3. SOTERIOLOGÍA CRISTIANA PARA EL DIALOGO ENTRE LAS RELIGIONES
3.3. En La Tradición Católica
3.3.2. El Concilio Vaticano
Convocado por el Papa Juan XXIII el 25 de Enero de 1959, el concilio Vaticano II se p opuso dos o jeti os p i o diales: la puesta al día aggiornamento) de la Iglesia católica en el mundo moderno y la búsqueda de la unidad de todos los cristianos. El concilio se realizó en la ciudad del Vaticano del 11 de Octubre de 1962 al 8 de Diciem- bre de 1965. Al concilio asistieron 2540 obispos, al menos 480 teólogos católicos y al- gunos observadores tanto protestantes como ortodoxos. Iniciado en el papado de Juan XXIII, terminó en el papado de Pablo VI.
Por ser el documento más relevante acerca del discurso soteriológico de la Iglesia, vamos a remitirnos a la Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium) como el referente básico de nuestros comentarios.
Sobre la relación de la Iglesia con las otras iglesias y con las otras religiones
Para comenzar observemos que la Iglesia se asume como lugar especial de salvación al de i : El sagrado Concilio pone ante todo su atención en los fieles católicos y enseña, fundado en la Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la
Salvación LG . Lo ual de i a de la e esidad de pa ti ipa e todos los edios
salvíficos confiados a la Iglesia, como por ejemplo los sa a e tos. De este odo: A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo,
reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por me-
dio del Sumo Pontífice y de los Obispos LG .
Pe o e o o e su u idad o todos a uellos ue lla á dose istia os conservan la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, y manifiestan celo apostólico, creen con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el hijo de Dios Salvador, están marcados con el bautismo, con el que se unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus pro-
pias Iglesias o comunidades eclesiales otros sacramentos LG , e uie es tam-
ié se e o o e cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos [los otros cristianos] su virtud santificante por medio de dones y de gracias LG .
Po lo ue esulta p o le áti a la afi a ió ue di e: Por lo cual no podrían sal- varse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como nece-
saria, rehusaran entrar o no quisieran permanecer en ella LG . Ya ue ta ié se
afi a ue e iste algu os ue, a pesa de ue no conservan la unidad de comunión
bajo el Sucesor de Pedro LG , si e a go, está u idos a Cristo por el bautismo,
obrando el Espíritu en ellos la obra de la santificación. Luego, no se entiende, cómo pueden estar lejos de la salvación quienes, estando lejos del sucesor de Pedro, sin em- bargo, están unidos a Cristo y al Espíritu. ¿Cómo entiende, entonces, la Iglesia católica, su propia afir a ió a e a de ue: La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación, y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia con- vocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera,
para todos y cada uno ? LG .
La problemática planteada en el párrafo anterior se disuelve si distinguimos entre la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, y la Iglesia católica romana regida por el Papa. Es de i , la atoli idad de la Iglesia no debería identificarse con la comunión con el obispo de Roma. Lo cual no parece ser el caso, pues se afirma ue: A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben ínte-
gramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiás-
tico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del
Sumo Pontífice y de los Obispos LG .
Lo ue os lle a a efle io a so e el sig ifi ado del té i o subsistit in , pues en tal expresión encontramos la identidad propia con que la Iglesia católica se asume a sí misma. El siguiente texto de Lumen Gentium describe cómo el concilio identifica a la Iglesia católica romana con la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Leamos:
Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica, la que nuestro Salvador entregó después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24, 17), confiándole a él y a los demás apóstoles su difusión y gobierno
f. Mt , , la e igió pa a sie p e o o olum a fu da e to de la e dad Ti
3, 15). Esta Iglesia constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, permane- ce en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obis- pos en comunión con él, aunque pueden encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica (LG 8).
