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Desde otra perspectiva, a través del estudio del desistimiento del comportamiento delictivo se ha identificado otra serie de factores que contribuyen al fenómeno de reducción de la delincuencia (registrada y auto-informada) que se produce al final de la adolescencia y en la adultez temprana (Piquero, Farrington y Blumstein, 2003). Así, a pesar de que algunos jóvenes presentan comportamiento antisocial, muchos de ellos dejan de presentarlo y no continúan en largas carreras

105 delictivas. El estudio de los factores que contribuyen al desistimiento, tanto completo (dejar de involucrarse en acciones delictuosas) como parcial (reducir la frecuencia y la violencia implicada en los delitos cometidos), resulta esencial en el diseño de programas que tienen como objetivo contribuir a la reducción de la reincidencia.

Los resultados de estudios longitudinales indican que este patrón de desistimiento ocurre de forma diferencial ente subgrupos de delincuentes, encontrándose que, dependiendo del tipo de carrera delictiva en que están comprometidos los jóvenes, existe una mayor o menor probabilidad de desistir. Este conocimiento es esperanzador dado que si se pueden identificar los factores que contribuyen de forma natural al patrón de desistimiento del crimen antes de los veinte años, se podrán estructurar políticas y prácticas que promuevan este proceso.

Entre las principales hipótesis que se proponen para explicar el desistimiento vale la pena mencionar las siguientes (para una revisión de los factores asociados con el desistimiento se puede revisar DeGusti et al., 2009): el proceso de maduración que representa el paso de la adolescencia a la adultez; el cambio de papeles sociales desempeñados por los jóvenes; la experiencia de un evento traumático o de pérdida que lleva a la auto-reflexión; y la adquisición de conocimientos y habilidades a través de programas específicos. Los cambios en las competencias y valores de los jóvenes hacen que la conducta antisocial sea menos atractiva y aceptable.

En primer lugar, el proceso de maduración se refiere a los cambios naturales que se presentan como consecuencia del término de una etapa de desarrollo y el comienzo de la siguiente. Los jóvenes se hacen menos impulsivos y más reflexivos, sus conexiones neuronales dan paso a un mayor equilibrio entre las emociones y la razón; con ello, se hacen menos susceptibles a la influencia de los pares y más confiados de su propio criterio. Así mismo, se reducen las conductas de riesgo y se aumenta la preferencia por condiciones de seguridad y de estabilidad. La madurez que se adquiere entre la adolescencia y la adultez permite al joven desarrollar responsabilidad (autonomía, autoconfianza, sentido de identidad), perspectiva (orientación futura, habilidad para considerar puntos de

106 vista alternativos) y un temperamento más dócil (capacidad de autorregulación, reactividad emocional e impulsividad) (Steinberg y Cauffman, 1996).

En segundo lugar, el asumir diferentes papeles sociales en el trabajo y en la familia promueve nuevos patrones de conducta y demandas que hacen que la actividad antisocial sea menos útil. La vinculación laboral favorece el aprendizaje de nuevas destrezas y el descubrimiento de las propias capacidades, de tal forma que se fortalecen los sentimientos de auto-eficacia y de auto-estima y se incrementan las propias expectativas con lo cual se motiva la continuación de dichas actividades y la disminución de comportamientos ilegales. La consecución de una pareja y/o el inicio de un hogar propio también contribuyen al desarrollo de nuevas habilidades y al fortalecimiento de vínculos afectivos que compiten con el comportamiento antisocial (esta competencia es más fuerte si la pareja no es antisocial). La vinculación en actividades dentro de la legalidad y la existencia de relaciones afectivas prosociales, reducen el tiempo y las oportunidades para el comportamiento delictivo. Si las nuevas actividades ofrecen a la persona experiencias de apego emocional, de refuerzo social, de estatus (por ejemplo reconocimiento en el trabajo) este nuevo estilo de vida puede significar para la persona condiciones tan valiosas que percibirá que vale la pena mantenerlas y protegerlas. Ante la posibilidad de delinquir la persona puede percibir mayores pérdidas que ganancias.

El asumir otros papeles en el ámbito social hace que el adolescente se perciba de manera diferente a sí mismo, lo cual se retroalimenta con los resultados que obtiene al emplear nuevas habilidades en su entorno. Estos cambios ofrecen al joven oportunidades distintas de relacionarse con su propio contexto. En esta transición, las relaciones y la influencia de pares pude reducirse, en tanto otras se incrementan, como las de noviazgo o de compañeros de trabajo. Se establecen nuevos roles sociales relacionados con distintos ambientes tanto en el ámbito laboral como espiritual o incluso de esparcimiento.

En tercer lugar, el experimentar eventos importantes, fuertes e intensos también se ha encontrado como un elemento frecuente en el desistimiento del comportamiento delictivo. Este tipo de experiencias llevan al joven a reflexionar sobre sí mismo y a valorar los costos y beneficios de la conducta antisocial. A su

107 vez, esta reflexión permite reconocer la importancia de un cambio y puede acompañarse de transformaciones importantes en el estilo de vida.

Por último, la participación en algún programa de capacitación o de desarrollo de habilidades puede ofrecer a los jóvenes la oportunidad de adquirir nuevos conocimientos, descubrir aptitudes y aprender destrezas, con lo cual pueden cambiar sus aspiraciones, sus metas y sus decisiones. Terminar un entrenamiento laboral o tener la oportunidad de aprender de alguien a quien se admira puede abrir el panorama del joven, hacer que reconozca o que genere oportunidades que antes no tenía. La posibilidad de participar en este tipo de programas puede darse por primera vez cuando el joven ingresa al sistema de justicia, aunque lo ideal es que suceda mucho antes.

En general, los estudios sobre desistimiento han mostrado la relevancia de que los jóvenes sean conscientes de su propia conducta antisocial, pero también de la necesidad de que el contexto social en el que viven les ofrezca oportunidades para que cambien sus hábitos delictivos. Es importante que el comportamiento dentro de la legalidad proporcione habilidades psicosociales que permitan al joven lograr pequeñas metas, dado que así poco a poco el chico ganará confianza en sí mismo y en las consecuencias que este comportamiento le proporciona y en las personas con quienes se relaciona de esta nueva manera.

Desde la perspectiva de DeGusti et al. (2009) los principales predictores del desistimiento de los jóvenes comprometidos en carreras delictivas son los niveles de capital social y humano que pueden tener al final de la adolescencia. El capital humano se refiere a las capacidades básicas, habilidades individuales que un chico tiene para trabajar en la adultez. El capital social se refiere al valor total de la red social de un adolescente, es decir a la gente (por ejemplo, amigos, miembros de familia extensa, padres, grupos comunitarios, compañeros de trabajo) que acompaña, apoya y promueve su desarrollo positivo.

Sin duda, la identificación y promoción de factores tanto de protección como de aquéllos que favorecen el desistimiento son indispensables en el diseño y aplicación de programas cuyo objetivo sea la prevención de la conducta antisocial y de la reincidencia delictiva.

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