3. SOTERIOLOGÍA CRISTIANA PARA EL DIALOGO ENTRE LAS RELIGIONES
3.1. En La Tradición Ecuménica
3.1.4. La doctrina de la reconciliación en Abelardo
A la doctrina de la reconciliación de Abelardo (1079-1142) podemos denominarla una doctrina subjetiva. Para Abelardo el sufrimiento de Cristo muriendo en la cruz conmueve lo más íntimo del corazón humano. De este modo los seres humanos, movi- dos por ese amor del crucificado que entrega su vida por compasión a los pecadores, reconocen que en Dios su misericordia es muchísimo más grande que su ira. Lo cual nos
anima hacia el arrepentimiento, pues sabemos que el perdón divino es un resultado de su amor infinito, en el cual podemos estar confiados. Pues como escribe el mismo Abe- la do: Todos los que se mantienen en el amor de Dios se salvan necesariamente
(Conócete a ti mismo, capítulo 20).
Expresión de esta concepción subjetiva de la expiación es el bello poema de la litera- tura española que dice:
No me mueve, mi Dios, para quererte El cielo que me tienes prometido; Ni me mueve el infierno tan temido,
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte Clavado en una cruz y escarnecido; Muéveme ver tu cuerpo tan herido; Muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, Que aunque no hubiera cielo te amara Y aunque no hubiera infierno te temiera.
No tienes que darme porque te quiera; Pues aunque cuanto espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.17
3.1.5. En suma
A modo de síntesis expresemos lo siguiente.
Primeramente, observamos cómo la comprensión teológica de los cristianos en el primer milenio estuvo concentrada cristológicamente. Conocer en profundidad la fun- ción del Verbo encarnado fue la preocupación primera de la teología cristiana. De ahí que los primeros concilios fueran principalmente cristológicos y que la actuación de
Dios en la historia humana se percibiera como el envío de Su Hijo al mundo. Pero, en- tonces, se hizo necesario entender qué necesidad tenía Dios de enviar su Hijo al mun- do. Con lo que la conexión entre cristología y antropología (más exactamente, hamar- teología o doctrina sobre el pecado) fue evidente. Ya que no fue por necesidad divina, sino por necesidad humana que el Verbo se encarnó. Ahora bien, como no era menes- ter que Dios hubiera sido tomado de asalto por razón del pecado, entonces, tal encar- nación del Verbo o donación del Hijo se entendió como una decisión asumida desde el inicio del mundo por la divina Trinidad. Asunto, que no solamente implicaba el envío del Hijo, sino también el envío del Espíritu Santo; ambos como respuesta salvífica del Padre al pecado humano. De ahí, que se comprenda cómo la discusión teológica de los primeros siglos entendió la salvación en referencia a la muerte en cruz de Jesucristo, ya que no era posible dar sentido a la muerte del Hijo de Dios, el justo, sino en relación con el pecado de los seres humanos, los injustos. La contradicción de la cruz sólo tiene sentido en perspectiva salvífica.
Luego, notamos cómo la comprensión del significado de la muerte de Jesús tiene connotaciones plenamente teológicas, o sea, cómo enunciados cristológicos se convier- ten en percepciones sobre el ser de Dios. De este modo, la visión de un Dios amoroso que reconcilia al mundo consigo mismo, según la primera y segunda generación de cris- tianos, se cambia por la visión de un Dios iracundo que necesita ser reconciliado con el mundo, según algunos de los primeros Padres de la Iglesia. La diferencia radica en quién es el sujeto y quién el objeto de la reconciliación: Dios o el hombre. En la com- prensión paulina del asunto Dios es el sujeto de la reconciliación y el hombre el objeto de la misma, es decir, quien ofrece al hombre la reconciliación es Dios y quien necesita de ella es el hombre. Pues no era Dios el enojado con el hombre, sino el hombre quien estaba en rebeldía con Dios. No había, pues, que apaciguar el corazón de un Dios ira- cundo, con sacrificios expiatorios, por ejemplo, sino restablecer los vínculos de comu- nión que de parte del hombre se habían roto para con Dios. Como bien enseña la pará- bola del padre y sus dos hijos (Lc 15, 11-32), o el texto en el cual el apóstol afirma:
Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconci-
liación Co , BJ .
Por último, cabe resaltar el hecho de que tales interpretaciones sobre el significado de la muerte en cruz de Jesús, sí respondieron al entorno histórico y cultural de los primeros siglos. Ireneo, con su teoría de la recapitulación, posiblemente respondió a la teología judía sobre la manera en que Jesús se insertaba en la historia de la salvación desarrollada desde Adán. Orígenes, con su teoría del drama cósmico, respondió de modo directo a los creyentes gnósticos de su tiempo. Anselmo, con su teoría de la sa- tisfacción inspirada en Agustín, dio forma jurídica a un problema teológico, mostrando la racionalidad de la fe cristiana. Y Abelardo, con su teoría subjetiva, mostró las estruc- turas psicológicas del corazón humano que hacen posible la conversión de un pecador en un santo. Por todo lo anterior, creo que también nosotros, los creyentes del siglo XXI, el siglo de la aldea global (la aldea planetaria), estamos autorizados por la historia de la teología istia a pa a efo ula la fe de los Pad es e o eptos que respon- dan a los nuevos sentidos que hoy tenemos de Dios, del cosmos y de la historia huma- na.