EL HOMBRE QUE NO ENCONTRAMOS
EL ESTUDIO DEL NUEVO TESTAMENTO
De todo esto se desprende una sola cosa que es sin duda indiscutible: los evangelios no son la palabra de Dios, como sostienen algunos cristianos. Porque si lo son, Dios está sumamente confundido. Como, por su propia naturaleza, es poco probable que Dios esté confundido, parece razonable
sacar la conclusión de que nos encontramos ante las palabras de hombres falibles. Así pues, ¿podemos confiar en que los evangelios nos digan algo sobre un Jesús histórico? ¿Qué pueden aclarar los estudios en lo que se refiere a Mateo, Marcos, Lucas y Juan?
Pues, ante todo, al principio los evangelios ni siquiera se titulaban así. No se atribuían a ningún autor en particular y cada uno de ellos se consideraba «el evangelio» de determinada secta cristiana. Hasta más adelante no adquirieron los nombres de sus supuestos autores. Los evangelios son en realidad obras anónimas en las cuales todo, sin excepción, se escribe con letras mayúsculas, sin epígrafes, sin divisiones en capítulos o versículos y prácticamente sin puntuación ni espacios entre las palabras. Ni tan siquiera se escribieron en el arameo que hablaban los judíos, sino en griego.
Asimismo, a lo largo del tiempo los evangelios han sido objeto de añadiduras y alteraciones. El crítico pagano Celso se queja de que los cristianos «alteraron el texto original de los evangelios tres o cuatro veces, o incluso más, con la intención de destruir así los argumentos de sus críticos». Los estudiosos actuales han comprobado que tenía razón. El estudio minucioso de más de tres mil manuscritos antiguos ha mostrado que los escribas hicieron muchos cambios. El filósofo cristiano Orígenes, que escribió en el siglo III, reconoce que se enmendaron e interpolaron manuscritos para adaptarlos a las necesidades de los cambios del clima teológico:
Hoy resulta obvio que existe mucha diversidad entre los manuscritos, lo cual es debido a la falta de cuidado de los escribas o a la audacia perversa de algunas personas que corrigieron los textos, o, también, al hecho de que hay quienes añaden o suprimen como les place y se erigen en correctores.
Para dar una idea de la enormidad del problema, un estudioso seleccionó al azar un pasaje de los evangelios (en este caso, Marcos, 10-11) y comprobó cuántas diferencias había entre varios manuscritos antiguos. Descubrió «no menos de cuarenta y ocho diferencias; a veces hay sólo dos, a menudo hay tres o más, y en un caso hay seis».
Los estudiosos también saben que secciones enteras de los evangelios se añadieron más tarde. Por ejemplo, al principio, el Evangelio de Marcos no iba más allá del capítulo 16, versículo 8: el temor de las mujeres al descubrir que el sepulcro está vacío. El llamado «final largo», en el cual el Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, no se encuentra en ninguno de los primeros manuscritos, pero ahora forma parte de casi todas las versiones del Nuevo Testamento.
A pesar de todas estas alteraciones y enmiendas, los evangelios siguen siendo contradictorios y discordantes, como hemos visto. Durante siglos, la Iglesia católica impidió que nadie salvo los sacerdotes leyera el Nuevo Testamento por cuenta propia, de modo que pocas personas tenían la oportunidad de descubrir hasta qué punto son confusos los evangelios. Todo esto cambió con la Reforma protestante.
Ansiosos de distanciarse de Roma, los estudiosos protestantes alemanes empezaron a examinar los evangelios en busca del Jesús real. Incluso en el presente la mayoría de estos estudiosos son cristianos, ya que a las personas que no hayan sido bautizadas les está vedado cursar la carrera de teología en una universidad alemana. Pero pese a ello, en vez de dar al cristianismo un firme fundamento histórico, como se esperaba, el resultado de tres siglos de estudio intenso por parte de los eruditos protestantes ha sido debilitar por completo la figura literal de Jesús.
