La controversia entre el materialismo y el dualismo es una disputa acerca de la existencia del alma concebida como sus tancia de la misma categoría que el cuerpo, pero diferente a éste. La teoría propiamente opuesta al materialismo es el dualis mo radical, representado por San Agustín o Descartes. Entre el dualismo moderado, representado por Aristóteles, y el mate rialismo moderado, representado por los materialistas dialécti cos, por ejemplo, el contraste es menos fuerte.
En la historia de la filosofía, los materialistas han atacado y los dualistas defendido la posición que ocupaba un lugar pre ponderante antes de que se suscitase la controversia. El ataque de los materialistas consistió, en primer lugar, en mostrar que la aceptación de la existencia del alma concebida como sustancia pensante (o, en general, consciente) y diferente del cuerpo, está desprovista de cualquier base racional. ¿Cuál podría ser la base, preguntan los materialistas, que justifique de manera ra cional cualquier tesis de existencia, es decir, cualquier tesis que afirme que una cosa existe realmente? Podemos afirmar la existencia de algo solamente sobre la base de la experiencia. A través de la experiencia, directa o indirecta, estamos autoriza dos a aceptar la existencia de algo. La experiencia nos autoriza a afirmar la existencia de algo directamente, cuando lo vemos, sentimos, oímos, o, en general, percibimos; e indirectamente, cuando su existencia se desprende de ciertos hechos percibidos directamente, o cuando debe aceptarse esa existencia para ex plicar ciertos hechos observados.
Los materialistas argumentan que ni la experiencia directa ni la indirecta apoyan la existencia del alma, si por alma consi deramos una sustancia pensante, diferente del cuerpo. La ex periencia directa no la sostiene porque nadie jamás vio, sintió, oyó, o, en general, percibió el alma. La experiencia indirecta tam poco la apoya porque la existencia del alma no se deduce de ningún hecho de la experiencia, ni la hipótesis de la existencia
del alma es necesaria para la explicación de hechos descubier tos por medio de la observación directa. E n consecuencia, la doctrina que afirma la existencia de las sustancias pensantes diferentes del cuerpo, no tienen ningún fundamento. Esta doctrina es, como dicen los materialistas, una reminiscencia de la fase primitiva de la mente humana, en la que siempre que se han observado una serie de fenómenos peculiares en ciertos objetos se ha considerado que la causa de estos fenómenos era la acción de una cierta sustancia. Los fenómenos de calor in ducían a los pensadores naturalistas primitivos a asumir que los cuerpos en los que estos fenómenos aparecen contienen en sí una sustancia peculiar, diferente de estos cuerpos, que se llamó el fluido calórico; los fenómenos eléctricos fueron imputados a una sustancia eléctrica que se suponía que los causaba. Los fenómenos biológicos fueron considerados como la manifestación de la actividad de una sustancia a la que se
llama
anima vegetativa
ospiritus animalis.
La manera de llegara la hipótesis de la existencia del alma es muy similar. Se ob serva que ciertos cuerpos están dotados de vida mental, y se infiere que ésta es una razón suficiente para declarar que un fluido psíquico, que es llamado alma, reside en estos cuerpos y es diferente de ellos. La ciencia contemporánea rompió con este tipo de teoría. El simple hecho de la apariencia de los fe nómenos eléctricos en ciertos cuerpos no es, hoy, una razón suficiente para aceptar que alguna sustancia, la electricidad, resida en estos cuerpos. Hoy día aceptamos, de hecho, que los electrones son sólo cargas eléctricas, y que no constituyen nin guna especie de materia; pero su existencia se acepta porque han sido observados (por ejemplo, por medio de radiación ca tódica) ciertos fenómenos cuya causa es tal que para explicarla debemos aceptar la hipótesis de la existencia de los electrones. No creemos en la existencia de un fluido calórico o un fluido magnético porque nunca nadie los percibió y porque no en contramos en la existencia fenómenos cuya explicación exija la aceptación de la hipótesis de su existencia.