Según el contexto del párrafo parece que tal identidad eclesial se fundamenta en la aseveración de haber sido instituida por Cristo mismo y de ahí que se nombre al obispo de Roma como sucesor de Pedro . Tal o o afi a el teólogo atóli o H. Mühle cuando escribe al respecto que: Se podría ver así que lo que determina y concretiza la
única Iglesia del Cristo en la Iglesia católica romana es la successio apostolica et papa-
lis, por la cual la Iglesia romana se distingue de las demás , p. .
Lo cual implica una exégesis bíblica que no todos los cristianos reconocerían como a e tada, pues se ía difí il de ost a ue tal su esió apostóli a se efie e sola e te a la Iglesia católico romana. Es decir, es muy improbable que una interpretación pura-
e te so iológi a de la su esió apostóli a sea ás ade uada ue u a i te p eta- ió si ple e te e lesiológi a . O sea, o side o ue uest o “eño Jesu isto e ningún momento i stitu ó su Iglesia o o pe so a so ial, si o ue si ple e te e- conoció en la confesión de fe de Pedro y en su seguimiento, esa actitud que acompa-
ñaría a todo verdadero miembro de esa nueva comunidad de creyentes que iban a con- formar su Iglesia. He tratado, intencionalmente, de se u si ple e i o p en- sió e egéti a de éste asu to pues eo ue po ela o a io es de asiado o plejas se puede llegar a presupuestos que derivan en actitudes no cristianas como la exclu- sión; cuando lo que más motivaba a nuestro Señor Jesucristo era, precisamente, la construcción de una comunidad de creyentes plenamente inclusiva y abierta.
Aunque conviene aclarar ue la i te p eta ió del té i o subsistit in tie e dos versiones diferentes. 27
Por un lado, están quienes, como Joseph Ratzinger en sus días de cardenal, lo inter- preta de manera esencialista afirmando que:
En la diferencia entre subsistit y est se esconde todo el problema ecuménico. La pala- bra subsistit deriva de la antigua filosofía posteriormente desarrollada en la escolástica. A ella corresponde la palabra griega hypostasis, que en la cristología desempeña una función central, para describir la unión de la naturaleza divina y humana en la persona de Cristo.
Subsistere es un caso especial de esse. Es el ser en la forma de un sujeto a se stante. Aquí se trata exactamente de eso. El Concilio quiso decirnos que la Iglesia de Jesucristo como sujeto concreto en este mundo puede ser encontrada en la Iglesia católica. Y eso sólo puede ocurrir una única vez y la concepción según la cual el subsistit podría multiplicarse no capta propiamente lo que se pretendía decir. Con la palabra subsistit el Concilio quería expresar la singularidad y no la multiplicidad de la Iglesia católica; existe la Iglesia como sujeto en la realidad histórica (Koinonia, 2005, p. 15).
Y por otro lado, están quienes, como Leonardo Boff, lo interpreta de manera más empírica al decir:
Resumiendo: el est remite a una visión esencialista, substancialista y de identificación, y pide una definición esencial de la Iglesia. El subsistit in apunta hacia una visión concreta y empírica, en el sentido concreto del No. 8 de la Lumen Gentium. Y en ese sentido es que la Iglesia de Cristo «subsiste en la» Iglesia católica, es decir, gana forma concreta y se con- cretiza en la Iglesia católica
27 Esta discusión específica sobre el sentido del subsistit in se remite al artículo de Leonardo Boff titu-
lado ¿Quié su ie te el Co ilio?: a p opósito de la Dominus Iesus p. -23), publicado en el docu- mento digital editado por Servicios Koinonia titulado El Actual Debate de la Teología del Pluralismo: des-
A base de esta comprensión, se entiende que los Padres conciliares hayan substituido el est («es», expresión de la sustancia y de la identificación) por subsistit in («toma forma concreta, se concretiza»). La Iglesia de Cristo se concretiza en la Iglesia católica, apostólica, romana. Pero no se agota en esa concretización, pues ella, a causa de las limitaciones históricas, culturales-occidentales y otras, especialmente en razón de las sombras y de los pecadores presentes en su interior (LG 8), no puede identificarse in toto, pure et simplíci- ter (su totalidad, pura y simplemente), sin diferencia, con la iglesia de Cristo (Koinonia, 2005, p. 17).
