en los libros órficos fueron adoptadas en los Libros de Esdras de los judíos, que fueron escritos en el siglo I d.n.e. y se incluyeron entre las Escrituras apócrifas en algunas versiones del Nuevo Testamento. San Ambrosio amplió luego estos conceptos paganos de la otra vida, que de esta manera se convirtieron en la imaginería clásica del catolicismo.
No es extraño, pues, que al encontrar pasajes de Platón que hablaban del castigo de las almas en el Tártaro, el infierno griego, los primitivos cristianos no
se explicaran cómo los paganos habían podido anticiparse a su propia doctrina del fuego del infierno. En el Fedón, por ejemplo, Platón describe «un lago enorme lleno de fuego [...] hervidero de agua y fango». En el Apocalipsis de Pedro, escritura cristiana no canónica, vemos que el mismo destino aguarda en los infiernos a los pecadores, que se verán atrapados en «un enorme lago lleno de fango llameante»
Celso está seguro de que los conceptos cristianos de cielo e infierno toman muchas cosas de los misterios y escribe:
Ahora los cristianos rezan para que después de los trabajos y las luchas de aquí abajo puedan entrar en el reino del cielo, y están de acuerdo con los antiguos sistemas según los cuales hay siete cielos y el camino del alma pasa por los planetas. Que su sistema se basa en enseñanzas muy antiguas puede verse en creencias parecidas que forman parte de los antiguos misterios persas asociados con el culto de Mitra.
En efecto, los misterios de Mitra, como el cristianismo, hablaban de los terrores que esperaban a los condenados en las entrañas de la Tierra y de los placeres que los bienaventurados encontrarían en el paraíso celestial. La creencia en un séptimo cielo no forma parte del cristianismo moderno, pero era común entre los primitivos cristianos y san Pablo la menciona y dice de sí mismo que fue «arrebatado hasta el tercer cielo».
El entusiasmo cristiano por los sufrimientos de los condenados en el infierno recuerda a Celso a los iniciados más supersticiosos de los misterios de Baco:
Los cristianos parlotean día y noche, de manera impía y sucia, acerca de Dios; llenan de temor reverencial a los analfabetos con sus falsas descripciones de los castigos que aguardan a los pecadores. Se comportan así como los guardianes de los misterios báquicos.
Los sabios más instruidos en los misterios pensaban que semejantes horrores no eran más que historias destinadas a fomentar una conducta moral mejor. Plutarco dice de los terrores de los infiernos que son un «mito edificante». El filósofo cristiano Orígenes también arguyó que los terrores del infierno no eran literalmente verdaderos, pero que debían difundirse con el fin de asustar a los creyentes más sencillos.
Tanto los sabios paganos como Orígenes creían en la reencarnación. El cielo y el infierno se consideraban estados temporales de recompensa y castigo a los que seguía otra encarnación humana. La vida y la muerte eran partes de un proceso «circular»recurrente, en lugar de ser acontecimientos excepcionales que llevaban a la recompensa o la condenación eterna. El infierno era una experiencia purgatoria que conducía a una ulterior experiencia humana mediante la cual todas las almas podían regresar a Dios.
Con todo, después de morir Orígenes la Iglesia católica romana lo condenó por hereje, toda vez que creía compasivamente que al final todas las almas serían redimidas. La Iglesia romana exigía a todos los cristianos que creyeran
que algunas almas sufrirían eternamente en el infierno, mientras que los fieles disfrutarían de la salvación eterna. Es la única creencia sobre la otra vida que Celso considera distintiva del cristianismo. Escribe:
Ahora os preguntaréis cómo hombres con creencias tan desesperadas pueden persuadir a otros a engrosar sus filas. Los cristianos usan diversos métodos de persuasión, e inventan varios incentivos aterradores. Sobre todo, han tramado una doctrina absolutamente ofensiva que habla del castigo y la recompensa eternos y supera cualquier cosa que los filósofos (que nunca han negado el castigo de los perversos ni la recompensa de los bienaventurados) hubieran podido imaginar.
La Iglesia romana también enseñaba que al llegar el día del Juicio Final, un apocalipsis de fuego consumiría a todos los no cristianos al tiempo que los fieles resucitarían físicamente. Celso, horrorizado, escribe:
Es igualmente estúpido que estos cristianos supongan que cuando su dios emplee el fuego (¡como una vulgar cocinera!) el resto de la humanidad será asado por completo, y que sólo ellos se librarán de quemarse. No sólo los que estén vivos en aquel momento, por supuesto, sino que, según ellos, los que murieron hace mucho tiempo saldrán de la tierra y sus cuerpos serán los mismos cuerpos que tenían antes. Yo os pregunto: ¿No es esta esperanza propia de los gusanos? Porque, ¿a qué clase de alma humana puede interesarle un cadáver putrefacto? El hecho mismo de que algunos judíos y hasta algunos cristianos rechacen esta enseñanza sobre cadáveres que salen de los sepulcros demuestra hasta qué punto es repulsiva; es sencillamente nauseabundo e imposible. Lo que quiero decir es: ¿qué clase de cuerpo podría volver a su naturaleza original o ser lo que era antes de pudrirse? Y, desde luego, no tienen respuesta para esto, y, como en la mayoría de los casos donde no hay respuesta, se cubren las espaldas diciendo: «Nada es imposible para Dios».
No obstante, incluso esta doctrina cristiana más bien rara sobre el apocalipsis y la resurrección física está prefigurada en los misterios de Mitra. Esta tradición mistérica en particular enseñaba que al final de la era actual Dios destruiría el mundo. Entonces, al igual que en la «segunda venida» de Jesús, Mitra volvería a descender a la Tierra y sacaría a los muertos de las tumbas. Según el Evangelio de Mateo, al fin de los tiempos el hijo del hombre separará a los buenos de los malos, como un pastor que separase las ovejas de las cabras, y salvará a los unos y condenará a los otros. De modo parecido, los seguidores de Mitra creían que al fin de los tiempos la humanidad formaría una gran asamblea y los buenos serían separados de los malos. Finalmente, creían que Dios escucharía las plegarias de los «hermosos» y haría caer de los cielos un fuego devorador que aniquilaría a todos los perversos. Del mismo modo que el apocalipsis cristiano señala la derrota final del diablo a manos de Cristo, también en el mitraísmo el Espíritu de las Tinieblas y sus demonios impuros perecerán en la gran conflagración, y el universo rejuvenecido gozará eternamente de felicidad.