Lugar y tiempo de origen
7. El discurso “A Diogneto”
Estructura literaria y contenido
El autor presenta su obra (= Diog) como la respuesta de un maestro cristiano a las tres preguntas formuladas por Diogneto, que en el texto juega el papel de discípulo. El contenido de las preguntas y la amplitud de la respuesta caracterizan al escrito como un texto “protréptico”, que hace propaganda de la fe cristiana. En la primera edición, Stephanus le dio el título “Carta a Diogneto”, que se ha vuelto la denominación más usual, pero ella no corresponde en ningún aspecto a la forma y estruc- tura literaria. Es preferible usar la categoría de “discurso” a Diogneto.61
En muchas colecciones de textos se publica Diog en el volumen de los “Padres Apostólicos”, atendiendo a la afirmación en Diog 11,1, en la que el autor se presenta como un “discípulo de los apóstoles”, pero el detalle no justifica la inclusión de Diog en ese grupo de textos, pues hay indicios más importantes que revelan la orientación “protréptica” propia de los apologistas.
La primera pregunta se refiere al Dios de la fe cristiana, que lleva a los fieles a despreciar al mundo y a la muerte, a rechazar los ídolos griegos y a no observar las prescripciones de la “superstición” de los judíos. La segunda pregunta se interesa por el vínculo de amor que une a los cristianos. Por último, se plantea la cuestión acerca de la apa- rición tan tardía de los cristianos en el mundo (Diog 1).
El autor no responde sistemáticamente a estas preguntas, pero en el desarrollo temático están contenidas todas las respuestas. Después de la introducción (cap. 1), la obra se divide en dos partes. La prime- ra es polémica: cap. 2: contra los dioses paganos; cap. 3-4: contra la “superstición” de los judíos. La segunda parte presenta la vida de los
60 Hasta el descubrimiento casual del Codex Argentoratensis en Constantinopla alrededor del
año 1436, no se conocía ni el título ni el contenido del discurso “A Diogneto”. El manuscrito pasó por varias manos hasta que en 1793 fue depositado en la biblioteca de la ciudad de Estrasburgo. Allí mismo fue destruido por las llamas el 24 de agosto de 1870, cuando la ciudad fue bombardeada. El primer editor de la pequeña obra, Henricus Stephanus (“editio princeps” 1592), hizo una copia del manuscrito (Paris 1586). Bernhard Haus había hecho antes que él una copia para su maestro Martin Crusius (Tubinga 1580). Estos dos documentos son la única base manuscrita que ha quedado.
creyentes y expone los puntos centrales de su fe: cap. 5-6: los cristia- nos en el mundo; cap. 7-9: el misterio revelado a los creyentes acerca del envío del Hijo de Dios para salvar a los hombres; cap. 10: la res- puesta de los fieles al don de Dios en la imitación de su bondad; cap. 11-12: la vida del creyente bajo la guía del Logos en la iglesia como nuevo paraíso.
La escasa tradición manuscrita contiene palabras incompletas y en dos lugares el copista constata lagunas textuales: después de 7,6 y de 10,8. La segunda es la más importante porque llevó a Stephanus, el primer editor, a emitir una hipótesis que influyó en toda la historia de la investigación, hasta el presente. En su opinión, los cap. 11-12 no pertenecen al texto original, en este caso, a la unidad de los cap. 1-10, sino que son un agregado secundario escrito por otro autor.
En contra de una opinión muy difundida, creemos que las obser- vaciones de estilo y contenido aducidas en apoyo de la hipótesis de Stephanus son insuficientes y carecen de valor probatorio. El texto quiere acompañar al lector en un itinerario espiritual que comienza con la toma de distancia frente a los dioses paganos y a las costumbres judías. Sobre esta base, el autor indica el lugar que ocupa el creyente en el mundo y el papel privilegiado que le toca jugar. Esto no es fruto de la casualidad ni de los esfuerzos del hombre, sino el resultado de la acción gratuita de Dios en el envío salvador del Hijo. Al don de la gracia sigue la respuesta del creyente en su modo de obrar. Los dos últimos capítu- los no son un apéndice extraño al texto anterior, sino la exposición del punto de llegada del largo camino recorrido en los capítulos anteriores: la comunidad de los creyentes reunida para alabar a Dios por su obra salvífica. Leído el texto desde una dimensión “protréptica” consecuente, es posible descubrir su unidad y cohesión interna.