A este ataque de los materialistas responden los defensores del alma que ésta nunca fue vista, sentida o percibida senso rialmente de alguna forma por nadie, pero que la percepción sensorial no es el único tipo de experiencia inmediata. Además
de la experiencia sensorial, existe la experiencia interior, que asegura que se piensa, se desea, se está feliz o triste. D e esa ex periencia se deriva la certeza de la existencia del alma como ser pensante, un ser espiritual y no corpóreo. E l veredic to de la experiencia interior es, de hecho, más cierto que el de los sentidos. La experiencia de los cuerpos, que se acepta a partir del veredicto de los sentidos, puede ser dudosa, porque contra este veredicto puede levantarse la objección de que todo puede ser un sueño, que mis sentidos pueden estar engañándome y que todo el mundo sensorial es sólo un espejismo. Pero tal objeción no disminuye la certeza de la experiencia interior cuando ésta me informa de que pienso, percibo y, por tanto, existo como enti dad pensante. Supongamos que me equivoco al creer en el mun do de los cuerpos, que me equivoco en otras muchas cuestio nes. Pero para equivocarme debe existir una entidad pensante, porque equivocarse significa pensar erróneamente. La existen cia del alma, por tanto, según sus defensores, está más firme mente fundada en la evidencia de la experiencia que la existen cia de los cuerpos.
Esta defensa del alma no derriba las convicciones materia listas. ¿De qué, preguntan los materialistas, nos informa la ex periencia interior? Del hecho de que pienso, deseo, de que es toy alegre o triste, etc. Me informa de que ciertos fenómenos del pensamiento, deseo, satisfacción o sufrimiento, es decir, ciertos fenómenos mentales, se producen en mí. Me informan de que existo como una entidad pensante. Ningún materialista lo niega. Pero, del hecho de la existencia de las entidades pen santes, ¿se deduce que existen entidades espirituales, es decir, las almas? La respuesta a esta cuestión dependerá de la definición del término «alma». Si «alma» significa solamente «entidad pensante», entonces la experiencia interior demuestra que el alma existe. Si «alma» significa «entidad pensante diferente del cuerpo», del hecho de que existan entidades pensantes no re sulta que las almas sean diferentes de los cuerpos. Para probar la existencia de las almas concebidas como sustancias pensan tes y diferentes del cuerpo, no es suficiente demostrar que existen sustancias pensantes, sino que se debe demostrar tam bién que tales sustancias no son cuerpos.
nes para pensar lo contrario. Se sabe, por la experiencia coti diana y particularmente por la observación de estados patoló gicos, hasta qué punto los fenómenos mentales dependen del cuerpo. Una indisposición cerebral lleva a la desaparición de todas las esferas de la vida mental. Las operaciones quirúrgicas en el cerebro producen un cambio total de la personalidad hu mana; la vida mental es también afectada temporalmente por el alcohol, la cafeína, y por el funcionamiento de las glándulas endocrinas, etc. Esta estricta dependencia de los fenómenos mentales con relación al cuerpo, hace altamente probable que sea precisamente el cuerpo, y no un alma distinta de él, lo que piense, desee, esté feliz o triste, etc. Si todo este poderoso apa rato de argumentos que demuestran que la actividad mental depende del cuerpo, no prueban indudablemente que el sustra to de los fenómenos mentales es el cuerpo, entonces hay que advertir que los defensores del alma no pueden apelar a ningu no de tales argumentos para justificar la tesis opuesta, que es para ellos tan esencial, de que no es el cuerpo, sino algo distin to a él, lo que piensa, desea, etc.
¿Qué tipo de argumento necesitarían para sostener sus con vicciones? Deberían mostrar alguna cualidad de la actividad mental que no estuviera ligada al cuerpo y deberían demostrar lo mediante la experiencia o por medio de alguna prueba. Se dudaba de la existencia de los electrones hasta que se encontró en la radiación catódica algo que tenía propiedades electróni cas (que consistía en el desdoblamiento de los rayos catódicos en un campo eléctrico y otro magnético en la dirección en la que se doblan las corrientes eléctricas negativas) y que no po día ser identificado con ningún cuerpo químico. Para demos trar la existencia de las entidades pensantes, independientes de los cuerpos, por medio de la experiencia exterior o interior, deberíamos encontrar un alma separada del cuerpo de la mis ma manera que encontramos la «electricidad» separada de la materia. Por la experiencia exterior, es decir, sensorial, sólo se pueden percibir los cuerpos y fenómenos corporales. La expe riencia exterior, debida a su naturaleza, nunca nos revelará un alma liberada de un cuerpo, a pesar de todas las tentativas he chas con este propósito por los espiritistas. Para encontrar un alma liberada del cuerpo por medio de la experiencia interior,
deberíamos esperar a nuestra propia muerte, y este procedi miento es inaccesible a las personas que están vivas. Queda, por lo tanto, solamente un procedimiento intermedio: una prueba de la existencia de entidades pensantes, pero no corpó reas. Podría ser una prueba de que la vida continúa después de la muerte del hombre, y, por tanto, una prueba de la inmortali dad del alma; o podría ser una prueba de la existencia de otras entidades pensantes y no corpóreas diferentes a las personas, como, por ejemplo, los ángeles y los demonios. Los teólogos y los filósofos intentaron encontrar estas pruebas, y ahora lo in tentan los espiritistas. Pero hasta ahora, según los materialis tas, no se ha encontrado una prueba que resulte convincente.
