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El contenido del Poema sobre el desastre de Lisboa

In document La idea de dios en Jean-Jacques Rousseau (página 48-52)

1.6. El desastre de Lisboa, ¿por qué existe el mal?

1.6.1. El contenido del Poema sobre el desastre de Lisboa

Voltaire en su poema pretende contrastar la concepción del mundo “efectivamente existente, como el mejor de los mundos posibles, el más perfecto”114, con lo que queda de la ciudad de Lisboa después del terremoto, atacando el axioma de la filosofía optimista de Pope que rezaba “Todo está bien”.Según él mismo, en el prefacio que hizo de su poema para la edición de marzo de 1756,

El autor del Poema sobre el desastre de Lisboa no ataca al ilustre Pope, a quien siempre ha

admirado y amado; piensa como él sobre casi todos los puntos; pero, repleto de las desdichas

de los hombres, se alza contra los abusos que se pueden hacer de ese antiguo axioma Todo

está bien. Adopta esa triste y más antigua verdad, reconocida por todos los hombres: hay mal en la tierra; confiesa que la expresión Todo está bien, tomada en un sentido extremo y sin la

esperanza de un futuro, no es más que un insulto a los dolores de nuestra vida115.

Esta amable introducción que hace Voltaire a su poema contrasta radicalmente con la carta enviada a D. Elías Bertrand, fechada el 18 de febrero de 1756, apenas unos pocos días antes de escribir lo anterior, en donde afirma: “Se necesita de un Dios que hable al género humano. El optimismo es desesperante. Es una filosofía cruel bajo un nombre consolador. ¡Helo aquí! Si todo está bien cuando todo está en el sufrimiento, podemos entonces pasar por mil mundos, donde se sufrirá, y donde todo estará bien”116. E incluso va más allá y ataca a Pope de manera personal, “pero mi pobre Pope, mi pobre jorobado, al que conocí y aprecié, ¡quién te ha dicho que Dios no pudo formarte sin tu joroba! Te burlas de la historia de la manzana. Pero, humanamente hablando y haciendo abstracción de lo sagrado, es aún más razonable que el optimismo de Leibniz, explica por qué tú eres jorobado, enfermo y un poco malicioso”117.        114Cfr. Ibíd, p. 63.  115Ibíd, p. 155.  116Ibíd, p. 247.  117Ibíd, p. 246. 

Para Voltaire es claro que el axioma “todo está bien”no encaja cuando desastres como el de Lisboa se presentan ante nuestros ojos. Para él, “sin duda alguna, todo está dispuesto y todo está ordenado por la Providencia; pero es demasiado visible que todo, desde hace tiempo, no está ordenado para nuestro bienestar presente”118. ¿Por qué? Veamos el poema.

En la primera parte del poema Voltaire no hace otra cosa que describir los sufrimientos, el desorden y el dantesco espectáculo que ha originado el desastre en Lisboa. “Corred, contemplad esas horribles ruinas, esos restos, esos despojos, y funestas cenizas, esas mujeres, esos niños, unos sobre otros apilados, esos miembros dispersos, bajo mármoles rotos”119. Repudia a los filósofos que de manera equivocada gritan“todo está bien”120para pasar inmediatamente a examinar las distintas explicaciones que sobre el origen del mal se han hecho y constatar en ellas que no responden a ninguno de los interrogantes que nos podemos plantear en torno a esa cuestión. Por ejemplo, ¿por qué tienen que ocurrir las catástrofes? y con relación a esta misma pregunta, ¿por qué terremotos como el de Lisboa no se dan en el desierto sino precisamente en el medio de una gran ciudad? Se queja por estos hechos pues no ve como posible que estos mismos, desde el punto de vista de las leyes generales, puedan ser un bien. Para Voltaire la Naturaleza no actúa siempre con rigor ni todos los acontecimientos influyen en que otros ocurran. Todo obedecería más bien como a un azar imperante que no se ajusta a ninguna ley en su proceder. Y si esto es así, Dios no tendría nada qué hacer en el orden del mundo. De esta manera, Voltaire presenta varias opciones como posibles orígenes del mal121:

“¿Diréis, al contemplar ese cúmulo de víctimas: “Dios se ha vengado, su muerte es el precio de sus crímenes”? ¿Qué crimen, qué falta cometieron esos niños aplastados, sangrientos, sobre el seno materno? Lisboa, que ya no existe, ¿tuvo acaso más vicios que

      

118Ibíd, p. 154. 