Motivo y destinatarios
Como en el caso del “Autólico” de Teófilo, también “Diogneto” es más que una figura individual. No han faltado los intentos de iden- tificarlo con un personaje histórico: Diogneto, el maestro de Marco Aurelio; el Procurador Claudio Diogneto en el tiempo de Septimio Severio. Más bien cabe pensar en una creación del autor, aunque esto no le quite nada de su realidad como representante de una clase social.
El brillo estilístico de la obra es comprensible si sus lectores son perso- nas capaces de apreciar un texto con calidad literaria. Los destinatarios son paganos que están en contacto con el mensaje cristiano, y que se encuentran en algún punto del camino que les propone el autor. Por eso, éste se dirige a ellos suponiendo una adhesión a la verdad cris- tiana que, probablemente, en muchos de ellos no era tan firme como se presenta. Es un recurso sutil de la literatura de propaganda esto de adjudicar al destinatario una decisión que aún no ha tomado, pero que puede ser inducida por el juego retórico.
Una comparación con el “Protréptico” o “Exhortación a los griegos” de Clemente de Alejandría ayuda a entender la intención del discurso “A Diogneto”. En ambos textos los autores utilizan recursos semejan- tes, a pesar de las diferencias formales, para llegar a sus lectores: desde la polémica abierta en contra de la idolatría, como si se dirigieran a paganos practicantes de sus obligaciones religiosas, hasta el estilo homilético como si estuvieran predicando en la asamblea cristiana. La “técnica” de persuasión se sirve de los mismos medios. La semejanza es importante porque Diog tiene muchas expresiones comunes con la obra de Clemente de Alejandría.
Autor, lugar y tiempo de origen
El maestro que escribe a su discípulo Diogneto no revela su iden- tidad. El anonimato del autor ha provocado las más diferentes suge- rencias de parte de los investigadores. Entre los nombres propuestos cabe destacar a Justino, Clemente de Roma, Cuadrato, Arístides de Atenas, Hipólito de Roma, Teófilo de Antioquía, Panteno, Policarpo de Esmirna etc. Son pocos los autores del siglo segundo de un cierto renombre que aún no han sido presentados como presuntos autores de la obra. Ninguno de ellos ha sido aceptado.
En lugar de proponer otros nombres, preferimos guiarnos por los dos únicos indicios confiables que se perciben en el texto: 1. El autor es un maestro cristiano de excelente formación literaria, que conoce muy bien la literatura del NT y motivos de los apologistas griegos; 2. los muchos puntos en común con Clemente de Alejandría62 se explican
si es que el autor era uno de los maestros que enseñaba en la escuela de Alejandría. En esta hipótesis hay que dejar en claro que es poco lo que sabemos acerca de ella en las últimas décadas del siglo segundo, cuando Clemente estaba presente allí. Al hablar de “escuela” no nos referimos a una institución de clara estructura académica, sino a un lugar de encuentro e intercambio de ideas entre cristianos y paganos, que servía para la información y el discurso de propaganda. En este ambiente, cuyo centro era la figura de Clemente, podría ubicarse el autor del discurso “a Diogneto”.
Con esta reconstrucción, nos decidimos por Alejandría como el
lugar del origen del escrito, en el tiempo de Clemente, o sea, en los últi-
mos años del siglo segundo.63
Líneas teológicas
* La situación de los creyentes frente a la realidad cultural está caracterizada por una relación dialéctica de cercanía y distancia. Parafraseando al cuarto evangelio podría decirse de ellos: “Están en el mundo, pero no son del mundo”:
Diog 5,1-2.5: “1. Pues los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. 2. Porque no habitan en algún lugar en sus propias ciudades, ni usan alguna lengua extraña, ni cultivan un estilo de vida particular … 5. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, y todo lo soportan como si fueran extran- jeros. Cada tierra extraña es para ellos una patria, y cada patria una tierra extraña.”