Basándose en investigaciones detalladas, sacaron la conclusión de que el Evangelio de Juan se escribió tan tarde que no podía ser la crónica de un testigo presencial. En los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, Jesús enseña por medio de parábolas concisas. Pero el de Juan contiene parlamentos largos, al parecer textuales, en griego hablado con soltura, cuyas palabras no podían pertenecer al hijo de un carpintero judío. Juan también describe incidentes muy distintos de los que se narran en los demás evangelios.
El filólogo berlinés Karl Lachmann y otros eruditos eminentes también revelaron que, a pesar de sus diferencias, los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas tenían muchas cosas en común. Estas semejanzas se deben a que los de Mateo y Lucas son en realidad refundiciones del de Marcos, que es el evangelio más sencillo y más antiguo. Si el de Juan se escribió demasiado tarde y los de Mateo y Lucas se basan en el de Marcos, nos queda sólo el Evangelio de este último como posible crónica de un testigo presencial de la vida de Jesús.
Los estudiosos creen que el Evangelio de Marcos se escribió entre 70 d.n.e. y comienzos el siglo II. Si aceptamos la fecha más antigua, es posible que Marcos hubiera sido un testigo presencial. Con todo, es sorprendente que Marcos no afirme haber conocido a Jesús. Por esta misma razón muchos miembros de la primitiva Iglesia ponían objeciones a que se tratara este evangelio como canónico. Se afirma que, en el mejor de los casos, Marcos fue una especie de secretario o intérprete de Pedro. No obstante, incluso esto es imposible, ya que en el Evangelio de Marcos se advierte una «lamentable ignorancia de la geografía de Palestina», como afirma un estudioso de hoy;
En el capítulo séptimo, por ejemplo, se dice que Jesús pasa por Sidón durante su viaje de Tiro al mar de Galilea. No sólo está Sidón en la dirección contraria, sino que, de hecho, en el siglo I d.n.e. no había ningún camino que fuese de Sidón al mar de Galilea, sólo uno que salía de Tiro. De modo parecido, en el capítulo quinto se dice que la orilla oriental del mar de Galilea es el país de los geraseneo, pero Gerasa, la actual Yaras, está a unos 50 kilómetros al sureste, demasiado lejos para un relato cuyo marco requiere una ciudad cercana con una pendiente pronunciada que llegue hasta el mar. Aparte de la geografía, Marcos pone en boca de Jesús: «Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Marcos, 10, 12), precepto que no hubiera tenido sentido en el mundo judío, donde las mujeres no tenían derecho a repudiar al esposo.
Testamento en la Universidad de Breslau, arguyó que incluso el Evangelio de Marcos, el más antiguo y más primitivo, mostraba más interés por el dogma teológico que por la exactitud histórica. En 1919 otro erudito alemán, Karl Ludwig Schmidt, publicó un minucioso estudio de la creación del Evangelio de Marcos. Pudo demostrar que el autor había creado su evangelio juntando relatos más cortos. La historia de Jesús se había construido a partir de fragmentos que ya existían. La forma en que Mateo y Lucas habían añadido a Marcos la historia de la Natividad y las genealogías demostraba cómo la historia de Jesús había evolucionado a lo largo del tiempo. Los estudiosos ya no podían dar por sentado que estas narraciones eran crónicas basadas en hechos. La consecuencia de esto fue poner fin a toda esperanza de encontrar un Jesús histórico en los evangelios.
Con frecuencia cada vez mayor, los teólogos alemanes afirmaban que los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas databan de bien entrado el siglo II d.n.e. Rudolf Bultmann (1884-1976), profesor de Estudios del Nuevo Testamento en la Universidad de Marburgo, dedicó su vida a estudiar los evangelios y fue una de las autoridades más grandes en materia del Nuevo Testamento. Fue el primero en aplicar el influyente método de análisis de los evangelios llamado «crítica de la forma». Su conclusión final fue la siguiente:
Pienso en verdad que ahora no podemos saber casi nada sobre la vida y la personalidad de Jesús, porque las primitivas fuentes cristianas no muestran ningún interés en ninguna de las dos cosas y, además, son fragmentarias y con frecuencia legendarias.