Distinción que remite a entender las razones por las cuales el concilio decidió no uti- lizar la palabra est sino usar el término subsistit in, para designar la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica romana. Pero más allá de la interpretación de lo que el concilio pretendió o no decir, tenemos un contexto de interpretación social que nos permite inferir cuál es la verdadera actitud de la Iglesia católica hacia la inclusión o no de las demás iglesias cristianas como verdaderas Iglesias de Cristo o como simples grupos de creyentes en quienes se puede encontrar muchos elementos de santifica- ción y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la uni-
dad católica LG .
La distinción que quiero resaltar es aquella a la que está acostumbrado todo an- tropólogo cuando en sus estudios de campo sabe distinguir entre la norma y la práctica social. Reconociendo que a pesar de que una norma sea socialmente aceptada, sin em- bargo, es más fuerte el poder de la práctica social para orientar el comportamiento del grupo en cuestión. Podemos preguntarnos, entonces: ¿Se sienten acogidos como igua- les los creyentes de otras iglesias cristianas ante sus hermanos católicos? O, ¿Existe cierto sentimiento de se pe i idos o o istia os de segu da atego ía ua do se vinculan con creyentes católicos? ¿Tal actitud de separatividad es promovida por la Iglesia católica, ya sea por medio de documentos magisteriales o de costumbres con- cretas? O, por el contrario: ¿Los interrogantes aquí suscitados son, simplemente, sen- timientos paranoides de cristianos no católicos motivados por una baja autoestima en su identidad eclesial? Personalmente, opto por asumir que tanto en algunas de sus
prácticas como en algunos de sus discursos, la Iglesia católica sí ha promovido una acti- tud de separatividad con respecto a sus hermanos y hermanas de otras confesiones cristianas. Salvaguardando, eso sí, a esa multitud de fieles católicos que con espíritu in- clusivista se esfuerzan por abrir nuevas y renovadas alianzas de fraternidad ecuménica, no sólo con cristianos de otras iglesias sino con los creyentes de otras religiones, cuyos nombres no acabaría de citar. Por eso, mi crítica va dirigida a la Iglesia católica como institución sociológica y no a la Iglesia católica como pueblo de Dios.
Por lo dicho anteriormente, me parece mucho más acertada la actitud que el conci- lio asume ante los creyentes de otras religiones, pues evidencia un espíritu de apertura de carácter inclusivista mucho más cristiano, que su actitud ante los creyentes de otras confesiones cristianas. Lo que se evidencia, por ejemplo, en el contenido del Decreto
Unitatis Redintegratio, cuyo reconocimiento del valor salvífico de las religiones no cris-
tianas es loable.
Reconoce el concilio, acerca de los creyentes de otras religiones distintas a la cristia- a, ue puede a ede a la sal a ió : Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el in- flujo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de
la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna LG . Co tal, eso sí, de ue e
e dad sea i e i le e te ig o a tes acerca del evangelio. Argumento escolástico mediante el cual se aceptaba la salvación de algunos no cristianos (judíos, musulmanes paga os , pues La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salva- ción a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida re- cta LG . De ot a pa te, se e o o e e las eligio es del u do el a tua de la pe- dagógica providencia de Dios quien, queriendo que todos los hombres se salven, no ha dejado de prepararlos, entre sombras e imágenes, para la recepción del evangelio. Por lo ual: La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y
doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no po-
cas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres Nos-
tra Aetate 2). Exhortando al pue lo atóli o pa a ue reconozcan, guarden y promue-
van aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en
ellos [creyentes de religiones no cristianas] existen Nostra Aetate 2).