Pero aún con esta peculiaridad, los cristianos son tan importantes para la vida del mundo –entendido como la sociedad humana–, como lo es el alma para el cuerpo. El texto más conocido del discurso a Diogneto expresa esta convicción:
63 En la cuestión del tiempo de origen las opiniones presentadas revelan una amplitud
disparatada: desde un tiempo antes del año 70 hasta un origen en el siglo XVI: Robertus Stephanus, el padre del primer editor, habría sido el autor del escrito que no tenía otra finalidad más que la de demostrar su capacidad para crear una buena pieza oratoria escrita en el estilo de los autores antiguos. Los dos criterios que hemos escogidos para determinar el perfil del autor, pueden ser verificados en el texto mismo.
Diog 6,1-7: “1. Para decirlo con brevedad: lo que es el alma en el cuer- po, eso son los cristianos en el mundo. 2. El alma está dispersa por todos los miembros del cuerpo; así lo están los cristianos por todas las ciudades del mundo. 3. El alma habita en el cuerpo, pero no es es del cuerpo; así los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. 4. El alma invisible está prisionera en el cuerpo visible; así los cristianos son conocidos como que están en el mundo, pero su religión permanece invisible. 5. La carne odia y combate al alma, aunque no ha sido dañada por ella, sino que le impide entregarse a los placeres; así el mundo odia a los cristianos aunque no ha sido dañado por ellos, sino que se oponen a los placeres. 6. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian; así los cristianos aman a los que los odian. 7. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen unido al mundo.”
* El autor rechaza el “discurso vacío de los tan fidedignos filósofos” (Diog 8,2) para llegar a conocer el misterio de Dios: “Ningún hombre ha visto ni ha conocido a Dios, sino que él mismo se ha manifesta- do. Se ha manifestado por la fe, la única a la que se le ha permitido ver a Dios” (8,5s). Las opiniones de los filósofos sobre el tema son consideradas como “engaños y desvaríos de embaucadores” (8,4). El juicio emitido no debe ser entendido como un rechazo total de la razón ni como expresión de un “fideísmo” cerrado. En este contexto, los filósofos son los autores que identifican a Dios con el fuego, con el agua o con algún otro de los elementos (8,2s). Además, la afirmación prepara la exposición del plan de salvación de Dios, dado a conocer por la revelación del Hijo.
* No hay ninguna cita explícita del AT y las referencias son escasas, pero el autor conoce algunos motivos: la figura de Eva (Diog 12,8 y Gn 3,20); el tema del paraíso (Diog 12,1-3 y Gn 2,8-9) y algunas expresiones aisladas. La recepción del NT es mucho más rica: Diog 12,5 cita textual- mente a 1 Cor 8,1; el pasaje Diog 5,8-16 abunda en alusiones a textos paulinos (cfr. Fil 3,20; 2 Cor 6,8-10 etc.). Se puede constatar igualmente la influencia de textos de la tradición joánica (cfr. Diog 6,3 y Jn 17,11; Diog 7,5 y Jn 3,16s; Diog 8,5 y Jn 1,18; Diog 10,2 y 1 Jn 4,9 etc).