119Ibíd, p. 158. Versos 5-8.  120Ibíd. Verso 4. 

Londres, o París, sumidos en las delicias?”122. Es decir, el hombre nació culpable y recibe un justo castigo.

“¿Diréis: “Es el efecto de las leyes eternas que necesitan la elección de un Dios libre y bueno”? (…) “O ese Señor absoluto del ser y del espacio, sin ira, sin piedad, tranquilo, indiferente, sigue el eterno torrente de sus primeros decretos”123. Es decir, el autor del mundo hace cumplir, indiferente, sus primeros decretos concebidos en la creación, al mejor estilo de lo que pensaban filósofos como Descartes, Malebranche, Spinoza y Leibniz. “O la materia informe, rebelde a su señor, lleva en sí los defectos necesarios como ella”124. Es decir, la materia se rebela a su creador, con lo que quedaría al descubierto la no omnipotencia divina.

“O bien Dios nos prueba, y esta morada mortal no es más que un pasaje angosto hacia un mundo eterno”125. Es decir, Dios nos está probando en esta vida terrena que no es más que una estancia pasajera hacia otro mundo eterno donde ya no habrá pruebas y el alma humana gozará eternamente.

Cualquiera sea la posibilidad que se escoja, Dios y su Providencia quedarán mal parados. Pecará, Dios, por acción (si es Él el origen del mal y quiere que éste suceda); por omisión (porque no siendo el origen del mal, no lo evita tampoco); y por incapacidad (porque ni siendo el origen del mal, ni deseándolo, tampoco lo puede evitar). Y con lo anterior, Voltaire ha logrado esbozar una filosofía que pasó de la desdicha cuando se lamentaba, al caos cuando no hallaba ninguna razón más que el azar para el origen del mal, a una filosofía de la desesperación por no poder brindar ninguna salida posible a este problema. Era en este clima desesperante y desesperanzador en el que quedaba la primera edición del

      

122Ibíd, pp. 158-159. Versos 17-23. 

123Ibíd, pp. 158 y 163. Versos 15-15 y 150-153.  124Ibíd, p. 163. Versos 153-154. 

poema de Voltaire. Pero quizás por temor al rechazo y la injuria por parte de los ministros calvinistas de Ginebra donde se hallaba viviendo, agregó una pequeña dosis de esperanza a su poema, aún en contra de su propia voluntad: “hubo en antaño un califa, que en su última hora, al Dios que adoraba dijo por toda oración: “te traigo, oh único rey, único ser Infinito, todo lo que no tienes en tu inmensidad, los defectos, los lamentos, los males y la ignorancia”, pero pudo también añadir la esperanza”126.

Voltaire reconoce que hay mal en la tierra, así como existe el bien. Pero a su vez, reconoce que sobre el origen del mal nadie, ni siquiera los filósofos, han podido decir algo con certeza. Ni siquiera él, Voltaire, dijo algo nuevo, sólo señaló las falencias de cada uno de los sistemas que han pretendido demostrar tal origen, pero no aportó nada novedoso, se quedó en un señalamiento del caos, propuso un azar como salida, pero pronto se retractó y prefirió la desesperación. Y al mejor estilo de Poncio Pilatos, muy propio de su ironía por cierto, se lavó las manos y se excusó de manera piadosa por lo incompleto de su trabajo, afirmando que

sólo la revelación puede desatar ese nudo fatal, que han enredado todos los filósofos; que la esperanza en un desarrollo de nuestro ser en un nuevo orden de cosas sólo puede consolar de las desdichas presentes, y que la bondad de la Providencia es el único asilo al que el hombre puede recurrir en las tinieblas de su razón y en las calamidades de su naturaleza débil y mortal127.

Hará falta Rousseau para que en oposición a la propuesta de Voltaire, recupere la esperanza perdida, quizás lo único necesario para poder sobrellevar este tipo de catástrofes como la de Lisboa, donde ni Dios ni el hombre, como bien lo señalará el ginebrino, tienen nada que hacer.

      

126Ibíd, p. 166. Versos 229-234.  127Ibíd, p. 157. 

In document La idea de dios en Jean-Jacques Rousseau (página 48-52)