2.3 La llegada del hielo y la homogeneización neoliberal
2.3.2 El diamante más grande del mundo (Brasil)
Si el Régimen Militar brasilero garantizó el desarrollo de los grandes grupos mediáticos, el período democrático sirvió para confirmar su apogeo e iniciar una etapa de consolidación y expansión de los grandes conglomerados, favoreciendo también la entrada de agentes internacionales, principalmente en el sector de las telecomunicaciones, y forjando la piedra de hielo confundida por los Buendías como el diamante más grande del mundo.
En ese período, la influencia de Globo en las Campañas por las “Directas Ya” y en las elecciones presidenciales de 1989 determinó el poder del medio en la vida política del país, configurándose en la principal legitimadora de la democracia, de sus gestores, y de la implantación del modelo económico neoliberal. En una verdadera guerra de manipulación informativa, la Globo promovió la transición democrático-conservadora, fue decisiva en la victoria de Fernando Collor de Melo en 1989 y en su impeachment años después, y en la candidatura y reelección de Fernando Henrique Cardoso (1995- 2002). Ese histórico le va a ser decisivo para garantizar la protección de sus intereses frente a las exigencias de los mercados globales (Bolaño y Brittos, 2007).
Si en la gestión transitoria de José Sarney (1985-1990) el poder de indicación directa del Ministerio de las Comunicaciones e interferencia de los medios en la Constituyente era casi que exclusivamente ejercido por los medios nacionales, en la gestión de Fernando Henrique Cardoso (FHC) fueron definidas una serie de regulaciones reformistas que revelaron la incidencia de los “global players”. Pero eso se dio casi prioritariamente en el el sector de las telecomunicaciones, con su separación reglamentaria de la radiodifusión. Eran fuertes las presiones para que el gobierno brasilero se adecuase a las recomendaciones y tratados de privatización de la Unión Internacional de Telecomunicaciones
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Clarín-Artear; Admira– Telefónica; América Multimedios; Hiks, House, Tate & Furst Incorporated (HMT&F); Grupo Hadad, y la Nación.
88 (UIT), pero también era grande el recelo de los poderosos radiodifusores de perdieren sus mercados. Reflejando la tentativa de atender a esos dos señores, el gobierno FHC optó por aprobar una Ley General de Telecomunicaciones (LGT) (9.472/97), mientras la radiodifusión siguió relegada a la legislación de 1962 (Dantas, 2010).
Bajo el argumento de la necesidad de universalización telecomunicativa, la LGT generó una estructura legal básica que permitió la eliminación de las barreras para la entrada del capital extranjero y la quiebra del monopolio estatal en las telecomunicaciones (Lima, 2001). En 1998, el sector ultrapasó en términos de negocios los números de rendimientos del petróleo y el banco inglés Lloydes de Londres evaluó las transacciones como superiores a 95 mil millones de dólares (Moraes, 2009).
La iniciativa también estableció a la Agencia Nacional de Telecomunicaciones (Anatel) como órgano regulador y fiscalizador, la cual asumió la tarea de eliminación de las transmisiones clandestinas. Su acción siguió respaldando la criminalización de los operadores de medios comunitarios con base el Código Penal de 1940. La supuesta modernización legislativa, en términos punitivos, dejó vigente los fósiles normativos heredados de las dictaduras varguista y militares.
Pero esa no es la única herencia regulatoria del avance neoliberal en el sector marginal de las comunicaciones. En la gestión de FHC se aprobó la Ley 9.612/98, que reglamentó el servicio de radiodifusión comunitaria de manera bastante limitada y conservadora. Y en los años de democracia el país se enfrentó aún con las peleas para normatización del Consejo Nacional de Comunicación, y la Ley del Cabo (8.977/95)22. Todas esas medidas son parte del episodio del aumento de las tensiones y presiones sociales en búsqueda de mayor incidencia en los cambios del sector, las cuales serán narradas con más detenimiento posteriormente.
La cuestión es que el modelo normativo (o la ausencia de él) en el caso brasilero permitió que el país entrara en los años 2000 con un mercado mediático vigoroso con más de 190 millones de consumidores, y audiencia de radio y televisión en casi 100% de los hogares. Las principales operadoras funcionan en redes, concentrando la producción de contenidos en Río de Janeiro y San Pablo, con mezclas puntuales con la producción regional o local. La aguda concentración se refleja en que seis grupos mediáticos y sus afiliados controlan 668 vehículos y 92% de las audiencias. La Globo, detiene aisladamente 54% de la audiencia televisiva (Moraes, 2009).
Sólo la televisión abierta mueve un mercado de más de U$ 3 mil millones de dólares al año, y la Globo
22 La Ley del Cabo como quedó conocida se refiere a la regulación de la televisión por cable y es tomada por la SC como una victoria de
89 retiene más de la mitad, con una facturación media anual de U$ 1,59 mil millones de dólares (Moraes, 2009). Pero su fuerza sigue siendo su capacidad de influencia en la vida cultural y política del país, y vienen perdiendo significativamente su poder económico, con retracción de algunos de sus principales mercados debido, entre otras cuestiones, al avance de la Internet y a la fragmentación de las audiencias (Brittos, 2009).
Las industrias culturales, responsables por los contenidos mediáticos, han retraído su participación en el PIB (de 1,7 a 1%), perdiendo espacio económico para los gigantes de las telecomunicaciones que responden por 4% del PIB. En 2009, las empresas de radiodifusión movieron U$ 8 mil millones de dólares, mientras las de telecomunicaciones tuvieron una ganancia de U$ 112 mil millones23.
En este escenario de titanes, el sector radiofónico es la cadena más frágil, formado por redes de cabecera que irradian su programación a todo el país. Las cuatro principales dominan cerca de 40% de la facturación, aunque esta siga siendo muy inferior a las otras industrias del sector.
En la televisión abierta, cuatro redes (Globo, SBT, Record y Bandeirantes) concentran 100% de la audiencia, dominando 91% del mercado publicitario, y convirtiendo al país en uno de los mayores exportadores de contenidos audiovisuales y en una de las mayores potencias del continente.
El índice de concentración es de 81% de las audiencias y 77% de la facturación. La concentración vertical torna esos índices aún más elevados. El Grupo Globo está presente en más de uno de los mercados, y su presencia, sólo en el mercado de audiencias, supera los 1/3. Todos esos elementos son parte de un mercado complejo, al cual se suman aún la operación creciente de distintas iglesias, en que los credos evangélicos y católicos ocupan crecientes porcentuales (Mastrini y Becerra, 2009).