* Diog 3-4 es un texto muy polémico en contra del judaísmo. El motivo de la crítica no es el rechazo de la persona de Jesús por parte de los judíos, sino una falla elemental que pone al judaísmo en el mismo nivel de error religioso que los paganos: ambos grupos ofrecen sacri- ficios a Dios, sin advertir que éste no necesita de ninguna ofrenda. De este modo revelan su desconocimiento del único verdadero Dios (Diog 3,3-5). La consecuencia de este extravío común es que la histo- ria de salvación nunca tuvo como sujeto histórico a Israel. El esque- ma “promesa - cumplimiento” tan importante en Justino, no puede ser aplicado. Pero no anula toda forma de historia de salvífica, sino que la reduce a la relación entre el Padre y el Hijo en la forma de la comunicación del misterio de salvación:
Diag 8,9-11: “9. Habiendo concebido un designio grande e inefable, lo comunicó sólo al Hijo. 10. En tanto que él mantenía en secreto y guardaba su sabio decreto, parecía que no se cuidaba ni se preocu- paba de nosotros. 11. Pero después que lo reveló por medio de su Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos dio todo de una vez: el participar de sus beneficios y ver y obrar. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás esto? Todo esto él ya lo sabía en sí mismo y con el Hijo según el plan de salvación.”
El autor da así la respuesta a la cuestión de la aparición tardía del cristianismo. No es que Dios se despreocupara de la humanidad, sino que esperó a que ésta hiciera una experiencia de perdición que le enseñara que no podía salvarse por sí misma, para enviar a su Hijo como la prueba de su amor y su bondad. El texto que presen- tamos a continuación desarrolla este motivo.
Ejercicio de lectura
Diog 9,1-6: “1. Hasta el final del tiempo anterior permitió (Dios) que nos dejáramos llevar a voluntad por nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias. De ningún modo se complacía por nuestros pecados, pero los toleraba. Tampoco estaba de acuerdo con aquel tiempo de iniquidad, sino que preparaba el tiempo actual de la justicia, para que, habiendo sido declarados en aquel tiem- po por nuestras propias obras como indignos de la vida, ahora fué- ramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios; y habiendo sido puesto de manifiesto que éramos incapaces por nosotros mismos de
entrar en el reino de Dios, seamos ahora capaces por el poder de Dios. 2. Cuando nuestra iniquidad llegó a su colmo y se puso plenamente de manifiesto que nos esperaba el castigo y la muerte como la paga por ella, llegó el momento que Dios había determinado de antemano para mostrar su bondad y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de Dios! No nos aborreció, no nos rechazó ni nos guardó rencor, sino que se mostró magnánimo, nos soportó, y compadecido de nosotros cargó sobre sí nuestros pecados. ÉI mismo entregó a su propio Hijo como rescate por nosotros: al santo por los perversos, al inocente por los malvados, al justo por los injustos, al incorruptible por los corrup- tibles, al inmortal por los mortales. 3. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados, sino su justicia? 4. ¿Por quién podíamos nosotros, perversos e impíos, ser justificados, sino sólo por el Hijo de Dios? 5. ¡Oh dulce intercambio! ¡Oh obra insondable! ¡Oh beneficios inesperados! Para que la iniquidad de muchos quede sepultada por un solo justo, para que la justicia de uno justifique a muchos perversos. 6. Habiendo demostrado Dios en el tiempo pasado de que por nuestra propia naturaleza éramos incapaces de alcanzar la vida, y habiendo mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a partir de ambas cosas creyéramos en su bondad y le conside- remos como nuestro sustentador, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria, fuerza, vida, y que no nos preocupemos por el vestido y la comida.
Para profundizar
1. Determine las afirmaciones cristológicas que se basan en textos del NT; 2. ¿Qué comprensión de la historia subyace al texto citado? 3. Precise los rasgos de la imagen del hombre que el autor proyecta. Bibliografía 18
Henry G. Meecham, The Epistle to Diognetus. The greek text with introduction, translation and notes, Manchester 1949; Daniel Ruiz Bueno (Bibl. 2); Enrico Norelli, A Diogneto. Introduzione, traduzione e note (LCPM 11), Milán 1991; Horacio E. Lona, El discurso a Diogneto. Estado de la cuestión, en: Proyecto 38 (2001) 5-51; An Diognet. Übersetzt und erklärt (KfA 8), Freiburg i. Br. 2001.