Por tanto, concluyen los materialistas, la tesis sobre la exis tencia de las almas concebidas como entidades pensantes, dife rentes de los cuerpos, todavía permanece siendo, a pesar de la apelación a la existencia interior, una tesis infundada. Con re lación a los seres pensantes conocidos por la experiencia inte rior, el hecho de la dependencia de la vida mental respecto del cuerpo humano sugiere en gran manera, aunque no decisiva mente, que lo que piensa, siente y desea en nosotros es nuestro propio cuerpo.
Esta réplica de los materialistas no satisface, sin embargo, a los defensores del alma. Afirman que, a pesar de todo, pueden mostrar que no es nuestro cuerpo, ni ningún otro ór gano físico el que piensa, siente y desea, y, por lo tanto, que lo que piensa no es el cuerpo. En primer lugar, los defensores del alma insisten en que los procesos mentales no son, por su pro pia naturaleza, algo a lo que podamos atribuir una posición en el espacio. No tiene sentido decir que mis pensamientos están, por ejemplo, en mi cabeza. Esto conduciría a unas consecuen cias absurdas como por ejemplo: cuando mi cabeza se mueve, mis pensamientos se mueven con ella; cuando mi cabeza está a un metro de distancia de otra, entonces mis pensamientos es tán a un metro de distancia de los de ésta. Quienquiera que atribuya una posición en el espacio a los pensamientos y a los fenómenos mentales en general — y lo hacen aquéllos que sostie nen que es nuestro cuerpo el que piensa— transforma los fenó menos mentales en físicos. La localización en el espacio es un
rasgo característico de los fenómenos físicos; por el contrario, los fenómenos mentales no se producen en el espacio.
Contra estos argumentos, los materialistas podrían respon der que no están dispuestos a definir los fenómenos físicos como fenómenos localizados en el espacio. Si, no obstante, al guien quiere definir los fenómenos físicos de esta manera, pue de hacerlo, y del hecho de que los fenómenos mentales se pro ducen en el cerebro resulta que, en nuestro concepto de los fe nómenos físicos, los fenómenos mentales son un cierto tipo de fenómenos físicos. E l materialismo dialéctico, sin embargo, in sistirá en que, en este caso, son los fenómenos de un tipo pe culiar, diferentes no sólo de los fenómenos descritos por la fí sica y química, sino también de todos los fenómenos descritos por las ciencias biológicas. A pesar de ello, la aserción de que mis pensamientos ocurren en mi cabeza no les parece absurda a los materialistas.
Existe también un segundo argumento que formulan los de fensores del alma. Mi alma, dicen, es lo mismo que este «yo»
que piensa, es decir, mi
ego.
Estoy consciente de que miego
esalgo único y simple, algo que no está hecho de distintas partes. Tengo, como sujeto de mis experiencias mentales, varias ca racterísticas: soy sabio o tonto, noble o vil, firme o indeciso, apasionado o insensible, pero no poseo partes, ni fragmentos. No obstante, mi cuerpo está compuesto de varias partes. Así pues, yo, como sujeto de mis pensamientos, soy algo distinto de mi cuerpo. Los materialistas no tienen dificultad en comba
tir este argumento que comete una
petitioprincipa
, porque asumede antemano que este yo que piensa es algo diferente del cuer po. Solamente si hacemos esta suposición de antemano, po dremos afirmar que yo, como sujeto de mis pensamientos, poseo partes. Además, el materialista no tiene que afirmar que lo que piensa es todo mi cuerpo, ni que lo es todo mi cerebro. La cuestión es que el cuerpo está, al parecer, hecho de unas partes que a su vez no contienen ellas mismas ningunas partes. Por un tiempo, los átomos químicos fueron considerados como estas últimas partes del cuerpo; hoy, partículas elementa les, tales como electrones y núcleos, son consideradas como las partes últimas de los cuerpos. No sería contradictorio para la tesis materialista asumir que lo que piensa en mí es alguna
partícula elemental de la materia que es un componente de mi cuerpo. Entonces, el sujeto de mis pensamientos, aunque sea algo material, no estaría compuesto de partes.