Sobre la función de la virgen María y de la Iglesia
Algo que resulta interesante al revisar la Constitución dogmática sobre la Iglesia
(Lumen Gentium) es ver la importancia que se atribuye a la virgen María en el misterio
de Cristo y de la Iglesia. Se introduce así, el tema de la mariología a nivel Magisterial, dejando abierto el desarrollo teológico de la cuestión, pues no tenía la Iglesia la inten- ción de proponer una completa doctrina de María, ni tampoco dirimir las cuestiones no
llevadas a una plena luz por el trabajo de los teólogos (LG 54).
Pero sí se deja en claro el oficio de la bienaventurada virgen María en la economía de la salvación.
E p i e luga , al oto ga le el título de ediado a: Pues una vez recibida [La virgen María] en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su
últiple i te esió los do es de la ete a salva ió … Por eso, la Bienaventurada Vir- gen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Media-
dora... La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado, lo experimenta
continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta pro-
tección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador LG .
Al respecto diremos que la anterior conceptualización del papel de la virgen María en la obra de la salvación, bien puede confundirse con la función del Espíritu Santo quien es denominado en el Nuevo Testamento como el Abogado (advocatus) de los fie- les ante Dios. Confusión que resulta más que evidente al no encontrarse en los textos del concilio Vaticano II una formulación explícita sobre el papel del Espíritu Santo en la obra redentora de Cristo. Por eso el teólogo católico Heribert Mühlen en su libro El
Espíritu Santo en la Iglesia (1968), dice con razón:
¿Por qué el concilio no recalcó explícita y enérgicamente la diferencia que existe entre
el advocatus la advocata ? La fu ió i te eso a de Ma ía solo puede se o e ida,
en efecto, en dependencia de la del Espíritu Santo, en cuanto éste es la mediación que se comunica a sí misma, y en subordinación absoluta a esta última. Es cierto que, según 1 Jn 2, 1, el mismo Jesús es el Paráclito, el intercesor, y que con señalar su dignidad y eficacia singulares es suficiente para evitar los posibles malentendidos. Por otra parte, el hecho de mencionar la función salvífica del Espíritu Santo, que coopera con el Hijo y ejerce su me- diación respecto a nosotros, hubiera exigido nuevas discusiones, dado que tanto en la dogmática tradicional como en los manuales hoy en uso no se habla apenas [o sea, muy poco] de una cooperación del Espíritu Santo en la obra redentora del Hijo (p. 579).
Y e segu do luga , al p opo e la o o tipo de la Iglesia al de i : La Madre de Dios
es tipo de la Iglesia, orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo LG
63). Lo cual implica que la Iglesia, al igual que María, tiene la función de ejecutar dos papeles distintos, pero complementarios, en la economía de la salvación: el papel de Madre y el papel de Virgen. Así leemos: Ahora bien, la Iglesia, contemplando su arca-
na santidad e imitando su caridad [de María], y cumpliendo fielmente la voluntad del
Padre, también ella es hecha Madre por la palabra de Dios fielmente recibida, en efec-
to, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos
concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es Virgen que custo-
dia pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza,
la sincera caridad LG .
Acerca de lo cual diremos que, por estar más cerca de una concepción pneumatoló- gi a, es de i , po ue la Iglesia puede se e te dida o o el ue po ísti o de C isto por razón del Espíritu Santo que la habita, entonces, se acertarían algunas funciones subsidiarias de la Iglesia en la economía salvífica. En otras palabras, debido a que la Iglesia es, evidentemente, la concretización histórica (no la única, pero sí una entre otras) del actuar de Dios en el mundo, entonces, cabe esperar que la Iglesia sea custo- dia de algunos bienes salvíficos que Dios mismo desea entregar al mundo.
Por eso, parece adecuado introducir la mariología en un apartado eclesiológico, tal y como hiciera el concilio Vaticano II, porque en suma toda eclesiología explícita es una pneumatología implícita. Y el papel de María no podría entenderse sino como un ejem- plo histórico concreto de la acción del Espíritu Santo quien es para el creyente quien efectúa la obra de la salvación divina.