Este es, pues, el segundo frente de la batalla del materialis mo, en el cual su oponente es el dualismo, que defiende las al mas sustanciales. ¿Es posible hace un balance de esta disputa? En primer lugar, los defensores del alma presentan los argu mentos que sostienen la existencia de las almas como sustan cias distintas de los cuerpos, y los materialistas rechazan estos argumentos e intentan mostrar que la tesis que acepta la exis tencia de las almas distintas de los cuerpos es infundada. Hay que recordar, no obstante, que el que demuestra el carácter in fundado de la tesis de su adversario, no por ello, ha consegui do establecer la suya propia.
Los defensores del alma no consideran, por tanto, haber perdido su causa, sino que continúan la discusión, adoptando el método que fue aplicado con éxito por los materialistas; es decir, en lugar de defender su tesis, atacan la de sus oponentes. Como arma principal en este ataque usan los resultados de las recientes investigaciones físicas. A la luz de las últimas teorías físicas, afirman los oponentes de los materialistas, resulta ma nifiesto que el concepto de la materia, que hasta ahora era bien claro, está empezando a perder su exactitud. El límite entre la materia y la energía se está borrando. La materia fue concebi da hasta ahora como un tipo de sustancia, un tipo de cosa. La energía, en cambio, no ha sido concebida como una sustancia, sino como un cierto estado que puede ser atribuido a una sus tancia. Pero la física actual hace desaparecer los límites entre la energía y la materia. Según las teorías modernas, la energía es algo que posee masa, es decir, un atributo hasta ahora conside rado como atributo de la materia. La capacidad de realizar una cierta cantidad de trabajo era el estado de los cuerpos que reci bió el nombre de energía. La física actual afirma que un cuer po puede transformar su masa en trabajo y, consecuentemente, que la masa de un cuerpo es también la capacidad de realizar trabajo, y es, por lo tanto, energía. En consecuencia, la materia y la energía son, por así decirlo, diferentes formas de una mis ma cosa: la materia puede ser transformada en energía y al revés. La materia pierde su carácter de sustancia, es decir, de cosa.
Además, continúan los defensores del alma, si queremos pe netrar en un cuerpo, en lo que éste sea esencialmente, intente mos averiguar cuáles son sus componentes últimos. En las teo rías de la física contemporánea, los electrones, núcleos y enti dades similares que deberían constituir los componentes últi mos de los cuerpos que nos son dados en la experiencia, se convierten, en algo bastante diferente de lo que considerába mos como estos cuerpos. No podemos ya imaginarnos los electrones, etc., como corpúsculos muy pequeños, como mi niaturas de algo que se puede ver y tocar. De hecho, los físicos hablan sobre las dimensiones espaciales de los electrones, pro tones, neutrones, etc., pero estas expresiones tienen sólo un sentido figurado. Ocasionalmente, cuando desean caracterizar ciertos experimentos con electrones, protones, neutrones, etc., los consideran como «corpúsculos», es decir, como pequeñas masas informes; pero cuando explican experimentos de otro tipo no consideran los electrones, etc., como pequeñas masas informes, sino que hablan de ellos como si fuesen ondas o conjuntos de ondas. Estas ondas, sin embargo, no poseen nin guna base sustancial, no son ondas del mismo tipo del «éter» o de algo que se puede tratar como una cosa. Toda alongación de estas ondas en cierto lugar es sólo la medida de la probabili dad de que en este lugar, en un tiempo dado, se producen de terminados fenómenos como, por ejemplo, la fosforescencia de una pantalla, el oscurecimiento de una placa fotográfica, etc. De esta manera, los electrones y sus microscópicos com pañeros se funden completamente en la abstracción. Llegare mos al apogeo de la abstracción cuando oigamos la respuesta de los físicos a la cuestión de lo que son realmente estos elec trones y otras partículas elementales, a los cuales los físicos de nominan partículas en unos experimentos, y ondas en otros. La respuesta es que lo único que saben los físicos es que, con relación a algunos experimentos, los electrones se comportan como partículas, es decir, como pequeñas masas uniformes, y con relación a otros experimentos, sin embargo, como ondas; lo que son «en sí» independientemente de todos los experi mentos y observaciones, es algo que los físicos ignoran; más